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Osama y los peligros de la perspectiva c贸nica

Por Jorge Majfud   

Sin quererlo, en 1690 Sor Juana In茅s de la Cruz demostr贸, con su vida y con su muerte, que una persona puede ser terriblemente censurada mediante la publicaci贸n de sus propios textos. Algo semejante se podr铆a considerar sobre la censura de los medios de comunicaci贸n. No es necesario silenciar a alguien para censurarlo. Nadie proh铆be que un aficionado grite en un estadio repleto de gente, pero tampoco nadie, o casi nadie lo va a escuchar. Si tuviese algo importante que decir o que gritar estar铆a en la misma, o en casi la misma situaci贸n que alguien que ha sido amordazado en una sala silenciosa.

Algo semejante ocurre con la importancia de cada evento global. En este siglo es casi imposible una dictadura al estilo del siglo XX, digamos una dictadura absoluta de alg煤n general en alguna rep煤blica bananera o de un gran pa铆s como Estados Unidos o la Uni贸n Sovi茅tica donde hab铆a diferentes concepciones sobre la libertad de expresi贸n; en uno, el Estado era due帽o de la verdad y de las noticias; en el otro, los millonarios y los gerentes de las grandes cadenas de informaci贸n eran los due帽os de casi toda la libertad de expresi贸n.

Con el arribo y casi instalaci贸n de la Era digital, tambi茅n aquellos modelos de censura se volvieron obsoletos. No la censura. Los individuos reclamaron y en muchos casos obtuvieron cierta participaci贸n en la discusi贸n de los grandes temas. S贸lo que ahora se parecen a aquel aficionado de f煤tbol que grita en un estadio enardecido. Su voz y sus palabras virtuales se pierden en oc茅anos de otras voces y de otras palabras. De vez en cuando, casi siempre por una relevante frivolidad como demostrar la habilidad de morderse un ojo o por haber tenido el m茅rito de crear la peor canci贸n del mundo o la mejor teor铆a conspiratoria (imposible de probar y de refutar), algunos saltan a la fugaz celebridad de la que hablaba Andy Warhol. Siempre he sospechado que las teor铆as conspiratorias son creadas y promovidas por los supuestos perjudicados. Como dec铆a uno de mis personajes en Memorias de un desaparecido (1996): “no existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo”.

Pero claro, esta teor铆a de una “fabrica de conspiraciones” no deja de pertenecer al mismo g茅nero de las teor铆as conspiratorias. El mecanismo y la trampa se basan en una premisa: de cada mil teor铆as conspiratorias, una es, o debe ser, verdad.

Como la teor铆a X ha tomado estado p煤blico, no se la puede suprimir. La mejor forma es hacerla desaparecer entre un mar de absurdos semejantes.

Ahora, dejemos de lado por un momento el problema de si existe un grupo, un gobierno o una agencia que mueve los hilos de la percepci贸n mundial (que es lo mismo que mover los hilos de la realidad). Vamos a asumir que todo se trata de una creaci贸n colectiva en la que todos participamos, como una macro cultura, como una civilizaci贸n o como un sistema sobrenatural que suele recibir diversos nombres, algunos muy gastados.

En su lugar podemos concentrarnos en los hechos. Por ejemplo, un hecho es que, al igual que en cualquier otro per铆odo de la historia, “nosotros somos los buenos y ellos son los malos”, lo que justifica nuestro accionar brutal o explica por qu茅 somos v铆ctimas del sistema en cuesti贸n.

Pero si volvemos al punto concreto de la censura (uno de los instrumentos principales de cualquier poder dominante) veremos que en nuestro tiempo queda una forma posible y devastadora por su alta eficacia: la promoci贸n de “lo que es importante”.

Un r谩pido y reciente ejemplo es la muerte o asesinato de Osama Bin Laden. Cierto, yo tampoco me negu茅 a responder a entrevistas de radio de muchos pa铆ses y hasta en diversos idiomas. En todos de los casos fue m谩s por un gesto de amabilidad que de convicci贸n. Sin embargo, esta vez me abstuve de escribir sobre el tema.

En mi modesta opini贸n, entiendo que se ha cumplido una vez m谩s el mecanismo de la censura contempor谩nea: el exceso de discusi贸n y pasi贸n con que las partes disputan la verdad sobre un tema nos inhabilita para concentrarnos en otros temas y, sobre todo, para valorar la importancia de unos temas sobre otros. Es como si alguien o algo decidieran qu茅 es importante y qu茅 no, como alguien o algo decide qu茅 estilo o qu茅 color de ropa debe llevarse en una temporada.

Por ejemplo, no hubo medio de comunicaci贸n en que periodistas, lectores y usuarios de todo tipo, color y nacionalidad discutieran apasionadamente durante semanas sobre la legitimidad del ajusticiamiento de bin Laden. Por supuesto que todo puede y debe ser revisado. Pero si bien es leg铆timo un debate de este tipo, se torna globalmente tr谩gico cuando observamos que el foco de atenci贸n ha determinado y definido lo que es importante. Sin embargo, ¿qu茅 importa si un personaje nefasto (ficticio o real) como bin Laden fue bien o mal ejecutado cuando ni se menciona lo indiscutible: el asesinato de ni帽os y otros inocentes como rutinarios efectos colaterales?

En el caso de la ejecuci贸n de bin Laden, al menos esta vez Estados Unidos procedi贸 de una forma realmente quir煤rgica, como falsamente se ha proclamado en otras ocasiones. La vida de los ni帽os que moraban en la casa fue preservada, m谩s all谩, obviamente, de la experiencia traum谩tica. Mas all谩 de que esta opci贸n debi贸 ser estrat茅gica y no humanitaria, recordemos que no hace muchos a帽os, meses, se optaba por bombardear el objetivo sin importar los “efectos colaterales”, es decir, sin importar la presencia de inocentes, muchas veces ni帽os. Esta tragedia ha sido tan com煤n en la historia contempor谩nea que las autoridades afectadas se limitaban apenas a reclamar mejores explicaciones de peores barbaridades antes de echarlas al olvido colectivo.

Para no irnos muy lejos bastar铆a con mencionar el reciente bombardeo a la casa del dictador libio (o ll谩menlo como quieran) Muammar Gaddafi por parte de la OTAN. En este bombardeo no muri贸 el “objetivo”. La operaci贸n quir煤rgica mat贸, asesin贸, a varias personas, entre ellas el hijo de Gaddafi, y a tres de sus nietos. Pero estos ni帽os, aunque no lo crean, ten铆an nombres y edades: Saif, de 2 a帽os; Carthage, de 3; y Mastura, de 4 meses. Lo peor es que no son excepciones. Son la regla.

¿Qui茅n recuerda sus nombres? ¿A qui茅n le importa?

En esto no hay relativismos: un ni帽o es un ser inocente sin importar la circunstancia, la identidad, la religi贸n, la ideolog铆a o cualquier acci贸n de sus padres. Un ni帽o es siempre (siempre) inocente y lo es sin atenuantes, por m谩s que como padres muchas veces nos hagan perder la paciencia.

Si la polic铆a de cualquiera de nuestros pa铆ses civilizados arrojase una bomba en la casa del peor de los asesinos, del peor de los violadores y matase a tres ni帽os, seguramente habr铆a una revuelta popular en ese pa铆s. Si el gobierno hubiese dado la orden de semejante procedimiento, seguramente caer铆a en menos de veinticuatro horas y sus responsables ser铆an llevados ante pulcros tribunales.

Pero como lo mismo se les hizo a ni帽os pertenecientes a pueblos barbaros, salvajes, atrasados, entonces la acci贸n se convierte en un simple “efecto colateral” y sus autores son apreciados como l铆deres responsables y valerosos que defienden la civilizaci贸n, la libertad y, en definitiva, la vida de los inocentes.

Y para que la discusi贸n no tome el centro de todas las discusiones, alguien o algo decide que lo realmente importante es discutir sobre la forma o la legitimidad de la ejecuci贸n un tipo que hab铆a hecho meritos suficientes para terminar como termin贸.

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