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El volcán y yo

Por Antonio Hermosa   

Una cuestión de trabajo me lleva a Asunción, la lejana capital de Paraguay, vía Buenos Aires. Apenas descendido del avión de Sevilla, y llegado a la terminal adecuada de Madrid, busco las pantallas informativas de los vuelos, con la calma que proporciona disponer de varias horas por delante antes de iniciar el tuyo y un variado ramillete de formas placenteras para transcurrirlas. Allí está, a la hora indicada, refugiado entre la pléyade de los que van antes que él, como si quisiera disimular los nervios.

Sin más preámbulo, y dado que me había levantado a una hora nada prescriptible para el optimismo como son las 5 de la mañana, decidí cumplir las obligaciones con la fisiología, lugar por donde suele comenzar toda felicidad en el día a día. Mientras me encaminaba hacia un bar reviví la agitación de este primer viaje a Paraguay, para el que me había cerciorado previamente de que existía –y hasta de que era verde, fuera cual fuera el color del mapa en el que yo lo había visto, al contrario de Huck, que en Tom Sawer en el extranjero, repetía obstinadamente que Indiana era rosa porque rosa era el color del mapa en el que lo había visto-, no fuera a ser que la gente hable y hable y luego a las cosas les dé por no existir (¡fíjense sin más en el buen-dios, en lo que se lleva montado en derredor suyo sin que el buen-hombre, con perdón, no haya dicho jamás esta boca es mía!). ¡Pues no, esta vez sí, Paraguay existía!; o bueno, casi del todo.

Cubierta la primera felicidad toca actuar en pro de la segunda, pero antes, faltaría más, comprobar que todo está en su sitio; así que nueva ojeada a las pantallas antes de… constatar la operación mágica que acababa de tener lugar: ¡el vuelo a Buenos Aires había volado de las pantallas! ¿Serían los efectos del café y la tostada sobre el madrugón? En este punto del camino me topo con un mostrador de información de Iberia, que me devuelve al mundo real: el vuelo ha desaparecido de la pantalla porque el vuelo ha sido cerrado, y el vuelo ha sido cerrado porque las cenizas del volcán Puyehue han obligado a cerrar los dos aeropuertos bonaerenses, sin que a esa hora se sepa cuándo reabrirán. ¡Y todo eso con las fiestas del bicentenario de por medio! ¿Quién coño se olvidaría en momento tan grande de declarar también patriótica la naturaleza? ¡Miren cómo se ha puesto la bruja ésa por haber sido reducida por distracción semejante a mero convidado de piedra de tanto festín!

Cuando inquirí una solución, lo primero que hizo la chaqueta roja de Iberia fue recriminarme por no haber comprado un billete unitario hasta Asunción, porque de ese modo la compañía me habría ofrecido alguna solución, mientras que ahora eso no era posible. En fin, que un volcán extraterrestre se pone a hacer caprichitos, y con alevosía, además, o sea, durante la noche, cuando todos dormimos y no podemos preparar una respuesta contundente, y lo que de ahí deduce Iberia es increpar a una de las víctimas, cliente suyo durante más de 20 años, para más señas. La reacción parecía un señuelo de algo más sibilino: lo anterior se acompañaba de medias palabras, sonrisas fingidas y otras triquiñuelas que me invitaban a desentenderme del viaje y volver a Sevilla, con lo bonita que es. Mas cuando, contrariado, seguí inquiriendo una solución, pues la dada no me parecía solucionar demasiado, la desazón que había ganado parte de ánimo debió incidir sobre el de mi interlocutora –se ve que también ellos son humanos, pese a las evidentes apariencias que lo desmienten-, que rápidamente se puso a intentar solucionar por piedad lo que debía haber hecho por obligación.

En un periquete ya tenía el cambio de billete a Río de Janeiro (mientras tanto, nuevos desesperados se agolpaban ante el mostrador) y en dos mi chaqueta roja, mi irrumpida heroína, contactaba por impulso propio con la compañía brasileña TAM, la que me llevaba a Asunción. Las noticias provenientes de la Compañía del Cono Sur no eran las mejores, y quizá por eso logré reconocer el sonsonete de la palabra Sevilla correteando de nuevo por la parte maligna de la sonrisa de mi interlocutora; se me dijo, en efecto, por un trabajador de la misma que “en ningún caso” me podían cambiar un billete Buenos Aires – Asunción por otro Sao Paulo (adonde me llevaría un nuevo avión desde Río) – Asunción; y que, además, como si hubiera visto lo mismo que yo en la sonrisa de la desconocida, que en este caso bien podría ser la suya, que no había plazas: “ni para hoy ni para mañana”.

Me quedé sorbiendo el amasijo de rabia y bilis que estaba cruzando mi cabeza, al constatar una vez más que los males naturales no sólo producen daños y víctimas, sino también culpables, y que algo irracional, antiburocrático y antieconómico, se halla tras ese afán de sacar a la luz reos donde no debe haberlos. ¿Por qué razón una compañía aérea no podía, de haber plazas, cambiar un billete por otro siendo los trayectos similares y el precio el mismo? Les aseguro ante notario –tengo pruebas, que conste- que yo no fui el que convenció al volcán para que se fumase la pipa de la guerra natural relamiéndose en cada calada, como gusta hacer; más aún, ni le conocía de nada: ¿por qué entonces, además de víctima, tenía también que ser culpable, y pagar por un mal humano que no había acometido, con en los primeros trágicos? Pero esa mentalidad se halla tan difundida que a unos pasos de mí un ciudadano argentino, oscurecida por el momento su mente por la ceniza volcánica, tras recibir de otra chaqueta roja la respuesta de que había sido cerrado el espacio aéreo de Buenos Aires, responde: “siempre que viaje con Iberia pasa algo” (en el sentido de nunca bueno, les aclaro). Sin alzar la voz, desde el fondo de su caverna burocrática, se oye decir: “Señor, ha sido cerrado el espacio aéreo para todos los aviones, no sólo para Iberia”. El desesperado ciudadano argentino pareció entender, pero volviéndose hacia mi lado le oigo musitar casi para sí: ¡un volcán chileno y una compañía gallega: cómo puede funcionar la cosa! La naturaleza y la cultura ¡conspirando juntas contra el vuelo a la tierra querida de ese buen hombre! ¡Bien podrán entre las dos!… En fin, ¿mueren alguna vez los prejuicios? ¡Y que luego nos vengan a decir los filósofos que lo mortal sólo produce cosas mortales!

En mi caso, el volcán no sólo se había servido de esa chulería suya, tan propia, para boicotear mi viaje, sino, como he dicho, de una cierta indolencia (inicial) de una trabajadora, de la indiferencia de un trabajador por los que realmente les pagamos el salario, de los diversos tipos de prejuicios que los justifican, de lo mal preparados que estamos para hacer frente a lo extraordinario, de lo mucho que gustamos de las rutinas, que nos permiten quejarnos y todo sin poner mala cara, como las madres de antaño, etc.; el tipo parecía conocer bien el material humano, y entre su inaudita fuerza natural y la que le añade hasta el temor más improvisado e, incluso, inocente, ya creía haber hecho una muesca más en la culata de su pipa. Pero el volcán no me conocía; igual eso de querer salir de viaje, pese a todo, hasta se lo tomó como algo personal, cuando, en realidad, de habernos presentado alguien, habría percibido la deformación profesional que había en mi elección, además, por qué no, de ciertos valores que la suelen acompañar, más que nada para no dejarla a la intemperie. En fin, sepa señor volcán que yo no tengo nada contra usted, pero he leído ya demasiados libros como para alinearme sin más entre los apóstoles del sentido común en todas las circunstancias o para tomar su prepotencia como un destino; que me gusta cumplir los compromisos que hago y que, además, creo que es posible aprender de lo que uno no pudo planificar, porque en lo nuevo siempre hay algo esperándonos que nos puede infundir más confianza o recuperar la perdida. En fin, he de confesarle, por último, que decidí ir hasta Río aun sin que hubiera billetes ni “para hoy ni para mañana”, confortándome con la idea de que si los holandeses habían descubierto la descentralización y la república en su lucha contra España sin haberlo barruntado antes, ¿por qué no iba yo a descubrir que había vida más allá de la TAM una vez llegado a Brasil? Desde luego, no sería por falta de ambición ni de modestia.

Pero, al final, la desilusión -la prosa, frente a tanto verso heroico, pareciere, con que se estaba escribiendo esta historieta-, aunque en este caso bienvenida, por cuanto me permitía retomar los planes forjados para mi visita a Asunción, ciudad cuya existencia no puedo garantizarles plenamente: la TAM sí me cambió en Río el billete que en Madrid no podía y sí me lo dio para el mismo día, pese a estar todo ocupado en Madrid. En realidad, la historieta pudo convertirse en historia por un ataque de realismo final: con el billete ya en el bolsillo, y para el mismo día, insisto, estuve a punto de no salir… por el vulgar retraso de uno de los dos aviones. ¡Hubiera sido el colmo que lo ordinario hubiera llegado a tragarse todo lo extraordinario de la jornada!

Y una vez que lo normal se tragó al volcán, volvió lo previsible. La participación en uno de los fastos del bicentenario, esto es, la comprobación de otra ocasión perdida para hacer las paces con el pasado colonial, reconociendo que no fue siempre igual y no todo reprobable, y con el pasado de la independencia, del que se pueden tachar un buen puñado de héroes y reducir a hombres al resto; y para hacer las paces asimismo con el presente, e intentar reflexionar por qué la libertad, con la llegada de la independencia, en demasiados casos, y por demasiado tiempo, no hizo sino cambiar de dueño.

Y, en el mismo congreso, como mandan los cánones, ahí tenemos al aspirante a prócer, recién arrancado de una página de Góngora o de algún altar rococó, y del que a los diez minutos de iniciada su exposición (sic) ya tenía, junto a mi oído, el primer juicio sobre el ínclito varón vertido por un simpático colega argentino a quien acababa de conocer: Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? ¡Bingo, rubriqué!

Y luego los paseos por Asunción, que quizá sea la única ciudad más bella de noche que de día de cuantas he conocido, entre otras cosas porque la luz, que allí sobra, disimula con sus rayos las mil sombras que hacen de la ciudad un cementerio de mil cosas distintas durante el día. Y luego Buenos Aires, la ciudad en la que los taxistas te hablan de la historia de Paraguay con nombres y fechas (bueno, hay algo de docta trampa en tanta sabiduría: la conexión argentina está bien presente en ellos); la ciudad en la que las limpiadoras del hotel, en un aparte, reflexionan conjunta y abstractamente sobre el amor, en la que los camareros pueden llegar a tratar a las mujeres como si fueran italianos y a los hombres como si fueran mujeres, pero que, en cualquier caso, ya estaban ahí, en tu vida, cuando entraste en el restaurante por primera vez; la ciudad en la que las calles están llenas de autos y de gente; de edificios hechos con su antigua potencia y de construcciones que revelan su impotencia, y que han reducido lo que pudo ser a lo que es; de aceras tan rotas como la sociedad y tan sucias como la política. Es la capital de un país que a fuerza de sufrimientos se ha tenido que inventar un pasado aceptable y de cuyo futuro sólo hay dos cosas ciertas: que dentro de quinientos años seguirá votando peronista, por lo que se puede quedar sin él, y que si lo tiene se llamará Brasil, porque la república argentina, como la mexicana, de tener solución está fuera de ambas.

Y luego, finalmente, vuelta a casa, donde entre las rutinas del día está la noticia de un volcán que está obstaculizando los vuelos en Nueva Zelanda y Australia al poner en manos de los vientos su vómito de cenizas.

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