Por Jorge Majfud
El inicio del siglo XXI se parece mucho al final del siglo XI. Por entonces, Europa, la periferia del desarrollo mundial, inici贸 un lento y sistem谩tico ataque militar y religioso al centro del imperio del momento, el imperio 谩rabe o musulm谩n. Cuando hoy Occidente mira hacia el siglo XI, casi por norma olvida o no puede sacudirse la percepci贸n en la que hemos vivido siempre: el mundo occidental como centro de la cultura, la civilizaci贸n y el desarrollo econ贸mico, y la periferia africana y asi谩tica como el mundo b谩rbaro y fanatizado por el proselitismo religioso.
La verdad es estrictamente la contraria. Durante la Edad Media y hasta comienzos del Renacimiento, Roma y las principales ciudades europeas, con excepci贸n de la deliberadamente olvidada C贸rdoba en Espa帽a, eran lo que hoy son, comparativamente, Damasco o Bagdad. Incluso menos, porque por entonces Londres y Paris eran ciudades m谩s bien ca贸ticas, de apenas quince mil habitantes una y cuarenta mil la otra, desarticuladas y m谩s bien sucias. Incluso Tenochtitl谩n (M茅xico) era una urbe m谩s grande, m谩s desarrollada y mejor planificada que las principales capitales de Europa. S贸lo la multicultural y vibrante C贸rdoba, uno de los principales centros de la civilizaci贸n del mundo, ten铆a m谩s de medio mill贸n de habitantes en el siglo XI y unos siglos despu茅s de las sucesivas limpiezas 茅tnicas hab铆a sido reducida a unas pocas decenas de miles.
Cuando la Espa帽a de Fernando e Isabel y sus sucesores termina de expulsar a los jud铆os y moros de la pen铆nsula (Hispania, Spania o Al 脕ndalus), las ciudades y capitales vencedoras luc铆an bastante primitivas en comparaci贸n a C贸rdoba o a la Alhambra. La imaginaci贸n hist贸rica (no muy diferente a la imaginaci贸n narrativa) tiende a identificar aquellas urbes vencedoras con las m谩s contempor谩neas Madrid, Sevilla o Londres, no en las im谩genes urbanas actuales sino en los mapas dibujados por dicotom铆as como centro-periferia, civilizaci贸n-barbarie, ciencia-mitolog铆a, raz贸n-fuerza, tolerancia-fanatismo, etc.
Por supuesto que la triste yihad, aunque es una palabra 谩rabe, tampoco fue un invento 谩rabe. Las matanzas por mandato de alg煤n dios col茅rico o lleno de amor y misericordia son milenarias; las usaron los mahometanos que expandieron el imperio y sirvi贸 para promover y justificar las brutales Cruzadas cristianas contra los pueblos surorientales y contra el centro pol铆tico, religioso y cultural de la 茅poca. Los “cara p谩lidas”, rubios de ojos claros eran el equivalente a lo que, siglos despu茅s y vistos desde un centro desplazado hacia occidente, ser铆an los morenos de ojos negros: los b谩rbaros. De hecho la palabra b谩rbaro hab铆a surgido siglos antes, cuando el centro de la civilizaci贸n era Grecia y Egipto: un b谩rbaro era un salvaje rubio, casi siempre germ谩nico, violento, carente de cultura civilizada y con un idioma “balbuceante”, ca贸tico. Al menos esa era la percepci贸n desde el centro.
En el siglo XI estos b谩rbaros europeos que se dirigieron a 脕frica y Oriente en milicias desorganizadas primero y luego con ej茅rcitos mejor financiados, se encontraban a una gran distancia cultural del centro: eran fan谩ticos religiosos que ten铆an sue帽os de guerras santas y esperaban en compensaci贸n el Para铆so. Analfabetos casi por unanimidad, desconoc铆an la tolerancia, la diversidad de filosof铆a, la raz贸n dial茅ctica y mucho m谩s las ciencias. En el centro, en las principales urbes del imperio isl谩mico, las New York y las Paris de entonces, las ciencias eran disciplinas comunes. Aunque hubo un esfuerzo de siglos por disimularlo, la memoria persiste, inadvertida, hasta en las palabras que usamos hoy, como algebra, algoritmo (del matem谩tico persa Al-Juarismi, base de la inform谩tica moderna) astronom铆a, almanaque, nadir, zenit, qu铆mica, alcohol, jarabe, alb贸ndiga, alquiler, alba帽il, almac茅n, ojal谩, almohada, alcalde, almirante, guitarra, ajedrez, aduana, ahorro, cheque, hasta los mismos n煤meros ar谩bigos, etc. Seguramente ninguno sin una historia atr谩s que incluye a otros pueblos y culturas m谩s antiguos.
Pero la ignorancia de que no s贸lo las religiones y la filosof铆a modernas se asientan en antiguas culturas de pa铆ses hoy perif茅ricos sino tambi茅n la ciencia moderna, llev贸 a la prestigiosa periodista italiana, Oriana Fallaci, a afirmar: “Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el tel茅fono, la televisi贸n… Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detr谩s de la otra cultura, ¿qu茅 hay?” (2002). Esta es una idea com煤n y extendida. Lo que demuestra, una vez m谩s, que la historia se hace de memoria pero sobre todo de fatales olvidos.
Ser谩 gracias al ingl茅s Adelardo de Bath y Roger Bacon que traficaron las nuevas ideas de 脕frica y Medio Oriente, que Europa comenz贸 a considerar que la raz贸n y el empirismo, no la autoridad, pod铆an ser instrumentos de la verdad. Lo m谩s importante: instrumentos democr谩ticos, ya que no eran propiedad que se heredaba como se heredaba la nobleza de sangre y la nobleza moral.
Pero la interpretaci贸n y representaci贸n de la historia est谩 plagada de intereses, no s贸lo de los poderes dominantes de cada momento. En su momento, el imperio isl谩mico se encarg贸 de mostrar una imagen convenientemente negativa de los cristianos, como los imperios anglosajones emergentes hicieron con la leyenda negra espa帽ola, parte real y parte exagerada. La representaci贸n hist贸rica tambi茅n est谩 plagada de intereses conscientes e inconscientes de cada individuo. Algunos tienen una tendencia irremediable en acusar al otro y defender lo propio. Otros, tenemos una tendencia, igualmente irremediable, de poner el dedo en la llaga: en el Norte se帽alamos sus propios defectos; en el Sur somos cr铆ticos con aquello mismo que defendemos en el Norte. En Occidente se帽alamos los cr铆menes de Occidente; en Oriente le se帽alamos la basura que promueve el orgullo chauvinista de Oriente.
Claro que siempre es posible que lleguemos a un punto en que el di谩logo es imposible. No se puede dialogar con convencidos chauvinistas, ultranacionalistas y disimulados racistas. Es m谩s f谩cil dialogar con un orangut谩n y llegar a un acuerdo. En estos casos es la fuerza la que resuelve el conflicto a favor de la justicia o de la injusticia. Porque la fuerza es ciega, no la justicia. Pero antes de llegar a este triste extremo siempre hay que buscar una alternativa. En t茅rminos personales siempre queda la opci贸n del alejamiento y la serena indiferencia. Sobre todo para aquellos que no queremos ni podemos hacer uso de la fuerza.
La imaginaci贸n hist贸rica es la segunda mayor fortaleza del chauvinismo. La primera, sigue siendo “el brazo armado de Dios” —no Dios, espero.
El inicio del siglo XXI se parece mucho al final del siglo XI. Por entonces, Europa, la periferia del desarrollo mundial, inici贸 un lento y sistem谩tico ataque militar y religioso al centro del imperio del momento, el imperio 谩rabe o musulm谩n. Cuando hoy Occidente mira hacia el siglo XI, casi por norma olvida o no puede sacudirse la percepci贸n en la que hemos vivido siempre: el mundo occidental como centro de la cultura, la civilizaci贸n y el desarrollo econ贸mico, y la periferia africana y asi谩tica como el mundo b谩rbaro y fanatizado por el proselitismo religioso.
La verdad es estrictamente la contraria. Durante la Edad Media y hasta comienzos del Renacimiento, Roma y las principales ciudades europeas, con excepci贸n de la deliberadamente olvidada C贸rdoba en Espa帽a, eran lo que hoy son, comparativamente, Damasco o Bagdad. Incluso menos, porque por entonces Londres y Paris eran ciudades m谩s bien ca贸ticas, de apenas quince mil habitantes una y cuarenta mil la otra, desarticuladas y m谩s bien sucias. Incluso Tenochtitl谩n (M茅xico) era una urbe m谩s grande, m谩s desarrollada y mejor planificada que las principales capitales de Europa. S贸lo la multicultural y vibrante C贸rdoba, uno de los principales centros de la civilizaci贸n del mundo, ten铆a m谩s de medio mill贸n de habitantes en el siglo XI y unos siglos despu茅s de las sucesivas limpiezas 茅tnicas hab铆a sido reducida a unas pocas decenas de miles.
Cuando la Espa帽a de Fernando e Isabel y sus sucesores termina de expulsar a los jud铆os y moros de la pen铆nsula (Hispania, Spania o Al 脕ndalus), las ciudades y capitales vencedoras luc铆an bastante primitivas en comparaci贸n a C贸rdoba o a la Alhambra. La imaginaci贸n hist贸rica (no muy diferente a la imaginaci贸n narrativa) tiende a identificar aquellas urbes vencedoras con las m谩s contempor谩neas Madrid, Sevilla o Londres, no en las im谩genes urbanas actuales sino en los mapas dibujados por dicotom铆as como centro-periferia, civilizaci贸n-barbarie, ciencia-mitolog铆a, raz贸n-fuerza, tolerancia-fanatismo, etc.
Por supuesto que la triste yihad, aunque es una palabra 谩rabe, tampoco fue un invento 谩rabe. Las matanzas por mandato de alg煤n dios col茅rico o lleno de amor y misericordia son milenarias; las usaron los mahometanos que expandieron el imperio y sirvi贸 para promover y justificar las brutales Cruzadas cristianas contra los pueblos surorientales y contra el centro pol铆tico, religioso y cultural de la 茅poca. Los “cara p谩lidas”, rubios de ojos claros eran el equivalente a lo que, siglos despu茅s y vistos desde un centro desplazado hacia occidente, ser铆an los morenos de ojos negros: los b谩rbaros. De hecho la palabra b谩rbaro hab铆a surgido siglos antes, cuando el centro de la civilizaci贸n era Grecia y Egipto: un b谩rbaro era un salvaje rubio, casi siempre germ谩nico, violento, carente de cultura civilizada y con un idioma “balbuceante”, ca贸tico. Al menos esa era la percepci贸n desde el centro.
En el siglo XI estos b谩rbaros europeos que se dirigieron a 脕frica y Oriente en milicias desorganizadas primero y luego con ej茅rcitos mejor financiados, se encontraban a una gran distancia cultural del centro: eran fan谩ticos religiosos que ten铆an sue帽os de guerras santas y esperaban en compensaci贸n el Para铆so. Analfabetos casi por unanimidad, desconoc铆an la tolerancia, la diversidad de filosof铆a, la raz贸n dial茅ctica y mucho m谩s las ciencias. En el centro, en las principales urbes del imperio isl谩mico, las New York y las Paris de entonces, las ciencias eran disciplinas comunes. Aunque hubo un esfuerzo de siglos por disimularlo, la memoria persiste, inadvertida, hasta en las palabras que usamos hoy, como algebra, algoritmo (del matem谩tico persa Al-Juarismi, base de la inform谩tica moderna) astronom铆a, almanaque, nadir, zenit, qu铆mica, alcohol, jarabe, alb贸ndiga, alquiler, alba帽il, almac茅n, ojal谩, almohada, alcalde, almirante, guitarra, ajedrez, aduana, ahorro, cheque, hasta los mismos n煤meros ar谩bigos, etc. Seguramente ninguno sin una historia atr谩s que incluye a otros pueblos y culturas m谩s antiguos.
Pero la ignorancia de que no s贸lo las religiones y la filosof铆a modernas se asientan en antiguas culturas de pa铆ses hoy perif茅ricos sino tambi茅n la ciencia moderna, llev贸 a la prestigiosa periodista italiana, Oriana Fallaci, a afirmar: “Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el tel茅fono, la televisi贸n… Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detr谩s de la otra cultura, ¿qu茅 hay?” (2002). Esta es una idea com煤n y extendida. Lo que demuestra, una vez m谩s, que la historia se hace de memoria pero sobre todo de fatales olvidos.
Ser谩 gracias al ingl茅s Adelardo de Bath y Roger Bacon que traficaron las nuevas ideas de 脕frica y Medio Oriente, que Europa comenz贸 a considerar que la raz贸n y el empirismo, no la autoridad, pod铆an ser instrumentos de la verdad. Lo m谩s importante: instrumentos democr谩ticos, ya que no eran propiedad que se heredaba como se heredaba la nobleza de sangre y la nobleza moral.
Pero la interpretaci贸n y representaci贸n de la historia est谩 plagada de intereses, no s贸lo de los poderes dominantes de cada momento. En su momento, el imperio isl谩mico se encarg贸 de mostrar una imagen convenientemente negativa de los cristianos, como los imperios anglosajones emergentes hicieron con la leyenda negra espa帽ola, parte real y parte exagerada. La representaci贸n hist贸rica tambi茅n est谩 plagada de intereses conscientes e inconscientes de cada individuo. Algunos tienen una tendencia irremediable en acusar al otro y defender lo propio. Otros, tenemos una tendencia, igualmente irremediable, de poner el dedo en la llaga: en el Norte se帽alamos sus propios defectos; en el Sur somos cr铆ticos con aquello mismo que defendemos en el Norte. En Occidente se帽alamos los cr铆menes de Occidente; en Oriente le se帽alamos la basura que promueve el orgullo chauvinista de Oriente.
Claro que siempre es posible que lleguemos a un punto en que el di谩logo es imposible. No se puede dialogar con convencidos chauvinistas, ultranacionalistas y disimulados racistas. Es m谩s f谩cil dialogar con un orangut谩n y llegar a un acuerdo. En estos casos es la fuerza la que resuelve el conflicto a favor de la justicia o de la injusticia. Porque la fuerza es ciega, no la justicia. Pero antes de llegar a este triste extremo siempre hay que buscar una alternativa. En t茅rminos personales siempre queda la opci贸n del alejamiento y la serena indiferencia. Sobre todo para aquellos que no queremos ni podemos hacer uso de la fuerza.
La imaginaci贸n hist贸rica es la segunda mayor fortaleza del chauvinismo. La primera, sigue siendo “el brazo armado de Dios” —no Dios, espero.
