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Mitras huecas

Por Rafael Fernando Navarro    

“Vengo como experto en humanidad” As铆 se presentaba Pablo VI en su visita a la sede de Naciones Unidas. No como jefe de estado ni representante supremo de una determinada confesi贸n religiosa, sino como experto en humanidad. El m谩s hermoso t铆tulo que el Papa deber铆a ostentar por encima de los adheridos a lo largo de la historia y que son normalmente t铆tulos-lapas, t铆tulos de destrucci贸n masiva que hacen saltar por los aires la profundizaci贸n en la realidad humana, como hondura del misterio.

A la Jerarqu铆a le resulta inc贸moda esta hondura del ser humano. Prefiere dedicarse a escalar la condici贸n de un dios petrificado, silente, arrinconado. No se registra actividad de existencia en ese dios lejano, ajeno al acontecer de la historia. Ese dios es manejable a gusto de la jerarqu铆a que se arroga el papel de int茅rprete de su voluntad sin que mueva un dedo para contradecirla. En nombre de esa quietud distante se han ejecutado atrocidades por las que cualquier bien nacido siente una repugnancia infinita.

Es hora de que la Iglesia se tome en serio al hombre como unidad ontol贸gica y existencial. El hombre no es la reunificaci贸n artificial de un desguace. Su visi贸n descuartizada no es m谩s que la conveniencia sacr铆lega que permite una manipulaci贸n c贸moda y una utilizaci贸n orientada a metas esp煤rias ajenas a la existencia unitaria y creadora.

La Iglesia prefiere al hombre dividido en cuadr铆culas. Por un lado la sexualidad y por otro la muerte dolorosa y crujiente. La capacidad de elecci贸n, de decisi贸n, de autonom铆a forman otro apartado. Puede as铆 ir condenando uno a uno y por separado aspectos que desarticulados como unidad humana resultan incomprensibles. A la Iglesia no le interesa una visi贸n unitaria del hombre porque la deslumbra y pierde los intereses impuros que dan prestigio, dinero, presencia Inter pares con los potentados del mundo. Es incomprensible una Iglesia estructuralmente jerarquizada, presidida por un Papa-jefe, unos cardenales pr铆ncipes, sacerdotes mayoristas de sacramentos de iniciaci贸n, de confirmaci贸n, de analg茅sicos de conciencias pecadoras y podr铆amos hablar del accionariado en empresas, de presidencias bancarios, de posesi贸n de grandes fortunas. La Iglesia tiene un complejo de persecuci贸n mientras acumula aportaciones millonarias de gobiernos y pa铆ses constitucionalmente aconfesionales como el nuestro.

La Iglesia tiene que tomarse en serio al hombre como unidad indisoluble. S贸lo as铆, 茅ste puede sentirse interpelado por un Dios que puso su tienda de campa帽a entre nosotros. El evangelio no puede ser reducido a un refranero, a un conjunto de aforismos aplicables a cualquier situaci贸n. La Jerarqu铆a no puede desmembrar al hombre ni al mensaje liberador. Una Iglesia obsesionada por el sexo, por la idolatr铆a del dolor, por la inhumana contradicci贸n entre resignaci贸n y rebeli贸n contra la injusticia, no puede seguir remitiendo a otra vida el disfrute de ser humanos, sino que debe convertirse en colaboradora de la hechura del hombre en este mundo como epifan铆a de la gloria que significa ser misterio, interrogante, horizonte del hombre para s铆 mismo.

Dos ejemplos muy recientes: la legislaci贸n sobre la muerte digna y la curaci贸n de la homosexualidad.

Es urgente que hagamos de la muerte un acto vital de dignidad. La obsesi贸n de la jerarqu铆a por convertir el dolor f铆sico y la separaci贸n de los seres queridos en m茅ritos expiatorios ante un dios sanguinolento aplacado por el sufrimiento de los humanos, revela una mentalidad salvaje, cuajada de supercher铆a, de paganismo que hace de Dios un adicto a la sangre embriagadora de los sufrientes.

La curaci贸n de la homosexualidad es risible. Primero porque seg煤n la OMS no constituye enfermedad alguna. Segundo por la presentaci贸n de una divinidad hasta tal punto antropom贸rfica, que hace del sexo una obsesi贸n que resultar铆a enfermiza si tal obsesi贸n le afectara a un humano.

Que la Iglesia me convoque cuando haya retomado su funci贸n de experta en humanidad. Mientras tanto que me permita ir ahondando en la nebulosa que es la existencia, hasta que la luz inunde los adentros del misterio que somos.

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