5/11/11

De la ciencia, la vida, el infinito, y otras angustias

OPINIÓN de Miguel Ángel Sánchez de Armas    

Para don Sergio Obeso en su LXXX aniversario. Ab imo pectore.

¿Una pequeña cosa es una cosa pequeña? No piense el lector que amanecí anfibológico. Creo que la pregunta tiene sentido en este mundo nuestro de las grandes hazañas y los aún mayores avances tecnológicos.

Ejemplos sobran y no necesito recurrir a demasiados para dar sentido a mi pregunta. Desde un acorazado a mil quinientos kilómetros en el Índico o el Mediterráneo, la gran armada puede colocar una bomba inteligente justo en el centro del búnker donde se ocultan los cabecillas del eje del mal y además transmitir en vivo la hazaña al mundo, pero no pudo salvar la vida a un puñado de ancianos en un asilo de Nueva Orleáns durante un huracán.

Nos dejamos deslumbrar con demasiada facilidad por “lo grande” y por “lo portentoso” e ignoramos las pequeñas cosas que son las verdaderas maravillas de la vida.

Pensemos en nuestro cuerpo. Lo llevamos por la vida como un estuche necesario pero estorboso. Lo saturamos de toxinas y grasas que toman por asalto el hígado, las arterias y el corazón. Inyectamos gas venenoso a presión en los pulmones. Lo asfixiamos con la ropa de moda. Los elegantísimos tacones altos que tan bien resaltan el derrière son tortura china para la columna vertebral. La corbata de alegres colores que aprisiona el cuello y anuncia nuestra capacidad de compra, frena el flujo de sangre al cerebro.

Echemos un vistazo a nuestro alrededor y descubriremos pequeñas y maravillosas entidades. Una hormiga es capaz de transportar objetos cientos de veces más pesada que ella: si fuese del tamaño de un perro sería más poderosa que el más potente de los bulldozers. Una mariposa monarca viaja miles y miles de kilómetros y regresa al árbol en que nació con mayor precisión que un rayo láser. El murciélago se guía en la oscuridad con un sonar que ya quisieran en la NASA para un día de fiesta. Pocos tejidos más resistentes que la membrana del jitomate. Si nuestra piel tuviese proporcionalmente la misma fuerza, el filoso cuchillo de un asaltante nos haría los mandados.

De la estrella más cercana a la tierra, Proxima Centauri, sabemos casi todo: que está a 4.3 años luz, que tiene una magnitud aparente de -0.3, que integra un sistema de tres cuerpos en donde dos giran uno alrededor del otro en un periodo de 80 años y el tercero en aproximadamente un millón de años... ¡Fantástico! Pero acá abajo, en el planeta de las pequeñas cosas, ¿realmente conocemos y comprendemos cómo funciona la clorofila, el insignificante pigmento verde gracias al cual podemos vivir? Sí, claro. Sabemos que está compuesto por grandes moléculas de carbono e hidrógeno y que en su núcleo tiene un único átomo de magnesio. O sea, que lo conocemos tan bien como a Proxima Centauri. Con la salvedad de que a diferencia de aquélla, la clorofila posee la modesta habilidad de transformar la energía luminosa del sol en energía química, lo cual permite la vida vegetal, lo que a su vez sustenta la vida animal, la que por su parte posibilita que en la llamada tierra habite una especie que tiene conciencia de sí misma y se autoproclama humana. Apenas una pequeña cosa.

Creo que fue en una película de ciencia ficción (o quizá en un poema) donde se dijo que somos “polvo de estrellas”. Suena bien, pero además es cierto. El puñado de sales y minerales a que se puede reducir nuestro cuerpo valdría en el mercado algo así como $23.50 y no hay ninguno que no pueda encontrarse disperso en el universo conocido. Y qué decir de nuestro ADN o de nuestras moléculas. El primero lo heredamos de una musaraña de poco menos de diez centímetros que vivió hace 210 millones de años (morganucodon oehli). Y ls segundas… es posible que una de las que anduvieron por el dedo gordo del pie izquierdo de Nerón esté ahora alojada en la periferia de mi ombligo o en otra zona más interesante. Quiero decir que una vez que pasamos a mejor vida (o peor, nadie sabe), nuestras moléculas se desparraman y se integran a otros seres o a otras cosas.

Es asombroso que esta humanidad nuestra haya logrado la hazaña de poner hombres en la luna y lanzar máquinas inteligentes a las profundidades del espacio mientras permanece con una ignorancia supina respecto de nuestro propio planeta. Casi con la mano en la cintura se puso en órbita el telescopio Hubble para fisgonear en las galaxias más distantes, pero hasta hace unas cuantas décadas los geólogos debatían y se mordisqueaban entre sí por diferencias sobre la edad de la tierra. Y no deja de ser una paradoja que mientras nuestro establisment científico-tecnológico recientemente pudo pegarle con una sonda espacial a un cometa a un millón de kilómetros, no haya logrado meter en cintura a los agentes microscópicos que causan en Sida.

Por fortuna a lo largo de la historia notables hombres y mujeres han dedicado la vida a explicarse y explicarnos los misterior de nuestro entorno. Por ejemplo Albert Einstein, el más notable hombre de ciencia del siglo XX que con sólo la fuerza de su mente, sin las supercomputadoras y los batallones de asistentes que hoy están a disposición de los investigadores en las universidades, pudo penetrar los enigmas del universo y explicarlos en un lenguaje llano e incluso encantador.

A los 26 años produjo un documento de tres cuartillas y tres pasos titulado ¿La inercia de un cuerpo depende de su contenido de energía? que es el antecedente de la fórmula matemática más conocida en el mundo: E=mc2 (pero si hoy se presentara al Conacyt muy probablemente sería rechazado por carecer de marco teórico, bibliografía y formato APA, de tal suerte que don Alberto no podría estar en el Sistema Nacional de Investigadores).

En el Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts, EUA, se perfecciona lo que se ha descrito como un “robot humano, con capacidades similares a las de una persona”. Esta máquina posee un “cerebro” integrado por 239 procesadores y puede “ver” gracias a cuatro cámaras de vídeo digital y distingue las facciones de sus creadores; mueve tronco, cabeza y brazos con la precisión de un humano (no tiene piernas aún) y, gracias a su complejidad, es capaz de “aprender” de su medio ambiente. Se llama Cog. Según los tecnólogos, los descendientes de este robot podrán estar a cargo de tareas peligrosas para el hombre, como apagar fuegos o pilotear naves espaciales en misiones a otros mundos. Y, digo yo, podrían también operar las máquinas de muerte que en las guerras futuras emprendan las potencias, hasta que un día una de esas máquinas cobre conciencia de sí misma y decida que los humanos son demasiado estúpidos como para tenerlos alrededor.

Una de las intensas polémicas en el cristianismo (y supongo que también en otras religiones), tiene que ver con el castigo a quienes violentan los preceptos, tuercen las reglas o, como decimos por acá, se pasan por el arco del triunfo los mandamientos. Este no es un asunto menor. A riesgo de simplificarlo, consiste en que en un universo regido por un dios infinitamente misericordioso, quienes reciben dones materiales y espirituales debieran ser los “buenos” o “virtuosos”, en tanto que las enfermedades y las desgracias caerían sobre los “malos”, o “pecadores”. El problema consiste en la frecuencia con que vemos lo contrario: personas limpias, bondadosas y justas van a la bancarrota, pierden a su familia y padecen cáncer de hígado, mientras que un Pinochet muere en cama rodeado de sus seres queridos y con abultadas cuentas bancarias. Para salvar este dilema sin poner en entredicho la sabiduría divina, surgió la doctrina del castigo diferido. Es decir, Augusto, como tantos otros tiranos, pudo haber expirado tranquilo y rico, pero las almas de quienes su régimen masacró lo esperarían en la barca de Caronte para acompañarlo y depositarlo en la rosticería eterna, y quizá colaborar en los escarmientos reservados a los genocidas.

Bueno, es evidente que la proximidad de las fiestas decembrinas me ha secado el cacumen, así que pongo punto final a estas disquisiciones.

Carta a García

La columna de la semana pasada provocó reacciones asaz diversas. Mientras que algunos se identificaron con Hubbard, otros satanizaron al mensajero (¡yo!) como enemigo de la humanidad y defensor del capitalismo salvaje, je, je.

Las profesoras Santiago y Montes la distribuyeron entre alumnos, profesores y autoridades universitarias. Desde Sevilla mi tocayo Veyrat recuerda que cuando era un joven militante antifranquista expresó sus dudas “a un viejo camarada exiliado desde la guerra civil, sobre una orden recibida desde España, que yo debía cumplir en París. Me citó un artículo del manual del soldado soviético, pues había luchado en ese ejército durante la II Guerra Mundial; no recuerdo su número pero sí el contenido de aquella frase del catecismo militar: ‘¿Qué es la iniciativa?: La mejor manera de cumplir una orden.’ Nunca lo olvidé y me lo ha recordado ahora tu artículo.”

En cambio Paco Blancas desde Tijuana critica: “Esta anécdota de la tal carta es una jalada incompleta y absurda, se ocupa un párrafo para contarla y 4 hojas para tratar de explicarla. No sé de cuales ‘lideres’ se está usted compadeciendo, los que yo conozco son gente arrogante que tratan a los demás como si fueran tontos e inferiores, líderes sí, de pacotilla, que no se ganan ni el respeto ni la consideración de nadie y que sólo ejercen el poder que ostentan, pasando sobre todo y sobre todos. Si usted es uno de ellos, o es un subordinado de ellos lo compadezco. Yo por mi parte no soy un ‘corre-ve-y-dile’ que haga las cosas porque me lo está mandando un líder, yo no soy un lambe-huevos.”

Y mi admirado Musacchio me pone frente al paredón: “Creo que tu texto es una abierta invitación a que los subordinados acaten las órdenes más absurdas, lo que es norma en los ejércitos, pero no en la vida. Es, también, una desafortunada defensa del capitalismo salvaje, ése que no quiere personas, sino robots. El subordinado que duda sobre la validez de las órdenes, el que inquiere en torno a las razones, es el que hace pensar a los jefes porque él mismo piensa. De modo que... No me eche inglés, joven (traducción: no me chingues).”

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