OPINI脫N de Antonio Hermosa
Dimitris Christulas ten铆a 77 a帽os y una gran rabia en el alma cuando tom贸 la decisi贸n, tan pecaminosa en cualquier religi贸n monote铆sta, de quitarse la vida mediante un tiro en la sien. Al menos, y en un 煤ltimo alarde humanista, tuvo as铆 ocasi贸n de demostrarles a los tres dioses 煤nicos, o mejor, a sus bandadas de sectarios y matones, a qui茅n pertenec铆a su vida. Dimitris Christulas se suicid贸 bajo un cipr茅s, 谩rbol que a tal condici贸n, y por ende de met谩fora de vida, a帽ade la de s铆mbolo del esp铆ritu en la naturaleza; en la Plaza Sintagma, es decir, Constituci贸n, s铆mbolo de las libertades humanas; y en Atenas, s铆mbolo de la democracia europea en el pasado. Ni vida, ni libertad ni pasado que ilumina: su poder ya hab铆a caducado, eran los tres lados inertes de un escenario sin presente, lejano y acartonado que hab铆a periclitado cuando la bala atraves贸 la sien de ese farmac茅utico griego, jubilado y endeudado hasta la pr贸xima generaci贸n.
C贸mo pueda ser la vida de un individuo cuya voluntad ha perdido la tutela salv铆fica de la libertad real y de ese pasado protector nos lo muestra en parte su testamento. Morir de ese modo, pensaba, era “el 煤nico fin digno para mi vida”; habr铆a querido otro, confiesa en la nota manuscrita de la que proviene la cita anterior: morir combatiendo contra los tres c铆rculos de traidores que hab铆an llevado a su pa铆s a la ruina, a saber: pol铆ticos y financieros tanto de su pa铆s como de la Uni贸n Europea, e incluyendo en la lista al FMI. Y si bien se sent铆a viejo al respecto, ha muerto animando a los j贸venes a emprender tal revoluci贸n. Con independencia de si falta alg煤n culpable en la lista, o de si la misma es equitativa en los porcentajes de responsabilidad de los se帽alados culpables, lo que no cabe negar es el grado supremo de desesperaci贸n al que ha llegado una persona que quiere una herencia as铆, advertencia 茅sa que no debiera ser pasada por alto por los t铆teres que nos gobiernan al son de los mercados. Ni debiera ser subestimada y tirada por la borda en medio del coro de dolores mercenarios con el que los brujos aprovechan la ocasi贸n para convertir el digno acto del suicidio en un esperp茅ntico aquelarre. Sobre todo, y como han puesto de relieve los brotes de violencia que han sucedido al suicidio, porque en tiempos de crisis las teas del dolor y la rabia no s贸lo provocan la natural conmiseraci贸n de los tiempos fr铆os, sino aut茅ntico y fiero contagio en grado de provocar incendios.
Dimitris Christulas no quer铆a revolver entre los contenedores de basura buscando con qu茅 mantenerse, como vemos hacer a tantos indigentes en nuestras hasta ayer opulentas ciudades. Ni quer铆a, tras cotizar durante 35 a帽os por garantizarse su futuro con una pensi贸n de la que poder vivir, dejar amortajada a su hija por las deudas, que es uno de esos milagros con las que la ciencia y la actividad econ贸micas, sirvi茅ndose de su lacaya, la pol铆tica, consiguen hacer con el esfuerzo personal: subvertir el valor ahorro en deuda, reconvertir al h茅roe an贸nimo en significado villano y extender la mancha de aceite de la culpabilidad a generaciones sucesivas, o lo que es igual, ampliar el cupo de inocentes punibles por cr铆menes que no han cometido.
Aunque no haga alusi贸n a ello, a Dimitris Christulas, como a los dem谩s europeos, le hab铆an prometido tambi茅n un sue帽o que, a帽os despu茅s, se ha roto en mil pedazos al mirarse en el espejo de la realidad: el de una Europa unida y solidaria que, adem谩s de exorcizar para siempre los demonios de la guerra fratricida, elevar铆a el bienestar a lo largo y ancho del continente, compensando los fuertes desniveles presentes en todo 茅l. No quisimos reconocer que lo promet铆an mercachifles del tres al cuarto, carentes de ideas y de voluntad de aplicar las que ten铆an. Hablaron de unidad econ贸mica sin hablar de unidad pol铆tica; establecieron una moneda 煤nica que como un bajel reluciente y de 煤ltima generaci贸n, como correspond铆a a la entonces primera potencia econ贸mica mundial, surcar铆a los mares de los mercados provocando la admiraci贸n a su paso y la rendici贸n a sus pies.
Ahora bien, lo hicieron fingiendo que cada pa铆s miembro de la Uni贸n podr铆a fijar a su antojo sus propios presupuestos, sin coordinarlos con los de los dem谩s; que las tremendas desigualdades del status quo no afectar铆an a su desarrollo, y hasta que la bonanza econ贸mica no tendr铆a fin. Silenciaron que los prejuicios segu铆an estando en la base de sus juicios y que en su cobard铆a sobraba arrogancia y discriminaci贸n. No hac铆a falta que lo que vino despu茅s viniera como vino para demostrar que los conjuros de brujo no suplen una voluntad ni definen una pol铆tica; no era necesaria una crisis tan profunda como 茅sta, que ha sacudido radicalmente los cimientos de la sociedad en la que hemos vivido hasta ahora, para que el reluciente bajel amenace constantemente con irse a pique, para que la Uni贸n se haya plegado a un directorio cuyos dos miembros, guardianes y esclavos de los mercados, controlen l谩tigo en mano el comportamiento de los dem谩s socios del club, y que a fin de hacer sus 贸rdenes menos pesadas y m谩s convincentes hablen tambi茅n de est铆mulos al crecimiento mientras se dedican principal, por no decir exclusivamente, a controlar el d茅ficit p煤blico de todos los Estados (des)unidos de Europa con recortes vand谩licos en el gasto social. La entera claudicaci贸n del Estado del bienestar queda arquet铆picamente representada en esa democracia que doblega la cerviz bajo el yugo de los mercados.
Las medidas para lograrlo son las que, aplicadas en contra de la opini贸n p煤blica mayoritaria de dichos pa铆ses, y de la de varios Premios Nobel de Econom铆a, han llevado a Europa a la situaci贸n de empobrecimiento, desempleo y recesi贸n en la que buena parte de la misma se halla o est谩 a punto de hacerlo, y que en Grecia ha supuesto un golpe brutal a su existencia misma como pa铆s. Porque Grecia, en realidad, no es que est茅 en un tris de dejar el euro y abandonar Europa, sino que tambi茅n puede sufrir una nueva invasi贸n b谩rbara desde su propio coraz贸n, mezclando en un brebaje aniquilador rabia, odio, nacionalismo, nihilismo y memoria: la dosis de violencia necesaria para producir la st谩sis de la guerra civil, aunque por el momento el sacrificio general se disimule bajo la forma de aumento de suicidios personales. Es lo probable en un pa铆s que lleva ya a帽os viviendo en la emergencia, que ha recortado los gastos sociales hasta l铆mites imposibles y que hace tiempo que no sabe qu茅 sea la soberan铆a fiscal y no tiene ya que ni disimularlo ni aun justificarlo.
En Atenas ya no es necesario que se representen tragedias, como en 茅poca antigua. Ahora el pueblo heleno, casi al un铆sono, directamente la vive en el escenario gigante que constituye su territorio, y el destino es un juez inexorable que tiene ya dictada su sentencia de culpabilidad haga aqu茅l lo que haga. Dimitris Christulas ya pag贸 por largo tiempo los efectos de la crisis comprobando c贸mo menguaba a pasos agigantados su calidad de vida, mientras ve铆a hundirse a sus pies el mundo de ayer, por decirlo con Stefan Zweig. Su suicidio era el 煤ltimo recurso a disposici贸n de su dignidad, una vez reconocida su incapacidad de acudir a las armas –una soluci贸n, por lo dem谩s, que se habr铆a revelado cainita-, para negarse a dejarse gobernar por los intereses de los mercados, reducidos lisa y llanamente a ganar m谩s dinero, o por sus cavern铆colas representantes en la pol铆tica, es decir, para negarse a la humillaci贸n personal de verse reducido a la esclavitud en una democracia.
Esa protesta contra la aceptaci贸n pasiva del dominio de esos nuevos amos, de esos seres monstruosos a los que nuestra desidia y estupidez han dado origen, y nuestra avaricia y cobard铆a alas, es el digno legado de ese gran hombre que le retrotrae al manantial fecundo que dio vida a Europa; hasta ese instante de la Odisea en el que Atenea, disfrazada de Mentor, espeta a Tel茅maco, el hijo de Ulises que quiere saber si su padre a煤n vive o no: “¡No permanezcas inactivo, act煤a!”. La acci贸n –el santo y se帽a de Roma era patrimonio originariamente griego- frente al dominio fatalista de los mercados. Tal es la raz贸n por la que gracias a Dimitris Christulas a煤n seguiremos, como la Ifigenia de Goethe desde la otra orilla, “buscando con el alma el pa铆s de los griegos”. De Grecia: alma, mente y coraz贸n del Occidente que somos.
