7 de abril de 2012

Suicidio de un jubilado

OPINIÓN de Antonio Hermosa   

Dimitris Christulas tenía 77 años y una gran rabia en el alma cuando tomó la decisión, tan pecaminosa en cualquier religión monoteísta, de quitarse la vida mediante un tiro en la sien. Al menos, y en un último alarde humanista, tuvo así ocasión de demostrarles a los tres dioses únicos, o mejor, a sus bandadas de sectarios y matones, a quién pertenecía su vida. Dimitris Christulas se suicidó bajo un ciprés, árbol que a tal condición, y por ende de metáfora de vida, añade la de símbolo del espíritu en la naturaleza; en la Plaza Sintagma, es decir, Constitución, símbolo de las libertades humanas; y en Atenas, símbolo de la democracia europea en el pasado. Ni vida, ni libertad ni pasado que ilumina: su poder ya había caducado, eran los tres lados inertes de un escenario sin presente, lejano y acartonado que había periclitado cuando la bala atravesó la sien de ese farmacéutico griego, jubilado y endeudado hasta la próxima generación.

Cómo pueda ser la vida de un individuo cuya voluntad ha perdido la tutela salvífica de la libertad real y de ese pasado protector nos lo muestra en parte su testamento. Morir de ese modo, pensaba, era “el único fin digno para mi vida”; habría querido otro, confiesa en la nota manuscrita de la que proviene la cita anterior: morir combatiendo contra los tres círculos de traidores que habían llevado a su país a la ruina, a saber: políticos y financieros tanto de su país como de la Unión Europea, e incluyendo en la lista al FMI. Y si bien se sentía viejo al respecto, ha muerto animando a los jóvenes a emprender tal revolución. Con independencia de si falta algún culpable en la lista, o de si la misma es equitativa en los porcentajes de responsabilidad de los señalados culpables, lo que no cabe negar es el grado supremo de desesperación al que ha llegado una persona que quiere una herencia así, advertencia ésa que no debiera ser pasada por alto por los títeres que nos gobiernan al son de los mercados. Ni debiera ser subestimada y tirada por la borda en medio del coro de dolores mercenarios con el que los brujos aprovechan la ocasión para convertir el digno acto del suicidio en un esperpéntico aquelarre. Sobre todo, y como han puesto de relieve los brotes de violencia que han sucedido al suicidio, porque en tiempos de crisis las teas del dolor y la rabia no sólo provocan la natural conmiseración de los tiempos fríos, sino auténtico y fiero contagio en grado de provocar incendios.

Dimitris Christulas no quería revolver entre los contenedores de basura buscando con qué mantenerse, como vemos hacer a tantos indigentes en nuestras hasta ayer opulentas ciudades. Ni quería, tras cotizar durante 35 años por garantizarse su futuro con una pensión de la que poder vivir, dejar amortajada a su hija por las deudas, que es uno de esos milagros con las que la ciencia y la actividad económicas, sirviéndose de su lacaya, la política, consiguen hacer con el esfuerzo personal: subvertir el valor ahorro en deuda, reconvertir al héroe anónimo en significado villano y extender la mancha de aceite de la culpabilidad a generaciones sucesivas, o lo que es igual, ampliar el cupo de inocentes punibles por crímenes que no han cometido.

Aunque no haga alusión a ello, a Dimitris Christulas, como a los demás europeos, le habían prometido también un sueño que, años después, se ha roto en mil pedazos al mirarse en el espejo de la realidad: el de una Europa unida y solidaria que, además de exorcizar para siempre los demonios de la guerra fratricida, elevaría el bienestar a lo largo y ancho del continente, compensando los fuertes desniveles presentes en todo él. No quisimos reconocer que lo prometían mercachifles del tres al cuarto, carentes de ideas y de voluntad de aplicar las que tenían. Hablaron de unidad económica sin hablar de unidad política; establecieron una moneda única que como un bajel reluciente y de última generación, como correspondía a la entonces primera potencia económica mundial, surcaría los mares de los mercados provocando la admiración a su paso y la rendición a sus pies.

Ahora bien, lo hicieron fingiendo que cada país miembro de la Unión podría fijar a su antojo sus propios presupuestos, sin coordinarlos con los de los demás; que las tremendas desigualdades del status quo no afectarían a su desarrollo, y hasta que la bonanza económica no tendría fin. Silenciaron que los prejuicios seguían estando en la base de sus juicios y que en su cobardía sobraba arrogancia y discriminación. No hacía falta que lo que vino después viniera como vino para demostrar que los conjuros de brujo no suplen una voluntad ni definen una política; no era necesaria una crisis tan profunda como ésta, que ha sacudido radicalmente los cimientos de la sociedad en la que hemos vivido hasta ahora, para que el reluciente bajel amenace constantemente con irse a pique, para que la Unión se haya plegado a un directorio cuyos dos miembros, guardianes y esclavos de los mercados, controlen látigo en mano el comportamiento de los demás socios del club, y que a fin de hacer sus órdenes menos pesadas y más convincentes hablen también de estímulos al crecimiento mientras se dedican principal, por no decir exclusivamente, a controlar el déficit público de todos los Estados (des)unidos de Europa con recortes vandálicos en el gasto social. La entera claudicación del Estado del bienestar queda arquetípicamente representada en esa democracia que doblega la cerviz bajo el yugo de los mercados.

Las medidas para lograrlo son las que, aplicadas en contra de la opinión pública mayoritaria de dichos países, y de la de varios Premios Nobel de Economía, han llevado a Europa a la situación de empobrecimiento, desempleo y recesión en la que buena parte de la misma se halla o está a punto de hacerlo, y que en Grecia ha supuesto un golpe brutal a su existencia misma como país. Porque Grecia, en realidad, no es que esté en un tris de dejar el euro y abandonar Europa, sino que también puede sufrir una nueva invasión bárbara desde su propio corazón, mezclando en un brebaje aniquilador rabia, odio, nacionalismo, nihilismo y memoria: la dosis de violencia necesaria para producir la stásis de la guerra civil, aunque por el momento el sacrificio general se disimule bajo la forma de aumento de suicidios personales. Es lo probable en un país que lleva ya años viviendo en la emergencia, que ha recortado los gastos sociales hasta límites imposibles y que hace tiempo que no sabe qué sea la soberanía fiscal y no tiene ya que ni disimularlo ni aun justificarlo.

En Atenas ya no es necesario que se representen tragedias, como en época antigua. Ahora el pueblo heleno, casi al unísono, directamente la vive en el escenario gigante que constituye su territorio, y el destino es un juez inexorable que tiene ya dictada su sentencia de culpabilidad haga aquél lo que haga. Dimitris Christulas ya pagó por largo tiempo los efectos de la crisis comprobando cómo menguaba a pasos agigantados su calidad de vida, mientras veía hundirse a sus pies el mundo de ayer, por decirlo con Stefan Zweig.  Su suicidio era el último recurso a disposición de su dignidad, una vez reconocida su incapacidad de acudir a las armas –una solución, por lo demás, que se habría revelado cainita-, para negarse a dejarse gobernar por los intereses de los mercados, reducidos lisa y llanamente a ganar más dinero, o por sus cavernícolas representantes en la política, es decir, para negarse a la humillación personal de verse reducido a la esclavitud en una democracia.

Esa protesta contra la aceptación pasiva del dominio de esos nuevos amos, de esos seres monstruosos a los que nuestra desidia y estupidez han dado origen, y nuestra avaricia y cobardía alas, es el digno legado de ese gran hombre que le retrotrae al manantial fecundo que dio vida a Europa; hasta ese instante de la Odisea en el que Atenea, disfrazada de Mentor, espeta a Telémaco, el hijo de Ulises que quiere saber si su padre aún vive o no: “¡No permanezcas inactivo, actúa!”. La acción –el santo y seña de Roma era patrimonio originariamente griego- frente al dominio fatalista de los mercados. Tal es la razón por la que gracias a Dimitris Christulas aún seguiremos, como la Ifigenia de Goethe desde la otra orilla, “buscando con el alma el país de los griegos”. De Grecia: alma, mente y corazón del Occidente que somos.

0 elmercuriodigital.es:

Publicar un comentario en la entrada

- EL MERCURIO DIGITAL - Comentarios

ACTUALIDAD INTERNACIONAL

ESPAÑA

EL MERCURIO DEL MEDIO AMBIENTE Y LOS ANIMALES

 
Minima 4 coloum Blogger Template by Beloon-Online.
Simplicity Edited by Ipiet's Template