OPINI脫N de Jorge Majfud
Los pobres desempleados e improductivos que viven de la ayuda del Estado en realidad no son un mal negocio para las grandes empresas. No s贸lo ayudan a mantener los sueldos deprimidos, seg煤n ya se sab铆a en el siglo XVIII, sino que, adem谩s, en nuestra civilizaci贸n de las cosas son consumidores perfectos. La ayuda que estos pobres desempleados reciben del Estado va destinada completamente al consumo de bienes b谩sicos o de diversion y dis-track-tion, lo que significa que las megaempresas a煤n as铆 contin煤an haciendo un gran negocio con el dinero de los contribuyentes. Por supuesto, todo tiene su arte y su l铆nea de naufragio.
Por otro lado, esta realidad sirve para una cr铆tica o un discurso en principio aceptable y enquistado en la conciencia popular del mundo rico, producto del bombardeo medi谩tico: mientras las grandes compa帽铆as producen (en varios sentidos de la palabra) y generan puestos de trabajo, los holgazanes se benefician de ellas a trav茅s del Estado. Las grandes compa帽铆as son las vacas sagradas del progreso capitalista y el Estado con sus holgazanes son las lacras que impiden la aceleraci贸n de la econom铆a nacional.
En primera instancia es verdad. Este mecanismo no s贸lo mantiene una cultura de la pereza en las clases m谩s bajas esperando esa ayuda del Estado (cuando existe un sistema de seguro social como en Estados Unidos) sino que adem谩s alimenta el odio de las clases trabajadoras que deben resignarse a seguir pagando sus impuestos para mantener a ese margen de desocupados que b谩sicamente significan una carga y tambi茅n una permanente amenaza de mayor criminalidad y m谩s gastos en prisiones. Lo cual tambi茅n es cierto, ya que es m谩s probable que un desocupado profesional se dedique a alguna actividad criminal que un trabajador activo.
Este odio de clases mantiene el status quo y, por ende, el dinero sigue fluctuando de la clase trabajadora a la clase ejecutiva, entre otros medios, v铆a holgazanes-desocupados. Si esos desocupados estuviesen en el circuito de trabajo, probablemente consumir铆an menos y exigir铆an mejores salarios y educaci贸n. Estar铆an mejor organizados, no tendr铆an tanto resentimiento por aquellos que se levantan temprano para ir a sus trabajos, ser铆an menos v铆ctimas de la demagogia de los pol铆ticos populistas y de las sectas empresariales que son, en definitiva, las due帽as del capital y, sobre todo, del know-how social --los know-why y los know-what son irrelevantes.
Para alguien que debe vender un m铆nimo anual de toneladas de az煤car a la industria de la alimentaci贸n, por decirlo de alguna forma, un trabajador nunca ser谩 una mejor opci贸n que un desocupado mantenido por el Estado. Para los empresarios de la salud, tampoco. Algunos estudios recientes indican que el consumo de az煤car en las gaseosas es tan perjudicial para el h铆gado como el consumo de alcohol, ya que el h铆gado de cualquier forma debe metabolizar el az煤car (gluc贸lisis), por lo cual tomar una soda, en 煤ltima instancia y sin considerar las alteraciones de la conducta, es lo mismo que beber whisky (Nature, Dr. Robert Lustig, Univ. of California). Una Coca-Cola ni siquiera tiene las ventaja que tiene el vino para la salud. Sin embargo, en los 煤ltimos a帽os la proporci贸n de az煤car en las bebidas y la cantidad que consume cada individuo ha ido aumentando en el mundo entero, a pesar que nuestro organismo s贸lo tuvo tiempo de evolucionar para tolerar el az煤car de las frutas, una temporada al a帽o. Los especialistas consideran que ese aumento del consumo se debe a la presi贸n pol铆tica de las compa帽铆as que est谩n involucradas en la comercializaci贸n del az煤car. Como consecuencia, en Estados Unidos y en muchos otros pa铆ses tenemos poblaciones cada vez m谩s obesas y m谩s enfermas, lo que de paso significa mayores ganancias para la industria de la salud y los laboratorios farmac茅uticos.
Pero as铆 funciona la l贸gica del capitalismo tard铆o, que es la l贸gica global hoy en d铆a: si no hay consumo no hay producci贸n y sin 茅sta no hay ganancias. Ser铆a mucho m谩s saludable para los consumidores si los vendedores de alimentos a base de sabrosos shocks de sal-az煤car, asaltaran a cada consumidor antes de entrar a un supermercado. Pero esto, como el incremento de impuestos, es pol铆ticamente incorrecto y demasiado f谩cil de visualizar por parte de los consumidores. Siempre me llam贸 la atenci贸n el hecho universal de que los drogadictos roban y matan a personas honestas para comprar drogas y no roban ni asaltan a los mismos vendedores de drogas, lo cual ser铆a un camino m谩s directo e inmediato para una persona desesperada. Pero la respuesta es obvia: siempre es m谩s f谩cil asaltar a un trabajador honesto que a un delincuente que conoce el rubro. Por lo general, esto 煤ltimo es casi imposible, al menos para un consumidor com煤n.
El objetivo primario de cualquier empresa son las ganancias y todo lo dem谩s son discursos que intentan legitimar algo que no puede ser cambiado dentro de la l贸gica puramente capitalista. Cuando esta l贸gica funciona sin trabas, se llama progreso. Las compa帽铆as progresan y como consecuencia progresan los individuos --hacia la destrucci贸n propia y ajena.
Recientemente la ciudad de Nueva York prohibi贸 la venta de las botellas gigantes de soda alegando que estimulaban el excesivo consumo de az煤car. Este tipo de medidas nunca ser铆a tomada, ni siquiera propuesta, por una empresa privada cuyo objetivo es vender, al menos que venda agua mineral. Pero en este caso la prohibici贸n expl铆cita de una empresa sobre otra ir铆a contra las leyes del mercado, raz贸n por la cual esta lucha normalmente se produce seg煤n las leyes de Darwin, donde los m谩s fuertes devoran a los m谩s d茅biles.
Estos l铆mites a la “mano invisible del mercado” s贸lo pueden establecerlos los gobiernos. Lo mismo ocurri贸 con la lucha contra el tabaquismo. Los gobiernos suelen estar infestados, inoculados por los lobbies de las grandes corporaciones y suelen responder a sus intereses, pero no son monolitos y cada tanto recuerdan su raz贸n de ser seg煤n los preceptos modernos. Entonces se acuerdan de que existen para la poblaci贸n, y no al rev茅s, y act煤an en consecuencia reemplazando las ganancias por la salud colectiva.
Las libertades no han progresado por las corporaciones empresariales y financieras sino a pesar de estas. Han progresado a lo largo de la historia por aquellos que se han opuesto a los poderes hegem贸nicos o dominantes del momento. Siglos atr谩s esos poderes eran las iglesias o los Estados totalitarios, como los antiguos reyes y sus aristocracias, como en la Uni贸n Sovi茅tica y sus sat茅lites. Desde hace varios siglos hasta hoy, cada vez m谩s, esos poderes radican en las corporaciones que son las que poseen el poder en forma de capitales. Cualquier verdad que salga de los grandes medios estar谩 controlada de forma directa o de forma sutil –por ejemplo, a trav茅s de la autocensura-- por estas grandes firmas, que son las que mantienen los medios a trav茅s de los anuncios publicitaros. Los medios ya no sobreviven, como en el siglo XIX y gran parte del siglo XX, de la venta de ejemplares. Es decir, los grandes medios cada vez dependen menos y, por lo tanto, cada vez se deben menos a la clase media y trabajadora. La Era digital podr谩 un d铆a revertir este proceso, pero por el momento los individuos aislados se limitan a reproducir noticias y narrativas sociales prefabricadas por los grandes medios que b谩sicamente viven de los anuncios publicitarios de las grandes empresas y corporaciones. Es decir, los supery贸s sociales. El control es indirecto, sutil e implacable. Cualquier cosa que vaya contra los intereses de los anunciantes significar谩 la retirada de capitales y, por ende, la decadencia y el fin de esos medios, que dejar谩n lugar a otros para cumplir su rol de marionetas.
Con algunas excepciones, ni los pobres ni los trabajadores pueden hacer lobbies en los parlamentos. En tiempos de elecciones, son los las corporaciones quienes pondr谩n miles de millones para elegir un candidato o el otro. Ninguno de los candidatos cuestionar谩 la realidad b谩sica que sostiene la existencia de esta l贸gica pero cualquiera de ellos que sea elegido y luego electo --o viceversa-- estar谩 hipotecado en sus promesas cuando asuma el poder y deber谩 responder en consecuencia: ninguna empresa, ning煤n lobby pone millones de d贸lares en alg煤n lugar sin considerar eso como una inversi贸n. Si lo ponen para combatir el hambre en 脕frica ser谩 una inversi贸n moral, “lo que les sobra”, como dijera Jes煤s refiri茅ndose a las limosnas de los ricos. Si lo ponen en un candidato presidencial ser谩, obviamente, una inversi贸n de otro tipo.
El poder desproporcionado de estas corporaciones, muchas secretas o discretas son el peor atentado contra la democracia en el mundo. Pero pocos podr谩n decirlo sin ser etiquetados de idiotas. O aparecer谩n en algunos grandes medios voceros del establishment, porque cualquier medio que se precie de democr谩tico deber谩 pagar un impuesto a su hegemon铆a permitiendo que se filtren algunas opiniones verdaderamente cr铆ticas. Estas, claro, son excepciones, y entrar谩n en conflicto con un p煤blico acostumbrado al serm贸n diario que sostiene el punto de vista contrario. Es decir, ser谩n entendidas como productos infantiles de aquellos que no saben “c贸mo funciona el mundo” y defienden a los holgazanes desocupados que viven del Estado, mientras 茅ste vive de y castiga a las grandes empresas m谩s exitosas. Sobre todo en tiempos de crisis, el Estado las castiga con rebajas de impuestos, pr茅stamos sin plazo y rescates sin l铆mites.
Desde la 煤ltima gran crisis econ贸mica de 2008 en Estados Unidos, por ejemplo, las grandes empresas y corporaciones no han parado de aumentar sus ganancias mientras la reducci贸n del empleo ha sido d茅bil y un caballito de batalla para la oposici贸n al gobierno. Los economistas m谩s consultados por los grandes medios llaman a esto “aumento de la productividad”. Es decir, con menos trabajadores se obtienen mayores beneficios. Los trabajadores que sobran como consecuencia del aumento de productividad son derivados a la esfera del maldito Estado que debe asegurar que --aunque desmoralizados o por eso mismo-- sigan consumiendo con el dinero de la clase media para aumentar a煤n m谩s las ganancias de los mercaderes de las elites dominantes que, sin pagar esos salarios pero sin dejar de venderles las mismas baratijas y las mismas sodas azucaradas y las mismas chips saladas, ver谩n aumentadas a煤n m谩s la efectividad, la productividad y las ganancias de sus admirablemente exitosas empresas.
Nosotros podemos llamar a todo este mecanismo perverso “el doble negocio de la desocupaci贸n” o “los milagros de las crisis financieras”.
- Jorge Majfud, Jacksonville University - majfud.org
Los pobres desempleados e improductivos que viven de la ayuda del Estado en realidad no son un mal negocio para las grandes empresas. No s贸lo ayudan a mantener los sueldos deprimidos, seg煤n ya se sab铆a en el siglo XVIII, sino que, adem谩s, en nuestra civilizaci贸n de las cosas son consumidores perfectos. La ayuda que estos pobres desempleados reciben del Estado va destinada completamente al consumo de bienes b谩sicos o de diversion y dis-track-tion, lo que significa que las megaempresas a煤n as铆 contin煤an haciendo un gran negocio con el dinero de los contribuyentes. Por supuesto, todo tiene su arte y su l铆nea de naufragio.
Por otro lado, esta realidad sirve para una cr铆tica o un discurso en principio aceptable y enquistado en la conciencia popular del mundo rico, producto del bombardeo medi谩tico: mientras las grandes compa帽铆as producen (en varios sentidos de la palabra) y generan puestos de trabajo, los holgazanes se benefician de ellas a trav茅s del Estado. Las grandes compa帽铆as son las vacas sagradas del progreso capitalista y el Estado con sus holgazanes son las lacras que impiden la aceleraci贸n de la econom铆a nacional.
En primera instancia es verdad. Este mecanismo no s贸lo mantiene una cultura de la pereza en las clases m谩s bajas esperando esa ayuda del Estado (cuando existe un sistema de seguro social como en Estados Unidos) sino que adem谩s alimenta el odio de las clases trabajadoras que deben resignarse a seguir pagando sus impuestos para mantener a ese margen de desocupados que b谩sicamente significan una carga y tambi茅n una permanente amenaza de mayor criminalidad y m谩s gastos en prisiones. Lo cual tambi茅n es cierto, ya que es m谩s probable que un desocupado profesional se dedique a alguna actividad criminal que un trabajador activo.
Este odio de clases mantiene el status quo y, por ende, el dinero sigue fluctuando de la clase trabajadora a la clase ejecutiva, entre otros medios, v铆a holgazanes-desocupados. Si esos desocupados estuviesen en el circuito de trabajo, probablemente consumir铆an menos y exigir铆an mejores salarios y educaci贸n. Estar铆an mejor organizados, no tendr铆an tanto resentimiento por aquellos que se levantan temprano para ir a sus trabajos, ser铆an menos v铆ctimas de la demagogia de los pol铆ticos populistas y de las sectas empresariales que son, en definitiva, las due帽as del capital y, sobre todo, del know-how social --los know-why y los know-what son irrelevantes.
Para alguien que debe vender un m铆nimo anual de toneladas de az煤car a la industria de la alimentaci贸n, por decirlo de alguna forma, un trabajador nunca ser谩 una mejor opci贸n que un desocupado mantenido por el Estado. Para los empresarios de la salud, tampoco. Algunos estudios recientes indican que el consumo de az煤car en las gaseosas es tan perjudicial para el h铆gado como el consumo de alcohol, ya que el h铆gado de cualquier forma debe metabolizar el az煤car (gluc贸lisis), por lo cual tomar una soda, en 煤ltima instancia y sin considerar las alteraciones de la conducta, es lo mismo que beber whisky (Nature, Dr. Robert Lustig, Univ. of California). Una Coca-Cola ni siquiera tiene las ventaja que tiene el vino para la salud. Sin embargo, en los 煤ltimos a帽os la proporci贸n de az煤car en las bebidas y la cantidad que consume cada individuo ha ido aumentando en el mundo entero, a pesar que nuestro organismo s贸lo tuvo tiempo de evolucionar para tolerar el az煤car de las frutas, una temporada al a帽o. Los especialistas consideran que ese aumento del consumo se debe a la presi贸n pol铆tica de las compa帽铆as que est谩n involucradas en la comercializaci贸n del az煤car. Como consecuencia, en Estados Unidos y en muchos otros pa铆ses tenemos poblaciones cada vez m谩s obesas y m谩s enfermas, lo que de paso significa mayores ganancias para la industria de la salud y los laboratorios farmac茅uticos.
Pero as铆 funciona la l贸gica del capitalismo tard铆o, que es la l贸gica global hoy en d铆a: si no hay consumo no hay producci贸n y sin 茅sta no hay ganancias. Ser铆a mucho m谩s saludable para los consumidores si los vendedores de alimentos a base de sabrosos shocks de sal-az煤car, asaltaran a cada consumidor antes de entrar a un supermercado. Pero esto, como el incremento de impuestos, es pol铆ticamente incorrecto y demasiado f谩cil de visualizar por parte de los consumidores. Siempre me llam贸 la atenci贸n el hecho universal de que los drogadictos roban y matan a personas honestas para comprar drogas y no roban ni asaltan a los mismos vendedores de drogas, lo cual ser铆a un camino m谩s directo e inmediato para una persona desesperada. Pero la respuesta es obvia: siempre es m谩s f谩cil asaltar a un trabajador honesto que a un delincuente que conoce el rubro. Por lo general, esto 煤ltimo es casi imposible, al menos para un consumidor com煤n.
El objetivo primario de cualquier empresa son las ganancias y todo lo dem谩s son discursos que intentan legitimar algo que no puede ser cambiado dentro de la l贸gica puramente capitalista. Cuando esta l贸gica funciona sin trabas, se llama progreso. Las compa帽铆as progresan y como consecuencia progresan los individuos --hacia la destrucci贸n propia y ajena.
Recientemente la ciudad de Nueva York prohibi贸 la venta de las botellas gigantes de soda alegando que estimulaban el excesivo consumo de az煤car. Este tipo de medidas nunca ser铆a tomada, ni siquiera propuesta, por una empresa privada cuyo objetivo es vender, al menos que venda agua mineral. Pero en este caso la prohibici贸n expl铆cita de una empresa sobre otra ir铆a contra las leyes del mercado, raz贸n por la cual esta lucha normalmente se produce seg煤n las leyes de Darwin, donde los m谩s fuertes devoran a los m谩s d茅biles.
Estos l铆mites a la “mano invisible del mercado” s贸lo pueden establecerlos los gobiernos. Lo mismo ocurri贸 con la lucha contra el tabaquismo. Los gobiernos suelen estar infestados, inoculados por los lobbies de las grandes corporaciones y suelen responder a sus intereses, pero no son monolitos y cada tanto recuerdan su raz贸n de ser seg煤n los preceptos modernos. Entonces se acuerdan de que existen para la poblaci贸n, y no al rev茅s, y act煤an en consecuencia reemplazando las ganancias por la salud colectiva.
Las libertades no han progresado por las corporaciones empresariales y financieras sino a pesar de estas. Han progresado a lo largo de la historia por aquellos que se han opuesto a los poderes hegem贸nicos o dominantes del momento. Siglos atr谩s esos poderes eran las iglesias o los Estados totalitarios, como los antiguos reyes y sus aristocracias, como en la Uni贸n Sovi茅tica y sus sat茅lites. Desde hace varios siglos hasta hoy, cada vez m谩s, esos poderes radican en las corporaciones que son las que poseen el poder en forma de capitales. Cualquier verdad que salga de los grandes medios estar谩 controlada de forma directa o de forma sutil –por ejemplo, a trav茅s de la autocensura-- por estas grandes firmas, que son las que mantienen los medios a trav茅s de los anuncios publicitaros. Los medios ya no sobreviven, como en el siglo XIX y gran parte del siglo XX, de la venta de ejemplares. Es decir, los grandes medios cada vez dependen menos y, por lo tanto, cada vez se deben menos a la clase media y trabajadora. La Era digital podr谩 un d铆a revertir este proceso, pero por el momento los individuos aislados se limitan a reproducir noticias y narrativas sociales prefabricadas por los grandes medios que b谩sicamente viven de los anuncios publicitarios de las grandes empresas y corporaciones. Es decir, los supery贸s sociales. El control es indirecto, sutil e implacable. Cualquier cosa que vaya contra los intereses de los anunciantes significar谩 la retirada de capitales y, por ende, la decadencia y el fin de esos medios, que dejar谩n lugar a otros para cumplir su rol de marionetas.
Con algunas excepciones, ni los pobres ni los trabajadores pueden hacer lobbies en los parlamentos. En tiempos de elecciones, son los las corporaciones quienes pondr谩n miles de millones para elegir un candidato o el otro. Ninguno de los candidatos cuestionar谩 la realidad b谩sica que sostiene la existencia de esta l贸gica pero cualquiera de ellos que sea elegido y luego electo --o viceversa-- estar谩 hipotecado en sus promesas cuando asuma el poder y deber谩 responder en consecuencia: ninguna empresa, ning煤n lobby pone millones de d贸lares en alg煤n lugar sin considerar eso como una inversi贸n. Si lo ponen para combatir el hambre en 脕frica ser谩 una inversi贸n moral, “lo que les sobra”, como dijera Jes煤s refiri茅ndose a las limosnas de los ricos. Si lo ponen en un candidato presidencial ser谩, obviamente, una inversi贸n de otro tipo.
El poder desproporcionado de estas corporaciones, muchas secretas o discretas son el peor atentado contra la democracia en el mundo. Pero pocos podr谩n decirlo sin ser etiquetados de idiotas. O aparecer谩n en algunos grandes medios voceros del establishment, porque cualquier medio que se precie de democr谩tico deber谩 pagar un impuesto a su hegemon铆a permitiendo que se filtren algunas opiniones verdaderamente cr铆ticas. Estas, claro, son excepciones, y entrar谩n en conflicto con un p煤blico acostumbrado al serm贸n diario que sostiene el punto de vista contrario. Es decir, ser谩n entendidas como productos infantiles de aquellos que no saben “c贸mo funciona el mundo” y defienden a los holgazanes desocupados que viven del Estado, mientras 茅ste vive de y castiga a las grandes empresas m谩s exitosas. Sobre todo en tiempos de crisis, el Estado las castiga con rebajas de impuestos, pr茅stamos sin plazo y rescates sin l铆mites.
Desde la 煤ltima gran crisis econ贸mica de 2008 en Estados Unidos, por ejemplo, las grandes empresas y corporaciones no han parado de aumentar sus ganancias mientras la reducci贸n del empleo ha sido d茅bil y un caballito de batalla para la oposici贸n al gobierno. Los economistas m谩s consultados por los grandes medios llaman a esto “aumento de la productividad”. Es decir, con menos trabajadores se obtienen mayores beneficios. Los trabajadores que sobran como consecuencia del aumento de productividad son derivados a la esfera del maldito Estado que debe asegurar que --aunque desmoralizados o por eso mismo-- sigan consumiendo con el dinero de la clase media para aumentar a煤n m谩s las ganancias de los mercaderes de las elites dominantes que, sin pagar esos salarios pero sin dejar de venderles las mismas baratijas y las mismas sodas azucaradas y las mismas chips saladas, ver谩n aumentadas a煤n m谩s la efectividad, la productividad y las ganancias de sus admirablemente exitosas empresas.
Nosotros podemos llamar a todo este mecanismo perverso “el doble negocio de la desocupaci贸n” o “los milagros de las crisis financieras”.
- Jorge Majfud, Jacksonville University - majfud.org
