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Ministro episcopal

OPINI脫N de Rafael Fernando Navarro   

La Iglesia parte siempre de la univocidad de la verdad. Se siente su poseedora absoluta sin posibilidad de que nadie le discuta ese dominio que le viene nada menos que del 煤nico Dios verdadero y de la fuente del derecho natural. Pero se da la paradoja de que no es Dios o la naturaleza quien deposita la verdad en la Iglesia, sino que es la Iglesia la que fabrica la verdad y asigna su origen a la divinidad o al derecho natural. Naturaleza y Dios son as铆 los depositarios de un pensamiento construido por la Jerarqu铆a a lo largo de los siglos que busca un respaldo autoritario m谩s all谩 de sus mandatarios. Por eso cuando a la Jerarqu铆a se le pide que muestre el fundamento de muchas de sus normas nos remite, no a lo que deb铆a ser la fuente de la revelaci贸n, sino a la tradici贸n, entendida 茅sta como la vigencia de una creencia o pr谩ctica impuesta a lo largo del tiempo sin autocr铆tica alguna.

Con este bagaje ideol贸gico, la Iglesia se siente en el derecho de despreciar logros cient铆ficos, actitudes humanas, novedades conseguidas en el quehacer humano y humanizante de la vida. Construye incluso una cosmovisi贸n que hace de la tierra el centro del mundo. Y cuando la noria c贸smica invierte su camino tarda siglos en reconocer su error y pasa de puntillas sobre su propia equivocaci贸n. Mucos giros copernicanos necesita la Iglesia para adquirir un m铆nimo de coherencia con la ciencia, el devenir humano y la consecuci贸n de metas humanizantes que vamos ara帽ando a la historia para hacer un mundo m谩s habitable.

Desde esa conciencia de dominio absoluto, la Iglesia ha tratado de imponer siempre su moral sobre cualquier tipo de legislaci贸n que surja de la tarea libre del hombre. Espa帽a tiene experiencia de este predominio de los religioso sobre lo civil.. Durante cuarenta a帽os el desacuerdo con el r茅gimen dictatorial del caudillo por la gracia de Dios era autom谩ticamente un pecado contra la divinidad. No exist铆a, por ejemplo, el matrimonio civil porque el mandato eclesi谩stico obligaba a la recepci贸n de un sacramento impuesto por la Iglesia e instituido por el mismo Cristo. Lo importante en los amaneceres no eran las balas que segaban vidas, sino el sacramento del perd贸n otorgado por un sacerdote para que los fusilados fueran al cielo.

Parte la Iglesia de que la sexualidad no debe ser una fuente de placer vital, ni un acto de comunicaci贸n amorosa, ni una plenitud de vivencia. Es 煤nica y exclusivamente un factor de procreaci贸n. Y cuando 茅ste no se da por voluntad expresa de quienes ejercen el amor, se trunca su fin exclusivo y se convierte en pecado. De forma que la relaci贸n sexual viene definida por la pareja que la vive y un Dios que deposita el alma en el instante mismo del encuentro amoroso, fij谩ndose en ese mismo momento la vida de la persona en cuanto persona, la vida humana en cuanto humana.

Ni la ciencia ni la filosof铆a coinciden con esta visi贸n. Pero la Iglesia no admite que ninguna disciplina humana se oponga a su decisi贸n proclamada y atribuida al Dios que inspira su legislaci贸n. Y volvemos al principio: no es Dios quien deposita esta teor铆a en la Iglesia, sino que es la Jerarqu铆a la que hace responsable a Dios de sus leyes.

Cuando el ministro Gallard贸n retrotrae la legislaci贸n sobre el aborto a una fecha anterior al 85, est谩 convirti茅ndose en obispo dogm谩tico y abandonando su capacidad de legislador ajeno a los designios eclesi谩sticos que tiene en cuenta la ciencia y el desarrollo humano para legislar desde un Parlamento aconfesional. Retoma la visi贸n franquista de que es malo civilmente lo que eclesi谩sticamente es perverso. El ministro se coloca la mitra episcopal y hace de Espa帽a su propia di贸cesis.

La mujer queda expropiada de su cuerpo, de su sexualidad, de su maternidad responsable, de su grandeza, de su misterio de mujer para sufrir el yugo de una imposici贸n que la releva de su responsabilidad en la toma de decisiones. Y resulta inexplicable que no pueda abortar una mujer cuyo feto padece graves malformaciones y s铆 pueda hacerlo si ha sido violada. Confunde el ministro al concebido con el nasciturus sin explicar por qu茅 es impracticable legalmente el aborto de un feto malformado y s铆 el de una mujer violada. Tal vez Dios estuvo presente en el acto amoroso de la primera pareja y lleg贸 con retraso a la sacr铆lega violaci贸n de la segunda.

Hay que urgir al reconocimiento pleno de la libertad femenina. La mujer no llega a la plenitud de mujer cuando es madre (como proclama Gallard贸n) La mujer es plenamente ella misma cuando consigue hacer de su vida un proyecto consciente, liberalizador y humanizante.

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