OPINI脫N de Emilio Cafassi
La cumbre mercosure帽a de Brasilia que culmin贸 en esta semana con la formalizaci贸n del ingreso de Venezuela como miembro pleno abre una serie de interrogantes y reaviva disputas al interior de los pa铆ses integrantes, que exceden la cuesti贸n formal del modo y oportunidad de la incorporaci贸n. Una primera pregunta elemental es si efectivamente est谩 vivo y vigente este mercado com煤n y luego si redit煤a en los t茅rminos esperables a los participantes. Como primera respuesta se presenta de modo cuantitativamente est谩tico. Seis a帽os debi贸 esperar Venezuela hasta poder integrarse plenamente y lo hizo gracias a la desgracia paraguaya. De lo contrario continuar铆a de plant贸n. La raz贸n no deber铆a buscarse en el desinter茅s por el petr贸leo de las 茅lites gobernantes y sus lazos con intereses multinacionales (particularmente las paraguayas o hasta hace poco brasile帽as) sino su particular estrechez de miras para pensar la institucionalidad, inclusive mercantil, de un modo menos personalizado y visceralmente reactivo a la pluralidad y los potenciales cambios de car谩cter socializador. Es probable que para los intereses que defienden hayan hecho bien en resistir. Desde la declaraci贸n de Foz de Iguaz煤 de 1985, a poco menos de 30 a帽os, suscripta por Alfons铆n y Sarney, o la formalizaci贸n del Tratado de Asunci贸n de 1991 ya m谩s de dos d茅cadas atr谩s, poco y nada se ha logrado avanzar. Desde este 煤ltimo tratado es el primer pa铆s en sumarse. Pero tampoco desde la epidermis de la magnitud, este ingreso producir铆a un gran salto. El producto bruto del nuevo Mercosur ya ampliado (como simple sumatoria de los productos brutos internos de sus integrantes) s贸lo se incrementar铆a unas cent茅simas m谩s del 10%. Una dimensi贸n cualitativa se impone anal铆ticamente tanto a nivel de las ramas de producci贸n cuanto en lo que respecta a su regulaci贸n.
La caracterizaci贸n te贸rica y las estrategias pol铆ticas respecto al mercado han sido una de las varias fronteras divisorias hist贸ricas entre las izquierdas (si las concebimos anticapitalistas) y los progresismos, o si se prefiere, entre revolucionarios y reformistas. La controversia atraves贸 todo el siglo XX y no se encuentra plenamente saldada en el actual, habida cuenta de los fracasos tanto de las socialdemocracias como de los socialismos reales, raz贸n por la cu谩l la humanidad sigue anclada en su prehistoria. Me reiterar茅 respecto a otros art铆culos sosteniendo que no considero en esta etapa que esa divisi贸n resulte irreconciliable o insuperable. Puedo concebir que los reformistas no sean revolucionarios, que se propongan una suerte de humanizaci贸n -o morigeraci贸n de las violencias y vej谩menes- del capitalismo, pero de ninguna manera que pueda haber revolucionarios que rechacen u obstaculicen el reformismo, las mallas de contenci贸n del mientras tanto, o las conquistas de las minor铆as o mayor铆as m谩s postergadas o humilladas. Al menos en una etapa hist贸rica en la que los horizontes revolucionarios concitan limitada adhesi贸n popular y perspectivas concretas a煤n y sin que una estrategia transicional humanizadora y libertaria haya podido desarrollarse. El programa de transici贸n de Trotsky es muy poco para un siglo de elaboraci贸n reflexiva. Entre nuestros tantos d茅ficits, la ausencia de audacia y capacidad imaginativa ocupa un lugar de privilegio. No avizoro otra alternativa inmediata que una alianza, a煤n compleja, no exenta de empujes y resistencias, entre progresistas e izquierdistas en Am茅rica del Sur.
Unos y otros deber铆an poder reconocer, aunque siempre les resultar谩 m谩s f谩cil a los radicales, que la constituci贸n de un mercado no allana mec谩nicamente los obst谩culos para la producci贸n y distribuci贸n de la riqueza, aunque 茅sta sea su pretendida y expl铆cita funcionalidad. Antes bien, librado a su exclusiva suerte produce y reproduce de manera ampliada las m谩s salvajes desigualdades regionales y de clase. Si bien el mercado capitalista es una instancia de socializaci贸n de la producci贸n y la distribuci贸n, lo es s贸lo muy parcialmente y su faceta social est谩 atravesada por un embrollo de intereses, trapisondas, zancadillas y maniobras que conviven con estas formas de socializaci贸n, adem谩s de las implicancias pluriclasistas contrapuestas que contiene. El mercado es expresi贸n y reflejo de las relaciones a trav茅s de las cuales el trabajo particular, realizado por diferentes personas y empresas en diferentes naciones y regiones, se convierte en trabajo social. Los productos de esos trabajos, est谩n condenados de esta forma a ser reconocidos en su car谩cter social solo a trav茅s de una operaci贸n de intercambio que define, de esta forma, un tipo de divisi贸n del trabajo que transforma los productos del trabajo en mercanc铆as. De este modo, el trabajo privado se constituye en una al铆cuota del trabajo social gen茅rico, mediante una operaci贸n de equivalencia o, en otros t茅rminos, de homologaci贸n social. La interdependencia del capital respecto de la mercanc铆a expresa el marco general en el que tiene lugar la producci贸n de plusval铆a y las formas sociales derivadas de su apropiaci贸n, salvo que las empresas sean p煤blicas. En la propia potencial integraci贸n se cuelan los m谩s vastos intereses privados. Las mercanc铆as, digamos en nuestro caso petr贸leo, soja, autom贸viles, minerales, etc., son la s铆ntesis de m煤ltiples determinaciones y, en este sentido, la unidad de lo diverso y complejo. Infinidad de conflictos e intereses se encuentran coagulados en estos envoltorios materiales. Su socializaci贸n es incompleta. Atrae y expulsa. Enriquece a unos mientras empobrece a otros a la vez.
El Mercosur fue concebido en pleno per铆odo de apogeo del neoliberalismo que por casi 3 d茅cadas carcomi贸 las econom铆as sudamericanas y potenci贸 la penetraci贸n de los intereses imperiales, adem谩s de haberse acompa帽ado (y facilitado) por el genocidio. Cont贸 para ello con los m谩s grandes asesinos impuestos por la violencia pero tambi茅n con pac铆ficos ciudadanos electos. Precisamente porque el cenit de la ideolog铆a neoliberal es la m谩s pura e ilimitada “sociabilidad” mercantil. Un campo de disputa antes que de solidaridad. Un escenario de desigualdades y polarizaciones antes que de equidad. Volviendo al interrogante original desde una dimensi贸n ahora cualitativa, ¿es progresista la ampliaci贸n mercantil? Encuentro dos ventajas relativas que podr铆an sustentar la hip贸tesis afirmativa. Por un lado la de la extensi贸n de la escala productiva y distributiva, es decir el incremento de magnitudes y por otro la diversificaci贸n cualitativa. Pero siempre con todas las consecuencias pauperizantes y socialmente desintegradoras de todo mercado. Respecto a este paso concreto, si bien el crecimiento de magnitud no es mayormente rutilante, la reciente incorporaci贸n es la de un pa铆s que dispone de la mayores reservas petroleras del mundo, inclusive superando al mayor de los integrantes de la OPEP que junto a Brasil y Argentina no s贸lo garantizan a mediano plazo la plena autonom铆a energ茅tica del conjunto, (a diferencia de otros mercados centrales como el europeo o el NAFTA), sino tambi茅n alimentaria. Ante la crisis y expansi贸n de las (ya recurrentes) pol铆ticas proteccionistas de los pa铆ses centrales, la autonom铆a en la mayor cantidad de 谩reas posibles es una condici贸n fundamental de superaci贸n o contenci贸n de las consecuencias de la crisis. Pero a la vez Venezuela trae consigo adyacencias mercantiles que no son incompatibles como el ALBA y permite fortalece alianzas pol铆ticas como la UNASUR o la Celac.
Por 煤ltimo, ¿es posible compensar o mitigar, a煤n parcialmente, las desigualdades, anarqu铆a y atomizaci贸n de la integraci贸n mercantil? Lo es s贸lo si el mercado se regula y planifica con una perspectiva de conjunto e integradora. De lo contrario suceder谩 con los m谩s peque帽os lo que expuso el periodista Legnani en un editorial de este diario que trae a colaci贸n la preocupaci贸n uruguaya de un viejo dirigente comunista: “Brasil y Argentina siempre han arrojado sus desechos en la vereda nuestra. Y lo har谩n en el futuro por la desproporci贸n de escala. No se trata de maldad o de falta de generosidad, ni de cultura ni de buenas maneras. Las leyes internas del poder les reclaman exportar el caos al entorno para mantener el m铆nimo de orden al interno”. Precisamente los socios m谩s grandes, y particularmente Argentina con su r茅gimen populista de derechistas reciclados, son los que m谩s han saboteado y sabotean con pol铆ticas proteccionistas y manipulaci贸n del tipo de cambio las perspectivas de crecimiento com煤n. Si lo dijera un norteamericano probablemente exclamara: “es el mercado, est煤pido”.
El punto de partida no es el mejor. El mercado deber铆a ser una consecuencia regulada y casi indispensable de la construcci贸n de un espacio pol铆tico com煤n basado en metas institucionales, sociales, econ贸micas, financieras, educativas, laborales, culturales, de defensa y no a la inversa. Sin embargo en este punto tambi茅n la incorporaci贸n de Venezuela y la circunstancia de que sea el Presidente Ch谩vez qui茅n la presida podr谩n contribuir en algo a la conformaci贸n tard铆a de consenso en torno a esas metas y su posible institucionalizaci贸n. Por la pol铆tica antiimperialista y enf谩ticamente integracionista que ha venido sosteniendo. Aunque lamentablemente bajo la forma de una enfermedad end茅mica com煤n de las izquierdas y los progresismos, contagiada por la colonizaci贸n derechista. La del personalismo excluyente y el culto a la personalidad que bloquea o al menos debilita la continuidad de iniciativas encomiables por parte de colectivos sucesores.
Es probable que las derechas reaccionarias tuvieran raz贸n en resistir el ingreso venezolano para impedir que variantes m谩s s贸lidas y consecuentes de regulaci贸n mercantil y de fundaci贸n de empresas estatales multinacionales y de infraestructura tengan lugar. Para ello hace falta mucho m谩s que mercado. O en otros t茅rminos, mucho menos mercado y mucha m谩s integraci贸n pol铆tico-solidaria.
La cumbre mercosure帽a de Brasilia que culmin贸 en esta semana con la formalizaci贸n del ingreso de Venezuela como miembro pleno abre una serie de interrogantes y reaviva disputas al interior de los pa铆ses integrantes, que exceden la cuesti贸n formal del modo y oportunidad de la incorporaci贸n. Una primera pregunta elemental es si efectivamente est谩 vivo y vigente este mercado com煤n y luego si redit煤a en los t茅rminos esperables a los participantes. Como primera respuesta se presenta de modo cuantitativamente est谩tico. Seis a帽os debi贸 esperar Venezuela hasta poder integrarse plenamente y lo hizo gracias a la desgracia paraguaya. De lo contrario continuar铆a de plant贸n. La raz贸n no deber铆a buscarse en el desinter茅s por el petr贸leo de las 茅lites gobernantes y sus lazos con intereses multinacionales (particularmente las paraguayas o hasta hace poco brasile帽as) sino su particular estrechez de miras para pensar la institucionalidad, inclusive mercantil, de un modo menos personalizado y visceralmente reactivo a la pluralidad y los potenciales cambios de car谩cter socializador. Es probable que para los intereses que defienden hayan hecho bien en resistir. Desde la declaraci贸n de Foz de Iguaz煤 de 1985, a poco menos de 30 a帽os, suscripta por Alfons铆n y Sarney, o la formalizaci贸n del Tratado de Asunci贸n de 1991 ya m谩s de dos d茅cadas atr谩s, poco y nada se ha logrado avanzar. Desde este 煤ltimo tratado es el primer pa铆s en sumarse. Pero tampoco desde la epidermis de la magnitud, este ingreso producir铆a un gran salto. El producto bruto del nuevo Mercosur ya ampliado (como simple sumatoria de los productos brutos internos de sus integrantes) s贸lo se incrementar铆a unas cent茅simas m谩s del 10%. Una dimensi贸n cualitativa se impone anal铆ticamente tanto a nivel de las ramas de producci贸n cuanto en lo que respecta a su regulaci贸n.
La caracterizaci贸n te贸rica y las estrategias pol铆ticas respecto al mercado han sido una de las varias fronteras divisorias hist贸ricas entre las izquierdas (si las concebimos anticapitalistas) y los progresismos, o si se prefiere, entre revolucionarios y reformistas. La controversia atraves贸 todo el siglo XX y no se encuentra plenamente saldada en el actual, habida cuenta de los fracasos tanto de las socialdemocracias como de los socialismos reales, raz贸n por la cu谩l la humanidad sigue anclada en su prehistoria. Me reiterar茅 respecto a otros art铆culos sosteniendo que no considero en esta etapa que esa divisi贸n resulte irreconciliable o insuperable. Puedo concebir que los reformistas no sean revolucionarios, que se propongan una suerte de humanizaci贸n -o morigeraci贸n de las violencias y vej谩menes- del capitalismo, pero de ninguna manera que pueda haber revolucionarios que rechacen u obstaculicen el reformismo, las mallas de contenci贸n del mientras tanto, o las conquistas de las minor铆as o mayor铆as m谩s postergadas o humilladas. Al menos en una etapa hist贸rica en la que los horizontes revolucionarios concitan limitada adhesi贸n popular y perspectivas concretas a煤n y sin que una estrategia transicional humanizadora y libertaria haya podido desarrollarse. El programa de transici贸n de Trotsky es muy poco para un siglo de elaboraci贸n reflexiva. Entre nuestros tantos d茅ficits, la ausencia de audacia y capacidad imaginativa ocupa un lugar de privilegio. No avizoro otra alternativa inmediata que una alianza, a煤n compleja, no exenta de empujes y resistencias, entre progresistas e izquierdistas en Am茅rica del Sur.
Unos y otros deber铆an poder reconocer, aunque siempre les resultar谩 m谩s f谩cil a los radicales, que la constituci贸n de un mercado no allana mec谩nicamente los obst谩culos para la producci贸n y distribuci贸n de la riqueza, aunque 茅sta sea su pretendida y expl铆cita funcionalidad. Antes bien, librado a su exclusiva suerte produce y reproduce de manera ampliada las m谩s salvajes desigualdades regionales y de clase. Si bien el mercado capitalista es una instancia de socializaci贸n de la producci贸n y la distribuci贸n, lo es s贸lo muy parcialmente y su faceta social est谩 atravesada por un embrollo de intereses, trapisondas, zancadillas y maniobras que conviven con estas formas de socializaci贸n, adem谩s de las implicancias pluriclasistas contrapuestas que contiene. El mercado es expresi贸n y reflejo de las relaciones a trav茅s de las cuales el trabajo particular, realizado por diferentes personas y empresas en diferentes naciones y regiones, se convierte en trabajo social. Los productos de esos trabajos, est谩n condenados de esta forma a ser reconocidos en su car谩cter social solo a trav茅s de una operaci贸n de intercambio que define, de esta forma, un tipo de divisi贸n del trabajo que transforma los productos del trabajo en mercanc铆as. De este modo, el trabajo privado se constituye en una al铆cuota del trabajo social gen茅rico, mediante una operaci贸n de equivalencia o, en otros t茅rminos, de homologaci贸n social. La interdependencia del capital respecto de la mercanc铆a expresa el marco general en el que tiene lugar la producci贸n de plusval铆a y las formas sociales derivadas de su apropiaci贸n, salvo que las empresas sean p煤blicas. En la propia potencial integraci贸n se cuelan los m谩s vastos intereses privados. Las mercanc铆as, digamos en nuestro caso petr贸leo, soja, autom贸viles, minerales, etc., son la s铆ntesis de m煤ltiples determinaciones y, en este sentido, la unidad de lo diverso y complejo. Infinidad de conflictos e intereses se encuentran coagulados en estos envoltorios materiales. Su socializaci贸n es incompleta. Atrae y expulsa. Enriquece a unos mientras empobrece a otros a la vez.
El Mercosur fue concebido en pleno per铆odo de apogeo del neoliberalismo que por casi 3 d茅cadas carcomi贸 las econom铆as sudamericanas y potenci贸 la penetraci贸n de los intereses imperiales, adem谩s de haberse acompa帽ado (y facilitado) por el genocidio. Cont贸 para ello con los m谩s grandes asesinos impuestos por la violencia pero tambi茅n con pac铆ficos ciudadanos electos. Precisamente porque el cenit de la ideolog铆a neoliberal es la m谩s pura e ilimitada “sociabilidad” mercantil. Un campo de disputa antes que de solidaridad. Un escenario de desigualdades y polarizaciones antes que de equidad. Volviendo al interrogante original desde una dimensi贸n ahora cualitativa, ¿es progresista la ampliaci贸n mercantil? Encuentro dos ventajas relativas que podr铆an sustentar la hip贸tesis afirmativa. Por un lado la de la extensi贸n de la escala productiva y distributiva, es decir el incremento de magnitudes y por otro la diversificaci贸n cualitativa. Pero siempre con todas las consecuencias pauperizantes y socialmente desintegradoras de todo mercado. Respecto a este paso concreto, si bien el crecimiento de magnitud no es mayormente rutilante, la reciente incorporaci贸n es la de un pa铆s que dispone de la mayores reservas petroleras del mundo, inclusive superando al mayor de los integrantes de la OPEP que junto a Brasil y Argentina no s贸lo garantizan a mediano plazo la plena autonom铆a energ茅tica del conjunto, (a diferencia de otros mercados centrales como el europeo o el NAFTA), sino tambi茅n alimentaria. Ante la crisis y expansi贸n de las (ya recurrentes) pol铆ticas proteccionistas de los pa铆ses centrales, la autonom铆a en la mayor cantidad de 谩reas posibles es una condici贸n fundamental de superaci贸n o contenci贸n de las consecuencias de la crisis. Pero a la vez Venezuela trae consigo adyacencias mercantiles que no son incompatibles como el ALBA y permite fortalece alianzas pol铆ticas como la UNASUR o la Celac.
Por 煤ltimo, ¿es posible compensar o mitigar, a煤n parcialmente, las desigualdades, anarqu铆a y atomizaci贸n de la integraci贸n mercantil? Lo es s贸lo si el mercado se regula y planifica con una perspectiva de conjunto e integradora. De lo contrario suceder谩 con los m谩s peque帽os lo que expuso el periodista Legnani en un editorial de este diario que trae a colaci贸n la preocupaci贸n uruguaya de un viejo dirigente comunista: “Brasil y Argentina siempre han arrojado sus desechos en la vereda nuestra. Y lo har谩n en el futuro por la desproporci贸n de escala. No se trata de maldad o de falta de generosidad, ni de cultura ni de buenas maneras. Las leyes internas del poder les reclaman exportar el caos al entorno para mantener el m铆nimo de orden al interno”. Precisamente los socios m谩s grandes, y particularmente Argentina con su r茅gimen populista de derechistas reciclados, son los que m谩s han saboteado y sabotean con pol铆ticas proteccionistas y manipulaci贸n del tipo de cambio las perspectivas de crecimiento com煤n. Si lo dijera un norteamericano probablemente exclamara: “es el mercado, est煤pido”.
El punto de partida no es el mejor. El mercado deber铆a ser una consecuencia regulada y casi indispensable de la construcci贸n de un espacio pol铆tico com煤n basado en metas institucionales, sociales, econ贸micas, financieras, educativas, laborales, culturales, de defensa y no a la inversa. Sin embargo en este punto tambi茅n la incorporaci贸n de Venezuela y la circunstancia de que sea el Presidente Ch谩vez qui茅n la presida podr谩n contribuir en algo a la conformaci贸n tard铆a de consenso en torno a esas metas y su posible institucionalizaci贸n. Por la pol铆tica antiimperialista y enf谩ticamente integracionista que ha venido sosteniendo. Aunque lamentablemente bajo la forma de una enfermedad end茅mica com煤n de las izquierdas y los progresismos, contagiada por la colonizaci贸n derechista. La del personalismo excluyente y el culto a la personalidad que bloquea o al menos debilita la continuidad de iniciativas encomiables por parte de colectivos sucesores.
Es probable que las derechas reaccionarias tuvieran raz贸n en resistir el ingreso venezolano para impedir que variantes m谩s s贸lidas y consecuentes de regulaci贸n mercantil y de fundaci贸n de empresas estatales multinacionales y de infraestructura tengan lugar. Para ello hace falta mucho m谩s que mercado. O en otros t茅rminos, mucho menos mercado y mucha m谩s integraci贸n pol铆tico-solidaria.
