Athanas Makundi. MOGADISHU, Somalia.-. Amina caminaba con brío junto a su hijo de cuatro años, Ismail Mohamed, para recoger agua en el extremo del campamento de Mogadishu, donde viven. Al levantarse el sol podían oir el llanto de los bebés y disparos en la lejanía.
"Tenemos que levantarnos temprano para ir a por agua porque escasea mucho", dijo Amina. "Si no lo haces te encuentras una larga fila delante de la fuente y a veces el agua se acaba".
Una vez que hubo llenado sus contenedores de plástico amarillos se apresuró a casa para preparar el desayuno. El hogar familiar, hecho a base de lonas de plástico, cartón y telas de colores, ofrece poca protección frente a las fuertes lluvias nocturnas.
"Nuestro refugio está a la intemperie y los niños tienen frío a menudo", señaló Amina mientras hervía el agua en una fogata al aire libre. "Prefiero en cambio estar aquí que en el poblado porque tenemos comida, agua y medicinas".
Encontrar tratamiento
Hace un año, la sequía aparejada a la escalada de los combates y la falta de acceso de los trabajadores humanitarios condujo a una hambruna terrible en la región de Bajo Shebelle del sur de Somalia, donde vivía la familia de Amina.
"Todos nuestros animales murieron y no quedó nada", comentó el esposo de Amina, Mohamed Ibrahim, mientras sorbía su té. "Tuvimos que marcharnos. Mi hijo Ismail se había puesto enfermo".
La voz de Amina se quebró de la emoción mientras narraba la odisea familiar.
"Cuando llegamos a Mogadishu, Ismail ya estaba muy enfermo", dijo. "Su cuerpo empezó a hincharse y se le empezó a pelar la piel".
Ismail estaba gravemente desnutrido y, al igual que muchos niños en su condición, contrajo sarampión y cólera. Su cuerpo se inflamó tanto que no podía abrir los ojos. "Me preocupé de verdad cuando se le cerraron los ojos", expresó Amina mientras negaba con la cabeza. "No sabía qué hacer. '¿Dónde puedo encontrar ayuda?', me solía preguntar".
El personal de divulgación del campamento informó al padre de Ismail acerca del centro de alimentación, administrado por la ONG somalí SAACID, que contaba con el apoyo de UNICEF.
Allí se enteraron de que Ismail tenía una especie de desnutrición grave conocida como kwashiorkor que requería tratamiento urgente.
"Cuando nos lo trajeron, su tasa de inflamación -denominada edema- era muy alta", expuso Abdullahi Mohamed, enfermera de SAACID que fue la primera persona en tratar a Ismail en el centro. "Entonces no pudimos hacer mucho por él".
Ismail fue enviado entonces a un hospital administrado por Médicos Sin Fronteras de Bélgica, donde estuvo ingresado dos semanas hasta que remitió el edema.
"Entonce lo llevamos a nuestro centro de alimentación, donde le pusimos en un programa terapéutico", indicó Mohamed. "Ahora uno puede ver que Ismail está vivo y coleando".
La ayuda desde la declaración de hambruna
Miles de niños de las regiones central y meridional de Somalia murieron antes de que se declarara la hambruna el 20 de julio de 2011. Sin embargo, la respuesta humanitaria en masa ayudó a salvar muchas vidas.
En el último año, UNICEF ha tratado a más de 455.000 niños con desnutrición aguda en toda Somalia, de los que al menos 225.000 padecían desnutrición grave: la inmensa mayoría procedían de las regiones central y meridional.
Ismail ha hecho unos progresos extraordinarios y su madre apenas da crédito al cambio.
"Cuando se recuperó volví a tener esperanzas en mi corazón", comentó. "Estoy muy feliz".
No obstante, la situación en muchas zonas de Somalia todavía es frágil. Se estima que 2,5 millones de personas -la mitad niños y niñas- todavía necesitan asistencia.
"Aunque la necesidad no es tan elevada como hace un año, todavía hay niños que sufren como Ismail", expuso Mohamed. "Seguimos viendo a niños como él en nuestros centros de alimentación, pero la magnitud de la urgencia no es equiparable a la del año pasado".
La ayuda de emergencia es claramente evidente, pero no será suficiente. UNICEF trabaja asimismo para fomentar la capacidad de recuperación de los más vulnerables mediante el refuerzo de los servicios básicos en las comunidades. Esta es la única manera, a largo plazo, de reducir los riesgos provocados por las crisis como la sequía y la inseguridad alimentaria, así como de garantizar que niños como Ismail puedan aspirar a una infancia normal.
"Tenemos que levantarnos temprano para ir a por agua porque escasea mucho", dijo Amina. "Si no lo haces te encuentras una larga fila delante de la fuente y a veces el agua se acaba".
Una vez que hubo llenado sus contenedores de plástico amarillos se apresuró a casa para preparar el desayuno. El hogar familiar, hecho a base de lonas de plástico, cartón y telas de colores, ofrece poca protección frente a las fuertes lluvias nocturnas."Nuestro refugio está a la intemperie y los niños tienen frío a menudo", señaló Amina mientras hervía el agua en una fogata al aire libre. "Prefiero en cambio estar aquí que en el poblado porque tenemos comida, agua y medicinas".
Encontrar tratamiento
Hace un año, la sequía aparejada a la escalada de los combates y la falta de acceso de los trabajadores humanitarios condujo a una hambruna terrible en la región de Bajo Shebelle del sur de Somalia, donde vivía la familia de Amina.
"Todos nuestros animales murieron y no quedó nada", comentó el esposo de Amina, Mohamed Ibrahim, mientras sorbía su té. "Tuvimos que marcharnos. Mi hijo Ismail se había puesto enfermo".
La voz de Amina se quebró de la emoción mientras narraba la odisea familiar.
"Cuando llegamos a Mogadishu, Ismail ya estaba muy enfermo", dijo. "Su cuerpo empezó a hincharse y se le empezó a pelar la piel".
Ismail estaba gravemente desnutrido y, al igual que muchos niños en su condición, contrajo sarampión y cólera. Su cuerpo se inflamó tanto que no podía abrir los ojos. "Me preocupé de verdad cuando se le cerraron los ojos", expresó Amina mientras negaba con la cabeza. "No sabía qué hacer. '¿Dónde puedo encontrar ayuda?', me solía preguntar".
El personal de divulgación del campamento informó al padre de Ismail acerca del centro de alimentación, administrado por la ONG somalí SAACID, que contaba con el apoyo de UNICEF.
Allí se enteraron de que Ismail tenía una especie de desnutrición grave conocida como kwashiorkor que requería tratamiento urgente.
"Cuando nos lo trajeron, su tasa de inflamación -denominada edema- era muy alta", expuso Abdullahi Mohamed, enfermera de SAACID que fue la primera persona en tratar a Ismail en el centro. "Entonces no pudimos hacer mucho por él".
Ismail fue enviado entonces a un hospital administrado por Médicos Sin Fronteras de Bélgica, donde estuvo ingresado dos semanas hasta que remitió el edema.
"Entonce lo llevamos a nuestro centro de alimentación, donde le pusimos en un programa terapéutico", indicó Mohamed. "Ahora uno puede ver que Ismail está vivo y coleando".
La ayuda desde la declaración de hambruna
Miles de niños de las regiones central y meridional de Somalia murieron antes de que se declarara la hambruna el 20 de julio de 2011. Sin embargo, la respuesta humanitaria en masa ayudó a salvar muchas vidas.
En el último año, UNICEF ha tratado a más de 455.000 niños con desnutrición aguda en toda Somalia, de los que al menos 225.000 padecían desnutrición grave: la inmensa mayoría procedían de las regiones central y meridional.
Ismail ha hecho unos progresos extraordinarios y su madre apenas da crédito al cambio.
"Cuando se recuperó volví a tener esperanzas en mi corazón", comentó. "Estoy muy feliz".
No obstante, la situación en muchas zonas de Somalia todavía es frágil. Se estima que 2,5 millones de personas -la mitad niños y niñas- todavía necesitan asistencia.
"Aunque la necesidad no es tan elevada como hace un año, todavía hay niños que sufren como Ismail", expuso Mohamed. "Seguimos viendo a niños como él en nuestros centros de alimentación, pero la magnitud de la urgencia no es equiparable a la del año pasado".
La ayuda de emergencia es claramente evidente, pero no será suficiente. UNICEF trabaja asimismo para fomentar la capacidad de recuperación de los más vulnerables mediante el refuerzo de los servicios básicos en las comunidades. Esta es la única manera, a largo plazo, de reducir los riesgos provocados por las crisis como la sequía y la inseguridad alimentaria, así como de garantizar que niños como Ismail puedan aspirar a una infancia normal.
