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Ancianos muertos en soledad

OPINI脫N de Jos茅 Carlos Garc铆a Fajardo   

Hace unos d铆as encontraron muertos en sus domicilios de Madrid a dos personas de 85 y 82 a帽os, uno ya descompuesto sobre su cama y la hermana tirada en el pasillo, muerta desde hac铆a tres d铆as.

Eran ciudadanos que pagaban sus impuestos, y que murieron en la m谩s triste soledad durante este t贸rrido verano. Lo mismo ha sucedido en otras grandes urbes. Y en nuestras ciudades, mueren ancianos en soledad durante todo el a帽o.

La opini贸n p煤blica no es capaz de asimilar este tr谩gico destino que amenaza a centenares de miles de personas ancianas que viven solas y a las que descubren los vecinos por el olor que se cuela por sus puertas, o por el ruido de un televisor encendido. Nadie los hab铆a echado de menos. Nadie hab铆a acudido a su llamada de socorro ante una rotura de f茅mur, un accidente en su domicilio o una enfermedad banal que los imposibilit贸 para utilizar el tel茅fono o gritar de forma que lo oyeran sus vecinos.

Nadie sujet贸 sus manos, ni sec贸 sus frentes ni refresc贸 sus labios mientras se enfrentaban al tr谩nsito en el que sus vidas se apagaban.

Ning煤n animal padece la experiencia de soledad en el momento de su muerte. Los seres humanos, s铆.

Es necesario representarlos como a nuestros propios padres e hijos, como a un amigo. No cabe ninguna abstracci贸n ante la muerte ni ante la vida, ante la injusticia y la insolidaridad que se apodera de unas sociedades esclavas de vor谩gines que nos dominan. Es preciso denunciar y gritar para rescatar la memoria del olvido.

Toda persona, por el hecho de haber nacido, forma parte de la gran familia humana. Para cada uno de los componentes de la sociedad, el “otro” no s贸lo es referencia sino componente fundamental de una existencia compartida.

Eso es lo que entendemos por civilizaci贸n, eso es lo que asumimos como miembros de la sociedad humana. Con independencia de cualquier moral, religi贸n o filosof铆a, porque aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener sentido vivir. Lo sepan o no, lo respeten o lo conculquen, en las diversas expresiones culturales, el vivir de los seres humanos y del mundo animado, y a煤n del medio en que vivimos, tiene un profundo sentido que nos informa y nos sostiene, porque nos anima.

Vivir es un quehacer que es preciso compartir con los dem谩s en un 谩mbito general de libertad, de justicia y de solidaridad. Vivir con dignidad puede aconsejar a una persona poner fin a una situaci贸n insoportable. Pero no nos puede permitir que abandonemos en nuestras ciudades a personas para morir en soledad, con tristeza y sin auxilio.

Al menos, el del cari帽o, la comprensi贸n y la cercan铆a.

Somos responsables de su suerte porque hoy es posible arbitrar medios para identificarlos y mantener servicios sociales que los cuiden. Ahora ha sido el calor, durante todo el a帽o son la enfermedad, los accidentes o la infinita tristeza de saberse abandonados. El aislamiento f铆sico no siempre responde a un abandono de sus familias. Su soledad responde a una sensaci贸n de impotencia por vivir una circunstancia para la que nadie los prepar贸. Asumieron la jubilaci贸n como la meta de una carrera que consist铆a en producir. Algunos caen en la cuenta de que a煤n conservan salud y muchas de sus aptitudes f铆sicas y mentales, pero no saben c贸mo compartirlas.

Muchos voluntarios sociales han asumido un compromiso con una persona mayor para visitarla, dar un paseo o acompa帽arla a cualquier sitio que sirva como excusa para compartir un rato y hablar. Otros j贸venes comparten el curso acad茅mico con personas ancianas que viven solas, pueden valerse por ellas mismas, pero que disfrutan con estos nietos adoptivos y ellos con el descubrimiento de una realidad desconocida. En este caso la coordinaci贸n y el control son necesarios por personas preparadas de alguna asociaci贸n civil responsable. Desde hace d茅cadas funciona en Madrid el programa de vivienda compartida con inmensas satisfacciones, y esfuerzos, claro.

En ning煤n pueblo de econom铆a de subsistencia se abandona a los ancianos, sino que se les venera, se les reverencia y se les considera como clave de la vida familiar y social. Cualquier anciano es responsabilidad, no s贸lo de su familia sino del grupo social, y su p茅rdida es sentida por cada una de las personas como algo personal.

En las sociedades aparentemente desarrolladas y que tan s贸lo lo son en crecimiento econ贸mico y en posibilidades cient铆ficas y t茅cnicas, no es de recibo asistir cada a帽o y cada d铆a a este espect谩culo de seres humanos que mueren abandonados.

Jos茅 Carlos Garc铆a Fajardo

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