OPINI脫N de Jes煤s G贸mez Guti茅rrez
Mar铆a, rumana, entra en el centro de salud S’Escorxador de Palma de Mallorca. Al llegar al mostrador, le dicen que no la pueden atender si no paga ochenta y cinco euros por adelantado. Son las normas nuevas. O al menos, lo parecen. Pero lejos de resignarse, Mar铆a sale del ambulatorio y se dirige a M茅dicos del Mundo, donde se le informa de que no tiene que pagar nada por adelantado y de que su caso, como todos los casos urgentes, es gratuito.
«Si no hubiera sido valiente y tenido el tiempo necesario para reclamar, ahora estar铆a en casa con una infecci贸n en el o铆do o con ochenta y cinco euros menos», afirman en la ONG. Y tambi茅n afirman otra cosa: que en algunos ambulatorios se ha estado cobrando a los inmigrantes sin papeles cuando a煤n «no hab铆a entrado en vigor el decreto» que lo impone. As铆, como suena. Antes incluso de que las damas y caballeros de este Gobierno dieran rienda suelta a sus tendencias asesinas. As铆, tambi茅n como suena. Porque dejar sin cobertura sanitaria a cientos de miles de inmigrantes con los bolsillos vac铆os es un atentado contra la vida de las personas.
Por suerte, Mar铆a recibi贸 la atenci贸n que necesitaba. Una historia feliz, en cierto modo; buena para los medios y buena para los que quieren creer que el sistema funciona hasta por sus errores. Pero no funciona. Mata, destruye, expulsa. Por cada excepci贸n feliz, hay una norma tr谩gica que empieza en las decisiones de la 茅lite y termina en las decisiones de los esclavos y los aprovechados que los emulan. Que nadie se equivoque. Aunque el grado de responsabilidad sea distinto, el funcionario que intent贸 enga帽ar a Mar铆a y todos los que deniegan la asistencia sanitaria, son culpables.
La humanidad empez贸 a pasar de la adolescencia a la madurez cuando N煤remberg anul贸 la excusa de la obediencia debida. En mi opini贸n, gran parte del mundo nuevo, del nuevo socialismo que debemos construir, est谩 en ese punto. Alguien dispara las balas. Alguien desahucia a un inquilino. Alguien rechaza a un paciente. Alguien con nombre y apellidos que, cuando forcemos un cambio profundo en las estructuras, no se podr谩 esconder tras el paraguas de la obediencia. Hasta entonces, en general, s贸lo tenemos la fuerza de una condena 茅tica. Pero sus nombres se pueden conseguir. Y la 茅tica les puede escupir por las calles.
Mar铆a, rumana, entra en el centro de salud S’Escorxador de Palma de Mallorca. Al llegar al mostrador, le dicen que no la pueden atender si no paga ochenta y cinco euros por adelantado. Son las normas nuevas. O al menos, lo parecen. Pero lejos de resignarse, Mar铆a sale del ambulatorio y se dirige a M茅dicos del Mundo, donde se le informa de que no tiene que pagar nada por adelantado y de que su caso, como todos los casos urgentes, es gratuito.
«Si no hubiera sido valiente y tenido el tiempo necesario para reclamar, ahora estar铆a en casa con una infecci贸n en el o铆do o con ochenta y cinco euros menos», afirman en la ONG. Y tambi茅n afirman otra cosa: que en algunos ambulatorios se ha estado cobrando a los inmigrantes sin papeles cuando a煤n «no hab铆a entrado en vigor el decreto» que lo impone. As铆, como suena. Antes incluso de que las damas y caballeros de este Gobierno dieran rienda suelta a sus tendencias asesinas. As铆, tambi茅n como suena. Porque dejar sin cobertura sanitaria a cientos de miles de inmigrantes con los bolsillos vac铆os es un atentado contra la vida de las personas.
Por suerte, Mar铆a recibi贸 la atenci贸n que necesitaba. Una historia feliz, en cierto modo; buena para los medios y buena para los que quieren creer que el sistema funciona hasta por sus errores. Pero no funciona. Mata, destruye, expulsa. Por cada excepci贸n feliz, hay una norma tr谩gica que empieza en las decisiones de la 茅lite y termina en las decisiones de los esclavos y los aprovechados que los emulan. Que nadie se equivoque. Aunque el grado de responsabilidad sea distinto, el funcionario que intent贸 enga帽ar a Mar铆a y todos los que deniegan la asistencia sanitaria, son culpables.
La humanidad empez贸 a pasar de la adolescencia a la madurez cuando N煤remberg anul贸 la excusa de la obediencia debida. En mi opini贸n, gran parte del mundo nuevo, del nuevo socialismo que debemos construir, est谩 en ese punto. Alguien dispara las balas. Alguien desahucia a un inquilino. Alguien rechaza a un paciente. Alguien con nombre y apellidos que, cuando forcemos un cambio profundo en las estructuras, no se podr谩 esconder tras el paraguas de la obediencia. Hasta entonces, en general, s贸lo tenemos la fuerza de una condena 茅tica. Pero sus nombres se pueden conseguir. Y la 茅tica les puede escupir por las calles.
*Madrid, septiembre. http://jesusgomez.lainsignia.org
