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El largo recorrido de los derechos de la naturaleza

OPINI脫N de Eduardo Gudynas.-

Frente al bosque

¿C贸mo entender un bosque? Algunos dir谩n que es un conjunto de 谩rboles. Otros agregar谩n que no son solamente 谩rboles, porque tambi茅n se encuentran helechos, orqu铆deas, arbustos y muchas otras especies vegetales. Algunos dir谩n que los animales, sean peque帽os como escarabajos o sapos, o grandes, como tapires o jaguares, tambi茅n son parte de ese ambiente, y que sin ellos no estamos frente a un verdadero bosque. De esta manera un bosque se entiende, e incluso se siente, a partir de la vida que 茅ste cobija. El bosque es ese conjunto de elementos, pero tambi茅n es m谩s que un simple agregado, e incluso habr谩 quienes afirmar谩n que puede expresar sus humores, enoj谩ndose o aquiet谩ndose. Bajo esta mirada, el bosque tiene atributos propios, que son independientemente de la utilidad o de las opiniones que nosotros, humanos, pudi茅ramos tener. Es en esta sensibilidad donde se encuentran las ra铆ces de los derechos de la Naturaleza.

En efecto, cuando se admite ese tipo de derechos inmediatamente se reconoce que el ambiente, sea ese bosque o cualquier otro, posee valores que le son propios e independientes de los humanos; tambi茅n conocidos como “valores intr铆nsecos”. Se rompe con la postura cl谩sica por la cual s贸lo las personas son capaces de otorgar valoraciones, y por lo tanto la Naturaleza est谩 encadenada a ser un objeto de derecho.

La mirada que reconoce al ambiente con sus valores propios est谩 muy cercana a lo que podr铆a llamarse el sentido com煤n. Pero esa sensibilidad ha sido manipulada y transformada desde hace mucho tiempo. El bosque fue apartado de nuestra cercan铆a, coloc谩ndolo m谩s all谩 del mundo de los humanos; despu茅s fue fragmentado en distintos componentes que permitieran ser manipulados; y m谩s recientemente fue mercantilizado. En efecto, bajo el desarrollo convencional, el bosque, como conjunto de vida entrelazado, fue suplantado por un conjunto desarticulado de recursos naturales, o bien se convirti贸 en proveedor de bienes y servicios ecosist茅micos.

La alta tasa de apropiaci贸n de recursos naturales que sostiene el crecimiento econ贸mico latinoamericano solo es posible despu茅s de ese desmembramiento. Para poder tolerar esas amputaciones en la Naturaleza, es necesario alejarla y entenderla como un mero agregado de recursos a ser aprovechados. Esta es la postura hoy prevaleciente, donde los bosques ya no tienen valores en s铆 mismos, sino que 茅stos son asignados por los humanos. Eso es lo que sucede cuando, por ejemplo, el 谩rbol se desvanece y es reemplazado por la idea de “cinco pies c煤bicos de madera, que valen cien d贸lares”.

Por supuesto que una Naturaleza-objeto est谩 a tono cono la petulancia humana. Los bosques s贸lo ser谩n importantes si son 煤tiles, y esto ocurre cuando proveen materias primas, o pueden ser protegidos por mecanismos de mercado que sean rentables. En cambio, si se aceptan los valores intr铆nsecos, el ser humano es s贸lo uno m谩s en el ambiente, abandonando su sitial privilegiado.

Dos perspectivas 茅ticas

Considerando que la 茅tica es el terreno en el cual se discuten distintas formas de valoraci贸n, est谩 claro que enfrentamos dos posturas muy distintas: una insiste en que solamente los seres humanos son capaces de otorgar valores, y por lo tanto lo no-humano siempre ser谩, y s贸lo podr谩 ser, sujeto de valor. Otra reconoce los valores intr铆nsecos, donde 茅stos son independientes y permanecen m谩s all谩 de las personas. La primera debe ser entendida como una forma de antropocentrismo, en tanto el ser humano es el origen de toda valuaci贸n; la segunda corresponde a un biocentrismo, ya que su 茅nfasis est谩 en todas las formas de vida.

Estas dos perspectivas han estado una y otra vez en tensi贸n, por lo menos en los 煤ltimos ciento cincuenta a帽os. En m谩s de una ocasi贸n han logrado emerger las miradas que defienden los valores intr铆nsecos, pero por ahora no han conseguido imponerse.

Los primeros casos se encuentran a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, y entre ellos se destaca Henry David Thoreau. Adem谩s de promover la desobediencia civil, su estancia a las orillas del Lago Walden (Estados Unidos), entre 1845 y 1849, desemboc贸 en unas exquisitas reflexiones sobre su intensa compenetraci贸n con la Naturaleza. Tiempo despu茅s, John Muir lanza en 1897 sus campa帽as para la instalaci贸n de 谩reas protegidas apelando a su belleza y otros valores, una postura que se opon铆a a la conservaci贸n utilitarista liderada por Glifford Pinchot.

Con esto queda en claro un hecho importante: la postura utilitarista tambi茅n puede estar interesada en conservar el ambiente. Aunque en algunos casos puede hacerlo por una preocupaci贸n moral, por ejemplo compasi贸n hacia las ballenas u osos panda, en realidad su foco est谩 en la utilidad real o potencial de la Naturaleza, y sus medidas de protecci贸n son necesarias para asegurar la funcionalidad de las econom铆as. Aqu铆 no hay un lugar para los derechos de la Naturaleza, sino que priman criterios de eficiencia, gesti贸n t茅cnica y aprovechamiento.

La otra perspectiva, en cambio, se basa en los valores propios que se encuentran en la Naturaleza. A fines del siglo XIX, ese tipo de sensibilidad era criticada como rom谩ntica o trascendentalista. Su prop贸sito era proteger lo que nos rodea, no por razones utilitaristas, sino por su defensa de la vida.

En forma independiente a aquellos debates que desde Estados Unidos se expand铆an a otros pa铆ses del norte, en Am茅rica del Sur tambi茅n hubo algunos ejemplos tempranos. En el Brasil del siglo XIX tuvo lugar una temprana conservaci贸n utilitarista, alarmada porque en la extracci贸n forestal mucho se desperdiciaba. Pero tambi茅n encontramos la otra postura. El mejor ejemplo es el escritor boliviano Manuel C茅spedes Anzoleaga, conocido por su seud贸nimo Man C茅sped. Este pionero consideraba que la tierra no deb铆a tener due帽os, y defend铆a la vida m谩s all谩 de cualquier utilitarismo. Cuando escrib铆a, por ejemplo, que “toda planta es una vida f谩cil y bella, cuya rusticidad no debe ser motivo de indeferencia o maltrato”, sin duda estaba reconociendo los valores intr铆nsecos.

Avances y retrocesos

Aquellas primeras posturas bioc茅ntricas se apagaron poco a poco. Retornan al primer plano en la d茅cada de 1940, gracias a Aldo Leopold. Aunque fue muy conocido por ser ingeniero forestal, y uno de los fundadores del llamado “manejo de vida silvestre” (una perspectiva casi tecnol贸gica de gestionar la fauna), Leopold cambi贸 sustancialmente. Esto se debi贸 a circunstancias tales como un viaje a M茅xico entre 1936-37, donde observ贸 las interacciones entre campesinos e ind铆genas con los bosques, o el reconocimiento de los impactos negativos de la intensificaci贸n agr铆cola. Leopold termin贸 rompiendo con la petulancia de una gesti贸n propia de los ingenieros y pas贸 a ser un promotor de lo que llamaba “茅tica de la tierra”.

Leopold defendi贸 las intervenciones m铆nimas en el ambiente, donde los humanos deb铆an adaptarse a los ecosistemas. Los criterios de qu茅 es correcto o incorrecto se determinaban desde la Naturaleza; aquello que serv铆a para protegerla era bueno. Esta es una 茅tica que, seg煤n Leopold, s贸lo es posible desde el amor, respeto y admiraci贸n con la Naturaleza. Pero a pesar de este empuje, sus ideas casi cayeron en el olvido.

La mirada bioc茅ntrica retorn贸 en la d茅cada de 1980, y desde varios frentes. Por un lado, las ideas de Leopold se articularon a la llamada “ecolog铆a profunda”, una corriente que reconoce los valores intr铆nsecos, y los coloca en una plataforma 茅tica m谩s amplia. Su principal exponente fue el fil贸sofo noruego Arne Naess.

Paralelamente, entre los practicantes de la conservaci贸n surgi贸 un nuevo agrupamiento que reclamaba acciones militantes m谩s en茅rgicas, fundamentadas tanto en la ciencia como en una 茅tica bioc茅ntrica. Esta postura, conocida como “biolog铆a de la conservaci贸n”, defend铆a que la Naturaleza pose铆a valores en s铆 misma (espec铆ficamente en el sentido de la ecolog铆a profunda de Naess).

Por si fuera poco, algo muy obvio se puso sobre la mesa: el reconocimiento de los valores propios no era un invento occidental, sino que estaba presente en muchos pueblos ind铆genas. Esa postura podr铆a recibir otros nombres o expresarse de manera diversa, pero correspond铆a a posturas bioc茅ntricas. Se rescataron muchos ejemplos, y se tejieron nuevas alianzas entre ambientalistas, conservacionistas y las organizaciones ind铆genas.

Pero a pesar de este nuevo empuje, una vez m谩s la mirada bioc茅ntrica qued贸 en segundo plano, opacada por la avalancha de una gesti贸n ambiental cada vez m谩s mercantilizada. Precisamente en esos a帽os comenzaron a desarrollarse nuevos instrumentos econ贸micos, como los pagos por bienes y servicios ambientales, los que s贸lo son posibles bajo una 茅tica utilitarista.

El ejemplo andino

La renovaci贸n pol铆tica que ocurri贸 en los 煤ltimos a帽os en los pa铆ses andinos, y la creciente preocupaci贸n por problemas ambientales, tanto locales como globales, explican la m谩s reciente reaparici贸n de la 茅tica bioc茅ntrica. El ejemplo m谩s contundente se encuentra en la aprobaci贸n de los derechos de la Naturaleza en la nueva Constituci贸n de Ecuador de 2008.

El proceso ecuatoriano tiene una importante cuota de autonom铆a, con aportes sustanciales desde los movimientos sociales, y eso posiblemente explica varias de sus particularidades. El texto constitucional es muy claro, tanto en reconocer a la Naturaleza como sujeto, como en redefinirla en forma ampliada y en clave intercultural, al incorporar la categor铆a Pachamama. Da otro paso novedoso, al indicar que la restauraci贸n de los ambientes degradados tambi茅n es un derecho de la Naturaleza.

Esta nueva formulaci贸n permite se帽alar otra particularidad clave. Los derechos de la Naturaleza son siempre los de una Naturaleza localizada, arraigada en un territorio. Son propios de ambientes concretos, como pueden ser la cuenca de un r铆o, el p谩ramo andino o en las praderas del sur. Esta particularidad siempre se la debe tener presente para saberla diferenciar de otras propuestas que pueden asemejarse, pero que en realidad son muy distintas, como son las invocaciones que hacen voceros del gobierno boliviano a los derechos de la Madre Tierra.

Sin duda que ese llamado puede mover a adhesiones, ya que est谩 asociado a una cr铆tica al capitalismo, lo que es comprensible y necesario. Pero un examen atento muestra que, en realidad, la postura boliviana se enfocaba en unos derechos a escala planetaria. Esta es una diferencia sustancial, ya que no son lo mismo los derechos de la Naturaleza que los derechos del planeta o de la bi贸sfera. Tampoco son iguales las implicancias pol铆ticas, ya que se pueden salvaguardar funcionalidades ecol贸gicas globales mientras se destruyen nuestros ambientes locales.

Los nuevos avances en los derechos de la Naturaleza vuelven a estar, una vez m谩s, amenazados por la mirada utilitarista convencional. La insistencia en una “econom铆a verde” para relanzar la globalizaci贸n es un claro ejemplo. Frente a esta situaci贸n, la respuesta sigue estando en volver a aprender a mirar el bosque como un igual, donde la vida que alberga es un valor en s铆 mismo, y es nuestro compromiso asegurar su supervivencia.


*Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecolog铆a Social (CLAES), Montevideo. Este texto es parte de la revista Am茅rica Latina en Movimiento No.479, en coedici贸n con la Coordinadora Andina de Organizaciones Ind铆genas, CAOI, sobre el tema "El horizonte de los derechos de la naturaleza" (http://alainet.org/publica/479.phtml)

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