OPINIÓN de Jesús Gómez Gutiérrez.-
La gente se mira y se encoge de hombros. ¿Por qué no nos oyen? Si hemos hablado, si hemos gritado y mostrado una y otra vez que no estamos de acuerdo. Pero insiste. Repite lo dicho, cambia algunas fórmulas, añade frases nuevas. Y en el proceso, más o menos lentamente, va entendiendo que su voz carece de la fuerza necesaria. Tampoco es un secreto; hasta un ministro alemán de finanzas lo reconocía de forma implícita al decir que si los suyos se preocuparan por las protestas, no podrían hacer lo que hacen. Frente a una voz comedida, se pueden despreocupar.
Un poeta de la España en el exilio, la última digna de ser, formulaba y contestaba una pregunta que hoy suena a sarcasmo: ¿Por qué habla tan alto el español? La obra de León Felipe se ha leído poco y mal; como a Machado, le quitan la sangre para que quede una poética sin política, que en el caso del zamorano sería una oratoria vieja y de viejo loco. Con España se hizo lo mismo; le quitaron la voz alta porque hablaba «desde el nivel exacto del hombre», la medida de todas las cosas. Décadas después, la pregunta es la contraria. ¿Por qué habla tan bajo el español? Los pedantes y los «rabadanes del mundo» están contentos; han conseguido que hable «desde el fondo de un pozo».
Así no hay voz que sirva. Por muchas gargantas que se congreguen, la soga se irá cerrando sobre ellas y se romperán una a una, poco a poco, tal como se ha planificado. Es la urbanidad de la muerte por goteo. La consecuencia inevitable de aceptar el tono y las normas del verdugo. Ni una palabra que asuste ni una que subvierta y, al final, ni una que cumpla la condición más obvia: que reviente los oídos de los grandes.
La gente se mira y se encoge de hombros. ¿Por qué no nos oyen? Si hemos hablado, si hemos gritado y mostrado una y otra vez que no estamos de acuerdo. Pero insiste. Repite lo dicho, cambia algunas fórmulas, añade frases nuevas. Y en el proceso, más o menos lentamente, va entendiendo que su voz carece de la fuerza necesaria. Tampoco es un secreto; hasta un ministro alemán de finanzas lo reconocía de forma implícita al decir que si los suyos se preocuparan por las protestas, no podrían hacer lo que hacen. Frente a una voz comedida, se pueden despreocupar.
Un poeta de la España en el exilio, la última digna de ser, formulaba y contestaba una pregunta que hoy suena a sarcasmo: ¿Por qué habla tan alto el español? La obra de León Felipe se ha leído poco y mal; como a Machado, le quitan la sangre para que quede una poética sin política, que en el caso del zamorano sería una oratoria vieja y de viejo loco. Con España se hizo lo mismo; le quitaron la voz alta porque hablaba «desde el nivel exacto del hombre», la medida de todas las cosas. Décadas después, la pregunta es la contraria. ¿Por qué habla tan bajo el español? Los pedantes y los «rabadanes del mundo» están contentos; han conseguido que hable «desde el fondo de un pozo».
Así no hay voz que sirva. Por muchas gargantas que se congreguen, la soga se irá cerrando sobre ellas y se romperán una a una, poco a poco, tal como se ha planificado. Es la urbanidad de la muerte por goteo. La consecuencia inevitable de aceptar el tono y las normas del verdugo. Ni una palabra que asuste ni una que subvierta y, al final, ni una que cumpla la condición más obvia: que reviente los oídos de los grandes.
