22/4/13

PARAGUAY. Sobre las trampas al sistema y las “estrategias electorales”

OPINIÓN de Magui López.-    

Poco sabemos sobre sistemas y leyes electorales. De hecho, hay personas que pueden vivir toda su vida cívica sin siquiera saber que existe tal cosa. Pueden vivir desconociendo qué es exactamente ese entramado de cálculos matemáticos (con evidente intencionalidad política) y normativas específicas las que finalmente organizarán el escenario gubernamental para los próximos años. No sólo cómo se conforma el parlamento, que es la tarea más reconocida del sistema electoral, sino quiénes pueden y quiénes no presentarse a las elecciones, cuándo un voto es nulo, cuándo es impugnado. Entre otras opciones que aparecen normalizadas por estas leyes electorales.

Sin embargo, a pesar de este desconocimiento que muchas veces tenemos sobre temas electorales, existen algunas tendencias a insistir en el uso de “estrategias” como las del voto útil, argumentando que de esa manera (casi de forma imperceptible) estaremos haciendo algo bueno para “repartir mejor” los cargos entre las personas que (si bien no queremos) nos caen menos mal que las otras.

Esta fue, por ejemplo, la estratagema que se utilizó para llamar al “voto útil” por Alegre.

No es finalidad de este corto análisis, desentramar las posibilidades que tiene el elector (dentro del sistema electoral y de las reglas electorales vigentes) de alternar o no un resultado intentando “engañar” al sistema.

Lo que sí sabemos es que hay una forma (dentro de las reglas de la democracia representativa y liberal, excluyendo evidentemente cualquiera otra opción) efectiva de lograr ganar unas elecciones: que muchos votantes elijan al mismo candidato (o la misma candidata) o la misma lista (en el caso de las elecciones parlamentarias) con la suficiente diferencia del siguiente elegido, de manera tal de poder establecerse con un alto nivel de representatividad en el ejercicio del poder.

Porque podemos preguntarnos qué sería del sistema representativo democrático si no fuera de la ficción de la representatividad, es decir, de ese sentimiento (que muchas veces deja de existir apenas horas después de que el candidato electo o la candidata electa hayan asumido el cargo) que no es más que la idea de que (como el pueblo sólo delibera y gobierna por medio de sus representantes) alguien estará “allí arriba” expresando y bregando por lo que quienes estamos “aquí abajo” queremos.

Entonces, si bien la representación, como se dijo, puede ser un estado ficcional que puede durar muy poco tiempo, sigue siendo (o al menos debería seguir siendo) la que nos lleve a elegir a alguien por sobre otra persona, y nos “arrastre” a votar incluso un domingo cuando sólo queremos descansar.

Dicho esto, resta preguntarnos:

1. ¿cuál es el punto de votar a alguien que sabemos no nos representa, sólo por miedo de que gane las elecciones alguien que también sabemos que no nos representa?
2. ¿Qué nivel de relevancia tendrá el ganador de las elecciones, suponiendo que elijamos la estrategia del “voto útil” es decir, de votar al que queremos menos que al otro que tampoco queremos? Y esta relevancia ¿cómo se traducirá en apoyo popular a sus medidas? ¿O acaso queremos seguir siendo gobernados por políticas/políticos a los que no les damos apoyo popular, puesto que en realidad jamás nos hicieron sentir representadas/os?
3. ¿Qué posibilidad de ganar tiene un partido pequeño, si encima de todas las trabas que por medio de la legislación electoral y de la carencia de financiamiento auto-.gestionado tiene que sufrir las consecuencias de que la gente que simpatiza con ellos, vaya a votar a otras listas porque considera que es la única manera de darle “utilidad” al voto?

Dentro del sistema democrático representativo liberal (ya casi es imposible hablar sólo de sistema democrático sin ponerle palabras detrás) el voto útil es únicamente el voto depositado al/a la candidata/a que nos representa, o a ningún/a candidato/a en caso de que ninguno lo haga. Querer “hacerle trampas al sistema” poniendo votos a candidatos que repudiamos (aunque los repudiemos menos que a otros) no sirve ni para el sistema democrático, ni para la ficción de representatividad, ni para conformar la “estabilidad” política tan buscada, sólo sirve para que algunas pocas personas permanezcan en el poder, incluso jugando con ese desconocimiento de los sistemas electorales que, no casualmente, muchas/muchos de nosotras/os padecemos.


*Magui López, politóloga, se especialista en el estudio de las características de la transición y la democracia en Paraguay

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