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Despertar en medio de la guerra

OPINIÓN de Ana Cristina Bracho, Venezuela.- Todo el día se nos va viendo pantallas. Algunos psicólogos advierten que esto va a generar consecuencias muy serias. La gente ya no sabe conversar. Algunos artículos cuentan que las consultas de los cirujanos plásticos se han abarrotado de gente que pide verse como se ve cuando se aplica un filtro de Instagram y otros dicen que hay daños irreversibles en sitios naturales o monumentos históricos por avalanchas de personas que quieren tomarse una selfie. Según algunos reportajes, el uso del Facebook deprime y ya son muchas las recomendaciones que nos invitan a acostumbrarnos a dormir sin celulares y a pasar bloques de horas sin usar computadoras. Escribir a mano, por ejemplo, ayuda a la memoria y trabajar sin internet nos hace más productivos. Esto según dicen.

No muy lejos de estas consideraciones está un artículo publicado por Héctor Barnés en un sitio que se llama “ACV: Alma, corazón y vida”, en el que describe la moda de “presumir” principalmente por redes v de ser pobres. Explicando que existe una distorsión según la cual personas que pueden pagar sus servicios y necesidades, que cuentan con plan “b” en caso de estar en rojo en algún momento se sienten pobres y no son capaces de ver que ser pobre es no poder pagar facturas y no tener ninguna opción de auxilio ante la eventual ejecución de una deuda o la intervención de alguna autoridad que determine que somos demasiado insolventes como para poder, por ejemplo, criar a nuestros propios hijos.

Si esto aplica en general, en relación a esa mitad de la población del mundo que de algún modo tiene acceso a internet, no puedo dejar de preguntarme cuál es la consecuencia de estar pegados a esa nube desde Venezuela. En ella, además de la publicidad, de la necesidad de modificar nuestras fotos para ser más bellas o fingir una personalidad zen que no tenemos, está toda esta carga gris y negra, de las operaciones psicológicas y de las noticias.

No digo que en otras partes del mundo no haya malas noticias. Eso sería absurdo pero las noticias de Venezuela en este momento son particularmente disparatadas y deprimentes. Desde la más grande: el país no termina de entenderse y salvo por la esperanza de Oslo no parece que esto se vaya a corregir pronto. Hasta las que derivan de estas: buena parte del país, en especial, el occidente, colapsó.

Las buenas noticias que son más raras y las publican en letras chiquitas o se viralizan menos, no son capaces por sí solas de contrarrestar lo negativo. Incluso algunos ya las reciben con un terrible escepticismo en medio de un proceso que violentamente complica la vida cotidiana de la mayor parte de la gente.

Es allí donde me pregunto, ¿cuáles son las consecuencias de este bombardeo y quién traza estrategias para superar los estragos que esto genera? No creo que sea suficiente con que cada uno de nosotros se proponga soltar el celular antes de sufrir una crisis de pánico. Me refiero a cuáles son los mecanismos que buscamos para bajar los niveles de angustia y hacer que la gente pueda levantar la mirada de esos pequeños y diabólicos aparatitos.

A veces me lleno de esperanzas y pienso que sería un buen tiempo para hacer un llamado a todas las fuerzas creadoras de la gente. Un tiempo abierto a concursos, a cambiar los ejercicios anacrónicos de las universidades y decirle a todas las escuelas de ingeniería del Zulia que vayan a prender todos los centros de generación de electricidad que estén apagados y a encontrar una manera en la que la ciudad que más energía solar recibe deje de ser la que menos energía eléctrica tiene.

Sueño. En mi proyecto, los estudiantes e ingenieros se enlazan con los viejos electricistas que se las saben todas y el jubilado que sabe cuál es el cable que siempre fuñe y tumba el sistema pero también con los economistas, los internacionalistas y los abogados que saben cómo hay que hacer para tener las cosas que requiera ese nuevo sistema eléctrico.

Lo sueño porque creo en dos cosas: en que la necesidad es la mejor escuela y en que el pueblo tiene en él la única semilla que puede florecer porque creo en la democracia participativa y protagónica, al tiempo que siento que cuando nuestros pensamientos se enmarcan en decir que el ministro hizo o no hizo, el diputado hizo o no hizo, en vez de en el qué y en el cómo podemos hacer nosotros para cambiar nuestra suerte, retrocedemos.

Hay un texto, al final del libro “Alegría de la Tierra” de Mario Briceño Iragorry que habla sobre cómo a través de la publicidad y otros engaños, al hacer de una venezolana una pitiyanki obtienen los Estados Unidos un agente nacional que les servirá a ellos para dominarnos. Esa idea que recuerdo con frecuencia entraba en este debate porque me he preguntado cómo podemos hacer para que cada quien, sin ínfulas ni pretender que todos se conviertan en milicianos, sean sujetos para la resistencia y para la liberación.

En este plano para mí es fundamental la alegría y la esperanza, lo que creo que se pierde cuando la gente deja de sentirse útil en su trabajo, en su hogar, en su ciudad y en su país. Hablando con unos compañeros en Maracaibo alguno me explicaba que el bachaqueo de gasolina ha aumentado porque la gente, ante la inutilidad de trabajar para ganar en bolívares cuando les piden dólares para comprar o con los bloques de racionamiento eléctrico, sentían que esa era la única manera de hacer algo “útil” para convertir el tiempo en dinero y así poder aportar a sus familias.

Me dejó pensando. Creo que el tema de sentirse útil es fundamental pero para diseñar alternativas donde la gente se pueda sentir alegre y esperanzada haciendo trabajos legales y necesarios, abrazados a la seguridad de que lo que está viviendo ahora es sólo una fase y pasará.

A riesgo de que nadie esté de acuerdo conmigo siento que para superar la sensación de inutilidad de la gente es necesario romper el estado del disimulo y hablar con claridad. Pensar qué maneras tenemos de reinventarnos y cómo hacemos para sobrevivir cuando el salario –que es la causa por la cual la gente trabaja- está en niveles tan insignificantes, o, que si es verdad que el ACNUR miente porque Venezuela no tiene millones de refugiados es innegable que una cantidad muy importante de personas, cansadas por estos mismos silencios y pantallas, se ha ido del país y son emigrantes económicos.

Creo que yo he ido adquiriendo esta necesidad de decir que he visto como por Los Andes, pasan a pie los campesinos y caminan hacia sus siembras; que en Maracaibo con su terrible deficiencia de electricidad, a las siete de la mañana las maestras esperan en las puertas a los estudiantes y a la luz de las velas se siguen haciendo encuentros familiares. Creo que esa es la escena que debe iluminarse. Todos los días la gente quiere encontrar esa seguridad que todo esto vale la pena y debe haber una manera de acompañar el proceso que es durísimo para cada persona.

La realidad virtual tiene una dimensión en este juego porque recurrimos a ella frente a la incertidumbre de algunas cosas del plano físico pero también hace que la gente sufra más porque en ese campo, la falta de filtro o las operaciones que se dirigen para aumentar la angustia están en pleno apogeo. No creo que en ese plano puedan ganarse batallas y por eso, creo que la única alternativa es trabajar construyendo una realidad que no pueda manipularse con virtualidades o rumores, en la que las dificultades se admitan y se discutan, para conocerlas y superarlas porque hay una enorme necesidad de verdad, de contacto, de conversa, de aterrizar que al satisfacerse podrá potenciar ese esfuerzo que la gente sigue pese a todo haciendo por las ganas de vivir en su propio lugar.



https://anicrisbracho.wordpress.com/2019/06/13/2698/

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