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Unidad e integridad de nuestros pueblos de América

OPINIÓN de Teodoro Rentería Arróyave

 

El presidente Andrés Manuel López Obrador evitó esperar hasta el próximo aniversario del natalicio del libertador de América, Simón Bolívar, cerrado en quinquenios o décadas como se acostumbra, porque el tiempo apremia, para convocar en el 238 del natalicio del patricio, a América Latina, a Estados Unidos y a Canadá, ante la presencia mayoritaria de sus cancilleres, a una nueva y moderna integridad continental fuera de hegemonías y de intervencionismos criminales.

 

En tal ocasión, también propuso la sustitución o derogación de la siniestra Organización de Estados Americanos, OEA, por una moderna, respetuosa y respetada agrupación que haga efectivo la gran labor de velar por los principios de los derechos humanos, la soberanía de la naciones y la convivencia continental e internacional.

 

Y en forma muy especial, resaltó su reconocimiento a Cuba “por su lucha en defensa de la soberanía de su país”, al afirmar que “el pueblo de Cuba merece el premio de la dignidad… esa isla debe ser considerada como la nueva Numancia -la población celtíbera que prefirió suicidarse antes que rendirse ante sus atacantes-, por su ejemplo de resistencia”,.

     

Por considerar, que más que un discurso las palabras pronunciadas por López Obrador son toda una tesis de política nacional, continental e internacional, procedemos a reproducir las partes sustantivas del mismo, sin evitar el preámbulo histórico:  

 

“La lucha por la integridad de los pueblos de nuestra América sigue siendo un bello ideal. No ha sido fácil volver realidad ese hermoso propósito, sus obstáculos principales han sido el movimiento conservador de las naciones de América, las rupturas en las filas del movimiento liberal y el predominio de Estados Unidos en el continente. No olvidemos que casi al mismo tiempo que nuestros países se fueron independizando de España y de otras naciones europeas, fue emergiendo en este continente la nueva metrópoli de dominación hegemónica.

 

Durante el difícil periodo de las guerras de independencia, inaugurado por lo general alrededor de 1810, los gobernantes estadounidenses, con óptica enteramente pragmática, siguieron los acontecimientos con sigiloso interés.

 

Estados Unidos maniobró, en diferentes tiempos, conforme a un juego unilateral, cautela extrema al principio para no irritar a España, Gran Bretaña y la Santa Alianza, sin obstaculizar la descolonización que por momentos se veía dudosa.

 

Sin embargo, hacia 1822, Washington inició el reconocimiento rápido de las independencias logradas a fin de cerrar el paso al intervencionismo extra continental; y, en 1823, al fin, una política definida.

 

En octubre, Jefferson, progenitor de la Declaración de Independencia y convertido, para entonces, en una especie de oráculo, dio respuesta por carta a una consulta que sobre la materia le hiciera el presidente Monroe. En un párrafo significativo, Jefferson dice: ‘Nuestra primera y fundamental máxima debería ser la de jamás mezclarnos en los embrollos de Europa. La segunda, nunca permitir que Europa se inmiscuya en los asuntos de este lado del Atlántico’.

 

En diciembre, Monroe pronunció el famoso discurso en el que quedó delineada la doctrina que lleva su nombre. La consigna de ‘América para los americanos’”. Dicho terminó, por desintegrar a los pueblos de nuestro continente y destruir lo edificado por Bolívar”.


En referencia a algunas inquietudes de nuestros respetados lectores, radioescuchas, televidentes y cibernautas, nos permitimos decirles que la unidad es un ideal que nunca se ha logrado, valga el pleonasmo, en su totalidad; ello no quiere decir que no luchemos por esa meta, por esa aspiración; en la psicología, se dice que “el término ideal es un estado inalcanzable pero próximo”.

 

Si no luchamos por la unidad nacional, es de preguntarnos de qué sirvió la guerra de independencia, de qué sirvió la guerra contra el espurio emperador francés, de qué sirvió la sangre de los Niños Héroes y de otras patriotas que lograron expulsar al invasor, aunque nos haya costado perder la mitad del territorio.

 

El Presidente Andrés Manuel López Obrador, con todo basamento puede llamar a la unidad nacional, continental y universal porque cuando ascendió a la primera Magistratura su partido gobernaba 37.5 millones de mexicanos, después de las últimas elecciones gobierna a 58 millones, es decir al 46 por ciento de la población, el partido más cercano es el Revolucionario Institucional, PRI con menos de la mitad de MORENA, 21 por ciento.      

 

Continuemos con el conceptuoso discurso de López Obrador que pronunciara en el 238 aniversario del natalicio del libertador de América, Simón Bolívar, ante la presencia de casi todos los cancilleres del continente.

 

Después de recordar la criminal "doctrina Monroe", siguió con los hecho históricos y su propuesta: “A lo largo de casi todo el siglo XIX se padeció de constantes ocupaciones, desembarcos, anexiones, y a nosotros nos costó la pérdida de la mitad de nuestro territorio con el ‘gran zarpazo’ de 1848. Esta expansión territorial y bélica de Estados Unidos se consagra cuando cae Cuba, el último bastión de España en América, en 1898 con el sospechoso hundimiento del acorazado Maine en La Habana que da lugar a la Enmienda Platt y a la ocupación de Guantánamo, es decir, para entonces, Estados Unidos había terminado de definir su espacio físico vital en toda América.

 

Desde aquel tiempo, Washington nunca ha dejado de realizar operaciones abiertas o encubiertas contra los países independientes situados al sur del río Bravo. La influencia de la política exterior de Estados Unidos es predominante en América, sólo existe un caso especial, el de Cuba, el país que durante más de medio siglo ha hecho valer su independencia enfrentando políticamente a los Estados Unidos.

 

Podemos estar de acuerdo o no con la revolución cubana y con su gobierno, pero el haber resistido 62 años sin sometimiento es toda una hazaña.

 

Puede que mis palabras provoquen enojo en algunos -o en muchos-, pero, como dice la canción de René Pérez Joglar, de Calle 13, yo siempre digo lo que pienso.

 

En consecuencia, creo que por su lucha en defensa de la soberanía de su país el pueblo de Cuba merece el premio de la dignidad.

 

Y esa isla debe ser considerada como la nueva Numancia, por su ejemplo de resistencia. Y pienso que, por esa misma razón, debiera ser declarada Patrimonio de la Humanidad, pero también sostengo que ya es momento de una nueva convivencia entre todos los países de América, porque el modelo impuesto hace más de dos siglos está agotado, no tiene futuro ni salida, ya no beneficia a nadie, hay que hacer a un lado la disyuntiva de integrarnos a Estados Unidos o de oponernos en forma defensiva; es tiempo de expresar y de explorar otra opción: la de dialogar con los gobernantes estadounidenses y convencerlos y persuadirlos de que una nueva relación entre los países de América es posible. Considero que en la actualidad hay condiciones inmejorables para alcanzar este propósito de respetarnos y caminar juntos sin que nadie se quede atrás. 


De acuerdo a nuestra Constitución y por consecuencia a nuestra democracia, Andrés Manuel López Obrador es el legítimo presidente de México, incomode o no, por su origen humilde e indígena, posición ratificada en las últimas elecciones y pronto veremos los resultados en la consulta sobre revocación de mandato. 


De que existe una oposición, existe, como en todas las naciones, y que bueno que así sea, si entendemos que la democracia es el sistema político, que aunque imperfecto, es el mejor que ha creado la humanidad, atengámonos a él, en las urnas se ganan o se pierden las posiciones. 


Esta es la propuesta de López Obrador de unidad e integridad de los pueblos de América, expuesta en el 238 aniversario del libertador Simón Bolívar:  


“En este afán puede que ayude nuestra experiencia de integración económica con respeto a nuestra soberanía que hemos puesto en práctica en la concepción y en la aplicación del tratado económico y comercial con Estados Unidos y Canadá. 


Obviamente, no es poca cosa tener de vecino a una nación como Estados Unidos, nuestra cercanía nos obliga a buscar acuerdos y sería un grave error ponernos con Sansón a las patadas, pero al mismo tiempo tenemos poderosas razones para hacer valer nuestra soberanía, y demostrar con argumentos, sin baladronadas, que no somos un protectorado, una colonia o su patio trasero.


Además, con el paso del tiempo, poco a poco, se ha ido aceptando una circunstancia favorable a nuestro país. El crecimiento desmesurado de China ha fortalecido en Estados Unidos la opinión de que debemos de ser vistos como aliados y no como vecinos distantes.


El proceso de integración se ha venido dando desde 1994, cuando se firmó el primer tratado que, aún incompleto, porque no abordó la cuestión laboral como el de ahora, permitió que se fueran instalando plantas de autopartes del sector automotriz y de otras ramas, y se han creado cadenas productivas que nos hacen indispensables mutuamente; puede decirse que hasta la industria militar de Estados Unidos depende de autopartes que se fabrican en México, esto no lo digo con orgullo, sino para subrayar la independencia existente.


Pero hablando de este asunto, como se lo comenté al presidente Biden, nosotros preferimos una integración económica con dimensión soberana con Estados Unidos y Canadá a fin de recuperar lo perdido con respecto a la producción y el comercio con China, que seguirnos debilitando como región y tener en el Pacífico un escenario plagado de tensiones bélicas.


Para decirlo en otras palabras, nos conviene que Estados Unidos sea fuerte en lo económico y no sólo en lo militar. Lograr este equilibrio y no la hegemonía de ningún país es lo más responsable y lo más conveniente para mantener la paz en bien de las generaciones futuras y de la humanidad. 


Antes que nada, debemos ser realistas y aceptar, como lo planteé en el discurso que pronuncié en la Casa Blanca en julio del año pasado, que mientras China domina 12.2 por ciento del mercado de exportación y servicios a nivel mundial, Estados Unidos sólo lo hace en 9.5 por ciento, y este desnivel viene de hace apenas 30 años, pues en 1990 la participación de China era de 1.3 por ciento y la de Estados Unidos de 12.4 por ciento.


 


Imaginemos si esta tendencia de las últimas tres décadas se mantuviera y no hay nada que legal o legítimamente pueda impedirlo. En otros 30 años, para el 2051, China tendría el dominio del 64.8 por ciento del mercado mundial, y Estados Unidos entre el cuatro y 10 por ciento, lo cual, insisto, además de una desproporción inaceptable en el terreno económico, mantendría viva la tentación de apostar a resolver esta disparidad con el uso de la fuerza, lo que nos pondría en peligro a todos.


 CONTINUARÁ.


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