OPINIÓN Por Raúl Allain (*) Hablar de derechos humanos debería ser, en esencia, hablar de la dignidad que nos sostiene como sociedad. No de discursos huecos, no de banderas partidarias ni de eslóganes vacíos, sino de la base misma que permite a una comunidad sobrevivir con justicia y esperanza. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, el concepto se ve secuestrado por discursos interesados que lo convierten en moneda de cambio político. Lo que debería ser un pacto moral universal termina reducido a un botín simbólico en la disputa ideológica. Es cierto: nadie en su sano juicio puede estar en contra del respeto a la vida, a la libertad de expresión o a la igualdad ante la ley. Son conquistas de la humanidad que costaron guerras, cárceles y hasta martirios. Pero otra cosa muy distinta es cuando ciertos organismos, sobre todo aquellos con un sesgo abiertamente socialista, se erigen como guardianes exclusivos de estos principios y los utilizan como arma retórica. Ahí es donde comienz...
