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Entre el Ganges y los Andes: la cultura hindú en el Perú contemporáneo

OPINIÓN

Por Raúl Allain (*) / Escarlet Tadeo (**)

Cuando pensamos en la cultura hindú, casi de inmediato la mente viaja a imágenes de templos coloridos, danzas enérgicas y deidades con múltiples brazos. Pero detenernos ahí sería caer en una postal superficial. En realidad, la presencia de la India en el Perú, aunque silenciosa, ha sido mucho más honda de lo que solemos reconocer. Lo curioso es que esa influencia no se ha dado de manera impositiva ni aparatosa, sino como un río subterráneo que se filtra en costumbres, en la música, en la espiritualidad, en la moda y hasta en la manera de entender la salud.




En lo personal, como sociólogo, me sorprende cada vez más la capacidad de la cultura hindú para abrirse paso en un país tan complejo y mestizo como el nuestro. Los peruanos hemos aprendido a convivir con una pluralidad de identidades, y quizá por eso miramos con cierta empatía lo que viene de otros lugares. La India, con su milenaria tradición espiritual, ha encontrado en nuestro suelo un espacio fértil donde dialogar con nuestras propias raíces andinas y criollas. (Raúl Allain)

Desde la mirada más íntima, como estudiante de Farmacia Técnica y también como artista, he sentido esa influencia en dos niveles: en la práctica cotidiana y en lo simbólico. Pienso, por ejemplo, en cómo el yoga dejó de ser visto como un simple ejercicio físico y pasó a convertirse en una vía de autoconocimiento para muchas mujeres y hombres en Lima y en provincias. No se trata solo de la postura del loto, sino de un reencuentro con la respiración, con esa calma que nos cuesta tanto encontrar en medio del ruido de la ciudad. Uno de mis sueños personales es, algún día, contemplar el Taj Mahal con mis propios ojos, no solo como un monumento a la arquitectura sino como un símbolo de la belleza y la espiritualidad que la India ha regalado al mundo. (Escarlet Tadeo)

Un puente espiritual y cultural

El hinduismo, con su diversidad de corrientes, tiene un mensaje que resuena aquí: la idea de que lo divino se manifiesta en múltiples formas. En el Perú, donde la religiosidad popular combina santos católicos con ritos andinos, esa visión plural no resulta ajena. Basta recordar cómo, en las fiestas patronales, conviven procesiones solemnes con danzas de origen prehispánico. En ese cruce, el mensaje hindú no llega como algo exótico, sino como un eco que amplifica nuestra propia manera de entender lo sagrado.

En los últimos años, templos dedicados a Krishna o a Ganesha han comenzado a aparecer en barrios limeños. No es que congreguen multitudes, pero sí atraen a personas que buscan un espacio distinto, libre de los rígidos moldes de la religión oficial. A veces pienso que en esos templos se produce un experimento cultural: jóvenes peruanos cantando mantras en sánscrito, personas que después de la jornada laboral encuentran consuelo en una música que, aunque foránea, conecta con algo esencial.

El impacto en la salud y el bienestar

Una de las áreas donde la influencia hindú se nota con mayor claridad es la salud. La medicina ayurvédica, con su enfoque integral, ha encontrado eco en un país que ha convivido siempre con plantas medicinales y remedios caseros. No es casualidad: en los mercados peruanos, las hierbas para “limpiar la sangre” o “curar el susto” ocupan un lugar tan importante como los antibióticos en la farmacia.

Como estudiante de Farmacia Técnica, me genera un enorme interés cómo la ayurveda propone entender el cuerpo no solo como un conjunto de órganos, sino como un sistema donde mente, energía y entorno se equilibran. He leído sobre los tres doshas —vata, pitta y kapha— y me llama la atención la similitud con las nociones de equilibrio que aparecen en la medicina tradicional andina. Esa coincidencia no puede ser pura casualidad: ambas culturas comparten la idea de que la salud es, ante todo, armonía. (Escarlet Tadeo)

Por otro lado, no faltan las dudas y las tensiones. ¿Qué tan rigurosos son esos tratamientos ayurvédicos cuando se los aplica sin la supervisión de especialistas? ¿No corremos el riesgo de que la moda empañe la seriedad del conocimiento ancestral? Como sociólogo, me interesa observar esa tensión entre tradición y mercado: lo que en la India es una práctica milenaria, aquí puede convertirse en un producto más dentro de una vitrina de consumo saludable. (Raúl Allain)

La influencia estética y cultural

Otro aspecto fascinante es la estética hindú. Los colores intensos, los tejidos bordados, las joyas recargadas, han inspirado a diseñadores y artistas peruanos. He visto en ferias alternativas de Lima a jóvenes vestidas con saris reinterpretados, fusionados con prendas urbanas. Hay algo en esos colores que dialoga con nuestros propios tejidos andinos, que también son vibrantes y simbólicos.

Como dibujante, me atrae la iconografía hindú: las manos en mudras, los ojos de las deidades, la multiplicidad de formas. Cuando intento plasmarlo en papel, siento que hay un puente con las representaciones míticas peruanas: los dioses con cabezas de felino, las figuras con atributos sobrehumanos que aparecen en las cerámicas mochicas o en las piedras de Chavín. No es lo mismo, claro, pero la intención es parecida: representar lo que escapa a lo meramente humano. (Escarlet Tadeo)

Gastronomía hindú en el Perú: especias que dialogan con nuestro paladar

Si hay un terreno donde la India ha sabido conquistar silenciosamente a los peruanos es en la gastronomía. No hablamos solo de restaurantes especializados, que cada vez son más visibles en Lima, sino también de cómo sus especias y preparaciones han comenzado a filtrarse en la vida cotidiana.

El uso del curry, por ejemplo, ya no resulta extraño en nuestras cocinas. Lo fascinante es cómo ese condimento, tan asociado al sur de Asia, encuentra un espacio en platos criollos. He probado ají de gallina con un toque de cúrcuma y comino al estilo hindú, y la mezcla no solo funciona: parece natural. Algo parecido ocurre con la canela, el cardamomo o el clavo, que ya eran habituales en la repostería peruana, pero que ahora se revaloran desde una mirada hindú.

Como amante de la comida, me impresiona la afinidad entre ambas tradiciones. Los peruanos estamos acostumbrados a la intensidad de sabores, al ají que marca carácter, a la combinación entre dulce y salado. La cocina hindú, con su explosión de especias, no nos resulta ajena, sino familiar. Esa afinidad explica por qué platos como el pollo tikka masala o el biryani no parecen lejanos, sino cercanos a nuestra sensibilidad culinaria. (Escarlet Tadeo)

Desde un enfoque sociológico, lo interesante es ver cómo la comida se convierte en un espacio de encuentro cultural. En una mesa de San Borja o de Barranco, un grupo de jóvenes puede compartir naan con chutney de mango y, al mismo tiempo, cebiche con rocoto. Esa convivencia de sabores refleja la misma dinámica de nuestra sociedad: un mestizaje que se sigue reinventando. (Raúl Allain)

Música y cine: la India pop en el Perú

En la cultura popular, la influencia hindú ha llegado también a través de la música y del cine. El boom de Bollywood, aunque menos intenso que en otras partes del mundo, ha tenido sus momentos en el Perú. Hubo una época en la que en algunos cines de barrio se proyectaban películas indias llenas de canto y baile, y aunque para muchos resultaban un tanto exageradas, despertaron curiosidad.

Más allá de eso, la música de los mantras se escucha en sesiones de meditación y en retiros espirituales. He conversado con jóvenes que aseguran que repetir el “Hare Krishna” les ayuda a concentrarse para estudiar o a calmar la ansiedad antes de un examen. Es interesante cómo una práctica milenaria puede insertarse en la rutina de un universitario limeño o trujillano sin que parezca forzada.

Reflexiones compartidas

A veces nos preguntamos si esta apertura hacia la cultura hindú no será también una forma de buscar alternativas frente a un mundo que parece cada vez más hostil. En un país donde la violencia, la corrupción y la precariedad cotidiana nos agotan, resulta comprensible que muchos busquen respuestas en tradiciones que hablan de paz interior, de desapego, de espiritualidad.

Lo paradójico es que, al mirar hacia la India, también nos miramos a nosotros mismos. El hinduismo nos invita a pensar en la multiplicidad y en la interconexión, valores que también están en nuestras propias raíces andinas. Esa resonancia es, quizá, la clave de por qué la cultura hindú se ha instalado en el Perú con una naturalidad que sorprende.

No todo es aceptación ni entusiasmo. Hay quienes ven con recelo estas prácticas, pensando que se trata de modas pasajeras o de influencias que poco tienen que ver con nuestra identidad. Sin embargo, la historia del Perú demuestra lo contrario: nuestra identidad siempre ha sido un tejido de múltiples hilos. Negar la presencia de la India sería desconocer nuestra capacidad de dialogar con lo diverso.

Conclusión: un diálogo abierto

La cultura hindú en el Perú no es un fenómeno masivo ni pretende serlo. Es más bien una corriente discreta, que se entrelaza con nuestra vida diaria en la espiritualidad, en la salud, en la estética, en la gastronomía y en la música. Y aunque cada uno la viva de manera distinta —desde una clase de yoga en Miraflores hasta un mantra recitado en un cuarto universitario de Ayacucho—, lo importante es reconocer que este intercambio nos enriquece.

Como coautores, nos queda la sensación de que este diálogo cultural seguirá creciendo. Quizá no de manera ruidosa, pero sí constante. Porque en el fondo, tanto los Andes como el Ganges nos enseñan que las culturas vivas nunca dejan de fluir, se transforman y se alimentan mutuamente. Y en ese fluir, los peruanos también nos descubrimos un poco más a nosotros mismos.

(*) Escritor, sociólogo y analista político. Consultor Internacional en Derechos Humanos para la Asociación de Víctimas de Acoso Organizado y Tortura Electrónica (VIACTEC).

(**) Escritora, poeta, dibujante y costurera. Estudiante de Farmacia Técnica en el Instituto Carrión.






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