Ilka Oliva-Corado Antonia siempre ha admirado la belleza que habita en la nostalgia del final del verano. Los pétalos de los mirasoles a medio secar y el zacate madurando con sus flores llenas de grillos. La tristeza melancólica del canto de las últimas chicharras opacado por los días de lluvia siempre fue una melodía cargada de poesía silvestre. En los últimos días del verano el bochorno de la humedad comienza a disiparse y poco a poco mientras los campos se llenan de las semillas de encino que caen de golpe anunciando el comienzo del otoño, los zancudos se despiden del festín y dan paso a los colores zapotes y pitayos de la época del frío que en el bosque los arces celebran con los tonos achiote y ocre que engalanan sus hojas. A Antonia lo cotidiano siempre le ha provocado una especie de asombro, la forma en la que las aves construyen sus nidos, la templanza de empezar de cero si los vientos se los destruyen y el arrojo para hacer en la nada su hogar. La paciencia de las hormiga...
