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Tortillas de loroco

Ilka Oliva-Corado La gallina murusha[1] se le atravesó de nuevo en los sueños. La vio corriendo despavorida junto a la bandada buscando las hojas de repollo que les acaba de tirar en el patio para que coman. La nombró Murushona, desde que la pollita nació. Su abuela Tiba le regaló dos huevos de su gallina inglesa, una miniatura de gallina con las plumas colochas[2], mismos que Emelda puso junto a los otros cuando una de las gallinas de la casa se quedó. Durante las tres semanas de incubación estuvo atenta al nacimiento de las crías y fue todo un festejo cuando sus dos pollitas nacieron. Pero a los días una murió y quedó entonces la única murusha en medio de las manadas de pollos que abarrotaban el patio cuando se les tiraba comida. Realmente nunca supo cuántas gallinas llegaron a tener, el terreno donde vivían era grande. Sus papás cuidaban a las afueras de la capital una cochiquera de unos veterinarios adinerados que tenían negocios por todos lados en Guatemala. En los terrenos de la...

Una taza de café recién molido

Ilka Oliva-Corado Lena abre la bolsa y toma el que piensa que es el último pedazo de champurrada pero, para su sorpresa un puñado de pedazos más pequeños se revuelve con el pozolero. Asombrada cierra los ojos y vuelve a mirar dentro de la bolsa, aquello parece un gran guindo. Con urgencia otra vez cierra los ojos deseando que al abrirlos no encuentre de nuevo la gran hondonada, pero ahí está, inamovible, para entonces Lena ha entrado en un estado de estupor  como la primera vez que vio la tierra roja de Salamá. Algo la sacude, su respiración cambia de ritmo y siente como ahogarse con su propia saliva, desesperada hace el esfuerzo de tragar, pero hay un nudo de sal atrancado que se desmorona cuando siente el leñazo en la nuca y de sopetón comienza a rodar en los barrancos de la memoria. Cae a culumbrón en el sabor de las mañanas de su infancia. Ahí está de nuevo la imperdible, tan puntual e insobornable nostalgia que la lleva a lugares que están refundidos en saber qué recovecos de ...

Ayote en rapadura

Ilka Oliva-Corado A Milvia la entregaron a los doce años a un hombre de treinta seis que ya se había separado tres veces y tenía en total siete hijos. Era bien sabido que golpeaba a las mujeres con las que convivió y que cuando se cansaba de ellas solamente se iba y no volvía más, dejando a las madres y a sus hijos en el olvido total. Cliente habitual del bar Rojo, el único en el municipio. Sus borracheras no tenían ni día ni horario, pero eso al padre de Milvia no le importó porque el futuro yerno lo invitaba a los cutos[1] cuando se lo encontraba en el bar. El futuro conviviente, entonces arregló con su papá sin que su mamá ni ella supieran y este aceptó la dote de tres vacas y dos yeguas, diez quintales de máiz y dos de maicillo. En su casa su madre nunca ha tenido ni voz ni voto, todo lo decide su papá entonces para cuando se enteró se puso a llorar porque así mismo le pasó a ella. La tomó de un brazo y la sentó en una silla y le explicó que llegaría un hombre que sería su espos...

Tamalitos de loroco

Ilka Oliva-Corado El anuncio de la tormenta invernal hizo que la gente corriera a los supermercados a abastecerse, Lupita no fue la excepción. Compró lo habitual, sus verduras para sus ensaladas, arroz, dos libras de costilla porque el caldo no puede faltar en los días de tormenta, pan dulce porque no podría tomar café sin su pedazo de pan al lado. El otro día hizo sopa de lentejas con espinaca y también tortitas de carne con berro, no le gusta cómo luce la acelga en ese lugar, apagada y sus hojas marchitas, no le dan ganas de cocinarla así. Porque para ella la memoria de las hojas de acelga tiene la frescura de la tierra fértil de la aldea El Calvario, donde creció. Ya lleva todo en la canasta, su piña que parte en rodajas y las cáscaras que las pone a hervir con canela y pasa tomando el agua como té durante la nevada. En la tormenta pasada le dio por hacer pan, se discutió unos panes galanes que hacen en su aldea para Semana Santa. Aunque claro, un horno de estufa jamás tendrá parec...

Flor de pito

Buscando sus helados de café y vainilla en el área de   productos congelados, Baudilia descubrió un nacimiento, fue como haberse reencontrado su cinco favorito, su tira, después de haberlo buscando en el chiquero de los coches, abajo del tapesco de las gallinas, en la esquina donde duermen las cabras, en el nido de plumas de las coquechas  y hasta por debajo de las piedras de los dos metros de piedrín que sobraron de la construcción del tapial de la casa. Su tira favorita que siempre le dio suerte para ganar al triángulo, a los hoyitos y la tortuga.  Cuando vio la bolsa de flor de pito congelada sintió que había recuperado la mona que perdió jugando a los calazos. La mona que le dieron fiada en el mercado y que decoró con la pintura de uñas, la monona que era un festival de colores, un arcoíris zumbando cuando entraba al círculo a bailar.  Respiró profundo porque había perdido el aire, se sintió en las alturas del volcán de San Pedro la Laguna, en la corilla del...

Frijol camagua

Por Ilka Oliva-Corado Clemencia compró frijol camagua, iba por chiles dulces y cebollas, pero el frijol le salió al paso desde el canasto de nía María. Primero se paró de cabeza, saltó, levantó las manos y bailó, pero Clemencia estaba entretenida buscando los chiles más galanes. El camagua no se dio por vencido y utilizó su última herramienta, se lanzó de panzazo sobre los manojos de siente montes, sabía que era la única forma de captar la atención de la despistada.  Con cinco chiles en la bolsa, Clemencia buscó las cebollas, pero como un montarral espeso de finales de invierno, aparecieron frente a ella los siete montes. Sintió el aroma de su infancia llegado desde las montañas de la Sierra de las Minas. Se le erizó la piel y se le dejaron caer en manada el puño de recuerdos cuando vendían queso fresco, crema, requesón y suero en la casa de sus padres en Teculután, Zacapa.  Los años en los que si llovía su madre les gritaba desde donde estuviera, que fueran a tapar los espejo...

Atol de poleada

Ilka Oliva-Corado Comenzó a llover a eso de las cuatro de la tarde y no ha parado ni un segundo. Fausta se encomienda, le enciende una veladora al Señor de Esquipulas y arropa a sus seis pollitos en la cama con el poncho que le compró por pagos a un vendedor que llega todos los jueves desde Momostenango ajenando [1] fundas para las almohadas, sábanas, ponchos y manteles típicos. Siempre llega con su hijo adolescente y se andan todo el pueblo y las aldeas con sus ventas a mecapal[2]. Fausta les daba dónde calentar las tortillas en el rescoldo del comal, las llevaban en un morral que se lo cuelgan cruzado en la espalda antes de ponerse la carga de la venta a mecapal. Le dio pena verlos con tanto encima. Pero es que el favor es mutuo, así lo ve Fausta, porque también le sirven de compañía en lo que echa los pishtones [3] en el comal. Siempre los espera con café de máiz o de tortilla hirviendo en el batidor, su olla de frijoles espesos y un cuarto de queso o de requesón. Ellos se deleitan...

Helado de coco

Ilka Oliva-Corado Despierta como todos los días a las tres de la madrugada, se pega un estirón en la cama de metal que tiene una pata coja y dan un salto, cae parada en el piso de tierra. Destranca la puerta hecha con pedazos de tablas y sale al patio a cepillarse los dientes y a lavarse la cara con el agua fría que recibió el sereno de la noche. Corta un limón en dos, le deja caer un poco de bicarbonato y se lo pasa en los sobacos. Se amarra el pelo en una cola, termina de ponerse los zapatos y jalar un suéter. Comienza a caminar por el bulevar principal de Los Cerezos, periferia en donde vive y sale en el primer bus que va hacia el mercado Las Golondrinas que queda en la capital. Los pilotos ya la conocen, la ven hacer el mismo recorrido todos los lunes, Julia de ocho años va a comprar la fruta para hacer los helados que vende en el mercado. A las cinco de la mañana en punto estaciona el bus en la parada, le dice al piloto que no se vaya a ir sin ella. Julia tiene cuarenta y cinc...

Dulces de cardamomo

Ilka Oliva-Corado Está en el estanque lavando la ropa de toda la familia desde las cuatro de la madrugada, algunas llegaron desde las tres, cada una acompañada con un candil para alumbrarse un poco en la gran oscurana en medio de la arboleda de la aldea.  De dicha tienen una galera que las cubre un poco cuando llueve sin viento, pero cuando son tormentas no hay dónde refugiarse y lavan recibiendo el aguacero, terminan con la ropa empapada que va escurriendo mientras caminan de regreso hacia sus casas.  Si terminan antes de que amanezca aprovechan a bañarse, con jabón de coche o aceituno que llevan envueltos en tusas, y sin faltar la piedra poma para restregarse los carcañales. Pero si el día aclaró no pueden porque el estanque está a la orilla del camino y para el filo de las seis de la mañana se ha llenado de vacas, cabras, niños y adolescentes que van a pastorearlas. De adultos que van a tomar el autobús para viajar a la capital. A las seis en punto Lupita tiene que irse a o...

Fresco de rosa Jamaica

  Fresco de rosa Jamaica   En otros tiempos las guayabas las hubiera comprado en la aldea a diez len [1]   cada una, guayabonas galanas del tamaño de su mano, pero en cambio esas guayabas churucas [2]  dan más lástima que gusto, carísimas como todo, hoy en día hasta el aire que se respira sale caro, reflexiona Toña, viendo cómo ajusta su salario estirando los centavos.     Tiene ganas de fresco de rosa de Jamaica, las bolsas de dos libras siempre las encuentra en los estantes de abajo en donde están los ejotes y las remolachas. Aunque siempre va directo al mandado, hoy Toña tiene ganas de caminar en los corredores del supermercado y desahuciarse con las frutas incoloras y sin sabor que le recuerdan que todo es pasajero en esta vida, menos los pesticidas que llegaron para quedarse.  Pero bueno, se consuela, en otros tiempos ella tenía sus dientes sanos, hoy tiene una placa que además le queda grande.   Al pasar frente a las remolachas aga...

Licuado de frutas

Ilka Oliva-Corado Tanita siempre anheló un licuado de frutas, un sueño inalcanzable en su infancia. Las licuadoras eran voladas de las que hablaban en los anuncios de radio cuando sintonizaban a Porfirio Cadena “El ojo de vidrio”. Qué emoción, recuerda Tanita, cuando llovía en la radio, escuchar los truenos que sacudían la lámina de la casa, el sonido de las manitas de los caballos caminando sobre el adoquín: taca, taca, taca, ta…   Se imaginaba que todo aquello acontecía entre los montes y se le perdía la mente entre los caminos reales, los palos de guayabos rojos y los zacatales. Se preguntaba si en las casas de ese lugar también se alumbraban con candil como en la suya, o si las niñas también tenían que acarrear agua de la quebrada como le tocaba a ella. Si tenían un radio Philips de batería como el que tenía su abuelo, si también remendaban la ropa y si hacían mamasos  con sal cuando torteaban. Si los hombres dormían en una cama y las mujeres en otra, como en su casa ...

Sopa de berro

Ilka Oliva-Corado Sale del supermercado con su bolsa llena de verduras, compró un manojo de berro para hacerlo en caldo, su amigo Joaquín le dijo que, para los días fríos en el largo invierno estadounidense, el caldo de berro era lo mejor. María solamente ha probado el berro en ensaladas y en las tortitas de carne, a las que algunas veces agrega acelga y en otras el berro, aunque últimamente también las revuelve con tofu. En una mano lleva una libra de uvas que se va degustando una por una, solamente come esta fruta para diciembre porque le recuerdan sus años de adolescencia en su natal Guatemala, teme que si las come en otra época del año desaparezca el hechizo y olvide para siempre aquella época de olor a ponche, hoja fresca de plátanos, tamales recién cocidos y el sereno goteando de la lámina de la casa en las madrugadas. Le pasa igual con las manzanas rojas de Washington que sólo llevan a vender en diciembre al mercado de su natal Camotán. En donde vive las venden todo el año, per...

Melaza de granada

Ilka Oliva Corado Despierta, observa el reloj, son las cuatro y veintidós de la madrugada.  Abraza las sábanas y se estira en la cama, se levanta y pone a hervir el agua para el café. Se cepilla los dientes y mientras el agua hierve Cecilio se asoma a la ventana, del otro lado una oscurana espesa que pronto dará paso al amanecer le recuerda que son los últimos días del verano.  Pronto le tocará guardar la ropa de verano y comenzar a orear la del invierno que al terminar la estación guardará en bolsas plásticas y para que no agarre el olor del letargo le pone ramitas secas de lavanda y hojas de los cipreses que la gente compra para Navidad y que tira a la basura después de tres días.  También de la basura que la gente tira en abril ha amueblado el estudio que alquila y se ha dado el lujo de cambiar de decoración cada año. En Estados Unidos lo que es basura para unos son artículos de primera necesidad para otros. Así Cecilio ha cambiado en infinidad de ocasiones su vajilla,...

Las mazorcas oreándose

Ilka Oliva-Corado   Cada vez que puede, Perfecto le cuenta al que se va encontrando en su camino que desde hace años tiene a su familia en Estados Unidos y que les arregló papeles a todos sus hijos, que hasta nietos le nacieron en El Norte.  Pero la verdad es otra, la realidad de Perfecto es como la de miles de indocumentados, le da vergüenza decir que no tiene documentos y el miedo a la deportación lo hace mentir constantemente sobre su vida en el país.   Emigró hace más de treinta años, aún en la adolescencia.  En su primera noche en El Norte la angustia no lo dejó dormir, estaba en un lugar en el que no hablaba el idioma y a miles de kilómetros de su casa, sin ningún familiar cerca. Perfecto se fue con un puñado de muchachos que un día dejaron San Francisco Cajonos, para aventurarse en la búsqueda de un mejor porvenir para su familia, al otro lado del río Bravo.   Crecido en un pueblo en donde la gente hace siembra comunal, a Perfecto el ego e indiv...

Los sueños de Bertita

Ilka Oliva-Corado Por las mañanas, Bertita y su mamá rajan leña en casas de los vecinos que contratan sus servicios, por lo regular adultos mayores que se quedaron solos porque todos sus hijos se fueron al Norte. Bertita de veinte años se amarra en el perraje a su hija de un año y se la acomoda en la espalda, sus otros dos hijos de cinco y de siete son los que se encargan de acomodar la leña para no dejar las parvas regadas.  Cuando les va bien logran que les incluyan almuerzo en la paga, unas tortillas que mojan en caldo de hierbas, en un plato de frijoles cocidos o a veces tres tortillas untadas con chirmol. Ya es ganancia, tienen algo para echarle al estómago, cuando el día no es tan bondadoso con ellas se esperan a llegar a la casa para poner a hervir en una ollita con agua, unas gotas de aceite y unos granos de sal, unas cuantas tortillas frías para después sopearlas. Su economía no da para más.  Los hijos de Bertita están en estado de desnutrición, también los de sus tre...

La sonrisa de Martina

Ilka Oliva Corado La primera vez que Arnold le pegó fue en su primera noche durmiendo juntos, Martina se fue huida con él porque su familia la quería mandar a vivir a la casa de su tía Dominga en la capital, para quitarle al haragán que la andaba rondando, así le llamaba su papá a Arnold, “el haragán sin oficio”. Su mamá que había crecido arreando vacas y torteando para toda la familia y que cuando se casó le tocó el mismo oficio, le dijo que de casarse nada hasta que se graduara de algo que la sacara de andar ordeñando vacas y dándoles de comer a los mozos en la hondonada. El papá de Martina había logrado comprar treinta manzanas de tierra que quedaban en el guindo de un barranco, ahí sembraron milpa, frijol, maicillo y apartaron un pedazo para arrear las vacas que él iba a comprar a El Salvador para revenderlas en tierra fría para el destace. Un año de haberle bajado la primera sangre tenía Martina cuando se le apareció Arnold recién aterrizado de Estados Unidos, había llegado de v...

Fresco de carambola

OPINIÓN de Ilka Oliva-Corado En los primeros años, Filomena anotaba en español en una libreta y con un traductor inglés-español traducía la lista para comprar en el supermercado, todo para comida kosher. En su natal Sibaná, El Asintal, Retalhuleu, Guatemala, jamás escuchó de la religión judía y mucho menos de la comida kosher, fue en Chicago en su primer trabajo donde descubrió ese mundo de alimentos y rituales tan extraños. Al principio le parecían mañas de gringos, como la de los evangélicos con sus bocinas a todo volumen en su aldea los domingos de culto y el montón de cucuruchos que bien santos cargando procesiones para Semana Santa, pero malmataban a sus esposas en sus casas. Comida kosher, decía Filomena, pero bien tacaños para pagarle a los trabajadores un salario justo. A Filomena en ese trabajo le tocaba bailar en un pie: limpiar la casa, lavar la ropa, arreglar a los niños para ir a la escuela y cocinar comida kosher, niños a los que quiso y cuidó como si ella los hubiera par...

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