OPINIÓN de Claudia Aranda La nación, escribió Ernest Renan en 1882, no es un hecho natural ni una esencia heredada, sino un acto: un “plebiscito cotidiano”. Con esa fórmula, Renan desplazó la nación del terreno de la sangre, la raza o la lengua entendida como sustancia, hacia el de la voluntad colectiva y la memoria compartida. Sin embargo, su definición suele leerse de manera incompleta. El “plebiscito cotidiano” no ocurre en el vacío: necesita soportes, rituales, fórmulas, palabras. Podría decirse, siguiendo una intuición que Renan no desarrolló pero dejó abierta, que la nación no solo se vota cada día: se repite. Y se repite, sobre todo, en el lenguaje ordinario. Desde finales del siglo XX, una amplia constelación teórica ha permitido pensar la nación precisamente en ese nivel: no como objeto dado, sino como “efecto discursivo”, como “práctica reiterada”, como “normalidad semiótica”. Benedict Anderson mostró que las naciones son “comunidades imaginadas”, produc...
