Por Raúl Allain (*) La corrupción en el Perú no es solo un delito, ni una cifra más en los informes de la Contraloría. Es un clima. Una sensación espesa, casi pegajosa, que se cuela por todos los rincones de la vida cotidiana. Uno puede no verla directamente, pero la respira. Está en la desesperación de una madre que no consigue una cama en un hospital; en el cansancio de un profesor que ve cómo sus alumnos estudian con techos que se caen; en la rabia silenciosa del agricultor que, otra vez, no recibe apoyo técnico porque los fondos “se perdieron”. A veces me pregunto —y lo digo con cierta incomodidad— si nos hemos acostumbrado demasiado. La corrupción se ha convertido en un ruido de fondo. Sabemos que está ahí, sabemos que duele, pero seguimos adelante porque no queda otra. Sin embargo, cada cierto tiempo aparece un caso tan grotesco, tan descarado, que la herida sangra de nuevo y recordamos que el problema no es abstracto: nos está costando futuro, dignidad y cohesión social. En el 2...
