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Tamalitos de loroco

Ilka Oliva-Corado

El anuncio de la tormenta invernal hizo que la gente corriera a los supermercados a abastecerse, Lupita no fue la excepci贸n. Compr贸 lo habitual, sus verduras para sus ensaladas, arroz, dos libras de costilla porque el caldo no puede faltar en los d铆as de tormenta, pan dulce porque no podr铆a tomar caf茅 sin su pedazo de pan al lado. El otro d铆a hizo sopa de lentejas con espinaca y tambi茅n tortitas de carne con berro, no le gusta c贸mo luce la acelga en ese lugar, apagada y sus hojas marchitas, no le dan ganas de cocinarla as铆. Porque para ella la memoria de las hojas de acelga tiene la frescura de la tierra f茅rtil de la aldea El Calvario, donde creci贸.

Ya lleva todo en la canasta, su pi帽a que parte en rodajas y las c谩scaras que las pone a hervir con canela y pasa tomando el agua como t茅 durante la nevada. En la tormenta pasada le dio por hacer pan, se discuti贸 unos panes galanes que hacen en su aldea para Semana Santa. Aunque claro, un horno de estufa jam谩s tendr谩 parecido con el horno de le帽a en el patio de la casa de su infancia. No est谩n sus hermanas, ni su mam谩 ni su abuela, no est谩n las t铆as, no tiene a qui茅n preguntarle cu谩nto de sal, si la masa ya est谩 en su punto, o si el horno necesita m谩s le帽a, pero hacer el pan la hace mantener la memoria viva de las tardes ba帽adas de luz que espera que un d铆a conozcan sus hijos, cuando los tenga, porque quiere tener cuatro.

Va buscando los tamalitos de elote que llegan congelados desde El Salvador, se los come con leche, como en su infancia. Aunque a veces tambi茅n se los come con crema y queso fresco. Cuando hace atol de elote le toca echarle un poco se harina de m谩iz o maicena, porque se le corta porque los elotes est谩n muy tiernos, pero no hay c贸mo conseguirlos m谩s sazones. El atol le gusta dejarlo cuajar y al siguiente d铆a cortarlo con leche, como lo hac铆a su abuela porque as铆 le ense帽贸 su abuela a hacerlo.

Abre el congelador y agarra la bolsa de seis tamales, si comprara la de veinticuatro no tendr铆a d贸nde ponerla. Enfrente est谩n los congeladores llenos de frutas, hojas y comida que llega desde toda Latinoam茅rica. Siempre se encuentra las bolsas de jocote rojo de febrero que cuestan un ojo de la cara, un ojo de la cara a cambio de doce jocotes por bolsa. Es un crimen, siempre alega con ella misma, lo mismo del precio de los tamales de elote. Si le contara a su abuela lo que cuesta el manojo de las hojas de banano le dir铆a que se regrese inmediatamente, que qu茅 anda haciendo tan lejos buscando lo que no ha perdido.

La historia de Lupita es como la de muchas adolescentes que creen estar enamoradas perdidamente y que en la efervescencia de la alucinaci贸n dejan todo atr谩s siguiendo al que m谩s tarde les va a desdichar la vida. No lo supo ver con diecis茅is a帽os, solo pens贸 que junto a su novio podr铆an hacer una vida juntos lejos de todos, porque nadie aceptaba su relaci贸n con un hombre de cuarenta y seis, separado y con seis hijos. Ahora que tiene veinticinco y despu茅s de haber vivido nueve a帽os con un alcoh贸lico violento que le pegaba todos los d铆as entiende por qu茅 su familia se opon铆a. Se escap贸 con 茅l y no dio tiempo a que lo metieran preso por abusador de menores.

Reci茅n lo acaba de dejar y renta un estudio con un balc贸n que tiene como vista la pared de atr谩s de un edificio de cincuenta apartamentos. Sabe que se reconstruir谩, que podr谩 ponerse de pie y que continuar谩 caminando, conociendo, experimentando y d谩ndose la oportunidad de respirar con calma y en paz. Ahora est谩 aprendiendo poco a poco lo que es el amor propio, lo que significa disfrutar de su propia compa帽铆a, su ser interior, de la inmensidad de sus sue帽os y a cuidarse como cuidaba las flores del jard铆n en la casa de su infancia. Porque es un crisantemo, se dice siempre cuando se ve al espejo. Los crisantemos dobles que sembraba en los surcos de la parcela de sus padres a los que cuidaba con dedicaci贸n y ternura.

Junto a las bolsas de jocotes encuentra reci茅n llegadas las bolsas de flor de pito, chipil铆n y loroco, todo producto guatemalteco. El alma se le va en vilo y no la puede alcanzar, siente su coraz贸n acelerarse, le hace falta el aire. El loroco siempre lo cort贸 en casa de sus abuelos paternos, en el oriente guatemalteco. All谩 conoci贸 las parcelas llenas de palos de lim贸n, los palos de mango enormes como ceibas. La manzana rosa, las quesadillas de arroz, el queso seco y las tunas rojeando entre los zacatales secos del desierto al pie de la Sierra de Las Minas.

Inmediatamente agarr贸 cuatro bolsas, tom贸 harina de m谩iz salpor, un rollo de tusas y con urgencia lleg贸 a su casa a preparar los tamalitos de loroco. Mientras estos herv铆an, agarr贸 su taza de caf茅 y se sent贸 en el balc贸n a ver la nieve caer. Su nido huele de pronto a monte, mango tierno, chico zapote, a paternas y a los pomelos maduros al pie de los palos de jocote mara帽贸n.

Ilka Oliva-Corado




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