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Palestina: 78 años de la Nakba y una realidad que persiste

Jerusalén Ocupada, (SANA) Entre una herida aún abierta y una realidad que perpetúa la tragedia, Palestina conmemora el 78.º aniversario de la Nakba. Su población enfrenta hoy condiciones especialmente difíciles, marcadas por nuevas oleadas de desplazamientos masivos en la Franja de Gaza, mientras en Cisjordania se intensifican la expansión de asentamientos y los ataques israelíes en una escala sin precedentes.




El escenario antes mencionado que muchos interpretan como la continuación directa de un proceso iniciado en 1948 y que, bajo distintas formas, sigue desarrollándose hasta la actualidad.

De acuerdo con la Oficina Central de Estadística Palestina, alrededor de 957.000 palestinos, de un total de 1,4 millones que habitaban unos 1.300 pueblos y aldeas en el momento de la Nakba, fueron desplazados hacia Cisjordania, la Franja de Gaza y países árabes vecinos, además de los desplazamientos internos dentro de los territorios ocupados en 1948.

Asimismo, las fuerzas del ocupante israelí tomaron el control de 774 localidades, de las cuales 531 fueron completamente destruidas, y que durante ese periodo se registraron más de 70 masacres que causaron miles de víctimas.

La referida entidad palestina estima que la población palestina actual asciende a unos 15,5 millones en todo el mundo: 7,4 millones en la Palestina histórica, de los cuales 3,43 millones viven en Cisjordania y 2,13 millones en Gaza, mientras que unos 8,1 millones residen en la diáspora, incluidos 6,8 millones en países árabes.

La memoria del lugar

En este 78.º aniversario, los acontecimientos del 15 de mayo de 1948 se perciben no solo como un hecho histórico, sino como una realidad que sigue presente. Entre campos de refugiados, fronteras cerradas y ciudades transformadas, el derecho al retorno permanece vivo en la memoria colectiva, en torno a una historia marcada por la pérdida.

Los habitantes de ciudades como Jaffa, Haifa, Safed, Lod y Ramla se vieron obligados a huir dejando atrás hogares, calles y tierras que, con el tiempo, se han convertido en símbolos recurrentes dentro de la narrativa palestina: espacios ausentes, pero presentes en la memoria.

Aquellas localidades no representaban únicamente territorio, sino también una forma de vida completa, con escuelas, mercados, cosechas y una estructura social profundamente arraigada. Con el éxodo, no solo se desplazaron personas, sino también los elementos cotidianos que daban sentido a la estabilidad.

El desplazamiento de cientos de miles de palestinos en 1948 dio origen a una de las crisis de refugiados más prolongadas del mundo moderno, y los campamentos en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria y Jordania surgieron como consecuencia directa de aquel acontecimiento inicial.

Cuando lo temporal se vuelve permanente

En los campos de refugiados, la temporalidad dejó de ser una condición transitoria. Viviendas de hormigón se levantan sobre terrenos inestables, mientras generaciones enteras crecen en estrechos callejones donde la patria solo existe a través de relatos.

El tiempo no se detuvo con la partida, pero tampoco regresó a su origen. En su lugar, se configuró una especie de continuidad suspendida entre la memoria y la espera.

Las historias se transmiten de generación en generación no solo como nostalgia, sino como elemento central de identidad, además, muchas familias aún conservan las llaves de sus antiguas casas, no como simples objetos, sino como símbolos de una convicción persistente: la esperanza de justicia y retorno.

Para los palestinos, la Nakba no se limita a 1948, sino que se entiende como un proceso continuo, desde la guerra de 1967 y la ocupación de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, hasta la expansión de los asentamientos, se percibe como una secuencia de transformaciones que no ha cesado.

En cada etapa, los cambios no solo han afectado la tierra, sino también la vida cotidiana: la movilidad, la vivienda, la agricultura y la relación misma con el territorio.

En este sentido, la Nakba deja de ser únicamente un acontecimiento histórico para convertirse en una realidad en evolución constante, cuyas formas cambian con el tiempo, pero cuya esencia permanece: la reconfiguración continua del presente palestino.

Gaza: el desplazamiento como experiencia recurrente

En la Franja de Gaza, la memoria adquiere una dimensión especialmente dura. Generaciones enteras han crecido bajo un prolongado asedio, guerras recurrentes y desplazamientos internos que se repiten con cada escalada del conflicto. En este contexto, la idea de “retorno” ya no se limita a las aldeas perdidas en 1948, sino que también incluye los propios hogares dentro de la Franja, de los que sus habitantes han tenido que huir en múltiples ocasiones debido a los bombardeos.

En tiempos de guerra, el tiempo parece fragmentarse de forma abrupta: un pasado aún sin resolver, un presente en el que el desplazamiento se reproduce una y otra vez, y un futuro que permanece suspendido en condiciones de extrema incertidumbre.

En la experiencia palestina, el hogar trasciende su dimensión física. No es solo un espacio de residencia, sino una idea, un símbolo y una extensión de la identidad. Incluso cuando es destruido o abandonado, permanece en la memoria colectiva como una imagen persistente. Por ello, la pérdida del hogar no se percibe únicamente como una experiencia individual, sino como parte de una pérdida colectiva prolongada, en la que la nostalgia se integra en la propia construcción de identidad.

Una memoria colectiva aún abierta

Tras 78 años, la Nakba sigue siendo mucho más que una conmemoración anual: se mantiene como una realidad abierta, una experiencia histórica y humana que aún no se ha cerrado en la memoria colectiva.

No se trata de un hecho aislado del pasado, sino de un proceso continuo de transformaciones que adopta múltiples formas: desplazamientos directos, expansión de asentamientos y una erosión progresiva del territorio palestino.

En este sentido, la Nakba es entendida por muchos no como un evento histórico concluido, sino como una condición persistente que se renueva en Gaza a través de guerras recurrentes, en Cisjordania mediante asentamientos, restricciones y tensiones cotidianas, y en Jerusalén a través de políticas de cambio demográfico.

Entre las cifras y las historias humanas, persiste una pregunta central en el debate palestino: ¿puede la historia transformarse en justicia, o seguirá la Nakba siendo un capítulo abierto para las generaciones futuras?

sm/ahs

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