Por Abdeslam Baraka
Los compromisos electorales se han sustituido por las “recomendaciones” del FMI, que tanto da帽o hicieron a los pa铆ses del Sur en los ochenta. ¿A esto llamamos democracia?
Unos quisieron imponer su modelo de democracia a punta de ca帽贸n, otros chantajeando a los pueblos de 脕frica y Am茅rica Latina con el cese de la inversi贸n y de la ayuda al desarrollo; y otros erigi茅ndose en protectores con un pretendido derecho a la patria potestad sobre los pa铆ses del sur.
El resultado es desolador y la democracia aparece cada vez m谩s desprestigiada y menoscabada, sobre todo en los pa铆ses desarrollados del norte. ¿C贸mo explicar sino, que un gobernante reci茅n votado y democr谩ticamente elegido, decida suprimir quinientos mil puestos de trabajo o triplicar las matr铆culas universitarias, en contra de sus promesas electorales? ¿C贸mo concebir que en el Viejo continente, los compromisos electorales hayan sido sustituidos por las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional que tanto da帽o hicieron a los pa铆ses del Sur, en la d茅cada de los ochenta? ¿Y c贸mo se puede justificar que los pueblos deban sufrir y pagar por una mala gesti贸n sin que se depuren responsabilidades?
Ahora que el panorama est谩 as铆 de despejado y las mentiras y oportunismos ya destapados, las sociedades tienen la ocasi贸n hist贸rica de retomar las riendas de su destino y resguardarse de similares abusos en el futuro.
Lo 煤nico positivo en este contexto tr谩gico de desorientaci贸n y de espera (sin hablar del efecto inesperado y devastador de WikiLeaks), es que ya no se puede dar lecci贸n alguna de nada a nadie y que el futuro est谩 de nuevo por construir.
La democracia seguir谩 sirviendo como marco de gobierno y de convivencia pero habr谩 que desligarla de las ideolog铆as, ultraliberal, del populismo y de las creencias exacerbadas, como lo fue de los sistemas populares y totalitarios.
El objetivo de la democracia no es desembocar en un modelo 煤nico de sociedad sino el de permitir la coexistencia de antagonismos y rivalidades en un marco pac铆fico y de entendimiento. Nos orientar铆amos, pues, hacia una democracia real, afirmada en la sociedad civil y que nos permita ser coherentes con nuestras se帽as de identidad respectivas. Que respete nuestras culturas y creencias para facilitar la enriquecedora convivencia.
De ah铆, la necesidad de identificar, fomentar y desarrollar en cada cultura, los principios que coincidan con los valores universalmente reconocidos como democr谩ticos. Para que el comportamiento democr谩tico sea un aprendizaje natural y permanente; empezando por el respeto al otro como base de todo sistema sociopol铆tico que garantice los derechos fundamentales a la vida, a la libertad y a la solidaridad.
La democracia no necesita de f贸rmulas abstractas para conseguir la buena gobernabilidad; basta con el sentido com煤n, la libertad de voto y el consenso en los temas fundamentales.
Las actuales democracias pecan por defecto. Se hacen cada vez m谩s r铆gidas y formales, a trav茅s de un sistema partidista que monopoliza, parad贸jicamente, el di谩logo y la confrontaci贸n. Se ha marginado a los otros componentes de la sociedad y se ha enjaulado a la democracia en un laberinto de procedimientos y tecnicismos que le substraen toda substancia.
No todos los pol铆ticos ignoran esta realidad pero muchos son los que se aprovechan de un ef铆mero mandato electoral para sacar pecho y lucir corbata nueva. Para estos personajes, la inmunidad parlamentaria, las relaciones de alto nivel y las amistades empresariales se transforman en abuso de poder.
Por todo esto, tendremos que reinventar las reglas del mandato para que nunca m谩s un acto democr谩tico y voluntario se transforme en un secuestro a plazo de la voluntad popular. Una pista posible ser铆a la ampliaci贸n de las causas de destituci贸n y del ejercicio del refer茅ndum e iniciativa popular, as铆 como el control del desmedido poder de los partidos pol铆ticos. La segunda alternativa ata帽e a la incomprensible disciplina de los grupos pol铆ticos en las instituciones representativas, que contradice el principio constitucional de que el voto parlamentario es un deber y un derecho personal indelegables.
Lo cierto es que ni las malas pr谩cticas de gobernabilidad ni los efectos perversos de las crisis actuales deben mermar nuestra decidida opci贸n por la democracia. Ahora m谩s que nunca debemos preservarla y protegerla de las insidias de la reacci贸n.
Por suerte, la democracia no es monopolio de nadie, mas bien constituye el 煤nico medio para el ciudadano de poder cambiar el curso de los acontecimientos. No importa esperar cuatro o cinco a帽os para recordarlo y exigir replantear los fundamentos alterados. La vida de los pueblos no se mide en t茅rminos de mandatos sino por el bienestar de una vida social en la paz que procede de la justicia.
*Ex Ministro y Ex Embajador de Marruecos en Espa帽a
Los compromisos electorales se han sustituido por las “recomendaciones” del FMI, que tanto da帽o hicieron a los pa铆ses del Sur en los ochenta. ¿A esto llamamos democracia?
Unos quisieron imponer su modelo de democracia a punta de ca帽贸n, otros chantajeando a los pueblos de 脕frica y Am茅rica Latina con el cese de la inversi贸n y de la ayuda al desarrollo; y otros erigi茅ndose en protectores con un pretendido derecho a la patria potestad sobre los pa铆ses del sur.
El resultado es desolador y la democracia aparece cada vez m谩s desprestigiada y menoscabada, sobre todo en los pa铆ses desarrollados del norte. ¿C贸mo explicar sino, que un gobernante reci茅n votado y democr谩ticamente elegido, decida suprimir quinientos mil puestos de trabajo o triplicar las matr铆culas universitarias, en contra de sus promesas electorales? ¿C贸mo concebir que en el Viejo continente, los compromisos electorales hayan sido sustituidos por las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional que tanto da帽o hicieron a los pa铆ses del Sur, en la d茅cada de los ochenta? ¿Y c贸mo se puede justificar que los pueblos deban sufrir y pagar por una mala gesti贸n sin que se depuren responsabilidades?
Ahora que el panorama est谩 as铆 de despejado y las mentiras y oportunismos ya destapados, las sociedades tienen la ocasi贸n hist贸rica de retomar las riendas de su destino y resguardarse de similares abusos en el futuro.
Lo 煤nico positivo en este contexto tr谩gico de desorientaci贸n y de espera (sin hablar del efecto inesperado y devastador de WikiLeaks), es que ya no se puede dar lecci贸n alguna de nada a nadie y que el futuro est谩 de nuevo por construir.
La democracia seguir谩 sirviendo como marco de gobierno y de convivencia pero habr谩 que desligarla de las ideolog铆as, ultraliberal, del populismo y de las creencias exacerbadas, como lo fue de los sistemas populares y totalitarios.
El objetivo de la democracia no es desembocar en un modelo 煤nico de sociedad sino el de permitir la coexistencia de antagonismos y rivalidades en un marco pac铆fico y de entendimiento. Nos orientar铆amos, pues, hacia una democracia real, afirmada en la sociedad civil y que nos permita ser coherentes con nuestras se帽as de identidad respectivas. Que respete nuestras culturas y creencias para facilitar la enriquecedora convivencia.
De ah铆, la necesidad de identificar, fomentar y desarrollar en cada cultura, los principios que coincidan con los valores universalmente reconocidos como democr谩ticos. Para que el comportamiento democr谩tico sea un aprendizaje natural y permanente; empezando por el respeto al otro como base de todo sistema sociopol铆tico que garantice los derechos fundamentales a la vida, a la libertad y a la solidaridad.
La democracia no necesita de f贸rmulas abstractas para conseguir la buena gobernabilidad; basta con el sentido com煤n, la libertad de voto y el consenso en los temas fundamentales.
Las actuales democracias pecan por defecto. Se hacen cada vez m谩s r铆gidas y formales, a trav茅s de un sistema partidista que monopoliza, parad贸jicamente, el di谩logo y la confrontaci贸n. Se ha marginado a los otros componentes de la sociedad y se ha enjaulado a la democracia en un laberinto de procedimientos y tecnicismos que le substraen toda substancia.
No todos los pol铆ticos ignoran esta realidad pero muchos son los que se aprovechan de un ef铆mero mandato electoral para sacar pecho y lucir corbata nueva. Para estos personajes, la inmunidad parlamentaria, las relaciones de alto nivel y las amistades empresariales se transforman en abuso de poder.
Por todo esto, tendremos que reinventar las reglas del mandato para que nunca m谩s un acto democr谩tico y voluntario se transforme en un secuestro a plazo de la voluntad popular. Una pista posible ser铆a la ampliaci贸n de las causas de destituci贸n y del ejercicio del refer茅ndum e iniciativa popular, as铆 como el control del desmedido poder de los partidos pol铆ticos. La segunda alternativa ata帽e a la incomprensible disciplina de los grupos pol铆ticos en las instituciones representativas, que contradice el principio constitucional de que el voto parlamentario es un deber y un derecho personal indelegables.
Lo cierto es que ni las malas pr谩cticas de gobernabilidad ni los efectos perversos de las crisis actuales deben mermar nuestra decidida opci贸n por la democracia. Ahora m谩s que nunca debemos preservarla y protegerla de las insidias de la reacci贸n.
Por suerte, la democracia no es monopolio de nadie, mas bien constituye el 煤nico medio para el ciudadano de poder cambiar el curso de los acontecimientos. No importa esperar cuatro o cinco a帽os para recordarlo y exigir replantear los fundamentos alterados. La vida de los pueblos no se mide en t茅rminos de mandatos sino por el bienestar de una vida social en la paz que procede de la justicia.
*Ex Ministro y Ex Embajador de Marruecos en Espa帽a
