Otra información es posible

Macron: ¿Marketing o renovación?

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Emmanuel Macron, el presidente de Francia, no ha dejado de sorprender a sus compatriotas y al mundo entero. Un candidato cuyo ascenso ha sido meteórico; un candidato que no se ha declarado ni de izquierdas ni de derechas, verdadera herejía política en el hexágono; un candidato, en fin, que ha llegado a la primera magistratura de su país dejando en el camino a los dos principales partidos políticos del establishment, socialistas y republicano.

Trump y la Tercera Guerra Mundial

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- La amenaza de una Tercera Guerra Mundial ha estado presente en la humanidad, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial e inaugurada la Guerra Fría. Los optimistas pensaron que tras la llamada Caída del Muro, tal posibilidad quedaba abolida. El curso de la historia de las últimas décadas muestra, por el contrario, que la eventualidad de una conflagración de gran escala está a la vuelta de la esquina.

Ecuador: Los ecos de un tango

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- El domingo 22 de noviembre de 2015, Mauricio Macri vencía a Daniel Scioli por un estrecho 51.4 por ciento en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales argentinas. Este hecho marcó el ocaso de más de una década del llamado Kirchnerismo. Es cierto, la historia no se repite, pero, a veces rima… El próximo 2 de abril se realizará la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Ecuador, donde se enfrentarán Lenín Moreno, candidato del gobierno y Guillermo Lasso, un banquero liberal.

Un debate pobre

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- El rechazo al Acuerdo de Paz en Colombia, ha desatado un afiebrado debate nacional escenificado en los medios, que lejos de esclarecer la situación, la tornan más incierta. Como suele ocurrir en una crisis política, como es el caso, no se trata de un debate de altura, más bien estamos asistiendo a un bullicio mediático en que a falta de buenas ideas se impone el prejuicio, el eslogan fácil, y una nada despreciable dosis de mediocridad política y espiritual.

Colombia. La hora de la real politik

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- El resultado del plebiscito en Colombia nos lleva a considerar el hecho concreto de que una mayoría, relativa, circunstancial, pero legítima, ha rechazado el Acuerdo de Paz firmado por el presidente Juan Manuel Santos y las FARC. Se impone, por lo tanto, un examen de las actuales circunstancias para rescatar el llamado proceso de Paz.

Educación, tecnología y otras claudicaciones

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Un destacado periodista y académico uruguayo –Leonardo Haberkorn- ha alcanzado recientemente cierta notoriedad por una carta de renuncia a su cátedra en comunicación social, pues, según señala en su blog (1) : “Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla” El diagnóstico del profesor no es tan nuevo como parece, bastará recordar el polémico libro de Giovanni Sartori, Homo Videns (1997) que se enmarca en la misma línea. Lo nuevo, quizás, es el tono apocalíptico de su escrito. El asunto merece ser examinado con cierto detenimiento ya que lo que está en cuestión es, nada menos, la relación entre educación, cultura y tecnología.

Obama en Cuba

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- La primera lección para quienes se aventuran en la llamada política internacional es que no existen “amigos” permanentes, no existen “enemigos” permanentes, existen intereses permanentes. En la actualidad, el gobierno de los Estados Unidos estima –en función de sus intereses- oportuno y pertinente redefinir sus relaciones con los países de la región latinoamericana, incluido, ciertamente, el régimen cubano.

Donald Trump y la estupidez

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- La estupidez es parte constitutiva de lo humano, pero alcanza su cumbre cuando se hace pública y notoria, tal es el caso de quienes actúan en lo político. La estupidez se manifiesta como desatino, despropósito, sutil forma de locura que está en la raíz del humor negro; se trata de algo que a todas luces contradice lo racional y mesurado, por lo mismo, risible. Todos hacemos, alguna vez, cosas estúpidas, sea por convicción o por apasionado amor. Lo humano y la estupidez se llevan bien. Los estúpidos nos hacen reír, nos entretienen y la mayoría de las veces contagian a sus públicos.

Un oscuro artista francés de fines del siglo XIX -Alfred Jarry-, posee el mérito de haber reclamado los derechos de la estupidez y el absurdo, creando la “Pataphysique”, es decir, todo aquello que está más allá de cualquier “metafísica”. Creador de dos célebres personajes: Ubú y el Doctor Faustroll. La obra de Jarry ha tenido un gran impacto en el dominio estético, de hecho, la patafísica está en el germen del teatro del absurdo y su absurdo humor negro está presente en el boom latinoamericano.

Al examinar someramente Ubú Rey –obra paradigmática de Alfred Jarry- surge la imagen de un personaje que contiene en sí todos los rasgos del antihéroe: la vulgaridad, la cobardía, la bajeza; la ausencia de todo criterio moral. Es lo absurdo convertido en norma, pues como exclama Ubú (Acto III, Escena I): “¿Es que acaso la sinrazón no vale nada?” La pregunta de Ubú es radical y será reivindicada por los dadaístas, por el surrealismo desde el psicoanálisis y por el teatro del absurdo. Una pregunta que encuentra su plena pertinencia en el mundo de hoy, un mundo –al decir de Baudrillard- cada día más patafísico. En la actualidad se hace difícil discernir si estamos ante un noticiero de Fox News o frente a alguna serie de Cartoon Network.

Entre los personajes patafísicos contemporáneos, pocos discutirán que el candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump, merece sobradamente el Premio Mundial, tanto por sus méritos exhibidos como por su escandalosa resonancia. Nadie podrá discutir que su idea de construir un muro a lo largo de la frontera con México que, además, sea pagada íntegramente por el gobierno mexicano, es estúpidamente creativa, y solo comparable a los ingenios del Padre Ubú. ¡Qué decir de sus procaces amenazas para expulsar a los latinos de los Estados Unidos!

Digámoslo con toda franqueza, si analizamos a Donald Trump con ojos de entomólogo, no podemos sino concluir que se trata del personaje más grotesco que ha protagonizado la política norteamericana en las últimas décadas. No obstante, su porte patafísico, lo hace único y singular y, al igual que Calígula o el Padre Ubú, nos devuelve esa emoción infantil, mezcla de miedo y risa. Un “loco de mierda”, telegénico y millonario por añadidura, bocón y desmesurado, nos trae a la memoria lejanas tardes en que acudíamos a los títeres infantiles y gritábamos contra el “malo”.

Donald Trump, con su seductora estupidez a cuestas, viene a actualizar una pregunta en el seno de la sociedad estadounidense, una pregunta que interpela a toda la clase política y que llega hasta la Casa Blanca. En este mundo mediático y patafísico que nos ha tocado vivir, donde el exceso, la vulgaridad, el cinismo y la bajeza predominan por doquier y cuando lo que parecía una pesadilla bien puede convertirse en pasmosa realidad, el candidato Trump nos devuelve aquella inquietante pregunta: “¿Es que acaso la sinrazón no vale nada?”

Calígula y el espectáculo

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Cayo Suetonio en su célebre obra, De vita Caesarum (Vida de los doce césares), presumiblemente escrita hacia el 121 de nuestra era, nos refiere el advenimiento de Calígula, rodeado del cariño de sus contemporáneos: “De este modo llegó al Imperio, al que le llamaban los votos del pueblo romano, y hasta puede decirse del mundo entero: querido por las provincias y por los ejércitos, que le habían visto de niño, y querido por los habitantes de Roma, que amaban en él la memoria de su padre Germánico y el último vástago de una familia desgraciada” Suele acontecer en la historia humana que las masas, seducidas por algún equívoco personaje, lo aclaman con fervor un día sin adivinar las consecuencias de tal apasionamiento.

El rotundo triunfo de Donald Trump en el estado de Nevada ha convertido la nominación del candidato en una posibilidad cierta. El exótico e histriónico personaje ha prometido erigir un muro en la frontera con México, expulsar a millones de latinos indocumentados e impedir el acceso de musulmanes a territorio estadounidense, entre otras medidas. Para sorpresa de todos, -incluidos sus correligionarios-, sus toscos argumentos y sus insultantes diatribas xenófobas no han hecho sino aumentar su atractivo ante un amplio sector del conservadurismo norteamericano.

Mediante un hábil discurso básico, inscrito en la cultura de masas, se dirige a ciudadanos ayunos de la más elemental formación política. El resultado, previsible por lo demás, es arrastrar a las mayorías hacia un eslogan tan vacuo como inane: Make América Great Again. Como un buen conocedor de las debilidades de su pueblo, tras casi un siglo de domesticación mediática –la proverbial estupidez americana-, le ofrece exactamente aquello que reclaman: una idea simple y fácil, pero al mismo tiempo seductora y atractiva. Donald Trump ha convertido la campaña presidencial de los Estados Unidos en el más grande espectáculo para su nación y para el mundo entero cuyo protagonista no podría ser sino él.

El candidato Trump –animal telegénico por definición– se enfrenta a un establishment político e institucional que incluye, por igual, a demócratas y republicanos. De este modo, la cultura de masas, travestida como “video política” o “política del espectáculo”, se contrapone a la racionalidad política anclada, todavía, en los retazos del pensamiento ilustrado y moderno. La mera presencia del candidato Donald Trump en la actual campaña presidencial es, de suyo, un síntoma inquietante, pues señala en primer lugar una decadencia de la noción misma de democracia y, acaso, la bancarrota de una racionalidad que ponía límites a lo “políticamente correcto”.

Para aquellos que consideraban una eventual candidatura de Donald Trump a la presidencia una suerte de imposible, los recientes triunfos del candidato vienen a desmentir esa idea. El candidato Trump sí puede llegar a ser el rostro republicano para ser presidente de los Estados Unidos. Es más, su candidatura abre la increíble posibilidad de que, el día de mañana, con más o menos atributos, emerja otro candidato tanto o más exótico que el actual. La cuestión no radica tanto en el personaje sino en el nivel de descomposición y violencia de la sociedad norteamericana actual.

Por cierto, al decir de Suetonio, uno de los factores que le otorgaron el cariño y la popularidad a Calígula entre las masas a su llegada al poder fue su capacidad para ofrecer “espectáculos” a su público: “Excitaba Cayo al cariño público por todos los medios que granjean esa popularidad… Los juegos que dio en el Circo duraron algunas veces desde la mañana a la noche, teniendo por intermedios ya una cacería de animales africanos, o bien una carrera troyana. Algunos espectáculos de éstos fueron notables, especialmente por estar sembrada la arena de bermellón y polvo de oro, y porque los carros eran guiados sólo por senadores”. Después de dos milenios, las cosas no han cambiado tanto. El circo y el espectáculo sigue excitando la pasión de las multitudes y Donald Trump ha demostrado ser un maestro en este tipo de artes. Habría que insistir en algo que ya hemos señalado: Un idiota es un idiota, dos idiotas son dos idiotas, pero unos cuantos miles ya forman un movimiento político.




Umberto Eco y los signos de su tiempo

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Ciertos nombres se vuelven una referencia obligada en nuestras vidas, tal es el caso de Umberto Eco (1932 - 2016). Para quienes hayan hecho sus estudios superiores en el ámbito del arte, la filosofía y, muy especialmente, en semiótica y lingüística, este nombre ha estado siempre presente sea como libro o artículo. Ya como docentes, vuelve a aparecer el nombre, infinitamente mal citado al pie de página, como Humberto Eco. Se trataba, en principio, de un notable académico italiano que dominó la escena durante los años ochenta y noventa del siglo XX. Pero, como suele ocurrir con los grandes, nos sorprendió también como novelista y best seller con El nombre de la rosa




Recordar a Umberto Eco es traer a la memoria una retahíla de títulos, lúcidos textos académicos, a los que debemos parte de nuestra propia formación. Entre los más notables, destaquemos La estructura ausente, Obra Abierta, Apocalípticos e Integrados, Signo y su monumental Tratado de Semiótica General. Para Eco, la noción de “cultura” era indisociable de aquellas de “signo” y “comunicación”, de suerte que la “semiótica” no podría ser sino una “teoría general de la cultura”.

Umberto Eco nos enseñó a pensar y analizar el presente, su pensamiento supo conjugar la más fina sensibilidad estética con el más exigente rigor analítico. Y no obstante, se trata de una reflexión radical, mas no altisonante. En este sentido, no basta con leer sus escritos académicos, ellos nos invitan más bien a detenernos en una demorada reflexión que nos va entregando sutiles iridiscencias sobre el mundo que nos rodea y sobre nosotros mismos.

En El nombre de la rosa, Eco cede a la tentación del género novelesco. Se trata de una ficción culta que instala una trama de investigación policial en una fría abadía durante la Edad Media. En este lúgubre paisaje se esconde un libro prohibido, un perdido escrito aristotélico que trataría sobre la comedia, el humor y la risa. En esta novela, Umberto Eco vuelca todo su conocimiento sobre la estética del medioevo y toda su pasión literaria.

Como todos los grandes maestros –académico, escritor, filósofo del arte-, Umberto Eco nos deja un precioso legado, una forma otra de trascendencia reservada a los intelectuales, sus signos, su escritura. Eco nos ha mostrado que una reflexión, inspirada, como en los niños, en la más genuina curiosidad, pero con el rigor y la serenidad de la madurez, logra alcanzar las más insondables profundidades del pensamiento. No podría haber un mejor aporte de un pensador a su época y al mundo que le ha tocado vivir.

Argentina: Proyecto, mito y democracia

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Una de las singularidades del populismo de izquierdas en América Latina reside en una tensión no resuelta entre la noción de “Proyecto histórico” y aquella de “Democracia electoral” Así, podemos entender que conceptos como “Socialismo del siglo XXI” o “Revolución bolivariana” o, simplemente, “Kirchnerismo” resultan ser mucho más que un programa de gobierno democrático inscrito en las instituciones y las prácticas de una República. Más bien se trata de un proyecto de sociedad, un proyecto de país que excede con mucho los escasos años de un mandato presidencial.

El talón de Aquiles de una concepción tal radica en que, de modo ineluctable, el “Proyecto” debe ser sancionado por el pueblo cada tanto, esto es, los gobiernos deben someterse al escrutinio de los electores. Esto significa que todo “Proyecto” corre el claro riesgo de verse truncado por la voluntad popular, como ha sucedido en Argentina con el triunfo de Mauricio Macri. Esto es así porque mientras la narrativa de un “Proyecto” solo posee sentido en un horizonte histórico de mediano y largo aliento, la “Democracia electoral” impone sus plazos exiguos, su estricta calendariedad. La presunta trascendencia histórica de un “Proyecto” se confronta así con los prosaicos protocolos republicanos.

Llama la atención cómo las formas populistas latinoamericanas quieren restituir un metarrelato, una suerte de renovada épica revolucionaria moderna en un mundo signado por la expansión del consumismo y la creciente globalización de la cultura toda. En este sentido, no es para nada casual que el ícono latinoamericano por antonomasia sea, precisamente, Simón Bolívar. La contradicción fundamental entre un “Proyecto populista” que anhela articular reformas desde el estado y las prácticas democráticas al uso radica en las expectativas y horizontes temporales divergentes entre lo uno y lo otro.

Los diferentes “Proyectos” han querido resolver esta contradicción mediante el viejo expediente del “caudillismo”. Así, proponiendo la elección indefinida de un líder se quiere perpetuar el “Proyecto” que él o ella encarna. Esta ha sido la estrategia – frustrada o no - de Evo Morales, Rafael Correa, la señora Kirchner y Hugo Chávez. No obstante, nada garantiza que determinados “cambios” – por radicales que sean - puedan sobrevivir a los avatares electorales. Cualquier “Proyecto populista” adquiere, así, un carácter puramente contingente, delatando su condición de “ciclo histórico”,sometido al trágico devenir que hace envejecer liderazgos e ideas. Una vez más, la historia nos enseña que el único mundo donde nuestros héroes se hacen inmortales es en el Mito, así Evita y Perón entre tantos otros.

Gana Macri: Argentina cambia de rumbo

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- El triunfo de Mauricio Macri en el balotaje del domingo 22 de noviembre de 2015 quedará inscrito en la historia argentina como un hito, pues, como resulta evidente significa un cambio de rumbo respecto a lo que venía haciendo Cristina Fernández hace ya más de una década. Quizás sea aún prematuro decretar el fin del kirchnerismo en el seno del mundo peronista, pero, es indudable que se inaugura un nuevo ciclo en la política argentina que tendrá repercusiones dentro y fuera de este país.

Por de pronto, se espera que el nuevo gobierno haga sentir su impronta en el ámbito de las relaciones internacionales. En el plano regional, parece claro que el gobierno de Mauricio Macri se alejará de los gobiernos populistas latinoamericanos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador. A nivel mundial, se espera un enfriamiento de las relaciones con Irán y un fortalecimiento de las relaciones con los Estados Unidos y los países europeos. Así, también, no resulta aventurado pensar que en los años venideros, la Argentina bien pudiera bascular hacia las naciones del Pacífico, como un modo de dinamizar su alicaída economía.

La nueva posición del gobierno argentino modifica los equilibrios políticos en toda América del Sur. Por su importancia, el triunfo liberal en Argentina parece señalar el fin de un ciclo destinado a trascender sus fronteras y significa un serio revés para gran parte de cierta izquierda latinoamericana, precisamente, aquella que despertó con la revolución bolivariana encabezada por Hugo Chávez. Tal como ya se ha señalado, una severa crisis económica de carácter mundial y el malestar creciente de los sectores medios, a los que habría que agregar una dosis nada despreciable de corrupción y una escasa autocrítica de sus protagonistas, se apuntan entre las causas inmediatas del ocaso de las fórmulas populistas de izquierdas.

Con todo, en el plano interno, el gobierno de Mauricio Macri no la tendrá fácil, pues ha de habérselas con una oposición peronista fuerte, no solo arraigada en la cultura política argentina sino, además, atrincherada en la burocracia estatal, en el poder legislativo y en los sindicatos. Si bien el kircherismo está desprestigiado, incluso en el seno del peronismo, esto no significa que políticos como Sergio Massa, bien pudieran capitalizar ese desprestigio para una renovación de la mitología peronista.

Más allá de las caricaturas, los miedos y excesos de una campaña electoral, por momentos, afiebrada, lo cierto es que el gobierno de Macri posee un espacio limitado de maniobra. Tales límites no sólo los impone el complejo panorama político argentino que exige avanzar por la sinuosa senda de la negociación, el diálogo y el consenso sino también por el actual clima económico mundial que exige austeridad y cautela a todos los gobiernos latinoamericanos. Todo ello apunta a morigerar las expectativas de algunos y aceptar que los cambios prometidos serán graduales, moderados y más lentos de lo que muchos quisieran. Lo concreto es que Mauricio Macri ha logrado desbancar doce años de kirchnerismo y eso no es poco.

Siria : “Follow the Money”

OPINIÓN  de Álvaro Cuadra.- Si bien la prensa internacional se refiere al conflicto en Siria, destacando diferencias de carácter cultural y religioso entre las diversas facciones en pugna, ello solo enmascara la guerra económica que se libra en dicha región desde hace ya varias décadas. Como reza el adagio en inglés, “Follow the Money” Las causas y razones profundas para una intervención bélica suelen ser más prosaicas y sórdidas de aquello que declaran las cancillerías en los foros internacionales. Tal es el caso de la actual guerra en Siria, un pequeño país en el Oriente Medio donde convergen hoy los intereses petroleros de Europa, Estados Unidos, Rusia, Irán, Arabia Saudí, entre otros. Desde hace muchos años, el punto focal de la política exterior estadounidense ha sido el petróleo, de hecho, el esfuerzo de varios gobiernos ha sido el manipular el mercado petrolero a través de los saudíes, sea para asegurar sus suministros, sea como arma estratégica contra sus adversarios.

En la actualidad, se manipula intencionadamente el mercado de hidrocarburos hacia la baja, levantando oportunamente sanciones contra Irán, manteniendo o aumentando la producción saudí y acelerando la producción de esquisto en Estados Unidos. La reducción, a nivel mundial, del precio del crudo tiene claras implicaciones económicas en países como Rusia o Venezuela que ven reducidas sus arcas casi a la mitad, llevando a los adversarios de Estados Unidos a una severa crisis presupuestaria.

Basta examinar un mapa para advertir que la posición de Siria es estratégica en varios sentidos. En lo inmediato es un país que posee fronteras con Israel y Turquía, aliados privilegiados de los norteamericanos en la región, además, Siria ocupa un territorio que comunica el Mediterráneo Oriental con los ricos yacimientos saudíes, iraquíes, y más distantes iraníes y rusos. Por último, la misma Siria posee reservas petrolíferas significativas descubiertas hace pocos años. Tanto la intervención rusa, como la europea y la estadounidense no tiene nada de inocente. En Siria está en juego el control de los suministros petroleros para toda Europa. La potencia que controle la región tendrá en sus manos la posibilidad de manejar el multimillonario mercado de los hidrocarburos.

Si bien a primera vista pudiera parecer temerario, no parece exagerado afirmar que por estos días se está desarrollando una larvada Tercera Guerra Mundial que, por el momento, ha tomado tintes mediáticos y económicos. Estados Unidos quiere seguir manteniendo la supremacía de que ha gozado desde hace un siglo y está dispuesto a enfrentar el desafío económico, político y militar de potencias como China y Rusia que emergen con fuerza en este nuevo siglo que despunta.

Argentina: nuevos vientos políticos

OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Para cualquier observador ajeno a la realidad argentina, los resultados de la última elección del 25 de octubre constituyen una maciza derrota del oficialismo destinado a modificar la cartografía política no solo en aquel país sino en toda la región. En efecto, un eventual triunfo del aspirante Mauricio Macri en la segunda vuelta electoral que se realizará el 22 de noviembre próximo, tal como indican los sondeos, significa, también, un claro debilitamiento del llamado eje bolivariano, en el que el peronismo Kircherista se inscribió tempranamente.

Como sabemos, los países bolivarianos han hecho suya una cierta versión del populismo de izquierdas latinoamericano que han llamado el Socialismo del siglo XXI. Como suele suceder, tras más de una década en el poder, han comenzado a aparecer fisuras serias al interior de tales procesos, grietas que remiten a las repercusiones locales de una crisis económica mundial, no olvidemos cómo ha caído el precio del petróleo en los últimos años, generando con ello restricciones presupuestarias que generan malestar en los sectores medios. A lo anterior, debemos agregar síntomas de clara descomposición política en lo que podríamos llamar gobiernos de inspiración bolivariana. La irrupción de liderazgos sectarios y, muy especialmente, mal disimulados casos de corrupción que involucran a altos personeros de gobierno, Argentina, por cierto, no es la excepción.

Sea que observemos este fenómeno político desde una mirada de izquierdas o de derechas, lo cierto es que el diagnóstico no es auspicioso. El expediente de la “re-elección indefinida”, propuesto en varios de estos países como un modo para preservar la continuidad en el poder por la vía del “caudillismo”, puede resultar contraproducente e impopular frente graves síntomas de corrupción. Un gobierno que manifiesta la voluntad de perpetuar una figura o un proyecto político corre el riesgo de producir el efecto contrario.

Ante la descomposición del populismo de izquierdas en nuestra región surge inevitable el populismo liberal de derechas. El discurso de Sebastián Piñera en Chile es un libreto que hoy es replicado en la Argentina, como el rostro amable de los sectores de derecha. La promesa de una modernidad inclusiva, ya no apelando a un rol redistributivo y regulador desde el estado sino expandiendo la inversión y el consumo desde el mercado, deberá enfrentar a un peronismo arraigado en las cúpulas sindicales, en el poder legislativo y en muchas de las provincias argentinas. En pocas palabras, un probable gobierno Macri deberá gobernar con una fuerte oposición política, acaso cultural, en un segmento significativo de la sociedad argentina.

Con todo, el dato inmediato es que los argentinos han votado por poner fin al continuismo kirchnerista y eso quiere decir algo. Esto quiere decir que una mayoría significativa está harta de un modo de hacer política y de los rostros que la ejecutan, y eso no es poco. Si, como todo hace prever, Macri alcanza la presidencia se iniciará en esta país un nuevo ciclo político cuyos ecos van a repercutir en toda América Latina.

Asamblea Constituyente, armisticio y otras concomitancias

OPINIÓN de Álvaro Cuadra, Chile.- América Latina conoció, otrora, figuras que encarnaron la conjunción de intelectuales y hombres de acción. En la actualidad, la figura del intelectual parece haber desertado de la res publica, refugiándose más bien en el mundo de la academia. Por ello, llama la atención el Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, don Álvaro García Linera, quien acaba de recibir la distinción en Chile, como Doctor Honoris Causae de la Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS). Conviene, pues, detenerse en algunas ideas expresadas por este intelectual latinoamericano que es, al mismo tiempo, un político, en el más alto sentido del término.

Al examinar el proceso constituyente en su país, García Linera advierta que un proceso histórico de este jaez no interpela a un gobierno sino a un estado y, en este sentido, representa una suerte de “armisticio” respecto a las fuerzas sociales hegemónicas. Un “armistitium” supone la suspensión de hostilidades y el preámbulo de un tratado de paz. Podríamos avanzar que se trata de un nuevo equilibrio de fuerzas e intereses en el seno de una sociedad que permite proyectar una idea de país distinta al orden precedente.

Es claro que las realidades históricas y antropológicas de Bolivia representan una singularidad que no se puede extrapolar, sin más, a otras naciones del continente. No obstante, hay cuestiones de orden general que, “mutatis mutandis”, bien pudieran ser elementos valiosos para la reflexión. Entre ellas, resulta interesante el énfasis del Vicepresidente en lo que podríamos llamar el ámbito simbólico, la cultura. La acción política, en su sentido último, no es sino la transformación de un “sentido común” Este aserto adquiere toda su profundidad en una era en que la hegemonía tecno industrial ha convertido lo simbólico en una “Hiper Industria Cultural” de alcance planetario.

Podríamos afirmar que el tardocapitalismo globalizado ha logrado instilar no solo los supuestos de un modelo económico neoliberal sino, en toda su radicalidad, un modelo antropológico encarnado en las llamadas “sociedades de consumidores”. En pocas palabras, lo político adquiere el rostro de una lucha por las conciencias humanas, colonizando el “imaginario histórico social” y con ello, prescribiendo un “modo de ser”. Esta “mutación antropológica” se expande en la justa medida que no encuentra resistencia, transformando con ello toda memoria, toda experiencia, la producción misma del imaginario, modos de vida y representaciones.

Pensar hoy el cambio social supone y exige la construcción de un nuevo imaginario que reconozca el sedimento histórico y social de nuestros pueblos en su variopinta diversidad. Pensar un proceso constituyente como “armisticio” nos instala en las antípodas de la “desmovilización” Se trata más bien de lo contrario, es hacer posible el advenimiento de “lo político” allí donde se ha pretendido abolir esta dimensión. Este advenir solo puede tomar la forma de un imaginario histórico y social inédito, capaz de instituir un nuevo universo de significaciones, un nuevo lenguaje.

Las reflexiones planteadas por el señor Vicepresidente de Bolivia encuentran su pertinencia en la sociedad chilena, donde lo político interpela, apenas, a un gobierno, sin instalar un horizonte de sentido histórico democrático de largo alcance. Pensar el porvenir de Chile para las décadas venideras nos exhorta a construir en común un país otro, un país democrático, inclusivo, justo y generoso, capaz de encontrarse en paz con sus hermanos latinoamericanos y consigo mismo.


*Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS


La paradoja del día anterior


OPINIÓN de Álvaro Cuadra.- Es posible imaginar lo que hoy llamamos, de modo equivoco, América Latina, desde la paradoja del día anterior a los procesos de independencia que culminaron con el establecimiento de numerosos países y…fronteras. Un vasto territorio que compartió la lengua y la religión del conquistador, una misma arquitectura que fue sedimentando un paisaje cultural que se ha desarrollado en lo uno y lo diverso.

Pensar nuestra América, desde la integración y la unidad no es una mera utopía sino una realidad histórica que se enraíza en nuestros orígenes. Por ello, quizás, muchos de nuestros próceres abrigaron ese sueño como una posibilidad cierta. En tiempos de la llamada globalización y, como nunca antes, esta región del planeta necesita ser pensada y concebida como una zona integrada en lo económico, político y cultural.

Pensar América Latina desde su profunda unidad, es pensar, al mismo tiempo, el mundo como una complejidad a la cual debemos atender. Cuando los espejismos de la llamadaGuerra Fría comienzan a disiparse como la bruma, surgen viejas y antiguas cicatrices que no pueden ser postergadas. La pobreza y marginación de millones de latinoamericanos, sistemas educacionales arcaicos e inadecuados, modelos excluyentes en lo económico y social; instituciones políticas escasamente democráticas y, muchas veces, corruptas conforman un paisaje inquietante.

En los albores del siglo presente, se hace indispensable pensar nuestra región desde las coordenadas de la paz y la integración, no solo de gobiernos y cancillerías, sino de pueblos que se desplazan entre países, compartiendo un pasado común. El concepto de “Patria Grande” excede con mucho el matiz populista con que se le utiliza a veces, para devenir una posibilidad económica, cultural y política en las décadas venideras. Una posibilidad que, por contraste, pone de manifiesto el anacronismo de las voces que insisten en delimitar, con bizantina obstinación, fronteras entre los estados nacionales.

Pensar América Latina, desde México a la Patagonia, como una realidad abigarrada y variopinta, capaz de construir un porvenir prospero, digno y en democracia para nuestros pueblos mestizos Indo-Afro-Hispanoamericanos, tal es el camino que señala nuestra época, tal la estatura de nuestro horizonte histórico. Apenas hemos comenzado este recorrido y no son pocos los obstáculos, sin embargo, saber hacia dónde debemos encaminarnos es ya un buen comienzo.

*Álvaro Cuadra es Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS

CHILE - La derecha en crisis


OPINIÓN de Alvaro Cuadra.- Hablar de aquel sector político que se denomina “la derecha”, tiene una serie de implicancias que es necesario advertir antes de decretar su presunta defunción. Digamos, por de pronto, que aquello que llamamos la derecha excede con mucho a un grupo de personeros políticos. Se trata, bien mirado, de un sector social hegemónico que se expresa en el ámbito tecno económico, político y cultural. De suerte que pensar en un debilitamiento de la derecha por un episodio electoral adverso es, por lo menos, ingenuo.

La derecha sigue siendo el vector que ordena el quehacer nacional en todos los dominios; de hecho, estamos sumidos en una economía de derechas administrada por una política de derechas, todo eso en una cultura secularizada de derechas. Es tanto así que cualquier análisis político serio no puede prescindir de la fuerza y los intereses que se anidan en dicho sector. Una realidad histórica de esta magnitud no puede ser soslayada ni relativizada en el Chile de hoy. No es hora de sacar “cuentas alegres”: La derecha existe, está más viva que nunca y representa al sector más poderoso del país.

Es cierto que este sector ha sufrido un revés político de importancia, también es cierto que sus fuerzas políticas se encuentran, a lo menos, más dispersas que antes. Es cierto, además, que la derecha sale del gobierno sin poder dar continuidad a su proyecto político – económico de férrea defensa del “modelo chileno” y deberá acostumbrarse a un proceso de reformas progresivas. Todo ello, no obstante, no autoriza a desdeñar sus posibilidades en los próximos años. Tanto así que es razonable pensar que Nueva Mayoría deberá dialogar con sus opositores para consensuar muchas de las reformas propuestas en su programa.

El mentado “debilitamiento” de la derecha obedece más bien a una suerte de ilusión óptica, en la cual una derecha más o menos monolítica, administró por años la herencia de una dictadura, postergando todas las reformas. El debilitamiento apunta pues a un paisaje político de hegemonía plena de la derecha, tal es la situación que tiende a modificarse. En los años venideros, lo que llamamos derecha ya no será reconocible como un bloque articulado sino que, por el contrario, mediante un proceso de “diseminación” la encontraremos en muchos y diversos sectores de la política nacional.

Digamos que este proceso de “metástasis política” no es nada nuevo, pues la historia nos enseña que, en su momento, las políticas de derecha fueron estandartes de diversos partidos del espectro político, desde los radicales a la Democracia Cristiana. En lo inmediato se puede constatar una primera escisión en la derecha, la emergencia con fuerza y hasta con escándalo de un sector liberal en oposición al conservadurismo pietista o el nacionalismo nostálgico. Asistimos, entonces, a un primer momento de un proceso histórico destinado a transformar el panorama político nacional y con ello el tipo de democracia que comienza a pergeñarse en el horizonte.


*Álvaro Cuadra es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS

Crisis en la derecha chilena


OPINIÓN de Álvaro Cuadra.-  Los recientes dichos del ex ministro y actual senador electo, Andrés Allamand, evidencian una profunda crisis en la derecha chilena. No resulta extraño que esta fractura se haga manifiesta después de un mayúsculo fracaso electoral, más todavía cuando el sector ha ocupado la Moneda estos últimos años. Lo cierto es que el gobierno, marcadamente personalista, del presidente Sebastián Piñera es señalado como el primer responsable de la actual debacle de la derecha, sin embargo, no parece justo ni verosímil atribuirle toda la responsabilidad.

Si bien el actual gobierno ha puesto en tensión a los diversos actores de la derecha chilena, lo que quedó claro durante la campaña, no se puede desconocer que en este año que termina se conmemoraron los cuarenta años del golpe militar y se ha acrecentado la movilización social y el descrédito del llamado “modelo chileno” El fracaso de la derecha en las recientes elecciones está marcando un nuevo clima político en el país que obedece a factores mucho más profundos que las actuaciones del presidente Piñera ante tal o cual circunstancia.

Lo que ha sido cuestionado, hoy, por una amplia mayoría de los chilenos es un estado de cosas de larga data. Basta examinar los programas de los distintos candidatos a la presidencia, incluido el programa de Michelle Bachelet, para advertir la distancia inconmensurable que los separa de los planteamientos de Evelyn Matthei y del conjunto de la derecha. Se ha producido un abismo entre un cierto “sentido común” ciudadano y aquellas ideas matrices que defiende la derecha chilena hasta el presente.

Al observar al conjunto de la derecha chilena, se constata su obstinada insistencia en la defensa de los principios neoliberales diseñados en Chacarillas que, de un modo u otro, siguen presidiendo su pensamiento y del cual la señora Matthei ha sido su mejor exponente. Lo que ha entrado en crisis es la hegemonía UDI al interior de este sector político, sin que se avizore todavía un consistente discurso alternativo en la derecha. No existe, hasta el presente, nada parecido a una “centro-derecha” que pudiera ser tomada en serio.

El peso de la herencia dictatorial y de los poderes fácticos, así como el escaso desarrollo de ideas, ha impedido hasta la fecha una verdadera renovación de la derecha chilena. La accidentada campaña presidencial y la nominación, finalmente, de Evelyn Matthei como representante del sector muestran la falta de ideas nuevas, la carencia de liderazgos y una profunda inmadurez política de la derecha, incapaz de ponerse a la altura de los tiempos. El diagnóstico más plausible pareciera ser que la derecha chilena no ha aprendido a caminar en democracia sin las muletas constitucionales que, todavía, le sirven de prótesis, una forma soterrada de nombrar el legado del pinochetismo.


CHILE - Promesas y reformas

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OPINIÓN de Álvaro Cuadra.-  El próximo gobierno de Michelle Bachelet se ha comprometido ante el país en un proceso de reformas que bascula entre respetar la institucionalidad y atender a las demandas ciudadanas expresadas en la movilización social. Esto plantea el primer punto crítico de la futura administración, a saber, la cuestión de los equilibrios y los necesarios consensos que permitan avanzar en el programa de gobierno.

El segundo aspecto que debe ser considerado dice relación con el férreo andamiaje económico y político en que se encuentra sumida la sociedad chilena desde hace décadas. Una escena arcaica como la presente plantea un punto crítico respecto al proceso de “reformas” que se quiere emprender. Las “reformas” se evalúan por su profundidad, alcance y oportunidad. En el caso concreto de Chile, los sectores empresariales y de la derecha política son más bien proclives a establecer una sinonimia entre “reforma” y “riesgo”, o en el peor de los casos, “reformas” y “amenazas”.

Durante la llamada Guerra Fría se estigmatizó el “reformismo” como una impostura frente a una “verdadera revolución”, una línea de pensamiento que, todavía hoy, es enarbolada por la extrema derecha para sostener su campaña de terror frente a cualquier atisbo de cambio. Como si el muro de Berlín siguiera en pie, todavía se insiste en levantar el fantasma del “comunismo” como una amenaza al “exitoso modelo chileno” Este tipo de discurso insiste en un universo bipolar ya extinto que se utiliza como coartada para mantener los enclaves autoritarios y oligárquicos en lo político y en lo económico.

En el mundo de hoy, sin embargo, las visiones en blanco y negro ya no se sostienen. Lo cierto es que las escenas políticas a nivel nacional e internacional se mueven en una compleja gama de grises. De suerte que la noción de “reformas” debe ser ponderada, en el momento presente, en virtud de su radicalidad, su alcance y oportunidad. En el Chile actual podríamos resumir un genuino proceso de reformas como un cambio de la constitución. Digámoslo con toda claridad: Todo pretexto que postergue este anhelo mayoritario de los chilenos solo es prolongar la agonía de un modelo fracasado.

Pensar el cambio de la constitución en nuestro país inaugura una discusión, todavía abierta, sobre la modalidad de alcanzar dicho objetivo. El cambio del marco judicativo que rige los destinos de los chilenos es, bien mirado, el más alto ejercicio democrático al que podemos aspirar en este momento presente. No nos parece ingenuo sostener que

el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet tiene la oportunidad de hacer historia en Chile, abriendo los cauces para que nuestra sociedad cierre de una vez y para siempre el oprobioso pasado dictatorial que todavía hiede en nuestra vida ciudadana. Es hora de que nuestro país se reencuentre con un horizonte democrático más pleno, más justo y más inclusivo.


CHILE - Entre la Institucionalidad y la Movilización


OPINIÓN de Álvaro Cuadra.-  El próximo gobierno de Michelle Bachelet se va a instalar en un país que se encuentra sometido a la tensión entre dos tendencias, una hacia un fortalecimiento de la Institucionalidad y otro hacia la Movilización, una tensión que atraviesa a los distintos sectores políticos. Se trata, ciertamente, de dos polos que se ordenan en diversos grados de radicalidad y que estructuran el espectro político desde el conservadurismo extremo hasta movimientos sociales y ciudadanos muy activos.

La presidenta electa ya ha comprometido una serie de reformas que pretenden mantener condiciones de gobernabilidad y, al mismo tiempo, satisfacer las demandas de los distintos sectores sociales, especialmente del mundo estudiantil. Entre las muchas claves que determinarán los años venideros en Chile está, en primer lugar, la unidad de la Nueva Mayoría, un conglomerado diverso no exento de tensiones. Llevar adelante un proceso de reformas, escuchando a la calle.

Si bien el programa del nuevo gobierno apuesta a una nueva constitución para el país y a cambios sustanciales en cuestiones tan sensibles como la educación y las leyes tributarias, lo cierto es que muchas de ellas van a tener que ser consensuadas con sectores opositores en el parlamento. La derecha chilena está lejos de ser un bloque compacto y uniforme, sin embargo, han demostrado históricamente gran cohesión ante reformas que llegan a considerar amenazas. El proceso de reformas se augura complejo y difícil, un camino no exento de riesgos.

La elección de la presidenta Bachelet ha mostrado, entre otras cosas, un amplio grado de desafección ciudadana hacia las prácticas democráticas. El abstencionismo es un síntoma que persiste, inquietante, en la democracia chilena. Si bien la presidenta ha sido elegida por un amplio margen, lo cierto es que su votación, al considerar la totalidad del padrón electoral, desdibuja su aplastante triunfo. Esta es una mala noticia para el sistema democrático y requiere ser tomada muy en serio en el futuro inmediato.

El próximo gobierno de Nueva Mayoría tiene la tarea de demostrar que el apego a la Institucionalidad incluye la posibilidad de reformas democráticas serias y profundas. Solo de este modo podrá exorcizar los fantasmas de dos décadas de gobiernos concertacionistas marcados por su incapacidad transformadora y una serie de malas prácticas que terminaron con su total descrédito. El rostro amable de la presidenta electa Michelle Bachelet ha logrado desplazar a la derecha más dura de la Moneda, habrá que ver si es suficiente para encantar a los ciudadanos en un proceso de reformas democráticas en los años que vienen.