13 de septiembre de 2011

10 años después: un mundo de sombras

OPINIÓN de Antonio Hermosa

Se han cumplido diez años del ataque perpetrado por Al Qaeda en suelo estadounidense contra algunos de sus símbolos más universales: el Pentágono, la propia capital, Washington, etc. Pero hoy como ayer el acto terrorista quizá más exitoso de la historia se halla inequívocamente asociado al desplome de las Torres Gemelas de Nueva York, quizá los edificios-símbolo de la ciudad-símbolo norteamericana por antonomasia. Casi tres mil muertos y el doble de heridos dan fe de la masacre llevada a cabo por los terroristas suicida, la máquina de matar más perfecta jamás inventada por el hombre, y que tanto debe a la fidelidad a la letra de algún texto religioso. El celebrado mito de la virginidad del territorio estadounidense respecto de cualquier invasor se desmoronó con las torres y ha sido enterrado en la leyenda; el país más poderoso del mundo, el mejor armado y más vigilante, era atacado en el interior de sus fronteras, demostrando así que su condición de invulnerable estaba hecha con el mismo desgastado material con el que los Estados cumplen con su deber primordial de proteger a sus ciudadanos (y residentes o visitantes).

El terrorismo había obtenido una gran victoria: no sólo había golpeado con fuerza el poder y el prestigio de los Estados Unidos; no sólo había forzado a sus gobernantes y ciudadanos a mirar de cerca, entre las nieblas del humo y del polvo, el rostro del miedo y a rescatar de las mismas la fantasmal figura de la seguridad como obsesión estrella para el futuro. Si tras el cataclismo alguien, no sin cierta exageración, pudo proclamar que todos somos americanos y ganarse la anuencia de una buena mayoría de la audiencia universal, la reacción que le siguió enajenó a la víctima gran parte de las simpatías recibidas: una política de defensa basada en la guerra, gastos por valor de dos o tres, según los cálculos, billones de dólares, la libertad y los derechos medidos por vez primera en su historia por el criterio de seguridad más pedestre y traicionero. Las políticas de la fe hermanaban a Bush y a Bin Laden en el hecho de que ambos concebían la escena internacional como el reino de la pura violencia, mediante la cual aspiraban -el primero mediante la invasión militar y el segundo mediante el terror- a bloquear el mínimo cambio democrático.

Gracias a la obsesión americana por la seguridad, y a las políticas puestas en marcha por garantizarla, el mundo es hoy un lugar infinitamente más inseguro; la invasión de Afganistán, como la de Iraq, se saldó con una fácil victoria militar inicial y la derrota política subsiguiente; realizadas ambas en nombre de la democracia eran directamente su negación. Y aunque en un caso los talibanes y en el otro el dictador Sadam Hussein perdieron trono y, en el caso del tirano iraquí, vida, poco ha cambiado en la cultura política de ambos países que permita pensar en un advenimiento final de la democracia a cualquiera de ellos y menos aún las inveteradas prácticas de división, autoritarismo y corrupción. Ni siquiera parece haberse fortalecido un mísero sentimiento nacional que llevarse a la boca y que permita pensar en una representatividad general de los cargos públicos más allá del ámbito delimitado por clanes, tribus y señores de la guerra. Para colmo, los talibanes y su primitivismo cultural, instalados tras la derrota en las regiones limítrofes con Pakistán, han convertido a ese país en el polvorín quizá más peligroso de la tierra y han ido recuperando terreno y poder en zonas afganas de las que fueron temporalmente expulsados. De Iraq se sabe que, merced al profetismo americano, ahora sí es factible encontrar allí el tipo de armas que originariamente no había y de las que la certeza de su existencia había desencadenado supuestamente la invasión. Si alguien quiere informaciones más concretas puede preguntar en Irán, donde Ahmadinejad y sus huestes se las proporcionarán gustosamente. Aunque no sólo allí, naturalmente…

El unilateralismo que inspiró y dominó la política exterior americana puso en jaque la débil institucionalidad de la sociedad internacional, a comenzar por la organización nacida en su territorio y bajo sus auspicios, es decir, la ONU; dividió al mundo, aliados incluidos, en amigos y enemigos; redujo su interés a seguridad y elevó ésta a ideología: con esa nueva forma mentis, y manipulando los sentimientos de rabia, dolor, incredulidad y, sobre todo, miedo de su población, atentó mediante el Patriot Act contra su propia tradición libertaria; azuzó la desconfianza o el odio contra el extranjero, especialmente si de credo musulmán, y creó en Guantánamo el primer campo de concentración de una democracia, contra su propia tradición legal. Y, en el exterior, añadió a lo dicho una concepción del terrorismo por completo adaptada a sus intereses, que al desligar su definición y su objetivo de sus raíces exculpaba la acción de las potencias occidentales en su surgimiento, justificaba la violencia de su actuación y legitimaba en el tribunal de su conciencia la debacle que producía en la idea y la práctica de un mundo democrático ordenado por el derecho.

El desprestigio de la democracia alcanzó su apogeo en Europa; la preservación de la estabilidad, primer mandamiento del decálogo político europeo tras la masacre, llevó a los líderes del continente a apoyar a todo tirano que ofreciera garantías contra el terror proveniente de la acción de los diversos grupos terroristas o contra las protestas y reivindicaciones de sus poblaciones, entre las que se incluían la mejora en las condiciones de vida. ¿Qué democracia puede considerarse viva y vital, potenciar el movimiento constante que por principio las anima, cuando su existencia se vincula a tiranías que no sólo combaten a iluminados que conocen la Verdad e intentan imponerla con sangre, sino que procuran congelar cualquier amago de cambio promovido por sus súbditos? Los mismos a quienes hoy la calle árabe ha derrocado en nombre del trabajo y la libertad, los mismos que hoy siguen agostando la primavera democrática en otros lugares de la región, gozaron de los favores del palacio europeo. ¡Si pudiéramos decir al menos que fue el cinismo, que también sabe ser prudente, y no la vejez, con sus precauciones y miedos, el agente de tamaña desvergüenza!

Diez años después del ataque a Estados Unidos, el acontecimiento que entonces pareció inaugurar página en la historia universal y que envolvió al mundo en la sombra ha sido redimensionado y su significación devaluada. No fueron tantos ni tan decisivos los cambios introducidos en el mundo; la megapotencia ha vuelto al multilateralismo, al reconocer por boca de su actual presidente que ningún actor puede soportar el peso, ni la responsabilidad, de imponer el orden en la comunidad internacional, y que la paz es tarea de todos; y hasta la propia ONU se ha repuesto a su modo del embate sufrido y sigue siendo el mismo enfermo, ineficaz y achacoso pero que todavía respira, de antes del ataque sufrido por la administración Bush. En todo caso, no ha sido un acontecimiento que alcance la magnitud de otros que han ido surgiendo desde entonces, como la irrupción en el antiguo escenario común, pero reservado a las grandes potencias, de otros actores como Brasil, India y, sobre todo, China, destinada a protagonizar el próximo futuro de la humanidad. O como las revueltas populares locales que han inundado la calle árabe de esperanzas democráticas, al tiempo que de incertidumbre ante la forma política que finalmente adoptará su brutal desafío al ominoso statu quo. O como la crisis económica, la más grave vivida desde 1929, y que amenaza con llevarse por delante la pizca de Europa tan trabajosamente construida a lo largo de tantas décadas. Si, en efecto, la noria de la quiebra comenzara, como abiertamente se espera ya, a girar próximamente en Grecia, quién sabe dónde y, en especial cómo, se detendrá.

Por último, cabe una pregunta más: ¿fue la respuesta americana al ataque terrorista la única posible, esto es, fue destino cuanto ocurrió tras el mismo? Afirmar eso sería como privar al gobierno Bush de sus responsabilidades por lo ocurrido tras los atentados, e igualmente desconocer algo que ya Tucídides nos revelara en el diálogo entre atenienses y melios: el orgullo de potencia, que se auto-activa en todo conflicto por el simple hecho de existir ésta, y que la constriñe a preferir la violencia frente a la razón, frente a la paz o frente a su propio interés al objeto de mantener el prestigio de su poder al tiempo que el miedo frente al mismo. Es ése factor el que insta a la élite gobernante a decantarse naturalmente por el unilateralismo frente al multilateralismo, es decir, a hacer de éste siempre una opción mientras aquél puede ser una simple inercia.

Al respecto, quizá el mayor remedio que quepa es la forja de una mentalidad de paz, y para ello nada como la tantas veces mentada como postergada reforma de la ONU actual, a fin de otorgarle mayor presencia y decisión en la sociedad internacional. Con unas reglas de juego claras, definidas y eficaces sería mucho más difícil que a la acción que provoca un cataclismo en dicho ámbito siguiera un cataclismo reactivo a la postre más prolongado y peligroso que confina la paz y los derechos humanos en una situación de indefinida interinidad. Por otro lado, la mayor dote de solidaridad que unas reglas de juego respetadas y reconocidas por todos aportaría a dicha sociedad permitiría, en relación con el despotismo que la codicia ejerce desde los mercados, no sólo aducir razones en contra, sino también validarlas con fuerza suficiente como para impedir que tales agujeros negros lleguen a tragarse la energía civilizatoria que fluye de un lado a otro del espacio social.

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