Por Antonio Hermosa
En su idilio con la muerte, la historia, en M茅xico, nunca se repite. No es que contar asesinatos a diario no sea en gran medida una rutina asumida; no es que los asesinados no valgan igual, o que los asesinos no encarnen equitativamente lo abyecto de la condici贸n humana; no es que la sociedad deje de dar una imagen borrosa cada vez que se la sit煤a frente al espejo de la inocencia; no es que el h谩bito de la sangre haya logrado por fin sacar a la raz贸n de su letargo mineral a la hora de explicar la pureza y naturalidad de la violencia en M茅xico, o que la crueldad no sea m谩s el sexto sentido de la conciencia.
Pero ni aun as铆 el alma deja de cubrirse de espanto porque el dolor no crear谩 jam谩s una costumbre en el coraz贸n. Y es ese dolor renovado muerto a muerto, junto al espanto que provoca, lo que impide que en M茅xico, pa铆s pariente de la muerte, la vida siga igual, esto es, que la historia se repita. El dolor que estalla con cada muerto y hunde el pecho a tanto vivo es un dolor virgen, reci茅n creado para la ocasi贸n, y por tanto sin v铆nculo posible con el que crea el malestar por la violencia o, incluso, la incertidumbre de no saber si ser谩 uno mismo el pr贸ximo que lo genere en otros; y, desde luego, sin relaci贸n con el ensimismado por qu茅 que una raz贸n impotente dej贸 suspenso en el aire tras la primera deflagraci贸n que ha conducido hasta los m谩s de 40.000 muertos en los 煤ltimos cuatro a帽os.
En su idilio con la muerte, la historia, en M茅xico, nunca se repite. No es que contar asesinatos a diario no sea en gran medida una rutina asumida; no es que los asesinados no valgan igual, o que los asesinos no encarnen equitativamente lo abyecto de la condici贸n humana; no es que la sociedad deje de dar una imagen borrosa cada vez que se la sit煤a frente al espejo de la inocencia; no es que el h谩bito de la sangre haya logrado por fin sacar a la raz贸n de su letargo mineral a la hora de explicar la pureza y naturalidad de la violencia en M茅xico, o que la crueldad no sea m谩s el sexto sentido de la conciencia.
Pero ni aun as铆 el alma deja de cubrirse de espanto porque el dolor no crear谩 jam谩s una costumbre en el coraz贸n. Y es ese dolor renovado muerto a muerto, junto al espanto que provoca, lo que impide que en M茅xico, pa铆s pariente de la muerte, la vida siga igual, esto es, que la historia se repita. El dolor que estalla con cada muerto y hunde el pecho a tanto vivo es un dolor virgen, reci茅n creado para la ocasi贸n, y por tanto sin v铆nculo posible con el que crea el malestar por la violencia o, incluso, la incertidumbre de no saber si ser谩 uno mismo el pr贸ximo que lo genere en otros; y, desde luego, sin relaci贸n con el ensimismado por qu茅 que una raz贸n impotente dej贸 suspenso en el aire tras la primera deflagraci贸n que ha conducido hasta los m谩s de 40.000 muertos en los 煤ltimos cuatro a帽os.
¿Qu茅 representa el a帽adido de cincuenta a esa gigantesca cifra, aparte de cuadrarla? ¿Qu茅 tienen de particular las armas usadas y qu茅 tiene de especial la indiferencia con que se apretaron los gatillos? ¿Qu茅 hay de nuevo en la sangre vertida, en la trama del crimen, en los motivos que lo indujeron, en el escenario en que se desarroll贸; o en la ocupaci贸n de las v铆ctimas, en el azar de su presencia en el lugar inadecuado en el momento inoportuno, o incluso en la supersticiosa causa del prodigio de sobrevivir en esa circunstancia, el consabido milagro, que de ser cierto volver铆a a su autor c贸mplice de los asesinos y corresponsable en la matanza?
S贸lo el dolor tiene una oraci贸n nueva para las v铆ctimas y altares nuevos en otros corazones. Y aunque ello signifique m谩s ofrendas para la rabia y, probablemente, m谩s savia para la vieja venganza, el dolor al menos s铆 es inmaculado: un ser sin memoria, mas, al menos en principio, cargado de futuro.
Es cierto que hay un dolor peculiar a los allegados de las v铆ctimas, directamente afectados por su muerte, desconocido para quienes s贸lo indirectamente la han sufrido e imposible de comunicar. Pero tambi茅n hay dolor en 茅stos, uno que se conecta a la humanidad de cada sujeto que a煤n la conserva y que traspasa las barreras que positiva o negativamente los elementos personales, los intereses, las circunstancias, etc., oponen a su generalizaci贸n entre aqu茅llos a quienes no les incumben las v铆ctimas, como si fueran un accidente social natural o una materia extra帽a; un tipo de dolor que evoca en el coraz贸n lo que ya la mente nos dictara antes de todo crimen, al hablarnos de la sociedad y depositar en nuestras mentes las ideas de cooperaci贸n, de solidaridad, y vincularlas a la mayor铆a social con el fuego sagrado de la necesidad. Con ellas la mente conforma una suerte de premonici贸n que advierte contra la indiferencia, contra los males o peligros que s贸lo parecen da帽ar a terceros e insta a no bajar la guardia ante ellos.
¿Qu茅 palabras verter谩 el dolor en el o铆do de quienes lo padecen directa o indirectamente, azogue o el agua bendita de la resignaci贸n? ¿Se calmar谩 en quienes opten por este aparente b谩lsamo o le quedar谩 rabia y dignidad bastantes para recordarles que un sin贸nimo de resignaci贸n es complicidad, y que cuando hay complicidad activa entonces ya no es resignaci贸n, sino pura y simple conveniencia personal, un ardid urdido por ellos mismos que quiz谩 sirva a auto-seducirse, esto es, a auto-chantajearse, pero que fomenta tanto el crimen como su impunidad? ¿Les inmunizar谩 contra la letan铆a del recurso abstracto a culpar a la autoridad, como si su preestablecida culpa les eximiera de actuar, o de la encomienda concreta a ella, como si el cargo conllevara inocencia, como si su funci贸n la garantizara de su colusi贸n con el crimen organizado? ¿Les prevendr谩 de considerar la corrupci贸n moral de la sociedad estadounidense el genuino mal de fondo al que trasladar la responsabilidad 煤ltima del crimen en M茅xico y contra el cual s贸lo cabe desesperarse, ahondando as铆 las fatalistas ra铆ces de la resignaci贸n.
Quiz谩 el dolor sea la fuente de lucidez que haga comprender al ciudadano mexicano los g茅rmenes de un cristalizado odio social que est谩 en la base del rito del crimen; y quiz谩 devenga as铆 la fuente del valor de intentar acabar en su persona con todos los rasgos posibles que favorecen dicho odio, como su venta al mejor postor, su indiferencia ante el mal ajeno, su cobard铆a ante la violencia o, a veces, la admiraci贸n del violento y su enaltecimiento en cuanto modelo social, todo ese inframundo de la propia conveniencia al precio que sea y que conforman otros tantos remiendos por los que se deshilacha el tejido social, tan dif铆cil de recomponer en cualquier circunstancia una vez roto, sea cual fuere la causa que lo rompi贸.
Sustituir esos valores, tan queridos por la corrupci贸n, por los de autonom铆a y honestidad personales es algo que depende de los sujetos en la mayor parte de los casos; unirse a otros para fortalecer la sociedad civil y poner diques al abuso de poder es algo asimismo al alcance del nuestro; no arrojarse de bruces al infierno de las drogas como soluci贸n al infierno de la pobreza es empresa igualmente factible, adem谩s del modo m谩s seguro, al menos mientras no se las legalice, de hacer frente a quienes lo administran sin necesidad de enfrentarse cara a cara a ellos; etc. Quiz谩 el dolor pueda abrir as铆 el camino a la esperanza, transform谩ndose en fuente de lucidez y de valor que ayude a acorralar el espanto de fondo que subyace al ordinario espanto de nihilismo, violencia y crueldad que se dan cita en la pura inhumanidad de un crimen como el de Monterrey.
