OPINI脫N de Antonio Hermosa
Por segunda vez, y consecutiva, en mi ya larga carrera docente, he empezado mi curso sobre filosof铆a antigua con Homero, con sus dos obras magnas. Decir eso y o铆r de inmediato como un gru帽ido de protesta por el atrevimiento de falsificar al aedo y la consiguiente negaci贸n de que sea un fil贸sofo, en el sentido que m谩s tarde se aplicar谩 a Tales o se arrogar谩 Pit谩goras, debe ser, me huelo, todo uno. En lo cierto est谩 el gru帽贸n, sin duda, pero se帽alemos con igual inmediatez que ello le no alcanzar谩 para vadear el caudaloso r铆o de cuestiones antropol贸gicas, 茅ticas y pol铆ticas que, renov谩ndose casi sin cesar, atraviesa tanto a la Il铆ada como a la Odisea.
Es un mundo de h茅roes el que en ellas gira a sus anchas, desde luego. Cuando el foco se desplaza en la escena son s贸lo grandes guerreros lo que ilumina, un mar de ambici贸n y codicia en el que cada uno de ellos, so帽ando con la victoria y luchando por su corona, aspira a derrotar mediante la gloria que con ello vendr谩 la finitud, la avaricia del tiempo. Mientras tanto, un concepto de honor estrictamente personal ha sido la estrella polar de su conciencia, y -pese a la extrema facilidad con la que el ni帽o mimado del honor siente placer en hacerse el ofendido- s贸lo si los hechos ven铆an a dar raz贸n a su voluntad hab铆a justicia.
Empero, por parad贸jico que resulte, lo que produce una visi贸n tan extremadamente clara es su lejan铆a; pero al mirar m谩s de cerca el escenario, pronto se observan restricciones que le dicen al h茅roe que no est谩 s贸lo en ese mundo que es el suyo, que cumplir sus deseos no es la sola fuente de justicia como tampoco son sus sue帽os la 煤nica voluntad que cuenta en su gloria. Y si, adem谩s, se mira debajo, hacia la trama de ideas, valores y significados secretos, o cuando menos no expl铆citamente teorizados o desarrollados, entonces es otro mundo sin m谩s el que a su lado brota: el mundo que ha transferido la inmortalidad de los h茅roes a los relatos que narran sus historias.
Hay en aqu茅l, en efecto, dioses cuya obediencia favorece al guerrero en su persecuci贸n de la fama; hay pares, es decir, la m谩xima igualdad que admite esa sociedad piramidal, cuya resoluci贸n es vinculante para un tercero; hay compromisos formalmente contra铆dos que de repente transforman un acto privado en p煤blico y cuyas reglas es obligado respetar; hay apelaciones a objetivar y extender los criterios de decisi贸n que anuncian la futura despersonalizaci贸n de las decisiones personales, es decir, a mediar la justicia a trav茅s de las instituciones; hay, incluso, alusiones a un nuevo sujeto p煤blico oculto tras las bambalinas pero que empieza a ser algo en la conciencia de los se帽ores. Hay asimismo una igualdad 茅tica y ontol贸gica entre los h茅roes con independencia de la cuna de la que provengan o de la patria a la que pertenezcan, e incluso de los fines que persigan; una igualdad que en ocasiones explica los honores de amistad tributados a un extra帽o en forma de hospitalidad, y que introducen al hu茅sped en el coraz贸n de quienes la brindan: una amistad que probablemente anticipe la idea de humanidad que alg煤n siglo despu茅s se har谩 viva entre las ideas y los sentimientos hasta entonces delimitados por la polis. Y hay m谩s, mucho m谩s.
El viaje de Odiseo no es un viaje al interior del alma humana, pero s铆 a los lindes de la condici贸n humana, el marco donde aqu茅lla reside, muta, construye, permanece y transforma. Durante el mismo nos topamos con una serie de actores que nos indican por defecto lo que no somos los humanos; ah铆 est谩n los lestrigones, can铆bales, al contrario de nosotros, con los cuales nos ser铆a imposible convivir. O el c铆clope, ser monstruoso que, si bien mantiene relaciones ocasionales con sus semejantes y posee lenguaje, no conoce ni teme a los dioses, no sigue reglas ni obligaciones comunes, es decir, no conforma polis, ignora la hospitalidad y posee el instinto de la violencia; la fuerza es la expresi贸n suprema de su inteligencia. Configura lo antihumano por definici贸n.
Pero tampoco otros actores m谩s amables, beneficiosos incluso para Odiseo o para todos los miembros de la expedici贸n, logran rebasar las fronteras de lo humano. Los lot贸fagos –nos dice el poeta- son felices: comen loto y, al comer loto, olvidan. Otro tanto sucede a los compa帽eros del h茅roe que prueban el fatal alimento; de pronto dejan de saber qui茅nes son, de d贸nde vienen y ad贸nde se dirigen; y en el olvido perecen tambi茅n las emociones de la patria, los sentimientos familiares, los lazos con los antepasados, los sue帽os de futuro, la vida del coraz贸n y de la conciencia, en suma. 脡se, el olvido, es pues el mayor peligro para el hombre –m谩s que la injusticia, la prepotencia o el hambre, males al fin y al cabo redimibles-, superior quiz谩 al que nos procuran el ocultamiento o la soledad, personificados en Calipso y Circe, habida cuenta de que nuestra condici贸n es vivir expuestos a los dem谩s, ser visibles para ellos, mantener tratos entre s铆, estar juntos.
Hay otras cualidades propias de los seres que al vivir conviven merced a la creaci贸n y perfeccionamiento del lenguaje y de la justicia, as铆 como del armaz贸n que debidamente los anuda: la polis. Poseen la capacidad de elegir, la curiosidad por saber y la habilidad de hacer cosas, la t茅cnica. El episodio de las sirenas re煤ne tanta joya dispersa en un tesoro 煤nico. Es verdad que ya durante el episodio de Polifemo, el c铆clope al que Odiseo cegara tras pulir una estaca al punto de convertirla en lanza, las hab铆a juntado, pero no con tanta claridad como aqu铆. Mas ya all铆, en efecto, a ese desenlace y posterior huida de la cueva del c铆clope, vale decir, de la muerte, se hab铆a llegado tras la decisi贸n de Odiseo de permanecer en la misma para conocer qui茅n -o qu茅, dados los indicios- era quien la habitaba. El deseo de conocer costar谩 a Odiseo la vida de la mitad de quienes le acompa帽aban en la cueva, pero se trata de una cualidad tan universal que en cierto modo le exonera de toda culpa; tambi茅n sus compa帽eros, por ejemplo, cuando ayudados por Eolo atisbaban las costas de 脥taca -llevados directamente por el 煤nico viento que el dios no hab铆a encerrado en el odre entregado a Odiseo con orden expresa de no abrirlo-, no pudiendo resistir la curiosidad por saber qu茅 hab铆a dentro violan la orden: una decisi贸n que a la postre estar谩 en el origen de su muerte.
Advertido por Circe del poder fatal escondido en el canto de las sirenas, que ninguno de sus compa帽eros deb铆a escuchar, y 茅l, si quer铆a, amarrado al m谩stil de la nave a fin de no sucumbir a la imperiosa tentaci贸n de acudir a satisfacer lo que m谩s anhelamos, Odiseo ni sopesa las opciones porque elige sin m谩s sufrirla, esto es, experimentarla. Por lo dem谩s, con cera cortada para la ocasi贸n tapona los o铆dos de los dem谩s, y ese simple gesto de nuestra habilidad t茅cnica es suficiente para vencer al destino. La nave deja atr谩s el peligro de las sirenas, que es el de perecer a causa de nuestra vanidad o de la omnipotencia de nuestro anhelo mismo por conocer, y aqu茅l, con esfuerzo y dolor, ha aprendido ahora algo que no sab铆a, la letal amenaza que late en nuestros deseos m谩s f茅rvidos.
A帽adamos que esta narraci贸n Odiseo la escuchar谩 en la corte del rey de los feacios de labios del bardo, y ello arrancar谩 al aturdido h茅roe l谩grimas por un conocimiento m谩s: ciertos hechos de su vida han sido arrancados de su biograf铆a y se mueven ahora, como elementos extra帽os, en un espacio que su creador ya no puede controlar; vale decir, ha nacido la historia.
Mucho antes de todo eso, ante los restos a煤n humeantes de la anta帽o poderosa ciudad de Troya, el h茅roe Odiseo tuvo ocasi贸n de saciar su curiosidad por saber con ideas hasta entonces desconocidas. Durante los juegos organizados por Aquiles en honor del amigo entra帽able, Patroclo, el rey de 脥taca fue testigo de la pol茅mica entre Ant铆loco y Aquiles primero y entre aqu茅l y Menelao despu茅s. Prescindo aqu铆 de los hechos y voy directo al nudo de lo que est谩 en cuesti贸n: la justicia heroica. Odiseo tendr谩 ocasi贸n de comprobar en la disputa entre Ant铆loco y Aquiles, amigos ambos, que las promesas, incluso las de un superior que no conoce autoridad legal sobre 茅l, est谩n investidas cuando se hacen en p煤blico de una especie de autoridad propia que obligan al autor a una justificaci贸n racional en caso de decidir alterarlas o incumplirlas; que cuando la resoluci贸n de la justicia se f铆a a otros, como en la segunda pol茅mica, la imparcialidad debe ser el criterio del juez, esto es, anteponer el hecho a la posici贸n social o al rango de los contendientes; o que, aun resolvi茅ndose entre los litigantes, el arrepentimiento de uno puede acarrear el perd贸n del otro, haciendo as铆 primar la fil铆a al ag贸n, o lo que es igual: se est谩n creando as铆 las condiciones para el surgimiento del h茅roe no tr谩gico, el h茅roe de conducta reversible, el dominante en la tragedia euripidea, para entendernos. Lo cual significa que nuevos valores, m谩s humanos, se est谩n en definitiva adue帽ando de la conciencia de la aristocracia.
Lo verdaderamente singular del hecho de ver c贸mo se va privando de raz贸n de ser al uso de la violencia en el 谩mbito de la justicia, de c贸mo 茅sta est谩 dejando de ser venganza o mera cuesti贸n de honor y derivar inexcusablemente en tragedia, es que todo ello acontece al tiempo que Odiseo tiene ocasi贸n de asumir la creencia en la condici贸n tr谩gica de la existencia humana. En efecto, lo que origin贸 la pol茅mica entre Ant铆loco y Aquiles fue el hecho de que 茅ste, movido por compasi贸n ante la desgracia azarosamente sufrida por un participante, quiere otorgarle el segundo premio, la yegua leg铆timamente ganada por Ant铆loco. 脡ste comparte el sentimiento, pero no la decisi贸n de violar la promesa que implica, y se muestra decidido a defender su derecho con su vida.
Aquiles recapacitar谩 y premiar谩 al infortunado con otros bienes suyos, pero lo que a Odiseo le ha sido posible aprender del hecho es que, ocasionalmente, la bondad puede hacer da帽o, que el bien puede generar mal, que la 茅tica puede lesionar el derecho y producir injusticia. Ha aprendido, en suma, que el mal es inextirpable de la existencia humana porque puede provocarlo tanto lo bueno como lo malo.
Para concluir: condici贸n ontol贸gicamente tr谩gica de la existencia humana y, al tiempo, paulatina eliminaci贸n de la violencia en el 谩mbito de la 茅tica, que redunda en un menor poder de la tragedia en la esfera de la justicia. Dos ideas 茅sas mediante las cuales Homero sigue conviviendo entre nosotros, infundiendo un perenne optimismo realista al hecho de vivir juntos. ¡Cu谩ntos r铆os de sangre no se habr铆a ahorrado nuestra historia de haber aprendido con Homero no s贸lo la segunda, sino las dos ideas al mismo tiempo!
