OPINI脫N de Rafael Fernando Navarro
Cuando la Iglesia pretende ser hoy lo que fue durante el franquismo, est谩 persistiendo en su propia blasfemia y empe帽谩ndose en lo que deb铆a ser su m谩s reprochable verg眉enza. Durante cuarenta a帽os domin贸 las conciencias apoyando la autoridad de su b谩culo en la ci茅naga pestilente de una dictadura cruel, asesina, destructora. Y lejos de un arrepentimiento redentor, pretende seguir ejerciendo un dominio moral sobre los ciudadanos libres en democracia.
La historia no es un retorno sobre s铆 misma. Tiene por el contrario un trazo lineal, y aupada en el ayer se encamina siempre hacia el ma帽ana. De ah铆 que no debamos confundir historia y pasado en una identificaci贸n carente de profundidad. Y quienes se empe帽an en no distinguirlos, se petrifican, se fosilizan y pierden la fuerza viva y apasionante de la existencia. Y esto le anda pasando a la Iglesia. Anclada en el pasado, no es capaz de crear un futuro caliente capaz de acoger al hombre de hoy, las necesidades de hoy, las aspiraciones de hoy.
Se empe帽a en la cerrada defensa de ciertos postulados que pretende fundamentar en el derecho natural y la palabra revelada. En el terreno filos贸fico nadie sostiene hoy la categor铆a de “orden natura” puesto que el ser humano evoluciona y se define por coordenadas existenciales que nada tienen que ver con la filosof铆a de “las esencias” propia de otras 茅pocas. Y en cuanto a lo revelado, la Iglesia deber铆a tener en cuenta que en su historia ha manejado como revelaci贸n posiciones que despu茅s han sido revertidas. Su postura frente a visiones cient铆ficas que han permanecido inexpugnables durante siglos y que por fin han tenido que ser reconocidas como simple intransigencia secular. Decir por tanto que esta es la doctrina que siempre ha defendido la Iglesia es, adem谩s de una miop铆a hist贸rica, la apropiaci贸n indebida de un Dios que por definici贸n es una infinitud inalcanzablemente misteriosa.
Desde Constantino, la Iglesia inici贸 una uni贸n espuria con los imperios de turno y m谩s tarde con los gobiernos. El Papa no s贸lo es jefe del estado Vaticano, sino que ha sido aclamado como rey hasta hace poco. Y sobre todo la Iglesia ha encontrado cobijo y protecci贸n en las dictaduras. Ha ido acumulando riquezas monumentales, art铆sticas, inmobiliarias y econ贸micas. Y ha tenido la agilidad de no conservar la pobreza primitiva sino que ha sabido evolucionar hasta la posesi贸n de un poder financiero notable y de accionariado en m煤ltiples multinacionales. No se ha refugiado en la revelaci贸n de la palabra sino que se ha apropiado vergonzosamente riquezas de todo tipo. Desde el platero de Jes煤s hasta el papam贸vil hay una evoluci贸n notable. Desde el desprecio al nazareno hasta los armi帽os que reciben honores militares hay una distancia.
Espa帽a es un estado no confesional constitucionalmente. Es verdad que una gran mayor铆a de espa帽oles se confiesan cat贸licos. Pero esta adhesi贸n no invalida la aconfesionalidad. Son compatibles. Por eso deber铆a ser tambi茅n compatible y exigible que la Iglesia se abasteciera econ贸micamente de sus fieles. El estado espa帽ol aporta una cantidad de dinero que, si bien est谩 comprometida por un desfasado concordato, deber铆a partir de la propia Iglesia la renuncia a esa aportaci贸n y deber铆a a su vez el gobierno de turno denunciar por superado ese concordato.
Estamos en un momento de crisis. Hay millones de parados. Hay hambre. Hay mayores cuyas pensiones no llegan para hacer frente a los gastos elementales de una vida. Hay dependientes, minusv谩lidos necesitados de un abrazo que les ayude a vivir. Se ha impuesto el repago sanitario, se desahucia diariamente dejando sin techo acogedor de amor. Hay j贸venes sin futuro, viejos arrepentidos de su pasado. Hay miseria.
Y mientras tanto, la Iglesia no tiene la gallard铆a de renunciar ni los gobiernos de suprimir todo ese dinero que se va en surtir la econom铆a de una instituci贸n absolutamente respetable, pero que lo ser铆a aun m谩s si tuviera una actitud comprometida con el mundo que le ha tocado vivir.
La Iglesia no puede aferrarse ni a una doctrina que asegura faltando a la verdad que es inmutable ni a unos privilegios que s贸lo le pertenecen como herencia de una prostituci贸n hist贸rica.
Cuando la Iglesia pretende ser hoy lo que fue durante el franquismo, est谩 persistiendo en su propia blasfemia y empe帽谩ndose en lo que deb铆a ser su m谩s reprochable verg眉enza. Durante cuarenta a帽os domin贸 las conciencias apoyando la autoridad de su b谩culo en la ci茅naga pestilente de una dictadura cruel, asesina, destructora. Y lejos de un arrepentimiento redentor, pretende seguir ejerciendo un dominio moral sobre los ciudadanos libres en democracia.
La historia no es un retorno sobre s铆 misma. Tiene por el contrario un trazo lineal, y aupada en el ayer se encamina siempre hacia el ma帽ana. De ah铆 que no debamos confundir historia y pasado en una identificaci贸n carente de profundidad. Y quienes se empe帽an en no distinguirlos, se petrifican, se fosilizan y pierden la fuerza viva y apasionante de la existencia. Y esto le anda pasando a la Iglesia. Anclada en el pasado, no es capaz de crear un futuro caliente capaz de acoger al hombre de hoy, las necesidades de hoy, las aspiraciones de hoy.
Se empe帽a en la cerrada defensa de ciertos postulados que pretende fundamentar en el derecho natural y la palabra revelada. En el terreno filos贸fico nadie sostiene hoy la categor铆a de “orden natura” puesto que el ser humano evoluciona y se define por coordenadas existenciales que nada tienen que ver con la filosof铆a de “las esencias” propia de otras 茅pocas. Y en cuanto a lo revelado, la Iglesia deber铆a tener en cuenta que en su historia ha manejado como revelaci贸n posiciones que despu茅s han sido revertidas. Su postura frente a visiones cient铆ficas que han permanecido inexpugnables durante siglos y que por fin han tenido que ser reconocidas como simple intransigencia secular. Decir por tanto que esta es la doctrina que siempre ha defendido la Iglesia es, adem谩s de una miop铆a hist贸rica, la apropiaci贸n indebida de un Dios que por definici贸n es una infinitud inalcanzablemente misteriosa.
Desde Constantino, la Iglesia inici贸 una uni贸n espuria con los imperios de turno y m谩s tarde con los gobiernos. El Papa no s贸lo es jefe del estado Vaticano, sino que ha sido aclamado como rey hasta hace poco. Y sobre todo la Iglesia ha encontrado cobijo y protecci贸n en las dictaduras. Ha ido acumulando riquezas monumentales, art铆sticas, inmobiliarias y econ贸micas. Y ha tenido la agilidad de no conservar la pobreza primitiva sino que ha sabido evolucionar hasta la posesi贸n de un poder financiero notable y de accionariado en m煤ltiples multinacionales. No se ha refugiado en la revelaci贸n de la palabra sino que se ha apropiado vergonzosamente riquezas de todo tipo. Desde el platero de Jes煤s hasta el papam贸vil hay una evoluci贸n notable. Desde el desprecio al nazareno hasta los armi帽os que reciben honores militares hay una distancia.
Espa帽a es un estado no confesional constitucionalmente. Es verdad que una gran mayor铆a de espa帽oles se confiesan cat贸licos. Pero esta adhesi贸n no invalida la aconfesionalidad. Son compatibles. Por eso deber铆a ser tambi茅n compatible y exigible que la Iglesia se abasteciera econ贸micamente de sus fieles. El estado espa帽ol aporta una cantidad de dinero que, si bien est谩 comprometida por un desfasado concordato, deber铆a partir de la propia Iglesia la renuncia a esa aportaci贸n y deber铆a a su vez el gobierno de turno denunciar por superado ese concordato.
Estamos en un momento de crisis. Hay millones de parados. Hay hambre. Hay mayores cuyas pensiones no llegan para hacer frente a los gastos elementales de una vida. Hay dependientes, minusv谩lidos necesitados de un abrazo que les ayude a vivir. Se ha impuesto el repago sanitario, se desahucia diariamente dejando sin techo acogedor de amor. Hay j贸venes sin futuro, viejos arrepentidos de su pasado. Hay miseria.
Y mientras tanto, la Iglesia no tiene la gallard铆a de renunciar ni los gobiernos de suprimir todo ese dinero que se va en surtir la econom铆a de una instituci贸n absolutamente respetable, pero que lo ser铆a aun m谩s si tuviera una actitud comprometida con el mundo que le ha tocado vivir.
La Iglesia no puede aferrarse ni a una doctrina que asegura faltando a la verdad que es inmutable ni a unos privilegios que s贸lo le pertenecen como herencia de una prostituci贸n hist贸rica.
