OPINI脫N de Jorge Majfud
Luego del triunfo del partido los Hermanos Musulmanes en Egipto no faltaron las expresiones de preocupaci贸n en la prensa occidental.
Algunos art铆culos de opini贸n y una pl茅tora de comentarios an贸nimos al pi茅 incluso los calificaron de terroristas-listos-para-invadirnos, lo que probablemente podr铆a justificar alguna nueva intervenci贸n diplom谩tica, econ贸mica o militar en el 谩rea—esas mismas que siempre se toman su tiempo, se quedan en los discursos o miran hacia otro lado ante verdaderas tragedias humanitarias.
En cualquier caso, a煤n sin ninguna de esas respuestas internacionales, al menos la gran prensa —la prensa cautiva que cautiva— cumple con su tradicional rol de inflamar los tribalismos de siempre.
Para aquellos que estamos a favor de un progreso de la historia en la l铆nea de los derechos de las mayor铆as y de las minor铆as, de las libertades individuales y colectivas que preceden a cualquier jerarqu铆a pol铆tica y social, las reacciones de los islamistas m谩s conservadores no representan ninguna promesa de avance en tal sentido sino todo lo contrario. Menos los fan谩ticos puristas como los talib谩n que se creen due帽os de toda la moral de este Universo y con derecho a impon茅rsela a los dem谩s; o los dictadores, religiosos o seculares al viejo estilo de Al-Assad en Siria que apenas ven amenazado su trono fusilan a inocentes de su propio pueblo. Pero tampoco son menos agresivas y arbitrarias las reacciones basadas en cualquier otra tradici贸n religiosa, no por lo que tienen de religi贸n sino por lo que tienen de intereses bien materiales. Como en las cartas de Crist贸bal Col贸n y las cr贸nicas de todos sus sucesores, mientras leemos el nombre de Dios repetidas veces en cada p谩gina, vamos observando c贸mo sus acciones conducen siempre al maldito oro de los pueblos salvajes.
La acusaci贸n de terrorismo ha facilitado en las 煤ltimas d茅cadas ya no s贸lo la abolici贸n de la m谩xima de Jes煤s sobre poner la otra mejilla al agresor —lo cual es comprensible—, sino que ha introducido una prescripci贸n muy audaz y creativa: debemos agredir a alguien que podr铆a llegar a agredirnos alg煤n d铆a. A eso llamamos autodefensa preventiva. Cualquier ley de cualquier C贸digo civil, antiguo o moderno, lo condenar铆a como un crimen absurdo o paranoico. No las leyes internacionales que todav铆a viven en la Edad Media y no se basan en el derecho sino en el inter茅s y la fuerza. Hasta la regla moral m谩s antigua de la que registra la historia civilizada y que repitieron los sabios desde China hasta Nueva Inglaterra y Extremo Occidente —“no hagas a los dem谩s lo que no quisieras que los dem谩s haga contigo” — es violada cada d铆a en nombre del derecho a la defensa propia.
Si fu茅semos ingenuos encontrar铆amos curioso que nosotros, los dem贸cratas occidentales, hayamos apoyado dictaduras como la de Mubarak en Egipto y cuando el pueblo elige a alguien seg煤n el sistema electoral por el cual hemos invadido varios pa铆ses, los llamamos terroristas s贸lo porque no nos gusta el ganador o representa la cultura y la religi贸n “del enemigo”. La democracia es buena para nosotros que somos civilizados y sabemos elegir, pero es mala para ellos, porque son barbaros y no saben lo que quieren. De igual forma, nuestro nacionalismo es patriotismo del bueno; el nacionalismo ajeno es peligroso terrorismo.
Es curioso que los occidentales llamemos “terroristas-listos-para-invadirnos” a los egipcios o a alguno de sus gobiernos del cual debemos protegernos —y prevenirnos— cuando Egipto, como la cualquier otro pa铆s perif茅rico, nunca ha invadido ning煤n pa铆s occidental. Occidente, en cambio, posee un largo historial de invasiones y destrucciones de ese pa铆s que van desde las invasiones militares de Francia e Inglaterra hasta las econ贸micas, como la que se refiere a su historia del algod贸n, por ejemplo. Las potencias occidentales han saqueado y destruido ese pa铆s con cierta regularidad.
Una parte m铆nima y simb贸lica de ese saqueo podemos verlo en los museos del mundo rico que ellos llaman “generosas donaciones” —t铆picas donaciones de pa铆ses colonizados o bajo control extranjero.
No por buenos sino por no poseer ej茅rcitos tan heroicos, probablemente, los egipcios nunca han hecho lo mismo con ninguna potencia occidental. Pero nosotros continuamos repitiendo lo que la gran prensa —el brazo derecho de los poderes sectarios, la continuaci贸n de la pol铆tica por otros medios— inocula cada d铆a en la mente y los corazones de los dem贸cratas, racionales y compasivos.
Antes los mapas europeos llamaban Barbaria la regi贸n norte de 脕frica.
Ahora la gran prensa los representa como terroristas o fan谩ticos que quieren tomar control del mundo. Ambas son dos formas de perpetuar el miedo en Occidente y las futuras agresiones a Oriente. Como la gran prensa del otro lado no es muy diferente, en lugar de un Dialogo de culturas y de civilizaciones tenemos una extensa Guerra de Sordos que sirve, como toda guerra, a los intereses de unos pocos en nombre de unos muchos.
Por supuesto que hay muchos lectores inteligentes que no se compran este discurso. Probablemente 茅stos sean un n煤mero cada vez mayor y esas estad铆sticas est谩n poniendo m谩s nerviosos y m谩s agresivos a quienes hoy controlan el poder del mundo. Pero por el momento, mientras planean alguna nueva revoluci贸n democr谩tica, contin煤an aplicando el viejo m茅todo: miente, asusta, que algo quedar谩.
Luego del triunfo del partido los Hermanos Musulmanes en Egipto no faltaron las expresiones de preocupaci贸n en la prensa occidental.
Algunos art铆culos de opini贸n y una pl茅tora de comentarios an贸nimos al pi茅 incluso los calificaron de terroristas-listos-para-invadirnos, lo que probablemente podr铆a justificar alguna nueva intervenci贸n diplom谩tica, econ贸mica o militar en el 谩rea—esas mismas que siempre se toman su tiempo, se quedan en los discursos o miran hacia otro lado ante verdaderas tragedias humanitarias.
En cualquier caso, a煤n sin ninguna de esas respuestas internacionales, al menos la gran prensa —la prensa cautiva que cautiva— cumple con su tradicional rol de inflamar los tribalismos de siempre.
Para aquellos que estamos a favor de un progreso de la historia en la l铆nea de los derechos de las mayor铆as y de las minor铆as, de las libertades individuales y colectivas que preceden a cualquier jerarqu铆a pol铆tica y social, las reacciones de los islamistas m谩s conservadores no representan ninguna promesa de avance en tal sentido sino todo lo contrario. Menos los fan谩ticos puristas como los talib谩n que se creen due帽os de toda la moral de este Universo y con derecho a impon茅rsela a los dem谩s; o los dictadores, religiosos o seculares al viejo estilo de Al-Assad en Siria que apenas ven amenazado su trono fusilan a inocentes de su propio pueblo. Pero tampoco son menos agresivas y arbitrarias las reacciones basadas en cualquier otra tradici贸n religiosa, no por lo que tienen de religi贸n sino por lo que tienen de intereses bien materiales. Como en las cartas de Crist贸bal Col贸n y las cr贸nicas de todos sus sucesores, mientras leemos el nombre de Dios repetidas veces en cada p谩gina, vamos observando c贸mo sus acciones conducen siempre al maldito oro de los pueblos salvajes.
La acusaci贸n de terrorismo ha facilitado en las 煤ltimas d茅cadas ya no s贸lo la abolici贸n de la m谩xima de Jes煤s sobre poner la otra mejilla al agresor —lo cual es comprensible—, sino que ha introducido una prescripci贸n muy audaz y creativa: debemos agredir a alguien que podr铆a llegar a agredirnos alg煤n d铆a. A eso llamamos autodefensa preventiva. Cualquier ley de cualquier C贸digo civil, antiguo o moderno, lo condenar铆a como un crimen absurdo o paranoico. No las leyes internacionales que todav铆a viven en la Edad Media y no se basan en el derecho sino en el inter茅s y la fuerza. Hasta la regla moral m谩s antigua de la que registra la historia civilizada y que repitieron los sabios desde China hasta Nueva Inglaterra y Extremo Occidente —“no hagas a los dem谩s lo que no quisieras que los dem谩s haga contigo” — es violada cada d铆a en nombre del derecho a la defensa propia.
Si fu茅semos ingenuos encontrar铆amos curioso que nosotros, los dem贸cratas occidentales, hayamos apoyado dictaduras como la de Mubarak en Egipto y cuando el pueblo elige a alguien seg煤n el sistema electoral por el cual hemos invadido varios pa铆ses, los llamamos terroristas s贸lo porque no nos gusta el ganador o representa la cultura y la religi贸n “del enemigo”. La democracia es buena para nosotros que somos civilizados y sabemos elegir, pero es mala para ellos, porque son barbaros y no saben lo que quieren. De igual forma, nuestro nacionalismo es patriotismo del bueno; el nacionalismo ajeno es peligroso terrorismo.
Es curioso que los occidentales llamemos “terroristas-listos-para-invadirnos” a los egipcios o a alguno de sus gobiernos del cual debemos protegernos —y prevenirnos— cuando Egipto, como la cualquier otro pa铆s perif茅rico, nunca ha invadido ning煤n pa铆s occidental. Occidente, en cambio, posee un largo historial de invasiones y destrucciones de ese pa铆s que van desde las invasiones militares de Francia e Inglaterra hasta las econ贸micas, como la que se refiere a su historia del algod贸n, por ejemplo. Las potencias occidentales han saqueado y destruido ese pa铆s con cierta regularidad.
Una parte m铆nima y simb贸lica de ese saqueo podemos verlo en los museos del mundo rico que ellos llaman “generosas donaciones” —t铆picas donaciones de pa铆ses colonizados o bajo control extranjero.
No por buenos sino por no poseer ej茅rcitos tan heroicos, probablemente, los egipcios nunca han hecho lo mismo con ninguna potencia occidental. Pero nosotros continuamos repitiendo lo que la gran prensa —el brazo derecho de los poderes sectarios, la continuaci贸n de la pol铆tica por otros medios— inocula cada d铆a en la mente y los corazones de los dem贸cratas, racionales y compasivos.
Antes los mapas europeos llamaban Barbaria la regi贸n norte de 脕frica.
Ahora la gran prensa los representa como terroristas o fan谩ticos que quieren tomar control del mundo. Ambas son dos formas de perpetuar el miedo en Occidente y las futuras agresiones a Oriente. Como la gran prensa del otro lado no es muy diferente, en lugar de un Dialogo de culturas y de civilizaciones tenemos una extensa Guerra de Sordos que sirve, como toda guerra, a los intereses de unos pocos en nombre de unos muchos.
Por supuesto que hay muchos lectores inteligentes que no se compran este discurso. Probablemente 茅stos sean un n煤mero cada vez mayor y esas estad铆sticas est谩n poniendo m谩s nerviosos y m谩s agresivos a quienes hoy controlan el poder del mundo. Pero por el momento, mientras planean alguna nueva revoluci贸n democr谩tica, contin煤an aplicando el viejo m茅todo: miente, asusta, que algo quedar谩.
