Agenda de Reflexi贸n.- H茅ctor Tiz贸n naci贸 el 21 de octubre de 1929 en Yala, Jujuy, y muri贸 hace unos d铆as en el mismo pueblo. Fue abogado, periodista, diplom谩tico, exiliado y regresado. Fue Juez de la Corte Suprema en su provincia natal y uno de los mejores escritores de lengua espa帽ola. Ha viajado largamente por el mundo; como diplom谩tico de 1958 a 1962, como exiliado de 1976 a 1982. Vivi贸 en M茅xico, Par铆s, Mil谩n y Madrid, pero “su lugar en el mundo”, al que volvi贸 una y otra vez, es Yala, Jujuy. Su primer libro fue publicado en M茅xico en 1960, A un costado de los rieles. Parte de su obra, siempre fiel a sus ra铆ces y su lugar de origen con sus mitos e historias, ha sido traducida al franc茅s, ingl茅s, ruso, polaco y alem谩n. A su actividad profesional como juez y escritor, le suma tambi茅n el de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, “cargo” que le otorgara el gobierno franc茅s recientemente.VIVIO EL LARGO TIEMPO DEL EXILIO, PERO PARECE QUE NUNCA SE HA IDO DE YALA, UN PUEBLITO DE OCHOCIENTOS HABITANTES. ALLI VIVE EN ESE TIEMPO MOROSO EN QUE REPARTE SUS HORAS ENTRE LA ESCRITURA Y SU OFICIO DE JUEZ. ARRIBA DE SU AUTO, EN EL AGRESTE PAISAJE, HECTOR TIZON HABLO DE SUS LIBROS Y DE SU VIDA.
Esta es la historia de un viaje. O de dos. El primero es de papel y tiene forma y nombre de novela -Extra帽o y p谩lido fulgor- aunque haya sido so帽ado para el cine como gui贸n de una road movie jam谩s filmada. El segundo (pensado con intenciones fotogr谩ficas), fue el escenario de una entrevista sobre cuatro ruedas bajo un sol sin sombra, que altern贸 asfalto y ripio a lo largo de los sesenta y tres kil贸metros que van desde San Salvador de Jujuy hasta la localidad de Purmamarca. Un pueblito donde la quebrada de Humahuaca -soledad y frontera- comienza a insinuarse en 339 habitantes, calles de tierra, casitas de adobe, cerros de siete colores, aire puro a 2.139 metros sobre el nivel del mar y tiempo parado en seco hace tres siglos.
El anfitri贸n de ambos viajes (autor de la novela y entrevistado de la road interview) es el escritor H茅ctor Tiz贸n, ya un cl谩sico de la literatura argentina, que encontr贸 en su largo romance con la palabra (treinta y nueve a帽os han pasado desde A un costado de los rieles, su primer libro de relatos editado en M茅xico) una forma personal de ser fiel a su historia y su geograf铆a sin caer en pintoresquismos ni nostalgias folcl贸ricas. Hombre de saco y corbata incluso los domingos, juez, casado, ex fumador de dos atados y medio por d铆a hasta su conversi贸n -forzosa pero no fan谩tica- al aire sin humo, padre de tres y abuelo de seis en gustoso ejercicio para doblarle la apuesta a la vida y con sesenta y nueve a帽os que bien podr铆an renunciar a una sota, este juje帽o (traducido a cinco idiomas y reconocido como uno de los m谩s grandes narradores contempor谩neos en lengua espa帽ola), naci贸 y vive en Yala, donde las almas no llegan a ochocientas y las votaciones se resuelven en cuatro mesas electorales.
Al volante de su auto, mientras cronista y fot贸grafo metidos a copilotos, ajustan sus cinturones de seguridad, Tiz贸n habla largo y sin prisa, y tiene m谩s an茅cdotas para contar que d铆as de lluvia su pueblo. En ellas caben viajes, amigos y recuerdos de su padre, en cuya biblioteca aprendi贸 a leer y en donde, todav铆a con pantalones cortos, empez贸 a cuestionarse si iba a escribir en la lengua del Siglo de Oro espa帽ol (la de los primeros libros que lo asombraron) o con el habla de Jujuy, tachonada de aportes quechuas.
Cuitas sabrosas tambi茅n, por el racimo inacabable de nombres de pesos pesados de la literatura y el arte que barajan: Borges (que lo visit贸 en Yala), Rulfo (a quien conoci贸 y trat贸 en M茅xico, siendo embajador), el artista pl谩stico Antonio Segu铆 (cuyos grabados visten las paredes blancas de su casa) y Ricardo Piglia, que -amigo y colega- termin贸 cargando con la cuenta de la carnicer铆a del pueblo cuando L贸pez -uno de los perros antol贸gicos de Tiz贸n, que vivi贸 usando por nombre un apellido- sali贸 hecho un rayo del boliche con un costillar agu谩ndole la boca. Cuando recuerda estas historias, Tiz贸n r铆e. A veces (pocas) se empoza y lo gana el silencio. Y uno supone que lo nublan memorias del exilio y de un tiempo de palabras demoradas, en el que escribir dol铆a.
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Extra帽o y p谩lido fulgor, reci茅n editado por Alfaguara, es su libro n煤mero quince y, a la vez, un cat谩logo de solitarios que no han perdido (o no del todo) la fe. La novela narra la historia de un viajante de comercio que recorre pueblos sin nombre, traga polvo a lo pavote, rumia desencantos y siente c贸mo su vida se convierte en arena, comido por una rara tristeza en la que se ve engordar, envejecer y estar solo, mientras vende cosas in煤tiles a gente que las compra sin necesidad. Hasta que en uno de los cuartos de hotel que le depara el camino, encuentra, gracias a un azar nunca neutral, las cartas apasionadas de Abigail, una mujer que le reprocha a un tal Juan Fern谩ndez su silencio. Y se enamora. O cree hacerlo.
En dos p谩ginas, el viajante decide convertirse en Juan Fern谩ndez, contestar las cartas y llevar esta partida de truco hasta el quiero vale cuatro. A ese par (destinatario y remitente), Tiz贸n suma otros rostros: el de J.J., gerente y amigo del protagonista, metido a m铆stico piola despu茅s de la viudez, que vive con humor contagioso su lugar en la trama, el de una ex esposa que rehace su vida con un pol铆tico local y las prehistorias de un padre borrach铆n y jugador aunque buen tipo, de un abuelo uxoricida que batalla con la culpa y de un cura recluido en una capillita de provincia por pr茅dicas no ortodoxas. En esta charla, que incluye reflexiones robadas al camino, mientras espera que su novela Fuego en Casabindo se convierta en 贸pera (un estreno que el Teatro Col贸n programa para el 2001), el autor de La mujer de Strasser, desovilla los or铆genes de su nuevo libro: un relato intenso, donde las palabras rozan la pureza de los elementos m谩s nobles -madera, piedra, tierra y tiempo-, que permite leer en el rev茅s de cada personaje la aridez de la Puna y prueba la solidez de un escritor sin artificios, que donde escribe “lluvia” moja y quema cada vez que dice “fuego”.
-¿C贸mo es escribir y vivir en la frontera? -Para m铆, la frontera es, ante todo, misteriosa. Porque no es el pa铆s sino su l铆mite y eso la emparenta con lo extranjero, con otras culturas, con otras formas de ver y de sentir. Por eso se la asocia con el intercambio pero adem谩s, la frontera es muy significativa tambi茅n como imagen del borde, de la cornisa. En verdad, no creo que la Argentina se sienta distinta o se vea menos desde aqu铆, su norte m谩s norte. Cuando me preguntan por qu茅 diablos vivo ac谩 lo primero que contesto es que ya nada es lejos de nada. La distancia hoy no se mide en kil贸metros ni en millas, sino en d贸lares y cada vez m谩s asequibles. Y en segundo lugar, creo que un escritor lo que necesita, b谩sicamente, es tiempo y el tiempo en las ciudades grandes es muy caro. Aqu铆, en cambio, el tiempo es barato. ¿Ve? (se帽ala hacia una plaza). Aquellas mujeres est谩n hablando de la vida, que quiere decir hablando un poco de todo o charlando de nada, s贸lo por charlar. Pueden pasar meses as铆. No las apura nadie. Yo siento lo mismo. Me levanto temprano por la ma帽ana y mientras el sol me llena de luz el escritorio, escribo. Si me empantano, renuncio a la computadora y sigo a mano. Soy juez, leo, converso con la gente, duermo la siesta… para m铆 la frontera es rica, muy rica.
-Extra帽o y p谩lido fulgor es su libro n煤mero… ¿quince, ya? -Catorce o quince. Son demasiados, ¿no? Ya no alcanzan los dedos de las manos para contarlos.
-¿Qu茅 cambi贸 en su aproximaci贸n a la literatura del primer libro a 茅ste? -Cuando empec茅 a escribir, yo sent铆a que pertenec铆a a una regi贸n del pa铆s destinada a perder sus formas culturales propias y naci贸 en m铆 cierta pretensi贸n de anticuario: la idea de conservar voces destinadas a morir, no por buenas o malas, sino porque el mundo cambia y el cambio arrastra consigo muchas cosas. Ese fue el af谩n que me llev贸 a escribir Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido, y de alguna manera, tambi茅n Sota de bastos, caballo de espadas. Despu茅s, el tiempo me ense帽贸 que lo que tiene que perderse se pierde, aunque el voluntarismo pretenda lo contrario. Y que, parad贸jicamente, nada muere del todo cuando el cambio y la mixturaci贸n enriquecen. Por eso, desde hace unos cinco libros, mis historias ya no est谩n localizadas. Casi no hay sitios que se帽alen directamente hacia el noroeste argentino y los personajes no tienen nombre. Se llaman “el hombre flaco” o “el hombre gordo”, nom谩s. En Extra帽o y p谩lido fulgor tambi茅n se da eso. El protagonista s贸lo tiene un alias: elige ser Juan Fern谩ndez, el destinatario de las cartas que encuentra en un cuarto de hotel, pero no conocemos su nombre antes de eso.
-¿Por qu茅 le interesa la figura del impostor? -Quiz谩 porque siempre pens茅 que nadie realmente es lo que cree ser y yo mismo, muchas veces, me siento un impostor. En ocasiones, me despierto de algo que puede haber sido una pesadilla, desorientado y pensando que soy uno de ellos. Que es mentira esto de ser juez. Que nunca fui a la Facultad de Derecho ni me recib铆 de abogado. Que jam谩s escrib铆 una sola l铆nea y que soy, en verdad, un mentiroso profesional que no tardar谩 en ser descubierto.
-¿La suya es una forma cort茅s de decirme que no estoy hablando con H茅ctor Tiz贸n? -(Se r铆e.) No, despreoc煤pese. Nunca se me ocurri贸 dudar de mi nombre pero s铆 dudo en esos minutos de lo que la gente cree que soy. Y me da una gran preocupaci贸n, que debe durar, supongo, pocos segundos ¿no? Hasta que me reencuentro. Pero creo que todos hemos sentido eso alguna vez. Cuando uno pasa la noche en un cuarto de hotel, por ejemplo, y se despierta, no sabe d贸nde est谩, qu茅 hace ah铆, c贸mo fue que lleg贸. Se tarda un rato en volver a sentirse c贸modo en la propia piel. En cuanto a la literatura… Tengo una novelita anterior, El hombre que lleg贸 a un pueblo, que fue la primera que escrib铆 al volver del exilio en el 83. Es la historia de un hombre que se fuga de prisi贸n y llega a un pueblo al que muchos a帽os atr谩s el obispo le prometi贸 un cura. Nadie duda que el cura va a llegar porque el obispo no puede mentir. As铆 que esperan. Veinte a帽os. Y llega el fugitivo. Primero, el hombre no quiere saber nada con eso de hacer de cura. Pero despu茅s entiende que es la 煤nica manera de no volver a la c谩rcel y asume ese rol. Una historia que es medio parecida a la de la 煤ltima novela… Perd贸n, ¿no?, pero miren: esto ya es la Quebrada de Humahuaca. Venimos por las entra帽as de la quebrada. Despu茅s el paisaje se hace m谩s agreste, claro, y todo se vuelve seco y solo, como la luna.
(”M谩s agreste” suena incre铆ble cuando uno mira a los costados del camino y, entre los cerros y los corderos, el 煤nico verde disponible es el de uno que otro cactus con forma de tridente, al mejor estilo de los de El gran Chaparral, la serie de TV que en los 70 recreaba la vida en una finca del desierto de Arizona.) -¿Me dec铆a, entonces? -Pensaba que en esta novela, a diferencia de la que comentaba reci茅n, el impostor act煤a por propia voluntad. -S铆. Lo que pasa es que a este viajante de comercio las cosas no le van muy bien. Se separ贸 de su mujer, a sus hijos los ve poco, est谩 sumido en una gran depresi贸n y meta recorrer pueblos ajenos, siempre de paso, solo de soledad absoluta, a no ser por sus recuerdos y los consejos de su jefe y amigo J.J. Niemayer, que para colmo de males, en un ataque m铆stico se cambia de nombre, se transforma en reverendo e inicia una b煤squeda espiritual sui generis. Entonces, un d铆a cualquiera, encuentra unas cartas. Las lee: son cartas de amor de Abigail, una mujer que le reclama al destinatario su falta de respuesta. El no sabe nada de ese hombre pero tomar su lugar es una forma de renacer en otro su vida, que ya viene haciendo agua, ¿no? Y bueno, se arriesga. Cuando el libro empieza todo eso es pasado y la historia se cuenta desde el recuerdo.
-¿Es esencial la memoria como alimento de su literatura? -Yo creo que un escritor escribe fundamentalmente con el recuerdo, con la memoria, y tambi茅n por eso, quiz谩, con cierta nostalgia: una especie de dolor por alguna cosa que cree que ha perdido irremediablemente. Alguna historia, un gesto, un rostro, la mirada de los otros, un nombre, que le hacen evocar una cosa perdida ya. Quiz谩 por eso, porque es esencialmente la memoria la que escribe, tampoco puedo contar algo sin tener en cuenta el lugar en el que vivo. He conocido escritores que se desplazan y se instalan en un lugar para escribir sobre 茅l. Yo no podr铆a escribir prosa de turista. Es m谩s, casi nunca pude escribir ni siquiera sinti茅ndome viajero, que es algo mucho m谩s importante y digno. Si no conozco profundamente el lugar, sus bosques, sus especies de hierbas, las variaciones de su clima, las casas por dentro… no me sale nada. Y eso creo que tiene que ver, por lo menos en mi caso, con la necesaria verosimilitud de la historia: que lo que se dice sea cre铆ble, que cierre, aunque no sea real ni exacto. La idea de esta novela, ¿sabe c贸mo naci贸? -No, pero me gustar铆a o铆r la historia. -Un conocido m铆o tiene negocios. Uno de ellos es una confiter铆a. Un d铆a viene y me dice: “Le voy a contar algo a usted que le gusta escribir.” “A ver, digo yo, c贸mo es.” Y 茅l cuenta: “Hace mucho tiempo, ven铆a un hombre y se sentaba, preferentemente en esa mesa que da a la calle. Ped铆a algo, le铆a el diario y se iba. A veces, me dec铆a dos o tres palabras. Eso se repiti贸 durante a帽os y yo siempre pens茅 que era una especie de vendedor, un viajante de comercio. Hasta que un d铆a me llam贸 a la mesa y me dijo que me sentara, que quer铆a decirme algo importante. Me sent茅. Mir谩, me dijo, tengo c谩ncer y los m茅dicos piensan que no me quedan m谩s de 6 meses de vida. Pero no quer铆a morirme sin dec铆rtelo: yo soy tu padre.” Ahora bien, ¿c贸mo se mete eso en un libro? Nadie es capaz de hacer que el lector crea esa dosis de caballo de realismo. Porque no es veros铆mil y sin embargo es cierto.
-Y tom贸 s贸lo parte de la historia… -S铆, me qued茅 con lo cre铆ble de la realidad y lo us茅 para la ficci贸n: el oficio del que ser铆a mi protagonista. Yo ten铆a escritas algunas p谩ginas. Las vieron unos amigos y surgi贸 el proyecto de convertir eso en un gui贸n de cine. Juan Carlos De Sanzo me pidi贸 algo que sirviera para hacer una road movie. La idea de un viajante de comercio era justa porque nadie se larga a viajar porque s铆. En cambio, un viajante de comercio viaja para vivir y adem谩s, el personaje tiene el gran atractivo de un oficio que ya no existe, porque hoy todo se hace por fax o por e-mail. Es como el deshuesador de jamones de los viejos convenios de gastronom铆a: ya no se los encuentra.
-¿Qu茅 pas贸 con la pel铆cula? -Problemas de financiamiento y a otra cosa. Pero naci贸 el libro. Yo ya ten铆a un protagonista, pero un hombre que viaja y alterna camino con hoteles no es muy interesante. Entonces record茅 a un t铆o m铆o, empleado del ferrocarril y famoso donju谩n. Imag铆nese: ~ten铆a cuatro familias en distintos pueblos! Siempre me he preguntado c贸mo hac铆a para no confundir nombres y aniversarios, pero bueno… Los recuerdos se fueron sumando y se me ocurri贸 lo de las cartas. A m铆 me encanta escuchar conversaciones ajenas y leer cartas de otros. No con malicia sino porque creo que a veces, en una sala de espera, por ejemplo, escuchando a otros, uno encuentra claves para resolver asuntos de su propia vida. Bueno, en la novela, este hombre se da cuenta de que Abigail no conoce a Juan Fern谩ndez ni siquiera por fotos. Por eso se anima, toma su lugar, le escribe y ella le contesta. Eso les cambia la vida a los dos. A 茅l porque la suya ha sido una historia de derrotas y de traici贸n a su sue帽o m谩s profundo: ser poeta. Y a ella, porque ha crecido sin animarse a vivir muchas cosas, ultrajada de ni帽a por su padrastro y marcada por el desamor de su madre. Ambos escriben y contestan, sintiendo que 茅sta, quiz谩, sea su chance de tener una vida.
-Sus 煤ltimos libros son mucho m谩s intimistas que los primeros, m谩s preocupados por lo social. ¿Usted nota eso? -S铆, pero no ha sido deliberado y yo mismo me sorprendo. Creo que el comienzo de ese giro se dio en Espa帽a cuando, luego del golpe del 76 y despu茅s de 4 o 5 a帽os de vivir en el exilio en un pa铆s en donde, como dice Guillermo Cabrera Infante “tenemos todo en com煤n salvo la lengua”, correg铆an mis escritos sin piedad. Donde yo escrib铆a “durazno” me pon铆an “melocot贸n”, que es una especie de palabrota espantosa, ¿no? Y yo les dec铆a a los espa帽oles: “Pero Quevedo no sab铆a qu茅 era el melocot贸n. Quevedo dec铆a durazno. Ustedes se han olvidado”. Recuerdo que pens茅 que no iba a poder volver nunca a la Argentina y que tampoco pod铆a convertirme yo en espa帽ol. Sent铆 que mi destino era no escribir m谩s. Pero pens茅 tambi茅n que no pod铆a irme as铆, que ten铆a que despedirme. Entonces, como quien cuenta la historia de un hombre que se exilia y para poder hacerlo recorre todo su mundo, cont茅 los lugares que fueron m铆os, los de mi infancia y mi juventud. Le fui diciendo adi贸s a todo. Eso fue lo que despu茅s se llam贸 La casa y el viento. No fue el 煤ltimo libro sino el comienzo del fin del exilio y la recuperaci贸n de mi lugar, que es 茅ste.
-¿Cree usted que a los argentinos nos falta una literatura de los sentimientos? -S铆, creo que s铆. A veces los escritores intelectualizamos demasiado. Es como si quisiera imponerse una tesis y como si la vida fuera una imposici贸n dogm谩tica, cuando en verdad la vida tiene m谩s de divagaci贸n, de duda y de conjeturas que de tesis, ¿no? Creo que la falta de una literatura de los sentimientos es lo que diferencia, de alguna manera, la literatura argentina de la de otros pa铆ses de Am茅rica latina.
-¿Cu谩les ser铆an las razones de esa carencia, si las hay? -Lo que pasa es que nosotros pretendemos justificarnos por el discurso y no por lo que somos. Y a veces olvidamos que el razonamiento cartesiano impide ver otras cosas, ejercitar la frescura. En ese sentido, yo aprendo mucho de los chicos. Ellos no se atan y por eso a veces ven cosas que a los adultos se nos escapan y que muestran las grietas de la raz贸n pura. Cuando mi hija Guadalupe, que hoy tiene m谩s de veinte a帽os, era chiquita, est谩bamos sentados en el patio y frente a nosotros cay贸 un higo maduro. Ella me pregunt贸 por qu茅 hab铆a ca铆do la fruta y yo le expliqu茅, muy sesudamente, que Isaac Newton hab铆a descubierto la ley de la gravedad. Cuando termin茅 el cuento, Guadalupe me dijo: “铆Ah! ¿Entonces, si ese se帽or Newton no hubiera descubierto esa ley, los higos caer铆an para arriba?” ¿Qu茅 pod铆a decirle yo? 铆Perd铆 por goleada! -A lo mejor existe tambi茅n una subestimaci贸n, la idea de que la emotividad es un rasgo de la mala literatura… -Quiz谩 s铆. Tal vez se tome el sentimiento como una p茅rdida de afirmaci贸n, una p茅rdida de fuerza. Como si el intelecto perdiera cuando los sentimientos se muestran. Es una forma de pensar, me parece a m铆, absolutamente aberrante. Empobrecedora, en definitiva, ¿no? Porque el hombre vale por lo que siente, no por lo que piensa. Yo creo que cuando Borges dec铆a “Muchas vidas le faltaron a mi vida”, quer铆a decir un poco eso: que no se dio chance a cosas que parec铆an impropias en un hombre como 茅l, un intelectual. Adem谩s, siento yo, en las emociones uno no miente. Podr谩 fingir un ratito pero a la larga es insostenible. En cambio, en lo otro -ideas, ideolog铆as, intenciones-, s铆 se puede impostar… Disculpem茅 otra vez, miren all谩: eso es lo que qued贸 del tren.
(Tiz贸n frena el auto y se帽ala hacia la derecha: un tramo de riel de unos 300 metros se sostiene s贸lo en los extremos, como un puente tendido entre dos paredones que todav铆a no devor贸 la erosi贸n. La tierra sobre la que descansaba el resto de la v铆a se nombra por ausencia. Se conserva uno de cada cinco durmientes originales y uno tiene la impresi贸n de ver una boca desdentada, sonriendo a desgano en una tierra donde llorar sale caro porque el agua no sobra. Hay un minuto de silencio por los trenes que la privatizaci贸n mud贸 a 谩reas m谩s rentables y el viaje sigue.) -¿Qu茅 cosas le duelen del pa铆s hoy? -Esas v铆as sin tren, por ejemplo. Cada vez que pienso en lo que cost贸 traerlo hasta ac谩 y en el pedazo de historia que es el ferrocarril para esta zona, me da mucha rabia. Me duele que el da帽o profundo que se le caus贸 al pa铆s con esta pol铆tica thatcherista no sea m谩s evidente, que no se explicite a viva voz, en los estadios de f煤tbol; que la gente crea que todo eso nos pas贸, como le pas贸 a Edipo acostarse con su madre: porque no hubo m谩s remedio. ¿铆C贸mo que no hubo m谩s remedio!? George Steiner dice que la tragedia es un g茅nero reaccionario. Yo siempre me pregunt茅 qu茅 quer铆a decir con eso. Y claro, tiene raz贸n, porque la tragedia ocurre cuando no existe nada m谩s, cuando no hay poder de r茅plica y no se puede cambiar la suerte propia ni la de los dem谩s. Por eso la tragedia no puede ser nunca revolucionaria, ni siquiera democr谩tica, porque en la democracia no sucede ese tipo de cosas. No hay cosas que suceden porque tienen que ser as铆 necesariamente. Ac谩 estamos tomando la globalizaci贸n, el neocapitalismo salvaje y un mundo insolidario como si fueran una tragedia que nos cay贸 de arriba y ahora no hubiera m谩s remedio que arrancarse los ojos. Eso me preocupa y me duele profundamente porque siento que asumir un destino tr谩gico es echarle la culpa a otro y lavarse las manos.
-Cuando habla de Yala usted da a entender que no la eligi贸, que simplemente vive all铆 porque es su sitio. ¿Pero por qu茅 cree que Yala lo sigue eligiendo a usted? -Quiz谩 porque volv铆. Creo que un hombre puede nacer y renacer muy pocas veces en su vida. Yo he intentado renacer en otro lugar y cre铆 haberlo logrado durante un tiempo largo, pero despu茅s me di cuenta de que mi lugar de origen era mejor que aquel otro -Espa帽a- en el que hab铆a sobrevivido al exilio y estaba echando ra铆ces. Y volv铆. No es una falta que un hombre no quiera ser del lugar donde naci贸 y trate de irse a otro lado. Lo que s铆 es lastimoso y se da a menudo es pensar que los lugares de prestigio lo prestigian a uno. He visto en ciudades estupendas una cantidad de imb茅ciles suficiente como para saber que vivir en Par铆s o en Nueva York, por s铆 solo, no prestigia a nadie.
-¿Y de usted mismo qu茅 le ense帽aron los viajes? -Mi familia y yo hemos cambiado 32 veces de casa; de pa铆s, un mont贸n y otro mont贸n de ciudad. Lo curioso de eso es que yo lo contrastaba con mi sincero af谩n de ser un hombre sedentario, de quedarme, por ejemplo, en este rinconcito. Lo que pasa es que hay tantos lugares del mundo que a uno le gustar铆a conocer -una isla griega, alguna parte de Mallorca…-. Pero quiz谩 sea mi tiempo de ser, en verdad, un viajero sedentario. Creo que me gustar铆a terminar mis d铆as en alg煤n lugar muy quieto, viendo pasar las nubes, conversando, eventualmente, con alguien a quien, tambi茅n eventualmente, le guste conversar. Jujuy se ajusta a ese deseo. Los hombres y las mujeres silenciosos, como son aqu铆, no dicen tonter铆as ni emplean la lengua en palabras in煤tiles. -Se van a reeditar tres libros suyos:Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido y La casa y el viento, y hace poco salieron en dos tomos sus Obras Escogidas. ¿C贸mo lo hace sentir eso? -Como que estoy llegando al fondo del barril, ¿no? Pero, bueno, llega el momento en que uno tiene que dejar el sitio a los que siguen. As铆 debe ser. Pienso, tambi茅n, que quiz谩 sirva para llegar a otros. Recuerdo que apenas volvimos del exilio, en el 83, se hizo una mesa en la Feria del Libro en Buenos Aires, para presentar la segunda 茅poca de la revista Crisis, y yo le dije a Eduardo Galeano: “Esto no va a funcionar”. Y 茅l contest贸: “Pero si est谩 lleno de gente, ¿no ves?” “S铆, pero no hay nadie de menos de cuarenta”, le dije yo. “No hay chicos, no hay lectores nuevos”.Y es que eso nos pas贸 a escritores como Saer, Piglia y yo mismo: no tuvimos parricidas, j贸venes que nos leyeran, cuestionaran y “mataran” primero, para asumirnos luego como herencia. Los diezm贸 el Proceso. El paso de una generaci贸n a otra no fue gradual sino brutal: no hubo trasvasamiento, sino vac铆o. Y hubo que sobreponerse tambi茅n a eso.
-¿Le asusta la idea de la vejez? -No. No todav铆a, al menos.
-¿Y la muerte? -La muerte, aunque ensayemos definiciones, de tan rotunda es inaceptable. Nuestras posturas frente a la muerte, creo yo, son un intento por exorcizarla. Pero bueno, a la muerte uno no tiene el deber de creerla. A ella no le importa, llega nom谩s. Cuando yo era chico, recuerdo, a uno lo llamaban y dec铆an: “La abuela est谩 muri茅ndose, vengan a despedirse”. Y uno iba, y rodeaba el lecho de la abuela, y la abuela le daba la bendici贸n, y apoyaba la mano sobre la de uno, y le dec铆a adi贸s. Pero ahora, ya ni los viejos admiten la idea de la muerte, y la muerte es una abstracci贸n, algo que pasa fuera de la casa de uno, en un sanatorio, lejos. Pero no, creo que tampoco le temo a la muerte.
-Son curiosos los antecedentes que elige para presentarse en la solapa de su libro: “Ex embajador, vagabundo, exiliado y regresado”. -Es que esas palabras resumen mi vida.
-¿Es positivo el saldo de sus vagabundeos? -S铆, s铆. Aunque de toda la vida que uno vive s贸lo aprovecha un exiguo porcentaje. Un hombre est谩 hecho en verdad de muy pocos momentos importantes. Un pu帽adito de personas queridas, tal vez… Todo lo dem谩s es ruido y anonimato. Al cabo de los a帽os, cuando uno ya ha probado bastante, se da cuenta de que son muy pocas cosas las que lo hacen feliz. Por ejemplo, la idea de ir conform谩ndose con lo que se ha sido y tambi茅n con lo que no se pudo ser. Unos cuantos -muy pocos, los posibles, que siempre son muy pocos- amigos con los que uno tenga un lenguaje com煤n, valores entendidos. Tener la certeza de no haber hecho deliberadamente da帽o a nadie, y, en mi caso, haber tratado de ser justo como juez y como hombre.
-¿Y al escritor le queda alg煤n sue帽o pendiente? -Yo creo que un novelista es igual a los dem谩s, s贸lo que ciertas cosas le impactan m谩s que a otros. Si uno entra en un bar y ve sentado a un hombre al que se le caen las l谩grimas, le parece que vale la pena indagar, jugar a construirle una historia. Y la escribe porque necesita expresar 茅se y otros pedazos de vida que le falt贸 vivir. Escribe para decir: “Aqu铆 estoy yo. Estas pocas palabras que he escrito son mi biograf铆a. Ap贸crifa, pero m铆a. Es el resumen de mis propias carencias porque no pude ser m谩s rico que el conjunto de estas vidas que les cuento”. Una vez conoc铆 al due帽o de un burdel en el que hab铆a un cartel con letras de ne贸n que dec铆an: “Recuerdos del 37″. “¿Pero recuerdos de qu茅, c贸mo eran?”, le preguntaba la gente. El siempre contestaba lo mismo: “Aaaahhh”. “S铆, pero, a ver, cuentem茅, ¿por qu茅 del 37?” Y 茅l repet铆a: “Ahhhh”. Algo muy estupendo le hab铆a pasado ese a帽o, pero nadie supo, salvo 茅l, qu茅 hab铆a sido. Para m铆, la biograf铆a de ese hombre es ese gesto: un adem谩n y una cara de felicidad extraordinaria. Ojal谩 yo pudiera decir lo mismo, al cabo del tiempo. Claro, a lo mejor, es mucho lo que estoy pretendiendo.
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