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Un inquietante maestro

CUENTO de Eduardo P茅rsico.-  

..y si dec铆a del hambre, ese profe no era ning煤n loco lindo.

El hombre nos daba clase los jueves y hac铆a divertido su trabajo. Amaba las palabras y nos ense帽aba a volverlas ‘voces con miga, inflexiones verdaderas y no caprichos algebraicos y gelatinosos’. Un personaje era el tipo al sonre铆rnos ‘cuando el atardecer gu铆a el contoneo de una piba del barrio, las palabras cargan otro peso’, y tambi茅n se mostraba serio al dictarnos hasta el cansancio ‘si cada palabra arrastra su propia memoria, maestra puede recordarnos a una se帽ora sabedora de todo’. Sol铆a encenderse al afirmar que al cuidar cada palabra ‘estas dejan de ser imprecisiones oblicuas y misteriosas con pretensiones gramaticales’; y nos gui帽aba al hacernos copiar cada entrecomillado en el cuaderno.

Era interesante aquel maestro de Villa Las Acequias, ni quince mil habitantes y salvo unos pocos inquietos por desatar su propia cuerda, a la mayor铆a su verba no le ca铆a bien ni mal; aunque al decirnos que varios nombres muy hist贸ricos entre nosotros debieran ‘escribirse en min煤scula’, nos provoc贸 para discutir feo hasta el fin de la clase. Aunque otra vez al sugerirnos aprovechar bien nuestro tiempo ‘porque la juventud es una carcajada vital y 煤nica’, la inolvidable Celina, - palabras mayores- anot贸 en el pizarr贸n ‘saborear el amor con alegr铆a es todo lo que somos’, la aplaudimos por esa idea de libertad que predicaba el profe. A quien entre nosotros, ya le 铆bamos valorando con cierto orgullo que tiempo atr谩s 茅l visitara nuestro pueblo detr谩s de un amor铆o.

- S铆, hace un tiempo el fulano ese sab铆a andar por la Villa – larg贸 un viejo en voz baja.
- ¿ La jugaba de gal谩n misterioso?
- Nada de eso, un asunto con una solterona – un chimento que Ben铆tez, que fuera monaguillo y renunciara con mucha bronca pese a ser hijo del farmac茅utico, aprovech贸 para decirnos que el maestro no era ning煤n loco lindo. Y en un ataque discursivo nos advirti贸 que el profe al comentar la realidad y aquello de multiplicar los panes, hablaba muy en serio. Como lo hiciera al dictarnos ‘cada pibe que muere de hambre es una derrota de dios’; un rengl贸n que el Ben铆tez nos repitiera casi gritando como si eso le concediera mayor fuerza. .

/Qu茅 adolescencia, por favor/ A pesar que de improviso se complic贸 todo al reiniciar las clases por el mes de marzo, y una noche tambi茅n en la Villa se acabaron los pol铆ticos de la regi贸n y como a los uniformados que llegaron a mandar ninguno los conoc铆a, ellos aprovecharon para no saludar a nadie. Y al suspenderse las charlas de la biblioteca p煤blica y prohibida que fueran las reuniones en la plaza, se apagaron todas las conversaciones y mucho tardamos en nombrar al profe de literatura; y lo hicimos en voz sospechosamente baja. De aquel maestro que esperando el 贸mnibus nocturno cada jueves sab铆a tomarse un par de ginebras en el bar de la Terminal, nadie escuchar铆a otro comentario. Y tanto digerimos la imposici贸n de ese olvido que jam谩s supimos si al menos, 茅l lleg贸 a cumplir con su ritual bolichero o si alguna vez arrib贸 a su casa en Buenos Aires. Y aunque por largo tiempo todos los diarios nos avisaran del abatimiento en combate de tantos peligrosos guerrilleros, all铆 tampoco descubrimos su nombre. (Oc.12)



*eduardopersico.blogspot.com

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