Otra información es posible

El Frente Amplio hoy: ¿independientes o sectorizados?

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.-.- Más de un militante del Frente Amplio uruguayo (FA), hoy replegado en su ámbito privado, me ha manifestado razones de malestar o insatisfacción con el curso del gobierno. Pero si las políticas gubernamentales le resultaran óptimas, ¿no abandonaría también su rol militante para devenir en espectador del destino colectivo de su país? ¿Hace algo el FA para recuperarlo a su tejido organizativo y discutir las razones de su quietismo?

Podemos y el Frente: parecidos y diferentes

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- Hoy* el partido político español “Podemos” termina su Asamblea Ciudadana, el equivalente a un congreso partidario como el que, por ejemplo, culminará el Frente Amplio uruguayo (FA) a comienzos de abril. Del evento de hoy tomo conocimiento por el muy preciso y detallado cronograma en la página web de esa fuerza política, el software que lo organiza y el interés mediático puesto en el encuentro. De la fecha del rioplatense, por un reportaje de este diario, ya que a los comités de base no llegó información alguna al respecto. De las múltiples analogías y diferencias que pueden trazarse entre ambas experiencias, he aquí un síntoma, aunque muy menor, de distancia entre sus modos de organización y comunicación. Siguiendo con los ejemplos anecdóticos, Podemos vuelve a celebrar su encuentro (luego de una asamblea fundacional) en el Palacio Vistalegre de Madrid para discutir documentos -además de candidaturas internas- mientras el FA lo reitera en el Palacio Peñarol de Montevideo, para culminar la redacción de un texto ideológico relevante. Todo el resto serán distancias abisales entre los contextos nacionales en los que desarrollan su actividad, las diferencias de edad (no sólo como fuerzas políticas, sino de sus principales referentes), sus referencias o vertientes teórico-ideológicas, sus logros y fracasos. Sin embargo, me interesará aquí esbozar algunos paralelismos sobre aspectos menos superficiales como la organización de las decisiones colectivas, el cuidado por la distribución informativa, la transparencia y el ordenamiento del poder colegiado.

La Trump(a) devastadora

OPINIÓN de Emilio Cafassi.-  El huracán Trump ya amenaza con convertirse en devastación aunque, como con los ciclones con nombre propio que los estadounidenses sufren con frecuencia, no se sepa con certeza el curso futuro y la potencia concreta de sus efectos. Mientras al día siguiente de su asunción multitudes se hacían presentes en movilizaciones -aún fuera de sus fronteras- para denunciar su misoginia, racismo y desprecio, su primera reacción fue visitar la CIA para agradecer las acciones de sus agentes. Ya pasados unos días fue por más al deslizar que la técnica de tortura llamada submarino “funciona” y que no lo va a impactar frente a las prácticas medievales del ISIS. El mismo día, The New York Times y The Washington Post difundieron un supuesto borrador de “orden ejecutiva” que establecía la reapertura de las prisiones clandestinas de la CIA (aquellas distribuidas en países europeos y árabes) que habían sido prohibidas, aunque el documento fue desmentido por el vocero oficial Sean Spicer. Obviamente esto supone la continuidad de la cárcel de Guantánamo, que a pesar de sus promesas Obama supo preservar.

La justicia apresada

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- En los titulares de esta semana se han puesto de manifiesto las limitaciones que le impone a la justicia la compleja relación entre las esferas jurídica y política, tal como se dan en la democracia representativa (que vengo denominando liberal-fiduciaria), sobre todo en lo referido a la igualdad de los ciudadanos ante la ley. A tal punto que en las proteicas fronteras que comparten los poderes del Estado, la arbitrariedad y la impunidad suelen ser una constante. Cumplir con algo tan elemental como defender la vida, o condenar a quienes la amenazan, mortifican o conculcan, parece exceder las posibilidades de los jueces, si alguna porción del poder político pasado, presente o futuro se ve involucrado en ellas por acción u omisión. No sólo en países pobres y dependientes, sino en lo que se considera “primer mundo”. Lo atestiguan dos recientes episodios que, aunque separados por un océano, encuentran en la ceguera judicial y hasta el absurdo un puente que los comunica: por un lado, el juicio que en la causa “Plan Cóndor” se desarrolló en Roma sobre casi tres decenas de criminales sudamericanos, y por otro la conmutación de penas que el saliente Presidente norteamericano Obama decretó a modo de cosmética despedida demagógica.

La ficción de Obama: constitución, valores y democracia

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Buenos Aires.-  Obama pronunció su último discurso presidencial en la ciudad de Chicago, eludiendo toda referencia a sus “promesas” de campaña, tanto como un necesario balance escrupuloso de sus dos períodos de gestión. Su objetivo no era rendir cuentas a la ciudadanía. Contrariamente, concentró su perspectiva en “la democracia”, una única posible y ya dada, simplista y mistificada, una vez que fue vaciada de todo contenido participativo concreto y sustento distributivo de poder. Hasta se permitió atribuirse conquistas económico-sociales, gracias a cuya ausencia práctica se explica parcialmente el crecimiento del atractivo electoral que conquistó Trump.

Uruguay. El cuarto intermedio frentista como expresión del malestar interno

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- El aún abierto Congreso Rodney Arismendi del Frente Amplio uruguayo (FA) debería ser un punto de inflexión en su rica historia, no sólo por el carácter trascendente de la iniciativa que lo convocó -nada menos que la reforma de la constitución nacional- sino además por la oportunidad que inaugura para repensar críticamente su arquitectura organizativa y fundamentalmente sus canales de comunicación. El cuarto intermedio finalmente resuelto luego de un fuerte contrapunto de argumentaciones fue tanto una expresión de la necesidad de continuación de los debates, cuanto un síntoma del malestar al interior de la fuerza política, que contrasta con el exultante y acrítico discurso del Presidente Miranda. No podría ser de otro modo: los comités de base, están expuestos a la más inclemente intemperie organizativa, librados a su propia suerte e iniciativa y obligados a intervenir sin líneas directrices ni estímulo a la elaboración política. Cuando por impulso propio producen documentos, realizan actos o desarrollan luchas, carecen de canales para reflejarlos o influir en decisiones del conjunto.

Las supuestas exequias de la reforma constitucional

OPINIÓN de Emilio Cafassi.-  El domingo pasado* intentaba trazar desde esta página un somero balance del reciente congreso del Frente Amplio uruguayo (FA) que pasó a cuarto intermedio. El mismo día, el periodista Leonardo Pereyra hacía lo propio pero en el diario El Observador. Ya desde los títulos se podrían advertir las diferencias.

La fantasía realizable de la elaboración colectiva

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Uruguay.- Tal como muchos preveíamos, aunque no menos dudaran, el Frente Amplio uruguayo (FA) recreó el pasado fin de semana su pasión por los debates, la elaboración colectiva y las precisiones de sus fundamentos y perspectivas de intervención e iniciativa políticas. Al punto que concluyó llamando a un cuarto intermedio de su congreso hasta marzo o abril para poder tratar con detenimiento las varias decenas de parágrafos del documento de valores y principios que no llegaron siquiera a discutirse. Lo que supone a la vez la posibilidad de reelaborarlos en el interregno. Probablemente sea una de las iniciativas más audaces e inéditas en la historia congresal del FA. De los cinco capítulos que contiene, sólo pudo aprobarse el primero, aunque a través de una discutible metodología aceleradora de último momento consistente en la inclusión de muchos puntos en un paquete integrador que, a pesar de la atenta concentración de los delegados para evitar malos entendidos, ha dejado cierta confusión y no pocas dudas. Por ejemplo, con el insólito parágrafo 41 que liga mecánicamente derechos con obligaciones y -si la atención e inexperiencia no me han jugado una mala pasada- habría quedado en la versión definitiva.

¿Qué esperar del Congreso Rodney Arismendi?: Emancipación Permanente

Sesión plenaria y cierre del Congreso del Frente Amplio

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- El Frente Amplio uruguayo (FA) vive hoy su clímax encendido por la pasión de los debates y la fascinación por las decisiones colectivas. Escogerá entre el impulso a una sustantiva reforma constitucional, su postergación o un simple retoque. Aprovechará también para rememorar y actualizar sus principios. La variedad temática, conceptual y de problemas que aborda el congreso no reconoce límites ni se circunscribe exclusivamente al Uruguay. Lo que está en debate es nada menos que el modelo de sociedad a la que se aspira y por la que se lucha, se trabaja y se le otorga -inclusive- sentido a la vida.

Revolución política y reforma constitucional

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- Hasta qué punto una reforma constitucional puede transformar las condiciones de vida de una nación, es algo que recorre tácitamente el debate en torno a la iniciativa del Frente Amplio uruguayo (FA) en el Congreso Rodney Arismendi del próximo fin de semana. Hasta qué punto sus dirigentes y delegados están dispuestos a transformar radicalmente la política, incluyendo la distribución o limitación de su propio poder en la ciudadanía acompaña hoy algunos de los debates. La discusión no está exenta de intereses y pasión.

La inventiva institucional como conversión de libertades en derechos

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- La opinión pública internacional está conmovida esta semana por el acceso al poder de la retórica xenófoba, sexista y violenta -aunque sincera- que porta Trump. Sin embargo es sólo el eslabón de una cadena ideológica internacional que comenzó en los años ´80 con el Frente Nacional de Le Pen en Francia, se despliega hoy con toda potencia también en el Reino Unido, en Austria y el norte de Europa, y en cada país -central o periférico- encuentra exponentes en diversa proporción. La estampida de refugiados de los países del oriente cercano y medio sometidos a barbaries vernáculas e imperios intervencionistas auxilia la tendencia. Apenas unos días atrás, en Argentina para no ir tan lejos, el presidente del -autodefinido progresista- bloque kirchnerista del Senado, Pichetto, culpó a la inmigración boliviana y peruana de la miseria y la inseguridad. Si bien el discurso de Clinton pulía exabruptos, no era precisamente pacificador, ni inclusivo. Menos aún su práctica diplomática en la primera gestión de Obama. En suma, en la disputa por la administración del capitalismo de los diversos estados-nación, tienden a consolidarse y ocupar representaciones parlamentarias y en ocasiones a dirigir los estados, exponentes violentos y fascistas de las clases dominantes, que a su vez atraviesan transversalmente a partidos y coaliciones políticas hegemónicas. Desbrozar la compleja multicausalidad de este averno político de época, excede estas líneas y mi capacidad analítica, aunque en alguna proporción aún no cuantificada, guarda correlato con la expropiación de la soberanía popular que concede la autonomización de dirigentes y representantes en lo que llamo la democracia liberal-fiduciaria. Temática que, a propósito del próximo congreso del Frente Amplio uruguayo (FA) sobre una posible propuesta de reforma constitucional, me propuse ir desarrollando domingo a domingo y no será esta página la que contradiga este objetivo.

La trampa de la confianza

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- El domingo pasado intentaba subrayar desde estas páginas la tarea asumida por el Frente Amplio uruguayo (FA) de organizar su próximo congreso sometiendo a debate la posible iniciativa de reforma de la constitución nacional. Y simultáneamente que la discusión que se ponía a consideración de todas las instancias y particularmente de los comités de base, comenzara auscultando y revisando los valores que sustentan al FA, desde los cuales pergeñar los derechos, libertades, dispositivos de poder e institutos que encarnen y defiendan tales valores en una futura carta magna. Sin perjuicio de ello, sugería también una importante limitación metodológica de la que podrían inferirse algunas otras más teóricas o ideológicas. Al basarse exclusivamente en el consenso pleno de una organización tan heterogénea, resultaba un texto ambiguo y en ocasiones contradictorio, aunque no en todas las esferas necesariamente sino muy marcadamente en el plano político e institucional. Una referencia de este documento a un texto que en la tradición frentista se considera cardinal y hasta fundacional como las bases programáticas del ´84, me invitó a revisitar las fuentes y trazar algunas comparaciones entre aquellos documentos basales y el que comenté entonces y retomo ahora.

Valores por parir nuevos valores

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- En medio de un clima económico internacional y regional enrarecido, de una atmósfera política asfixiante con pronóstico de ambiente irrespirable, el Frente Amplio (FA) a través de su Plenario se dispuso a generar algo de oxígeno para el medio ambiente social en el que creció y se desenvuelve. En lo personal, me convoca a volver a inspirar algo de esos aires puros cada vez más esquivos e infrecuentes. Ejecutando una resolución del pasado congreso de 2013 para organizar la propuesta de reforma constitucional, dos comisiones del FA elaboraron documentos preliminares que serán debatidos en el próximo congreso de fines de noviembre. Uno intenta recoger valores y principios comunes. El otro, posibles contenidos de una reforma constitucional. Ambos son hoy el alimento de los escuálidos comités de base, famélicos de ideas y sedientos de participación, también de militantes partidarios aunque sospecho que se vienen filtrando por los poros de los movimientos sociales y las organizaciones demandantes de la sociedad civil, que cumplirán una futura tarea de engrosamiento y precisión de la agenda de derechos que recoja la propuesta política concreta.

Venezuela: Del pajarito al águila rapaz

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- El huracán electoral que derribó la hegemonía chavista en la Asamblea Nacional el pasado domingo 9 de diciembre, tomó más fuerza de la anemia oficialista que de los 28 partidos que convergieron unificando a la oposición en una derecha destructiva e indómita, alentada material e ideológicamente por el imperio más próximo. El “voto castigo”, esa suerte de ilusión sancionatoria sobre el poder de turno, se impuso ese día con dramática elocuencia. Sin embargo, resolver los múltiples problemas que enfrenta el país, reorganizar un capitalismo desquiciado y fallido, será más complejo aún en la actual correlación de fuerzas. Aquella que no sólo expresa intereses de clase contrapuestos con su consecuente conflictividad, sino que pasará a oponer diametralmente a los propios poderes del Estado. Con la máxima mayoría requerida para desplegar su completo potencial, la unicameral Asamblea dejará de ejercer su doble función: como representantes que dictan las leyes y como “parlamento” o lugar donde se discuten los asuntos públicos, en el que las demandas sociales puedan ser representadas, reconocidas y negociadas. Probablemente se erija en exclusivo contrapoder del Ejecutivo, en pura negatividad activa con consecuencias más devastadoras aún que la acuciante actualidad política y económica. Cuando se alcanzan esas proporciones, la minoría es prácticamente espectadora.

Las inocultables conquistas sociales que introdujo el chavismo en beneficio de una mayoría de excluidos en el plano económico, educativo, sanitario y cultural, contribuyen a la explicación parcial de sus 18 triunfos electorales sobre 20, tanto como la imposibilidad de sostenerlas, esta reciente debacle. Pero el balance de las causas no puede clausurarse con una correlación mecanicista. Si una inflación imprecisable aunque siempre del orden de los tres dígitos, el desabastecimiento de productos indispensables y el crecimiento del crimen tienden a licuar lo conquistado, el enriquecimiento de funcionarios y militantes y el doble discurso convierte el retroceso social en irritación ciudadana incontenida. La magnitud y extensión de la corrupción y el nepotismo, tanto como la burocratización con su ineficiencia y conservadurismo, juegan un papel tan relevante como la propia crisis económica y comprometen hasta el ejercicio del poder, como puede apreciarse también en varios de los progresismos sudamericanos. Si el capitalismo genera desigualdad y opacidades, cuántas más produce un capitalismo negro cuyo descontrolado enraizamiento se acrecienta día a día a pesar de que hasta la guerra económica ha sido militarizada, aspecto que excede a la economía para depender de la cultura y la política, hasta envolver a la retórica.

Menos de cuatro meses atrás, estando en Venezuela, me detuve a observar a una columna militar armada y uniformada, cuya “batalla” consistía en venderle a precio oficial, una cantidad acotada de pañales a las ciudadanas que formaban interminable cola para obtenerlos. Probablemente una proporción de esos pañales serán vendidos por las adquirentes en el mercado negro a valores muy superiores para a su vez obtener con lo recibido otras mercancías en el mismo mercado informal. Es difícil encontrar ciudadanos que no sean además cambistas informales de dólares cuya cotización está prácticamente regida por la página “dolartoday” editada en el exterior, que difiere de los varios tipos oficiales de cambio hasta llegar a brechas que pueden superar el 100 a 1. Lejos del socialismo del Siglo XXI que pregonaba Chávez, se desarrolla un capitalismo cada vez más oscuro, en sentido polisémico, sin control popular alguno, sino inversamente, con un masivo involucramiento popular en él. Combatir la especulación, el acaparamiento y el mercado negro apoyándose en una institución tan desacostumbrada a los controles y la transparencia, tan acorazadamente corporativa como las fuerzas armadas, mientras la mayoría de la sociedad se alimenta malamente de migajas especulativas, es echar la casi gratuita nafta bolivariana a la hoguera. De este modo, hasta las revolucionarias transformaciones democráticas de la reforma constitucional chavista que obligan al gobierno a someterse a elecciones frecuentes, incluyendo la posibilidad revocatoria, se degradan en un marasmo extenuante.

La herencia recibida por Chávez 17 años atrás no le facilitó las cosas. Se encontró con una economía rentística dependiente y concentrada que no pudo superar su carácter originario aunque logró ser mucho más libre y distributiva. Pero no ha logrado siquiera soberanía alimentaria ni desarrollado un tejido industrial mínimo con lo cual depende de la magnitud de la –hoy exangüe- renta petrolera para sus importaciones y para combatir la miseria. Pero mucho más importante aún es que no halló una sociedad civil con umbral mínimo de organización y politización, sino que tuvo que construir el poder popular, las “misiones”, asambleas populares, y hasta su propio partido, PSUV, de arriba hacia abajo apoyándose fuertemente en sus camaradas de cuartel.

Ya no será un pajarito sino el águila del norte, adicta compulsiva al petróleo del mundo entero, la que sobrevuele a Maduro cada vez que se hinque a rezar.

El elector exhausto

América Latina en una difícil encrucijada

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- Un rápido repaso de la situación de los progresismos sudamericanos nos devuelve un panorama áspero, plagado de preocupaciones y dificultades. A excepción de Bolivia, y parcialmente de Uruguay, los gobiernos restantes se encuentran jaqueados por variantes políticas animadas con pujantes intereses restauradores del neoliberalismo y la derecha política. Argentina, Brasil, Chile, Ecuador y Venezuela están atravesando momentos de conmoción y debilitamiento que, en virtud de sus desembocaduras, pueden alterar el mapa político regional. Con desigualdades y contradicciones muy importantes entre sí, todos ellos intentaron confrontar con el modelo neoliberal expandiendo derechos sociales y civiles, mejorar parcialmente los indicadores sociales y avanzar, aún lentamente, en procesos de cooperación e integración. En ciertos casos con resultados resplandecientes en algunas esferas materiales y simbólicas, y en otros a paso lento, entre otras razones, porque los puntos de partida nacionales fueron disímiles, al igual que las composiciones sociales y culturas políticas propias y heredadas. En cualquier caso, los aún acotados niveles de cooperación y la relativa resistencia a los dictatums imperiales en general, y estadounidenses en particular, son los más relevantes en los más de 500 años de vida del subcontinente.

El vicepresidente boliviano Álvaro García Linera señalaba recientemente, en una visita a Uruguay para exponer en el Paraninfo de la Universidad de la República, que en América Latina en los dos próximos años “puede pasar todo” ya que “está envuelta en una reconfiguración del poder político y económico fantástico”. Pero resulta particularmente interesante su advertencia de la necesidad de admitir errores. En primer término por la relevancia metodológica para fundar nuevos modos de hacer política. A la coyuntura le reconoce amenazas propias y externas resumiendo las primeras como “nuestras propias debilidades” para agregar que “como revolucionarios tenemos que admitir que también cometemos errores y que tomamos decisiones equivocadas”. En segundo lugar, por su conclusión ya más ceñida sobre el acento de esos errores en el campo de la integración: “Faltó lo más difícil, en la economía cada cual se fija en lo suyo, no se ha creado una red de integración económica que vaya más allá de los circuitos de mercado. En lo político hemos avanzado mucho, en lo económico hemos avanzado muy lento”. No estuve presente en el encuentro y temo sacar esta conclusión de contexto guiándome exclusivamente por la prensa, pero aprovecho algunos de sus disparadores para sugerir que si García Linera alude a las formas institucionales de la Unasur y el Mercosur, me parece compartible. Si, por el contrario, intentara reflejar las diversas realidades nacionales latinoamericanas, difícilmente sirva como diagnóstico, a excepción de Bolivia que vive el proceso más sólido y estable de toda la región. Desde el punto de vista político, varios países del giro progresista vienen retrocediendo aceleradamente. Como intenté desarrollar en varias oportunidades, aquellos que han dejado intactas las constituciones burguesas heredadas, montados acríticamente sobre el régimen político liberal-fiduciario, y más aún si han sido aquiescentes para con el personalismo y la burocratización, inevitablemente terminarán paralizados por sus propias contradicciones y posiblemente aplastados por los verdaderos diseñadores y defensores del régimen que pasaron a reivindicar.

No desprecio el peso de la llegada de la crisis capitalista internacional a estas playas, ni menos aún la magnitud de la caída de los precios internacionales de los commodities que, como sostiene el economista Couriel en su columna de este diario, limitan el crecimiento económico. Sólo quisiera señalar que las crisis políticas no son una réplica especular de las dificultades económicas, pero menos aún podrían serlo si las fuerzas políticas del cambio mantuvieran una relación de movilización, participación y organicidad con las bases y movimientos sociales. O en otros términos, si las mayorías se sintieran partícipes de las decisiones que, cualquiera fuera la coyuntura, los gobiernos adoptan. Si la autonomía de los representantes y la concentración del poder, tarde o temprano terminan erosionando a las derechas, cuánto más le sucederá a las fuerzas políticas del cambio que se desmovilizan y autonomizan una vez llegadas al poder.

Pero los efectos del régimen y las particularidades de cada tradición política alternativa se potencian geométricamente cuando se vinculan con un flagelo carente de signo ideológico: la corrupción. En un reciente reportaje a Noam Chomsky que le hiciera el dueño de la tan influyente como derechista editorial argentina “Perfil”, el lingüista identifica en la magnitud de la corrupción la razón de la crisis política y de credibilidad tanto en Brasil como en Venezuela (agrego que también fue lo que disparó la crisis en Chile -con escasos antecedentes en la materia- y que adquiere igual trascendencia en Argentina). Pero Chomsky sentencia algo más amplio aún y es que “un logro real, duradero, tendrá que basarse en movimientos populares organizados que tomen la responsabilidad del control total de la política, la información y la implementación”. Las demandas sociales tienen que ser representadas para que sean negociables. De lo contrario, sacuden hasta el orden constitucional. Por ello es deseable y hasta indispensable la existencia y representación de movimientos sociales de toda laya (sindicales, ecológicos, de derechos humanos, feministas, etc.). Si en ausencia de tal control y representación, se sospecha que quien o quienes adoptan las decisiones a sus espaldas son además corruptos, no tardará en emerger algún tipo de reacción popular.

Si tal reacción se desarrolla en el plano electoral, seguramente tendrá una dirección obliterada ya que en ausencia de control y decisiva participación popular (sumados a la ausencia por parte del régimen político de reaseguros institucionales como el mandato imperativo o la revocación de mandatos) se erigen mitos en su reemplazo. Uno de ellos es el llamado “voto castigo”. Se pretende disfrazar este consuelo ineficiente de escarmiento electoral, como una regulación justa de la quebrada o inexistente relación entre representante y representado. Sin duda castiga electoralmente a algunos personajes en particular, pero dejando intacto el sistema que los reproduce. No menos mítico que el de votar a supuestos “políticos honestos” -cualquiera sea su pertenencia o tradición política- suponiendo además que luego no sorprendan al elector con su deshonestidad, como fue literalmente el caso del ex presidente argentino De la Rua. De este modo, sólo se sigue desplazando el verdadero problema: la no intervención del ciudadano en la toma de decisiones y en el control de los que las adoptan.

El primer examen sudamericano se dará en dos semanas en Argentina. El viernes pasado asistí a una reunión de claustros de mi facultad, convocada por el oficialismo en apoyo a la candidatura de Scioli. Como ya adelanté aún antes de la primera vuelta que en la segunda lo votaría, y como tengo antecedentes de bombero voluntario de ballotages votando en cuatro oportunidades contra Macri, me pareció adecuado ir a exponer tanto algunas certezas cuanto vacilaciones y desalientos. Sintéticamente, creo que un gobierno de Macri se alineará inmediatamente con la embajada estadounidense y aportará a la ofensiva contra los gobiernos progresistas de la región tanto como estrechará vínculos con aquellos más reaccionarios. Despreciará aún más que el oficialismo al Mercosur y se acercará a la Alianza del Pacífico. Como representante de los principales grupos económicos, terratenientes y comunicacionales encarará una mayor liberalización del comercio exterior, para beneficiar aún más a la renta agraria, e impulsará un ajuste del gasto público y de los programas sociales. Inversamente Scioli ¿está exento de aplicar éstas medidas? Lo desconozco y expuse esa duda señalando los parecidos entre ambos, aunque reconociendo que si lo hiciera tendría necesariamente tensiones graves con cierta parte de sus bases electorales. Para decirlo en los términos de la díada de García Linera, esta desembocadura no está empujada por factor externo alguno, sino por errores exclusivamente propios. La líder y actual presidenta argentina decidió desde algún punto del monte Olimpo que era hora de volver a los orígenes posteriormente negados: el menemo-duhaldismo ungiendo una incertidumbre personificada.

La disyuntiva es dramática, acuciante y no admite indiferencias. En el primer acto de esta tragedia, el macrismo se quedó con los principales centros urbanos. En el próximo y último podría quedarse con el país entero. La actitud de la izquierda orgánica argentina de llamar a votar en blanco no la aleja del problema, sino que la sitúa como parte sustantiva del mismo. Probablemente sus más infantiles exponentes, que son los que inveterada y naturalmente la vienen liderando, hasta apuesten a una victoria macrista, ya que admiten tácitamente que “cuanto mejor peor”. No creo que sus electores lo compartan.

Pero los ciudadanos en su conjunto, vaciados de protagonismo y desmovilizados tras la insurrección popular de aquel diciembre argentino, deciden exhaustos su destino, apenas como actores de reparto.

El horizonte del incierto mal menor

Sorpresa por los resultados electorales en Argentina

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- Argentina despertó el lunes en un gris amanecer y con perspectivas de nubarrones más densos aún de lo previsto, velando el horizonte. Al echar a andar el día, fue tropezando con los restos de cotillón que dejó una fiesta derechista exponencialmente exultada por su propia sorpresa, ya que superó el techo de captura de votos que hasta sus propios encuestadores le acercaban con cierto pluscálculo optimista a cambio de la captura de una no menos optimista e importante plusvalía. La alianza “Cambiemos” cosechó la mayor proporción de esa siembra copiosa del sistema político nacional llamada “indecisos”. Hipotetizo que la magnitud de este estrato social dubitativo (sólo considerable desde el punto de vista político electoral, en ningún caso sociológicamente) es directamente proporcional al nivel de similitud e identificación político-cultural entre las ofertas, para decirlo de un modo que refleje efectivamente la naturaleza mercantilizada de las opciones políticas y sus modos exclusivamente publicitarios y escénicos de seducción.

A una semana de la elección, la mayoría de las encuestadoras situaban a los indecisos en el orden del 15%, es decir, holgadamente por encima de la sumatoria de intención de votos de los 3 adversarios menores. Para ellas, la ponderación distribuida de ese segmento daba a grandes rasgos un 40% al oficialista “Frente para la Victoria” (FPV), 30% a Cambiemos, 20% al “UNA” y un 10% al resto, incluyendo los votos en blanco y anulados. En otros términos, que el oficialismo no estaba muy lejos de ganar en primera vuelta ya que para la legislación electoral argentina si la primera minoría supera por un voto el 40% y obtiene sobre la segunda un 10% o más de diferencia, queda consagrada en el poder ejecutivo sin necesidad de celebrar un ballotage. Finalmente el resultado fue del 36,86% para el FPV, 34,33% para Cambiemos, 21,34% de UNA, mientras el “FIT” obtuvo el 3,27%, “Progresistas” 2,56% y “Compromiso Federal” 1,67% (mientras hubo 2,36% en blanco y 0,8% de anulados e impugnados, que no integran la contabilidad para la decisión del ballotage). A los dos candidatos que confrontarán en el ballotage, Scioli y Macri, los separa por tanto una diferencia del 2,53%.

Si bien el caudal electoral de casi todos fue superior respecto a las primarias obligatorias, cosa explicable porque el nivel de abstencionismo fue inferior en un 5% (precisamente lo que crece Cambiemos), las únicas fuerzas que incrementaron sus proporciones fueron las dos opositoras mayoritarias y Cambiemos en particular, de manera explosiva. Scioli cayó desde el 38,41%, el FIT desde el 3,31%, Progresistas desde el 3,51% y C. Federal desde el 2,11%. Inversamente, UNA creció muy poco desde el 20,63% (un 3,44%) pero Macri, lo hizo desde el 30,07%, es decir que creció un 14,16%, lo que refleja casi un 5% del total del electorado. Impactante avance, para no mencionar aspectos más cualitativos y simbólicamente rutilantes como haber ganado la Provincia de Buenos Aires y muchísimos municipios populares controlados por décadas por los llamados “barones del conurbano”, mafias clientelistas cooptadas mayoritariamente por el oficialismo o por fracciones de él, últimamente fugadas a UNA, aunque varias de ellas retransfugadas a la opción mayoritaria (aunque resta saber por cuánto tiempo, según el resultado del ballotage).

En ausencia de programas -y si los hubiera, inclusive de compromiso alguno con ellos- las diferenciaciones resultan necesariamente deductivas utilizando para su ejercicio diversos insumos tales como las tradiciones políticas en las que se inscriben, las gestiones concretas en los ámbitos de ejercicio del poder, las alianzas y apoyos, etc. Aspectos que en la cultura política argentina están encubiertos por una gruesa capa de maquillaje, creando un campo fértil para el cultivo del segmento social que creo causante de la sorpresa sobre la que escribo aquí: los indecisos. En una sucesión de artículos recientes en este diario intenté dar cuenta de particularidades de esa cultura que logró enraizarse sólidamente en el régimen de gobierno (no muy diferente al de cualquier otro estado-nación capitalista moderno) y trepar por sus bifurcaciones y alternativas como una hiedra monocromática, tapicera y uniformante. No volveré sobre esas teorizaciones, sino sólo señalar aquí que la simulación, la “borocotización” y la extimización política, junto a la virtual desaparición del sistema de partidos, facilita la indiferenciación entre alternativas políticas y ésta última la indiferencia ciudadana.

La casi totalidad de mis amigos simpatizantes del oficialismo, con los que además de los afectos me unen algunas importantes valoraciones puntuales de la etapa kirchnerista (aunque no así el balance de conjunto), atribuyen esta resultante a las limitaciones –inocultables, digamos de paso- de Scioli como candidato. Como si estas carencias del postulante fueran ajenas a las de la fuerza que lo candidatea y más detenidamente aún a su arquitectura organizativa. Para ponerlo sintéticamente, según esta interpretación endógena dominante, sería Cristina la que se equivocó al elegir a su sucesor (recordemos que pidió a todos un “baño de humildad” y ungió a Scioli ordenando a sus eventuales competidores retirar su postulaciones a las primarias) de forma tal que, si hubiera elegido bien y se hubiera ganado en primera vuelta, no habría nada que cuestionar sobre el modo de construir la continuidad del “modelo”, tal como lo autodenominan. Un modo que a la vez es el que siempre rige para la toma de todas las decisiones cardinales de la política nacional. En algún círculo familiar, de amigos íntimos o vaya a saberse de qué tipo, pueden pergeñarse desde ampliaciones de los derechos sociales como la ley de matrimonio igualitario o la asignación universal por hijo, o restringirse como con el veto a la ley del 82% móvil para los jubilados o a la prohibición de explotación de los glaciares, por tomar sólo algunos ejemplos. Ni siquiera hay reuniones de gabinete. El rumbo depende de cómo se levante cada día quien toma las decisiones, presumiblemente la presidenta, y cómo evalúa las mismas en función de su autoreproducción en el poder. Más de una vez he relatado anécdotas en las que ministros o secretarios se enteran por la prensa de decisiones en su área o de su salida o ratificación en sus cargos. Si a consecuencia del régimen liberal-fiduciario, la profesionalización de los representantes y su irresponsabilidad jurídica y mandataria para con sus representados expropian potencias decisionales de la ciudadanía, qué puede concluirse cuando hasta ellos son sustituidos por un círculo áulico familiar o amiguista. La despolitización no podría ser más plena. El FPV no es un partido ni un movimiento, sino una asociación piramidal sumamente empinada cuya base está conformada por empleados del Estado agraciados por una privilegiada relación con algún dirigente o puntero que los sostiene y una red de “clientes” temerosos de perder alguna prebenda discrecional. Su único rol “militante” es la asistencia y el aplauso, nunca la discusión, la elaboración o el cuestionamiento.

Sin embargo esta lógica no es prerrogativa exclusiva del oficialismo. Las principales fuerzas políticas están estructuradas de modo casi idéntico, razón por la cual caracterizo de este modo a la cultura política en general. Pero no se sigue de aquí que el ejercicio deductivo de diferenciación sea imposible ni menos aún inútil sino inversamente indispensable y hasta dramático. Los dos candidatos que se enfrentarán en el ballotage vienen encabezando los dos mayores distritos del país: la capital y la provincia. Comparten la característica de haber tenido gestiones penosas en cada una de las áreas a las que dicen otorgarle prioridad, como educación, salud o seguridad. Ambas gestiones están plagadas de procesos por corrupción y apelaron frecuentemente al veto de leyes aprobadas por sus legislaturas locales. No obstante, no es idéntica la base social que tienden a representar ni menos aún las alianzas sobre las que reposan sus candidaturas, por lo que ésta es la variable que debe ponderarse para el ballotage, justamente por aquello que en esa segunda vuelta se dirime.

El 22 de noviembre está en juego qué fuerza (además de qué sujeto) se queda con la totalidad de poder ejecutivo nacional, el principal y más concentrado de los poderes del Estado. Es, nada más ni menos, lo único a arbitrar a pesar de presentarse bajo la apariencia de dos nombres propios. Frente a esta disyuntiva no puede haber neutralidad alguna. El trotskista FIT, por ejemplo, o en su momento Zamora, llaman a votar en blanco, argumentando algo así como que ambos descargarán la crisis sobre el pueblo trabajador o más ampliamente que ambos son burgueses. Una verdadera imbecilidad que los ayuda a perpetuarse en la actual intrascendencia electoral. No hay dos personas iguales, ni tampoco organizaciones. Si ante la indudable similitud -aunque nunca plena igualdad- de los elegidos, la izquierda y el reformismo progresista sólo lograron algo más de un 5% en total, los problemas no hay que ir a buscarlos en aquellos lejanos y análogos triunfadores sino mirando mucho más hacia adentro.

Macri sostiene que la alternativa es entre el cambio y la continuidad. Una más de sus groseras manipulaciones ideológicas y slogans publicitarios. Pero la disyuntiva es, por el contrario, entre una segura regresión y la incertidumbre.

El rumbo será necesariamente fortuito.

El elector inerme

OPINIÓN de Emilio Cafassi, Argentina.- En la noche de hoy quedará despejada la ceñida duda que las encuestadoras mantienen sobre el devenir inmediato argentino: si el oficialista Scioli gana en primera vuelta y se consagra como futuro presidente, o en su defecto deberá esperarse casi un mes más para la celebración de un ballotage. En esta semana continuaron ratificándose las particularidades de la cultura política argentina, sobre las que tuve ocasión de escribir en las últimas semanas, en particular, el fenómeno de “borocotización”. El más rutilante de los casos, aunque no único, es el del ex precandidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires por el massismo, el multimillonario De Narváez, quien durante mucho tiempo fue punta de lanza de la oposición al kirchnerismo desde todos los espacios políticos posibles a la derecha del oficial. El sorprendente fundamento utilizado fue que él es peronista, lo que no es muy novedoso ya que dicen serlo también sus hoy adversarios Massa, Rodríguez Saa, ambiguamente Macri y cerca del 90% de los candidatos a altos o menores cargos que resultarán finalmente electos. Revela sin embargo el imaginario dominante según el cual, la autodefinición de peronista sería condición necesaria, aunque no suficiente, para cualquier acceso electivo al poder.

En términos teóricos el peronismo fue sin duda el “significante vacío” al que Laclau le asigna el carácter de “punto cero” entre el significante y el significado, requisito indispensable para la disputa hegemónica. Significante sin significado que permitiría fijar el significado o la identidad de los demás elementos del sistema, donde la lucha por la hegemonía es precisamente por la articulación de diferentes elementos y la fijación de su sentido. O en conceptos de Lacan, donde los significantes en sí no poseen un significado, y es otro significante el que otorga sentido. Sin embargo, el peronismo posterior a Perón es más bien un pospopulismo readapatado por las más burdas técnicas de manipulación de imagen y exclusión de protagonismo ciudadano. En términos políticos, un conservadurismo de poderosas cúpulas celosas, o si se prefiere una definición sintética más radical aún, una antipolítica. Conserva no obstante, un poderoso atractivo para oportunistas de toda laya que lo conciben, a izquierda o derecha, como pista de aterrizaje “entrista” o troyana para proyectos más delimitados aunque necesariamente velados por su carácter conspirativo.

Sin perder su amorfismo fundante que actúa a modo de generosa sombrilla protectora, la identidad peronista cobija una inmensa gama de estilos y variantes ideológicas que, en términos más concretos y menos teóricos, lleva a concluir que ya no significa nada. Pueden convivir en él expresiones y experiencias como el neoliberalismo más acérrimo o reivindicaciones militaristas y represivas con aquellas que defiendan los derechos humanos y expandan las libertades civiles, propongan cierta redistribución de riquezas o las más asombrosas intersecciones de tradiciones y referencias ideológicas que algún líder pueda ensayar. Y todas ellas transitan a través de sus referentes de un espacio al otro, de una retórica a su inmediata negación sin escrúpulos ni sanciones posteriores. Cualquier acercamiento será bienvenido al nuevo espacio o candidatura, tanto como denostado por los que resultaron abandonados. Traiciones y lealtades serán momentos de una totalidad identitaria que las incluye estructuralmente. Todos se han traicionado tanto como se han reconciliado, por una única razón común: el nivel de proximidad o de acceso directo al poder. Su estructura política es una suerte de federalismo de punteros, poseedores de votos pretendidamente cautivos mediante prebendas o concesiones clientelistas. Las candidaturas se sustentan exclusivamente en la sumatoria de apoyos de gobernadores, intendentes, sindicalistas o punteros en general a los que, mediante encuestas o simple especulación, se les atribuye un determinado caudal electoral que luego se retribuye proporcionalmente con cuotas de poder que perpetúan su influencia.

Ni el peronismo en general, ni el kirchnerismo en particular es el único responsable de esta resultante despolitizadora, sino que toda la casta política mayoritaria está impregnada de estos habitus políticos nacionales. Hasta en el momento de mayor énfasis en la vida política e institucional que significó el alfonsinismo y su pretensión fundante de una “nueva república” y de tercer movimiento histórico, se puso en cuestión esta suerte de feudalización del poder y exclusión de la participación ciudadana. Tal vez lo haya pretendido Kirchner en sus primeros años con su idea de transversalización e incorporación de algunos referentes progresistas, pero muy rápidamente cedió a la tentación de comprar a los llamados “barones del conurbano”, intendentes y gobernadores para reproducir el depredatorio mecanismo tradicional de sustentación. Por eso no debe extrañar la paulatina exclusión de progresistas en sus filas, ni menos aún, esta convivencia de último momento con el renegado De Narváez, el propio Menem o la elección a dedo del viscoso e inconsistente Scioli como sucesor. El kirchnerismo, conforme fue deglutiendo políticamente los excrementos de la política, fue excretando los progresismos, no sin máculas. A pesar de su autorelato como recuperador de la política y la participación, sólo logró una decreciente convocatoria a actos, sin otro protagonismo que el de la escucha y la aclamación. Es que concibe a las masas como público y a la ciudadanía como audiencia con la única finalidad de domesticar su resignación reduciéndola a mero elector. En el mejor de los casos, la pretendida politización no supera la de una concepción política del economicismo schumpeteriano donde hay consumidores en un mercado electoral.

No pretendo negar la significación del momento electoral, sino subrayar que cualquier alternativa progresista para la Argentina actual debería pergeñar una alternativa político–institucional que garantice que el voto signifique una verdadera participación en el ámbito público, es decir, intervenir efectivamente en las decisiones políticas que les conciernen a los ciudadanos. Entre ellas, la propia producción de normas jurídicas, morales, simbólicas, etc., que no han estado jamás en sus manos. El elector ha sido rezagado sólo a escoger ofertas de dirigentes ya que ni interviene en la conformación de la oferta presentada, ni menos aún de los programas propuestos.

Como ante cada circunstancia electoral (no sólo argentina) o alternativa política significativa, me veo en la obligación de explicitar mi postura, a pesar de que no estoy en el país debido a un viaje planificado con antelación (que mi analista considera con buenas razones, verdadera fuga) y en consecuencia no ejerceré el derecho ciudadano. Inscripto aún en la cuasi impotencia de un pragmatismo independiente y como el sistema electoral permite el corte de boletas y voto en la capital, hubiera votado en blanco para presidente en primera vuelta ya que nutrir a Scioli de un gran caudal electoral lo alejaría más aún de todo dejo de progresismo, además –para qué negarlo- de cierta preservación gástrica personal. A “Autodeterminación y Libertad” lista encabezada por Luis Zamora para diputados que es la única alternativa de izquierda por fuera de las 6 opciones presidenciales que se presenta sólo en la ciudad, una variante algo más inclusiva y menos sectaria que el trotskismo oficial y al oficialista Frente para la Victoria para el Parlasur, ya que sólo ingresa un único representante por la capital. En el ballotage votaré por el insípido e impredecible Scioli ya que de lo contrario vencería Macri y no he hecho otra cosa electoralmente que oponerme a él en todo ballotage ciudadano que enfrentó.

Claro que estas reflexiones y opciones están hechas a escala argentina. Desde una perspectiva más distante, por ejemplo latinoamericana, las particularidades y matices adquieren un tono mucho más maniqueo. Por eso entiendo –y hasta comparto- los posicionamientos de apoyo a Scioli de dirigentes como Evo, Pepe o Dilma ya que cualquier alternativa con chances significarían un sabotaje a la Unasur y de mayor debilitamiento del Mercosur y de apoyo a los progresismos del sur. Más aún en momentos en los que todos los países del giro progresista, a excepción de Bolivia y muy parcialmente Uruguay, están sufriendo crisis políticas por acoso de las derechas. No afirmo que con Scioli avanzaría la integración, ya que es una incógnita e incluso es poco probable que así sea. Pero la regresión está garantizada con cualquier oposición. Por eso, frente a la elección de un único delegado al Parlasur en mi distrito, votaría al oficialismo.

El elector argentino no será héroe pero será personaje trágico. Lo acecha el destino inexorable de su propia ruina. Como en la tragedia griega el protagonista acepta la necesidad del destino y hasta llega a amarlo. Se percibe en las calles, en los medios y en los poros de la vida social. El clima no tiene nada de festivo, ni hay gentes en los espacios públicos. Es abúlico y hasta luctuoso.

El elector camina inerme. Apenas vota.

La extimidad política

La farándula como guionista política argentina

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- El riesgo y la sorpresa en la cultura política argentina, esa especie de ruleta rusa que cada cuatro años espera a la ciudadanía, vuelve a girar el próximo domingo con las elecciones presidenciales. Su dramática incertidumbre alterna azarosas chances mortales con proporciones inciertas de salvación. Al caudillismo personalista, se suman dos componentes particulares que quiero tratar someramente en este artículo: la llamada “borocotización” y la “farandulización”, que de conjunto hacen de esta cultura de la sorpresa no sólo algo probable sino históricamente recurrente. No son exclusivas, sino malformaciones ineludibles de toda democracia representativa y fiduciaria, aunque al adquirir magnitudes casi absolutas, carcomen al régimen político. Sin soslayar la inorganicidad y anomia del lazo representativo que permite que se pueda prescindir de programas, mediaciones explicativas y molestas metas concretas apelando exclusivamente a la confianza, hasta para seguir el curso contrario a vagas directrices si es que éstas son expuestas.

El ejemplo más elocuente, aunque no único, es el del ex presidente Menem en su campaña de fines de los ´90. Para diferenciarse críticamente de su antecesor, Alfonsín, cuya gestión desembocó en un caos económico de hiperinflación, desempleo y crisis, contrapuso la solución de una “revolución productiva” con “salariazo”. Pero su slogan definitivo apeló al personalismo, a diferencia de Alfonsín que aludía a un camino, “la democracia”, claro que sin precisiones ni adjetivos. “Síganme, no los voy a defraudar” demandó Menem, para luego -una vez en el poder- arrasar la industria, abatir los niveles salariales y de empleo, es decir, para hacer lo contrario. En una clara exhibición de la supuesta “viveza” de estas manipulaciones, llegó a confesar públicamente que si exponía las medidas que efectivamente aplicaría, no lo hubiera votado nadie. No traigo este ejemplo por el hecho –nada menor por cierto- de que los tres actuales candidatos a la presidencia con chances de vencer o ingresar al ballotage el próximo domingo provienen ideológicamente del tronco menemista/UCD, sino porque la cultura que denominaré aquí “personal-autonomista, discrecional y fiduciaria” lo excede implantando raíces en todo el régimen. Con rumbos hasta diametralmente divergentes entre sí, todos los gobiernos posdictatoriales conllevaron una enorme dosis de sorpresa y negación de sus –aún imprecisos- postulados. El gran lema de Alfonsín fue que con la democracia también se come, se cura y se educa, pero su gestión terminó por expandir el hambre, deteriorar la salud pública y la educación. Ya sinteticé los resultados de Menem. Pero la Alianza, que a principios del siglo XXI se suponía que daría vuelta la década neoliberal menemista, restaurando conquistas sociales y combatiendo la corrupción, debutó impulsando una ley de flexibilización laboral para cuya votación parlamentaria utilizó fondos de inteligencia para corromper legisladores (conocida como ley “Banelco”, por la marca de los cajeros automáticos), además de restituir al mismo ministro de economía menemista, Domingo Cavallo. El hecho de que con Néstor Kirchner el derrotero fuera contrapuesto y en lo personal celebrable en varias esferas de su gestión (DDHH, libertades civiles, tibia redistribución de la riqueza, etc.) no queda eximido de inscribirse en esta huella de plena autonomía del representante respecto a la ciudadanía e inclusive de estafa a las –apenas vagas- “promesas electorales” para no referir directamente a la ausencia de todo programa de gobierno. No es momento de hacer un balance de las gestiones kirchneristas ni de cierto “regalo del cielo” que pudo haberlas caracterizado porque el objetivo es cuestionar el hecho de que el régimen político le proponga al ciudadano esta suerte de ruleta rusa en la que puede recibir algún inesperado obsequio o un mortal castigo.

Resulta complementaria a esta tendencia el término que la ciencia política vernácula le debe al médico pediatra Eduardo Lorenzo “Borocotó”, quien arribó en 2009 a la Cámara de Diputados en una lista de candidatos de Macri y, poco antes de asumir, se mudó al kirchnerismo. Desde entonces, el término "borocotización" denomina al transfuguismo político. Este ejemplo además es tangente a la farandulización a la que reservo las últimas líneas porque sigue la estrategia menemista de incorporar personajes “conocidos” aunque sin trayectoria política alguna (Borocotó daba consejos para mamás bobas en magazines televisivos de la tarde). Es que en ausencia de un sistema de partidos, o con una muy débil estructura orgánica, el poder se traslada a figuras sueltas o punteros clientelistas que fundan su influencia en un pacto de retribuciones mutuas con su entorno. Votos provenientes de electores sin actividad partidaria ni información sobre los debates políticos internos o participación en ellos, que los candidatos retribuyen luego con puestos administrativos para estas figuras y sus recomendados, con otorgamiento de concesiones de servicios estatales a las “empresas” del puntero o sus amigos, o con favores del Estado de distinta índole. La ligazón con “el personaje mediático” y sus alternativas electorales, es emocional, simbólica, carismática, personalizada. Sin embargo, así acompañan dócil y pasivamente, todos los entuertos de las oligarquías partidarias. A medida que se van consolidando las tendencias en las encuestas, el trasiego de figuras y punteros ratifica que la borocotización no es un fenómeno aislado ni ajeno a la cultura política sino endémico.

Al enternecimiento de esta ciudadanía pasiva contribuye además la farandulización de la política cuyo transcurrir caracterizo por dos carriles complementarios. Por un lado el de la participación de los políticos en los realities televisivos, a los que aludí en algunos otros artículos, pero por otro por la participación de los llamados “periodistas del corazón” en la mediación de los políticos con las audiencias. El puntapié inicial lo dio la Presidenta Cristina Fernández cuando, acorralada por las críticas a su estilo comunicacional monologuista, renuente a cualquier pregunta periodística, inició un ciclo de reportajes desde la quinta presidencial en el que ella elegía a su interrogador. El ciclo duró sólo dos emisiones porque lamentablemente debió ser operada de urgencia. Para la primera experiencia escogió al periodista ultraoficialista Hernán Brienza, que acompañó complacientemente el discurso presidencial. Para la segunda, al conductor del mayor programa de chismes y miserias personales de la TV, Jorge Rial, especialista en intromisiones en la vida privada de celebrities y en producir y estimular peleas de alcoba, incluyendo las propias. Con este antecedente, en vez de politizar a la farándula, se facilita y alienta el camino para la farandulización de los políticos.

Una genuina expresión reciente de esta descomposición de la cultura política es el ciclo “Brindar por Argentina” que el oligopólico multimedio Clarín lanzó esta semana (brindarporargentina.clarin.com). Para reportear a los seis candidatos presidenciales y descubrir “los secretos” de cada uno, el multimedio eligió a Viviana Canosa, competidora de Rial en periodismo basura, violación de la privacidad y escandalosidad mediática. Para lograr ese objetivo visitó las casas de cada candidato con un imponente equipo de producción y los hizo participar junto a parejas, hijos y otros familiares de una sucesión de escenas guionadas, inversosímiles desde la misma llegada, además de insustantivas y torpes. Todo realzado por una ristra de lugares comunes de la conductora que hasta producen la epidérmica impresión de que Mirtha Legrand, por ejemplo, es una intelectual de izquierda. Del mismo modo en que estos “conductores” provocan el llanto de sus invitados en los programas del corazón, Canosa extrajo lágrimas de las esposas de los tres candidatos mayoritarios, aunque su rol aquí no fue alentar peleas como en sus programas, sino enfatizar su deseo de que “dejemos de estar peleados y seamos una verdadera república” (sic). No se privó sin embargo de interrogar por tiernas intimidades y particularmente inquirir a todos si estaban casados.

Algunas grageas de sus inducciones temáticas y valorativas resultan imperdibles. Con Massa sostuvo que “se respira en esta casa esa cosa de los valores”, a Macri y su esposa los sintió “de corazón muy nobles” (cosa que puede no ser desacertada, ya que a una mansión y campus deportivo semejante sólo podría acceder la nobleza), la familia de Stolbizer le pareció “adorable” y la de Rodriguez Saa “muy linda”. No le pareció tan agraciada la situación del joven e intelectualmente anémico trotskista Del Caño, sorprendida –negativamente- por su decisión de no casarse con su compañera y no tener “un hermoso bebé”, convivir con otros dos militantes en un apartamento alquilado o donar su cuantiosa dieta legislativa para apoyar luchas sociales.

La socióloga Paula Sibilia llama “extimidad” a la exposición de la intimidad. Su extensión a la política es un paso más hacia su ineluctable extinción.

La ruleta rusa argentina

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- El domingo 25 se celebrarán las elecciones presidenciales orientando el futuro político del país por 4 años. No está en juego exclusivamente la presidencia (y la vicepresidencia) ya que se elegirán además 130 diputados, 24 senadores y –por primera vez- 43 parlamentarios del Parlasur. Sin embargo, en un régimen político presidencialista potenciado por una cultura personalista, farandulera y caudillista, el devenir estará signado prioritariamente por la titularidad del poder ejecutivo, que disputarán entre seis candidatos, la mayoría de los cuales poseen asombrosas similitudes entre sí.

Por el lado del oficialismo se presenta Scioli, una suerte de satélite gelatinoso y acompañante paciente de las gestiones menemista, duhaldista y kirchnerista(s), en diversas funciones claves. Triunfador de la interna sin tener que disputarla electoralmente siquiera, gracias a la sola exhibición de resultados encuestológicos y algún probable pacto en el estrecho cónclave presidencial que excluyó cualquier oposición a cambio de algunas concesiones en candidaturas subalternas. A pesar de los denodados esfuerzos de los voceros del kirchnerismo por devaluar y hasta humillar la figura de Scioli mientras exploraba alternativas electoralmente ganadoras, finalmente la sucesión quedó representada por quien –aparentemente- menos la representaría. Los cinco restantes, encarnan el arco opositor, Macri, el actual Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, de estirpe acaudalada aunque con cierto discurso concesivo y demagógico para con el peronismo. Otro tanto ocurre con el tercer candidato, ex jefe de gabinete del gobierno de Fernández de Kirchner, Massa, Intendente del partido de Tigre en cuanto a sus orígenes ideológicos. El cuarto, Rodríguez Saa, quién fuera gobernador de la provincia de San Luis y ex presidente por escasos días en la sucesión discreta de primeros mandatarios durante la debacle del 2001, podría ser considerado, inversamente, de linaje peronista. Los dos restantes provienen de tradiciones ajenas al movimiento hegemónico de la última década. Stolbizer es una dirigente del ala tenuemente progresista de la Unión Cívica Radical (tal su sigla, no su orientación que es de centro derecha) y el último, Del Caño, un joven diputado trotskista que venció en la interna a un consuetudinario multi candidato histórico del otro componente del frente electoral que conformaron, no sin agrias disputas internas.

La disyuntiva que se presenta opone un clima político cuatrienal que en el mejor de los casos podrá estar entre un grisáceo otoño destemplado y el más crudo de los inviernos. Salvo una nueva sorpresa –tan habitual en la tradición política argentina que no es sino la ausencia de política- el progresismo, si es que alguna vez lo hubo, fenece en dos semanas. Tomando las proyecciones de catorce empresas encuestadoras, todas ellas coinciden en la victoria del candidato oficialista. Siete concluyen la probabilidad de que lo logre en primera vuelta y las restantes se inclinan por un incierto ballotage. Seis de ellas entre Scioli y Macri y una entre Scioli y Massa. Todas les proyectan a estos tres candidatos entre el 85 y 90% del total de las preferencias electorales, un muy discreto papel al “progresismo” de Stolbizer y probabilidades irrelevantes para los dos restantes. Me concentraré en los tres principales que reúnen la casi totalidad de las preferencias electorales y comparten perfiles muy significativos. Aquí algunos.

Ninguno proviene de sectores populares ni de la clase media. Son hijos de empresarios. Los tres desconocen la universidad pública habiéndose formado en universidades privadas, dos de los cuales lograron la graduación muy recientemente mientras ocupaban altos cargos públicos o estaban en campaña. Los tres son millonarios en magnitudes desiguales aunque todos ellos sufrieron procesos judiciales por inconsistencias en sus declaraciones juradas de bienes y fueron indagados por enriquecimiento ilícito. Macri además está procesado por ordenar escuchas ilegales (que incluyeron a algunos familiares propios) como primera medida de creación de la policía metropolitana. Los tres son fervientes católicos. Los tres dicen ser amigos de los principales miembros de la farándula y no tienen escrúpulos en participar en programas televisivos como el de Marcelo Tinelli. Todos ellos además provienen de experiencias políticas de derecha y ultraderecha, cosa que aconseja detenernos en este punto por algunas líneas más.

Scioli, conocido en el país por haber logrado títulos “deportivos” en la motonáutica llega a la política de la mano de Menem, quien promovió a cargos electivos a varios personajes famosos que lo apoyaban como por ejemplo el cantante Palito Ortega. De este modo Scioli es electo diputado en 1997 integrando el bloque menemista. A partir del 2002 fue secretario de deportes durante las presidencias de Rodríguez Saa (precisamente el cuarto candidato mencionado) y Duhalde. En 2003 pasó a ser vicepresidente acompañando a Kirchner. La secuencia del menemismo hacia el posterior duhaldismo no podría ser objeto de tensión en el kirchnerismo ya que es idéntica a la del matrimonio presidencial y a casi todos los miembros de sus gabinetes. Sin embargo, Scioli se mantuvo en una rara combinación de reivindicación de la trayectoria de sus antiguos líderes y de dubitativo acompañamiento al giro progresista del oficialismo que él mismo encarnaba. Ya como gobernador de la Provincia de Buenos Aires, cuando logó mayor autonomía en un cargo ejecutivo para aplicar políticas propias, lo hizo con inocultable raigambre duahaldista como en el caso de la presentación del Código Contravencional en el que se penalizan las protestas sociales, la iniciativa de pedido de baja de edad de imputabilidad y una estrategia de seguridad basada en el reforzamiento de la magnitud e injerencia policial, precisamente de aquella más implicada en el narcotráfico, la trata de personas y la tortura. Al punto que en uno de los spots de campaña, se presenta hoy con un ejército de policías a sus espaldas. A la vez, al igual que Duhalde, ponderó el juego como una creciente actividad recaudatoria y debió enfrentar serias investigaciones judiciales sobre el Instituto Provincial de Loterías y Casinos a cargo de uno de sus mejores amigos. Es el típico político de mano dura con dosis de concesión asistencialista.

Macri es en toda la acepción de la palabra un heredero. Su notoriedad llegó al asumir la presidencia del masivo club de fútbol Boca Juniors desde donde nunca dejó de reconocerse como admirador del gobierno neoliberal de Menem a quien definió como “el gran transformador”. Dudó públicamente en varias oportunidades sobre encarar su carrera política desde el peronismo o hacerlo desde una agregación política propia, hasta que en el 2003 fundó su propia alternativa partidaria aliado con el derechista López Murphy. Su hoy aliada Carrió lo definió como “uno de los que se robaron la patria” por el hecho de que las empresas familiares resultaron beneficiadas (en dos oportunidades) por la asunción de sus deudas por parte del Estado. Su fuerza política, el “PRO”, logró aglutinar a casi todo el arco derechista que fue desperdigándose ante la derrota de Menem y su posterior alianza con el kirchnerismo, aunque con un tono más desacartonado que el de los exponentes más duros de los años ´80 y ´90. Apoyándose en lugares comunes de la antipolítica y la simulación (véase al respecto mi artículo del 16 de agosto) presenta una cara más lavada e imprecisa. Su propuesta es tan vaga como mejorar lo bueno y cambiar lo malo. Al igual que al resto, le da lo mismo cualquier organización política porque la carrera es personal, no colectiva. Su disputa es por el poder, no por la ideología o el proyecto.

Por su parte, Massa, se inició de joven en la Unión de Centro Democrático (UCD) liderada por la familia Alsogaray que finalmente resultó cooptada por el menemismo durante su larga vigencia aunque hoy sus simpatizantes y exponentes se encuentran referenciados casi excluyentemente en el PRO. Esta suerte de cooptación es la que, por recomendación del sindicalista ultramontano Barrionuevo y la diputada Caamaño, decide migrar al peronismo desde donde atravesó sin conflictos todas las mutaciones hegemónicas internas, pasando del menemismo al duhaldismo, de éste al kirchnerismo hasta ser desplazado y prácticamente obligado a presentarse como un alternativa independiente. De todas formas, el periodista Diego Genoud en su libro sobre el candidato sostiene que si bien en lo político es el más apegado a la peor derecha del peronismo, representa por sus asesores económicos y referencias, algo del perfil más industrialista del primer mandato de Kirchner. En lo económico se presentaría como la opción menos regresiva.

Por último, las arquitecturas políticas de los tres son idénticas, o para decirlo más claramente, carecen de partido. No existe orgánica, militancia (que no sea rentada), discusiones o elaboraciones de base que puedan influir en la línea política o programa. Los candidatos y los voceros están en manos de los asesores de imagen contratados para tal fin. Representando algo así como el pan (o pos) peronismo, ninguno proviene de allí.

Queda develar si al cargador electoral le extrajeron alguna bala porque las próximas elecciones serán una verdadera ruleta rusa.


Represión de la protesta estudiantil en Uruguay. Progresismo a palos

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- Si en un par de artículos recientes nos preguntábamos por el nivel de democraticidad de las arquitecturas institucionales en general y de algunos ejemplos uruguayos en particular, ¿cómo eludir la inquietud ante los aciagos acontecimientos represivos suscitados el último martes con el desalojo de estudiantes secundarios? ¿Cómo excluirlos de una secuencia de agrietamientos en la compleja juntura del movimiento social, la dirección política frentista y el curso del gobierno? Las protestas y las luchas ¿no están entre las herramientas de las que pueden servirse los afectados por alguna decisión, para incidir sobre ella? Desde hace algo más de un mes, es en la educación donde se sitúa el epicentro de la sismicidad política y sindical, alentada por el compromiso programático del Frente Amplio (FA) de alcanzar el 6% del PBI en el presupuesto quinquenal. Si en algún punto se sospechara, con o sin fundamentos, de algún giro en la consecución del programa u otras demandas previstas aunque insatisfechas, será inevitable algún tipo de conflictividad. Luego de las huelgas de profesores, la semana pasada los estudiantes secundarios tomaron -en su doble acepción- una audaz iniciativa.

Muy resumidamente, la Coordinadora de Estudiantes de Enseñanza Secundaria (CEEM) tomó durante el fin de semana las oficinas del Consejo Directivo Central (Codicen) afectando también a otros organismos públicos que tienen oficinas en el mismo edificio. Ante esto, el Ministerio de Trabajo envió en la tarde del martes a “tres mediadores de muy alto nivel: dos abogados y una funcionaria administrativa”, según el propio ministro Murro ante la prensa. Les proponían instalar una mesa de diálogo a cambio del desalojo. Al fracasar, Murro solicitó al Ministerio del Interior que “tome cartas en el asunto” aunque, como ahora sabemos, finalmente consideró conveniente sustituir las cartas por palos en tal asunto. ¿Los malos modales de un grupo de adolescentes es parte de los fundamentos para solicitar el uso de la fuerza? No deja de ser curioso que el ministro haya referido a la forma del rechazo al sostener que los ocupantes “les tiran los papeles en la cara”.

Si en cualquier protesta o práctica de lucha de cualquier actor civil todo progresismo debe armarse –sólo- de paciencia aguzando la escucha y la capacidad negociadora y persuasiva, ¿qué otra precaución sino la multiplicación de estos cuidados debe tenerse cuando esos actores son adolescentes? Si en cualquier conflicto el uso de la fuerza debe ser el ultimísimo recurso, sólo para cuando la integridad física de algún o algunos ciudadanos pueda estar en riesgo (y con toda clase de controles públicos, tecnologías de registro y garantías políticas y judiciales), cuánto más en este caso con estos protagonistas. A la sociedad uruguaya le resulta casi imposible reconstruir la trama precisa y la secuencia de los graves acontecimientos de violencia, ante las contradicciones irreconciliables de los comunicados y conclusiones de las partes involucradas. Más aún lo es para mí a la distancia, lo que no quita que la sola desembocadura de heridos y destrozos me invite a reflexionar sobre el grado de democraticidad progresista exhibida en este lamentable suceso. Fue a iniciativa del FA que se despenalizó la ocupación aunque un decreto excluye a los edificios públicos. ¿No implica acaso reconocer su legitimidad como método de protesta?

El Ministerio del Interior responsabiliza en un comunicado a fuerzas ajenas como el sindicato del taxi o la agrupación “Plenaria Memoria y Justicia” que habrían atacado a la policía en el exterior, mientras el de la CEEM lo desmiente sosteniendo que “no hubo palo nada más a los que se enfrentaban” a la policía “ya que fuimos agredidos tanto fuera como dentro del edificio”. Por su parte, los universitarios (FEUU) subrayan que el Ministro del Interior Bonomi miente “en sus declaraciones cuando dice que no hubo violencia en el interior del edificio. Miente cuando dice que no se violentó a los menores de edad que se encontraban ocupando, cuando se dice que la desocupación fue voluntaria. No hay auto evacuación con la Republicana dentro del edificio, y también miente cuando dice que la represión se desató como consecuencia del Suatt y de Plenaria Memoria y Justicia”. A la vez, la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH) aceptó la propuesta del Codicen de observar el procedimiento de desalojo de su sede, cosa que hizo el propio presidente de la INDDHH, Juan Faroppa, quién luego elaboró un informe. Profundizando aún más las contradicciones y la ambigüedad, el informe sostiene que “no se utilizó la fuerza contra los jóvenes ocupantes” y que “en el exterior del edificio (…) la Guardia Republicana no se dirigió al grupo de estudiantes ocupantes (sino que) se centró en el grupo de manifestantes, muchos adultos y con rostros cubiertos, que enfrentaron con extrema violencia al personal policial”. Que en ese marco “no existió, por parte de las fuerzas policiales, un uso sistemático, masivo e intencional de la fuerza abusivo y/o excesivo (aunque) lo anterior no significa que no se hayan observado casos puntuales por parte de algunos efectivos policiales que mostraron, en forma innecesaria, un uso abusivo de la fuerza”. ¿Y entonces? ¿Habrá advertido Faroppa que ya no es más subsecretario del Ministerio del Interior como lo fue en el primer gobierno del FA, sino que ahora está al frente de la institución que debe resguardar el respeto por los derechos humanos de toda la ciudadanía? ¿Palazos en la cabeza por parte de uniformados, no son una violación flagrante de los derechos que está llamado a preservar aunque no haya sido un plan “sistemático” y “masivo”?

Si bien mi relación con la academia es estrecha, no lo es con ese nivel educativo, además de no ser psicólogo. Mi asistemática y epidérmica percepción de la situación de esa etapa me la proveen desde familiares adolescentes hasta hijos de amigos que tienden a confirmarme la pervivencia -respecto a mi ya lejana época- de abulia y desinterés, de opresión y absurda obediencia que la institución produce en los receptores. Desde entonces, la secundaria pareciera incólume ante su propia crisis. Frente a ello, recuerdo como una inmensa liberación y empoderamiento la experiencia de mis propias prácticas de lucha de estudiante, tanto como percibo actualmente los riesgos que conllevó. Participar a los 14 años en procesos de movilizaciones pero también de tomas del colegio del que dominábamos, techos, oficinas y recovecos, tiempos de guardia autoadministrados, discusiones apasionadas, confrontando todo aquello con la monótona apatía de receptor pasivo de contenidos alejados del más mínimo interés, explica mi entusiasmo y dedicación estudiantil de entonces. Probablemente algo de esta comparación valga en la actualidad. De la lucha de una de esas ocupaciones surgió la primera revista que fundé y dirigí, “Nuestra voz”, que conquistó además una oficina enorme para funcionar en horas extraescolares. También fuimos apaleados pero en movilizaciones en Plaza de Mayo en aquel ´72 de la dictadura del Gral. Lanusse ya que afortunadamente la policía nunca intentó desalojarnos de las tomas, lo que tal vez hubiera desencadenado una masacre. Porque era tal el empoderamiento omnipotente de aquella adolescencia que además de editar la revista en las oficinas, escondíamos armas y explosivos (no todos caseros) como absurda e irresponsable autodefensa ante una eventual represión. La sensibilidad política adolescente y sus predisposiciones subjetivas hacia la rebeldía y la indignación ante la injusticia se asemejan más a un frágil bidón de combustible que a una fuente controlada de energía. Una chispa puede desatar lo impredecible.

Por eso considero una irresponsabilidad política para cualquier izquierda o progresismo, tanto el envío de fuerzas represivas al conflicto como la decisión de grupos políticos y sindicales de confrontar físicamente con la policía, poniendo en riesgo a los protagonistas y obliterando el carácter de sus batallas y metodologías. Por advertencia de este diario llegué a la página extraoficial de facebook de la Guardia Republicana advirtiendo que chorrea sangre y venganza en cada párrafo. Exhibe con orgullo su voracidad represiva y su fuerza y se presenta disponible a eliminar delincuentes y hasta jueces que los liberan y se ensañan con la policía. Por el mail de un amigo, llegué a un blog anarquista que comenta su propio rol o el de otros en este desastre argumentando que “atacar a la policía, defender la lucha, ejercer la autodefensa es un orgullo, es la sangre misma de la libertad y es el camino para encontrarnos”. Me deben faltar más palos en el cráneo aún, además de agresiones varias para encontrarme y liberarme. Mi admiración por el anarquismo no los incluye, como no excluye a los luchadores de las responsabilidades por los eventuales actos vandálicos sobre los bienes. Una toma responsable debe dejar lo ocupado en condiciones mejores aún que al momento de la ocupación. ¿Enuncio aquí una reedición acotada de la teoría de los dos demonios? La desigualdad de fuerzas y motivaciones lo desestiman inmediatamente.

Pero no descarto una teoría de los dos estúpidos.