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Indeseable efecto dominó

Por Ramón Luis Acuña

Tan preocupantes son los malos resultados de los socialdemócratas en las elecciones de distintos países europeos como el surgimiento de la extrema derecha.

En Europa nos hallamos en un periodo de vacas flacas, sólo se puede esperar que no dure siete largos años como en la Biblia. Esto podía pasar en la Antigüedad pero ahora los ciudadanos no tienen mucha paciencia y, naturalmente, echan la culpa a la incapacidad de los gobiernos respectivos, sean del color que sean. A su juicio no han sabido ni prever, ni prevenir ni encauzar la recesión severa en ninguno de los veintisiete países que forman la Unión Europea. Daño colateral inesperado e injusto, la socialdemocracia, modo de gobierno al que se debe nuestro sistema de bienestar, pensiones y Seguridad Social, sufre un rudo golpe, y algunos anuncian el comienzo de una década de declive. La socialdemocracia, que surgió a finales del siglo XIX, y que preconiza sabiamente la evolución en vez de la revolución, las reformas en la sociedad en contra de la ruptura violenta, no tiene la culpa de lo que pasa. Afirmarlo sería coger el rábano por las hojas. Anunciar el fin de la socialdemocracia resulta a todas luces exagerado. Y basarlo en el reciente fracaso de la izquierda en Suecia se traduciría en dar una importancia desmedida a este país, aunque durante mucho tiempo haya representado un ejemplo a seguir ya que creó una de las sociedades más equitativas y justas.

Es verdad que la izquierda recula en Europa poco a poco y que, en Suecia, los resultados de las últimas elecciones retumbaron como un aldabonazo de aviso para los socialdemócratas que se mantuvieron 65 años en el poder hasta hace poco. Por segunda vez consecutiva ganaron los conservadores. Es un cambio de tendencia a señalar, un meandro de la historia de las ideas políticas contemporáneas: merece la pena decirlo exactamente, y con porcentajes, el centro-derecha obtuvo un 49,3 % frente a un 43,6% del centro-izquierda. Hasta ahí, nada del otro mundo. Ahora bien -y esto es lo insólito- la extrema derecha, que ha lanzado una cruzada contra la inmigración y los supuestos abusos en el disfrute de las prestaciones sociales, levanta cabeza. Y consigue un 5,7% del electorado, o sea, 20 escaños, un verdadero baldón en el país “faro” que acostumbraba a ponerse a sí mismo como ejemplo.

No hay que ir muy lejos para hallar el causante del actual desconcierto: la crisis financiera, el desbarajuste de la economía occidental, que tuvo su origen en la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers en Estados Unidos, desarboló en septiembre de hace ahora dos años la economía norteamericana y después la mundial en un indeseable efecto dominó, del que aun no nos hemos repuesto. Para sobrevivir, Europa está sometiéndose a una drástica cura de adelgazamiento. No hay más remedio que apretarse el cinturón, los Veintisiete se hallan al borde de sus posibilidades.

Si vamos país por país, pocos se salvan. Se toman draconianas medidas en todos ellos. En Gran Bretaña, donde ser conservador o “tory” no es nada infamante, fracasaron las ideas reformistas de Gordon Brown y el resultado de las elecciones dio lugar a un duumvirato, el del primer ministro David Cameron y el del viceprimer ministro Nick Clegg para conducir la nave en tiempos de galerna. En Alemania, Italia, Holanda y Dinamarca el centro izquierda retrocede. Es la hora de la derecha en muchos países si exceptuamos Grecia, Portugal y España, donde se mantienen mal que bien los partidos de izquierda en el poder, con apoyo del Partido Nacionalista Vasco en el caso español. La Francia derechista de Nicolas Sarkozy, con un grave problema nuevo cada día y ahora bajo la amenaza difusa de Al Qaeda, es rancho aparte.

Como les decía al principio, en el libro Génesis 41, se cuenta en lenguaje metafórico que en la época de José, hijo de Jacob, hubo un periodo aciago llamado de vacas flacas en el que fue necesario hacer prueba de paciencia esperando mejores tiempos, las vacas gordas, que al fin llegarían pues la concepción bíblica no es lineal, sino cíclica. En ella, la Historia se repite.

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