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Política internacional: más allá de los balances de poder

Por Franco Gamboa Rocabado

El contexto internacional a lo largo del año 2010, tanto político como económico, estuvo caracterizado una vez más por la doble moral y las estrategias de lucha por el balance de poder que llevaron adelante las principales potencias como Estados Unidos, China y Rusia.

Tres hechos fundamentales deben motivar una reflexión profunda sobre cómo modificar la política exterior en tiempos de globalización, con el objetivo de fomentar nuevas estructuras de cooperación y solidaridad para enfrentar los problemas más terribles en la segunda década del siglo XXI.

El primer aspecto se relaciona con la trágica evolución de Haití después del terremoto de principios de 2010. La impresionante devastación movilizó inmediatamente millones de dólares y compromisos para solucionar el sufrimiento indescriptible de miles de ciudadanos, así como para reconstruir un país que nunca estuvo en condiciones de generar estructuras estables y sostenibles en su desarrollo y la protección básica de los haitianos en materia de derechos políticos, económicos, sociales y humanos.

Sin embargo, la cooperación internacional para el desarrollo fracasó casi por completo porque fue innecesariamente burocrática, ineficiente en la logística donde no fue posible privilegiar, antes que nada, las necesidades diarias de los damnificados, sino que rebrotaron las tradicionales previsiones institucionales en cuanto a metas definidas por Naciones Unidas o la carrera de influyentes funcionarios, más preocupados por su éxito personal como héroes en momentos desastrosos.

La ineficiencia de la ONU y otros organismos de asistencia, reveló que Haití se convirtió en un laboratorio de pruebas extremas donde prevaleció el paternalismo y los intereses políticos de los Estados Unidos, que trataron de remodelar un país deshecho, según las utopías occidentales de una democracia y economía liberal que fue imposible concertar en medio del desastre, terminando con la epidemia de cólera, el rechazo absoluto a la ONU y unas elecciones presidenciales de noviembre de 2010, donde las exigencias de simple participación consciente fueron sobrepasadas por el agobio para sobrevivir: comer y reducir la violencia urbana.

Los campamentos de Puerto Príncipe continúan inundados de miedo sobre el futuro, desconfianza hacia la cooperación internacional y rabia reprimida hacia el liderazgo de los Estados Unidos, que también fracasó en su propia reconstrucción económica, pues el gobierno de Barak Obama no logró retomar el control para generar empleo y modificar el caos de la desregulación financiera en Wall Street.

Los modelos de exportación como la economía de mercado y la democracia presidencial que los Estados Unidos relacionan con un régimen de libertades benefactoras, dejaron de ser creíbles y contraproducentes, sobre todo para Haití que, a pesar del dinero recaudado, sigue postrado en la inutilidad y desilusión. Esto destruyó la dudosa buena fe de los cooperantes para el desarrollo, quienes deben abandonar la doble moral de decir una cosa prometiendo maravillas y hacer otra, completamente distinta debido al excesivo poder de los intereses políticos y burocráticos, que no vienen gratuitamente con los países que ayudan.

El segundo aspecto de anarquía internacional tiene que ver con la lógica de balance del poder desarrollado por China, Estados Unidos y Rusia en materia de control de armas nucleares. Ninguno de estos países trató de moderar los riesgos de una crisis y confrontación bélica, sobre todo cuando se analizan los conflictos entre Corea del Norte y el Sur, Irán o las permanentes tensiones militares en Osetia.

Los peligros de contrabando de materiales nucleares, armamento y tecnología para la guerra, hicieron que las embajadas de China, Estados Unidos y Rusia, sometan toda política exterior a los intereses de defensa e intervenciones militares que ponen en vilo al conjunto de la humanidad. Las embajadas mezclan constantemente las tácticas de espionaje con las previsiones de no proliferación de armas nucleares, cuyo único fin es mantener un balance poder.

La no proliferación tiene un trasfondo moral bien definido: abandonar el temor de un balance de poder, donde los intereses de cualquier Estado tengan que ser protegidos a partir de una fortaleza militar. Renunciar a una carrera armamentista facilitaría un control más eficaz de los productos nucleares, junto al compromiso de las potencias como Estados Unidos, China o Rusia para respetar un sistema internacional más solidario.

Tanto China como Estados Unidos tienen que contribuir a la integración pacífica y negociada de Corea del Norte, a su desarrollo y a reducir la zozobra, aplacando sus propios arsenales nucleares. La comprobación vergonzosa en cuanto a la inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak, debe servir como lección para impulsar nuevas formas de negociación con Irán, reconociendo que la mayoría de los países árabes advierten el liderazgo iraní como determinante, tanto para el éxito económico del mundo islámico, como para diferentes tendencias de integración político-religiosa en el Medio Oriente.

Una intervención militar en Irán rompería toda posibilidad que busca Estados Unidos para preservar su imagen como una potencia benevolente y liberal-democrática, de tal manera que su política exterior de doble moral y tendencias imperialistas, resultaría superflua y demasiado destructiva, con lo cual su poderío también decaería.

Por otra parte, el respetable éxito económico alcanzado por China, la colocó por encima de Norteamérica y Europa; por lo tanto, ahora será fundamental un aporte chino al restablecimiento de los equilibrios en Corea del Norte y al aumento de iniciativas con mayor concordia internacional, en materia de comercio justo y compromisos para preservar el medio ambiente o los esfuerzos para combatir el calentamiento global. Al mismo tiempo, la represión y el autoritarismo del sistema político en China constituyen una hegemonía de viejo cuño, totalmente contradictoria con las perspectivas de apertura económica e integración globalizada.

El tercer ámbito de duda en cuanto al surgimiento de nuevas estrategias de solidaridad y un orbe internacional más pacífico, se asienta en la erradicación de la pobreza y las Metas del Milenio. El África Subsahariana y varios países de América Latina como Bolivia, Haití, Nicaragua, Guatemala y El Salvador, no lograrán conquistar algunas metas para reducir la mortalidad materna e infantil, o el establecimiento de armazones económicos cuyo objetivo sea mantener fuentes de empleo estables, ligadas a niveles de ingreso dignos.

Luchar contra la pobreza muestra un mundo donde también se manifestaron, de forma perversa, los balances de poder. No se puede condicionar el hecho de vencer la pobreza, a otras políticas o intereses estratégicos para dominar gobiernos. Específicamente, es un despropósito exigir que se destruya la economía de plantaciones de coca, a cambio de mercados para los productos de Bolivia, Perú y Colombia. Asimismo, no es aceptable desde ningún punto de vista soportar la invasión militar y el elevado número de víctimas civiles en Afganistán, por promesas relacionadas con la modernidad occidental y condiciones económicas de cooperación para el alivio a la pobreza.

Las tendencias de una probable explosión demográfica en el África e India para el año 2050, además de la reducción de fuentes de abastecimiento de agua, campos fértiles para la agricultura intensiva y las consecuencias negativas del cambio climático –cuyos efectos serán catastróficos en caso de no reducirse la cantidad de emisiones de gases con efecto invernadero– hacen que cualquier discusión sobre los balances de poder, intereses y privilegios de Estado, guerra contra el terrorismo, intervenciones militares desde una diplomacia preventiva-realista, y la preservación de concepciones neocolonialistas, sean ultra-violentas y autodestructivas.

El comienzo de una nueva década a partir del año 2011 demanda transformar la racionalidad de doble moral y el predominio de estructuras hegemónicas represivas, en aquella visión orientada hacia el cultivo de una sociedad internacional, capaz de enfrentar su extinción por indiferencia, irresponsabilidad y por políticas exteriores que desprecian el solidarismo junto a la cooperación. El sistema internacional debe evolucionar más allá de las luchas entre “hegemonías intransigentes” que hasta el momento siguen reproduciendo Estados Unidos, China y Rusia.

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