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La decisión como columna de la política

Por Franco Gamboa Rocabado

El ejercicio del poder está vinculado directamente a los impulsos de la dominación para disponer sobre una serie de recursos. Se puede decidir para echar mano de dinero pero al mismo tiempo, afectar la vida cotidiana de cientos o miles de personas.
El poder probablemente se condensa en aquella posibilidad de utilizar individuos y factores materiales, frente a la cual muchas veces es difícil oponer una resistencia. Carl Schmitt (1888-1985) consideraba que el poder es decidir y la decisión constituye una fuente de soberanía política conducente al regreso de mistificaciones teológicas en el terreno estatal.

En las versiones tecnocráticas sobre la reforma del Estado siempre están presentes dos posiciones: por un lado, la agenda de cambios democráticos y por otro, la discreta ilusión de un liderazgo fuerte capaz de tomar medidas estratégicas en cualquier momento. Es precisamente en este ámbito donde normalmente se oscurecen algunos aspectos teóricos e ideológicos, como por ejemplo los mecanismos permanentes para la toma de decisiones que se manifiestan en los sistemas presidenciales o parlamentarios. Aquí, Carl Schmitt posee una influencia inusitada, pues aunque sin citarlo, varios enfoques neo-institucionalistas replantean problemáticas relacionadas con las formas de compatibilizar la participación democrática, el liderazgo eficiente para articular consensos y las estrategias de estabilidad política que muchas veces se alejan de los pre-requisitos en torno a la soberanía democrática como fuente última para viabilizar la legitimidad.

El libro Teología Política, Cuatro Ensayos sobre la Soberanía, publicado por primera vez en 1922 y reeditado en los albores del régimen nazi en 1933, otorga a Schmitt las ventajas de haber formulado una visión realista y fuertemente atractiva respecto a la soberanía como un conflicto – o tensión abierta – entre la soberanía del derecho en contraposición a la soberanía del Estado, que finalmente demanda la intervención directa de un esfuerzo que imponga decisiones, tanto en las situaciones de excepción, la administración constante del poder, así como en las crisis políticas.

La discusión de Schmitt comenzó criticando las propuestas de Hans Kelsen quien consideraba al Estado como la encarnación misma del “derecho”, y donde éste representaba una norma altamente valorada como juicio hipotético del deber ser. Este deber ser guarda no solamente un paralelismo con la tradición teológica, sino que aún a pesar del intento de secularización del derecho mediante el uso de un método científico y una teoría pura de carácter racional, todavía mantenía, según Schmitt, conexiones con un Estado que se presenta como si fuera el regreso de un orden inspirado en la divinidad. La teoría pura del derecho cultivada por Kelsen, no logró borrar aquel debate en torno a cuándo se demarca completamente el paso de un orden político recibido por Dios, hacia otro orden construido por la Razón de los hombres libres y plenos de autodeterminación.

Carl Schmitt cuestiona esta concepción que identifica al orden político con el Estado de Derecho por estar encerrada en idealizaciones, que si bien tienen validez teórica, no pueden responder claramente cuando se desciende al terreno real de la política. La cuestión central se encontraría en “quién garantiza la toma de una decisión en última instancia”, soportando la responsabilidad del mando y abriendo las puertas al liderazgo como mandato necesario y fuerza material que pone en funcionamiento un gobierno o una autoridad. La soberanía para Schmitt sabe tomar decisiones, convirtiéndose en el eje pragmático que expande su vigencia hasta la actualidad porque soberano sería únicamente aquel quien “decide sobre el estado de excepción”.

En las concepciones constitucionalistas, la soberanía está totalmente impregnada de un orden jurídico, cuya forma es la decisión que obedece al cumplimiento fiel del derecho y donde el contenido de cualquier decisión responde directamente al conjunto de normas que definen los alcances, carácter y destino del Estado. Hoy día podríamos decir que la institucionalidad democrática no podría funcionar sin el imperio de la ley que es ciega ante cualquier privilegio y rigurosa para impedir el abuso del poder. El Estado de derecho sería el símbolo de cualquier democracia, al mismo tiempo que la expresión donde ningún poder se extralimita ni subordina el balance o equilibrios entre las estructuras institucionales de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

A esto puede agregarse que los enfoques weberianos sobre el Estado moderno, consideran un tipo de dominación como estructura de poder regida por la “racionalidad legal” de carácter impersonal. Dicha racionalidad se manifiesta a través de una burocracia como conjunto de funcionarios institucionales que aplica el orden jurídico positivo. Simultáneamente, la utilización de la dominación legal tiene una forma específica expresada en el derecho, administrado de manera regular y especializada.

Las decisiones de un Estado burocrático ligado a la dominación legal se presentan también como una técnica que tiende a convertir el proceso político en un escenario calculable; es decir, en el duelo entre medios y fines. Esto es importante para Schmitt pero debe incorporarse además otra dimensión: aquella donde la decisión sobre el presente y futuro de un Estado siempre revisten la posibilidad de una “excepción”, es decir, extra ordinem o por fuera del orden racional y legal.

El enfoque decisionista de Carl Schmitt brinda una nueva orientación al sentido y profundidad de la soberanía política como “capacidad para tomar decisiones”. La razón principal no descansa únicamente en la dominación legal, sino en el despliegue del liderazgo o la autoridad política específica que en cierta coyuntura ejerce el poder. El líder asume la responsabilidad global del orden político. No importa si el orden político está secularizado y racionalizado en un ámbito moderno del Estado burocrático identificado con el derecho, sino que el ejercicio de la soberanía política se aleja de sus principios como voluntad general formulada en términos rousseaunianos, transformándose en la voluntad personal del líder con la autoridad eficiente para decidir sobre el destino de un estado de excepción.

La lectura de Schmitt sugiere que el liderazgo es una especie de añoranza, semejante a toda intervención divina que siempre intenta ser secularizada con la apelación a la norma y el orden jurídico. Un estado de excepción es la marca del poder y lo político. Si bien se ha considerado a Schmitt como un autor conservador, sus orientaciones son en todo caso escépticas respecto al cambio y la probabilidad de encontrar un rumbo a partir de la voluntad de los sujetos sociales que tratan de establecer una continuidad plenamente satisfactoria entre la construcción de un orden político secularizado, la legitimidad democrática que confía en la sabiduría del pueblo y el Estado de derecho como aspiración incompleta e ideal, una vez que surgen los conflictos y múltiples contradicciones fruto de la acción política.

Las decisiones políticas, gerenciales y todo tipo de intervenciones que se relacionan con acciones estratégicas, tienen la particularidad de crear y recrear un orden o sentido del orden; por lo tanto, existe una enorme carga teológica en los debates políticos porque el líder soberano que decide sobre el estado de excepción es la extensión de la protección divina hacia las estructuras políticas. El concepto de lo político en Schmitt está muy cerca inclusive de la teoría sistémica y la toma de decisiones que pueden permitirse reducir el potencial de movilización de la voluntad del pueblo como esfera para legitimar las decisiones democráticas, favoreciendo más bien las estrategias sistémicas que entienden a la sociedad y el orden como un servomecanismo.

En esta visión política, la sociedad no tiene por qué tener sujetos con visiones subjetivas y voluntaristas para influir en las decisiones que se toman dentro del sistema. Para Carl Schmitt, Thomas Hobbes, Maquiavelo y los defensores del decisionismo en la administración pública, no se trata de pensar en quién finalmente domina la naturaleza, la descifra y controla sus movimientos, sino quién es capaz de mirar de frente y aceptar, tal cual, el todo del sistema como un orden donde “la decisión sobre lo excepcional es la decisión por antonomasia.

En efecto; una norma general: la representada, por ejemplo, en un concepto normal cualquiera del derecho vigente, nunca puede prever una excepción absoluta ni dar fundamento cierto a una decisión que zanje si un caso es o no verdaderamente excepcional” La decisión representa el corazón del liderazgo y el orden político.

Cuando Schmitt delimita de modo técnico la noción de soberanía, no la considera como mero objeto pero tampoco como un espacio dotado de fuerzas privilegiadas donde primen el derecho y la voluntad popular, sino como mecanismo de atribución o reducción de la complejidad especial mediante la intervención del líder o autoridad específicas quienes toman una decisión, determinando el rumbo que la sociedad también espera. El hecho de que la soberanía y la legitimidad democrática junto al imperio de la ley no sean el centro de gravedad para el orden político y el Estado, no significa que el derecho no tenga un lugar específico en el mundo.

En las teorías de Schmitt, el príncipe y el pueblo no pueden ser soberanos alternativamente, razón por la cual toda representación política asumirá el peso de la decisión. La soberanía es indivisible pero dentro del Estado y es así cómo se inserta el concepto de decisión dentro de la soberanía. Las estructuras del orden vinculado a la decisión se convierten en productoras de sentidos para el registro de la política y de la marcha específica del poder, más allá de la búsqueda de otros sentidos por medio de la inspiración democrática de las masas.

El decisionismo de Schmitt favorece la construcción de un orden social cuyo objetivo sea tener autoridades y líderes plenamente fortalecidos al permitir que las conductas humanas trabajen como factores predecibles, lo cual supone una codificación de funciones e información en el Estado que solamente puede ser lograda mediante el ejercicio de las decisiones. Esto es facilitado por la persistencia de los códigos teológicos en la política. La teología se transforma en una reflexión sobre las condiciones de posibilidad del orden social con la presencia de un saber supremo, protector y abierto, al mismo tiempo, a una discusión en torno a la integración del orden político y social por medio de la intervención estratégico-soberana de liderazgos seculares.

Además, desde esta perspectiva teórica, todo el orden político y las estructuras estatales son constitutivamente conservadoras. Aunque el cambio exista y pueda ser previsto, no es susceptible de liderazgo por medio de acciones voluntaristas y soberanas desde las masas. El Estado no solamente tiene el monopolio legítimo para el uso de la violencia y la producción del derecho, sino que posee el monopolio sobre las decisiones. Por lo tanto, Schmitt plantea una línea de equilibrio político entre el líder como soberano, el Estado, el sentido de orden y la toma de decisiones.

La producción del orden político está determinada por el funcionamiento de un sistema de dominación y relaciones sociales desiguales, caracterizadas por los conflictos de clase y las pugnas por una también desigual distribución de autoridad. Sin embargo, para el orden político es mucho más relevante la auto-referencia y preservación que otro tipo de aproximaciones desde la teoría del actor y las alternativas revolucionarias de cambio donde impera la soberanía de la voluntad general.

En la concepción del orden político, las revoluciones son siempre muy escasas y mucho más raros son los fenómenos de reforma. Al igual que Samuel Huntington, para Schmitt el orden político de las sociedades simplemente se mueve y desplaza en maneras que no necesariamente pueden ser llamadas reformistas o revolucionarias, sino que las racionalidades simplemente se manifiestan como reordenamientos funcionales del sistema para auto-equilibrarse, de acuerdo con ciertos mecanismos como la modernización y la estabilidad. La existencia del Estado y el orden político tienen superioridad sobre la validez de la norma jurídica y otras formas de soberanía.

Si a esto agregamos el concepto de poder, se detecta que éste no es ni causalidad, no está entendido como intercambio, ni tampoco como un juego entre oponentes, sino que el poder para Schmitt (y de manera similar a las propuestas de Niklas Luhmann) es un medio de comunicación e información cuyas raíces soberanas están guiadas por la decisión política para ser transmitida según las necesidades del Estado y la complejidad del sistema político. El orden político nunca es alterado porque es dentro del movimiento del poder como código de comunicación y decisión que se transmiten mensajes y acciones posibles hacia el ego dominado, dando una direccionalidad específica a los deseos de cambio.

El poder es transformado en un supuesto inevitable cuyo ejercicio puede ser instrumentalizado por algunos actores racionales que buscan sistemáticamente su control, e instrumentalizan los criterios del orden para restringir las alternativas de escape o insubordinación hacia el poder. Una lectura Schmittiana del Leviatán de Thomas Hobbes permitiría afirmar que el poder no es nunca una posibilidad, sino todo lo contrario, la excusa para encontrar el momento específico de atraparlo, entenderlo, preservarlo y utilizarlo constantemente, en la medida en que el orden social y político se inter-penetran como un sistema dotado de racionalidad para su organización y dominación.

Si soberano es aquel que decide en un estado de excepción, entonces las tecnologías decisionales sobre las organizaciones eficientes y complejas del siglo XXI que hoy día tienen tanto atractivo, convierten a las teorías de la democracia en un rodeo intelectual y superfluo, sin ningún tipo de efectos verdaderos en las arenas reales del poder y la política. Las preocupaciones por el orden y la soberanía del decisor transpiran un vaho antidemocrático, desplazando sutilmente aquellas demandas que reclaman una dosis autoritaria por mayor poder, el cual va a depositarse en pocas manos.

El orden político y estatal se convierte en una preocupación teórica, aunque paralelamente denota las inclinaciones neoconservadoras de Carl Schmitt que tratan de entender a la sociedad y el Estado como máquinas programables y alterables, únicamente en los términos del mismo orden bajo la égida de líderes cuya soberanía poderosa descansa en su propia voluntad de imposición.




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