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Armas inteligentes

Por La extranjera de Mantinea  

Las “armas inteligentes” retransmiten el paisaje a lo largo de su vuelo para que quede constancia de su hermoso peregrinar. Son inteligentes en estado puro, y hasta tal extremo lo son que viajan a mil kilómetros por hora guiadas por un láser o un satélite hasta alcanzar atinadamente su objetivo; no por una mano humana -que ni está ni se la ve- sino por un programa informático que suda y se entusiasma desde algún portaviones o un lugar submarino como un friki ante la pantalla del videojuego. Son tan inteligentes estos artefactos que cuando explotan lo hacen siempre con delicadeza extrema, discerniendo muy bien qué piernas ha de desmembrar, qué huérfano dejar sin padre o qué tejado de qué familia borrar del mapa. Diez metros más allá del Tomahawk la vida continúa plácidamente.



Como estas armas son de inteligencia cuasi humana aciertan por supuesto a equivocarse, y entonces mueren civiles al sur de Afganistán o en los barrios populares de Bagdad, donde la gente siempre ha sabido morirse por error. Y como estas lúcidas armas, esbeltas y espigadas como jugadores de la NBA, son despabiladas y hábiles en grado sumo, cuidan mucho de distinguir a la “fuerza amiga” susceptible de cruzarse en el camino; que la amistad es sagrada, ya se sabe, y las autopistas del cielo están llenas de bienintencionados.

Como estas armas son inteligentes a más no poder, si se han empeñado en democratizar Libia a buen seguro lo conseguirán. Porque, sí, la muerte es el estado más democrático del mundo.

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