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Caudillismo: la enfermedad del PP-artido Socialista Español

Por Carlos Tena  

¿Y qué más da uno que otro?

No pueden desprenderse de esa rémora que arrastran, como la mula tirando de la piedra del molino. Son maduros, jóvenes, entradas en años, jovenzuelas, ancianos y ancianas clamando por el padre que deja a su hijos, indefensos ante el monstruo que anida en el jardín vecino, sin apercibirse de que una idéntica fiera vive en el sótano propio.

La espantada de Rodríguez Zapatero ha sido y es aún la noticia política de primer orden, como si importara quién vaya a sucederle en las elecciones de 2012. El caudillismo no sólo aflora en las lamentaciones, sino en los elogios desmedidos para un presidente que gobierno cuya única decisión coherente (prevista, prometida y manipulada) fue la retirada de las tropas de mercenarios españoles de Irak, para enviarlos de inmediato a Afganistán. Sublime decisión.

A punto de llorar estuve, cuando la ministra Carme Chacón de los Misiles, en su mohín y emoción contenida (jamás le llamaría mierda, como Pérez Reverte hizo tras el sollozo de Moratinos en la despedida del canciller) quería hablar de ZP, pero el apellido se le quedó agazapado tras las cuerdas vocales, snif, hasta el extremo de parecer la protagonista de un tele novelón de cualquier nacionalidad, a punto de confesar una orfandad manifiesta.

Un dictador en todo su esplendor. Demócrata Underground.

Qué menos podía hacer la defensora del departamento de balas y bombas.

Demostrar su fidelidad al caudillismo, lógica por otra parte en una persona que ha convivido con el ejército de esa España Grande y Libre, para el que Franco sigue siendo un héroe. Su Jefe directo, también del estado español, le ha enseñado de primera mano cómo respetar la figura del predecesor, mientras la catalana asentía cuando tácitamente se le dice que las únicas Víctimas del Terrorismo son las que claman contra Sortu.

Otra ovación para la Trilateral Jiménez, menos grotesca que el chocarrero Bono, que en cierta ocasión demostró que su cociente intelectual se acerca al 80, ambos deshechos en loas hacia el leonés que abandona el barco, alegando supuesta democracia interna en el partido españolista que aquel representó a la perfección, aunque la sombra de Mister Bean o la del muñeco diabólico planearan en todas sus apariciones públicas y privadas, algo más góticas estas últimas, sobre todo en su visita a la familia Obama.

Bella estampa esa de la mediocridad y el caudillismo, común denominador de esta clase de figuras de la política, teledirigida desde la Banca privada y el empresariado nacional. Una estirpe educada en servir eficazmente a los intereses de potentados, marqueses o duquesas, reyes y príncipes, infantas y demás horteras patrios, incluido un gran sector de la llamaba intelectualidad baladora (no de balada sino de balido), esa que se desgañita cuando un infeliz muere voluntariamente en Cuba, pero sonríe y mira hacia el dedo que señala el cielo, si se les recuerda las 20.000 muertes violentas que cada año suceden en México.

Ya lo cantaba Carmen Sevilla: palabras, palabras, palabras

Caudillismo en la despedida, y más aún en los vítores de cientos de incautos, cuando aparecían ante el atril el ministro Rubalcaba y su colega Chacón, representantes de los sectores que dirigen departamentos unidos a la violencia y la agresión, a las armas de destrucción de vidas inocentes y detenciones arbitrarias, malos tratos y tortura. Ambos colocados como favoritos en las expectativas de voto dentro de la camorra de la calle Ferraz, al estilo de los pencos en un hipódromo zarzuelero.

Caudillismo en las formas, en las lágrimas de cocodrilo, en la sacralización de la pequeñez e insuficiencia como elementos indispensables a la hora de gobernar una nación inculta y agresiva como esta España, borbónicamente imbécil, monárquicamente inútil.

¿Por qué no me importa quien sustituya a ZP, aunque mi nombre no entre en las quinielas de aquellos que esperan prebendas, en forma de subvenciones, cargos directivos y otras sinecuras? Me imagino a la familia Capone, como a la de Pepe Blanco, discutiendo sobre el pastel, con el mismo gesto de aquel mandatario de la España más vil, burda y ramplona, llamado, Felipe González, calculando cuántos euros habría que repartir entre los próximos amigos que iban a ser nombrados ministros, secretarios de estado, subsecretarios, directores generales y otros puestos de responsabilidad.

Ese es el epicentro de la política del PSOE. La sociedad no es un ente a tener en cuenta, excepto cuando se precisa de su voto. Si hubieran sido honestos en un 10% respecto de su programa electoral, deberían haber dimitido cuatro o cinco gobiernos en pleno y convocado elecciones generales anticipadas, para permitir que sus colegas del PP participasen de la tarta. Entre hermanos, es de cajón. Pero si en el quehacer político gobernara la honestidad como virtud obligatoria, entonces ¿cómo pagar el chalet y la piscina, el servicio doméstico y los coches último modelo?

Su excelencia el presidente ZP ha anunciado que no se presentará a los próximos comicios. Y podría hacerlo, según la constitución española, las veces que le viniera en gana. Entonces, ¿con qué altura moral puede ninguno de los políticos de este país criticar a Chávez, cuando ellos han permanecido en sus comunidades más de 20 años? ¿Acaso la democracia radica en cambiar al dirigente, hombre/mujer cada 4 u 8 años? ¿Alguien quiere apostar a que el PSOE presentará una candidata a las elecciones, para llevarse el gato de ser el primer partido que elige a una fémina como oponente a Mariano Rajoy? El teatro del oportunismo tiene esas escenas y otras más escondidas entre las bambalinas.

Es el cargo, el más grande, el primero del escalafón lo que lleva al lacrimeo y a la hagiografía. No es fundamental el programa, sino quién ocupe La Moncloa; no es censurable que el nuevo inquilino/a mienta, estafe, manipule o mande mercenarios a responsabilizarse de los daños colaterales en una invasión. Eso se da por descontado.

Lo importante es la actuación almodovariana, repleta de vítores, aclamaciones, gritos, alaridos, llantos, sollozos y gemidos ante lo desconocido. En suma, continuar con el esperpento de unos votantes que parecen haber perdido al profeta, al hombre, a un nombre. Y eso sí que no tiene nombre.
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