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Sobre la ovación al Borbón en las Cortes

OPINIÓN de Carlos tena   
España es un país de telenovela y pandereta. Pero además, es una nación en la que todos sus ciudadanos son diferentes ante la ley. Y si me apuran, una sociedad de botellón, estafa, evasión de capitales, charanga y sensiblería, alentada en los medios como arma para “emocionar” a la ciudadanía.

Lo hizo el Borbón al entrar en las Cortes, donde jurara hace años fidelidad a los principios del Movimiento franquista. Lo hizo la portavoz de las llamadas víctimas del terrorismo para llamar la atención sobre una supuesta impunidad de miembros de la ya dimitida ETA.

Los portavoces de las víctimas del terror franquista, que son cientos de miles, no ha tenido acogida en los medios de comunicación para denunciar la impunidad de decenas de miles de torturadores, militares, policías, guardias civiles, que sembraron con sangre y fuego un país en libertad, que iniciaba una andadura ilusionante hacia la democracia.


La ovación sin vuelta al ruedo que sus señorías (incluído Cayo Lara) dispensaron al heredero de Franco, por el simple hecho de que ahora “el chico lo está pasando mal por culpa de otro de sus yernos“, hizo enrojecer a incontables ciudadanos que, por culpa de una monarquía y sus gobiernos, padecen una plaga política que mantiene a la sociedad en la inopia, el paro, el desahucio y la mentira.

Es el mismo aplauso de los fans de un torero ebrio, que ha causado la muerte de un padre de familia.

Es la misma ovación que recibe un bailarín que atropella a un ciudadano, lo mata y se da la fuga, sin la que la justicia haga más que aplicar atenuantes y beneficios penitenciarios.

Es el palmoteo barato a una cantante, cuyo mayor mérito como contribuyente ha sido estafar a la hacienda pública.

Es el espaldarazo y aplauso de muchos colegas de Teddy Bautista, cuando los millones de euros vuelan desde la SGAE con destino inconfesable.

Todos los asistentes, unidos por la misma convicción forzada de que “se vea en el extranjero cómo queremos a este rey“, me recordaron los peores momentos del franquismo, con los procuradores del Caudillo en las Cortes ovacionando al asesino. Cuanta emoción.

Hoy mismo, el ciudadano Urdangarín ha sido imputado por un delito de corupción, algo que Felipe González conoce como si fuera catedrático. El también ovacionaba y abrazada a asesinos y delincuentes a la puerta de una prisión, haciendo apología del terrorismo “funcionarial”, aunque los imputados (y condenados) fueran ministros, directores generales o generales sin más.


Las ovaciones forzosas, como las vacaciones, no producen el efecto de un asueto voluntario y espontáneo. Más bien intranquilizan. Los aplausos a un monarca que percibe un sueldo de casi 300.000 euros anuales, cuya casa real dispone también por año, de una cantidad superior a los 9 millones de euros, son un insulto a la democracia. Palmoteos lógicos por parte de los representantes del PP, CyU, CC, UPyD, y otros colectivos de corte inquisitorial, pero indignos de quienes dicen estar del lado de los más desfavorecidos, como el siempre mendaz PSOE, o sus primos más cercanos, los chicos y chicas de IU. La gota de dignidad la pusieron ERC y Amaiur, negándose a asistir al esperpento.

La ovación al rey para consolarle del oprobio que significa que su yerno imputado (del que los servicios secretos del CNI informaron en su día acerca de ciertos detalles del mentado, respecto a su comportamiento nada ejemplar con Hacienda) sea un baldón para la familia, no vale para otra cosa que para continuar esa telenovela torpe y mediocre, donde saltan y danzan las miserias de la dinastía borbónica, en toda su dimensión y esplendor.

Todas las lacras reunidas, ovacionadas en un parlamento, por unas señorías que ni son excelentísimas, ni ilustrìsimas, ni dignísimas, por mucho que lo mande el protocolo.

En este caso, el protoculo.

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