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“Cayetano, tú tienes la tierra”

OPINIÓN de La extranjera de Mantinea   

La noticia fue esta: Cayetano Martínez de Irujo, Conde de Salvatierra, había visitado varias fincas y fábricas del sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) en Marinaleda, sede de sus proyectos de cooperativa y agricultura ecológica y a la sazón epicentro de la lucha jornalera en España, si podemos utilizar esta romántica expresión. El objeto de la visita no fue otro que el de celebrar la reconciliación con un gremio al que semanas antes había dirigido algunas “desafortunadas” palabras en un programa de televisión. El episodio era finalmente superado por ambas partes, de lo que dieron fe gráfica algunas fotografías tomadas por diferentes agencias durante el encuentro. Una de ellas es la que inspira e ilustra este comentario, y que me trajo a la memoria aquella célebre frase zapatista, “La tierra es para quien la trabaja”. Pero, también, imágenes de tiempos tan pretéritos como los tapices de algún hispánico palacio real.

Foto: EFE

Cayetano Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart debe parte de su nobleza –y con sus títulos, algunas de sus tierras- a su madre María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, cinco veces duquesa, dieciocho veces marquesa, veinte condesa, vizcondesa y condestablesa, y, para más INRI –si no hago mal el recuento- catorce veces la más alta dignidad de la nobleza detrás del infantado, es decir, Grande de España. El origen de este título es tan viejo que tenemos que remontarnos a las antiguas monarquías visigodas, de manera que podemos calcular a cuánto asciende el poderío irracional y místico de eso que conocemos popularmente como “sangre azul”. Cuando las tierras de media España han llegado a sus actuales propietarios apelándose generación tras generación a las cualidades de la sangre, y esta apelación se ha solidificado en derechos de propiedad, el resto de los argumentos que podamos añadir para nuestra defensa, es decir, para defender lo contrario, son ociosos.

El tiempo ha ido legitimando algo cuyo origen fue mágico y que, si lo miráramos con alguna atención, nos causaría tanto asombro como el hecho de que nuestros ministros consultaran en sus gabinetes los movimientos del zodiaco antes de tomar sus decisiones. Ya lo escribió algún barroco como el jesuita Juan de Mariana en aquella época tan nuestra de exaltación de la nobleza hispana: “Todas las familias que brillan hoy por su esclarecido linaje tuvieron principios bajos y oscuros”, eso sí, alumbrados mágicamente por una gracia o merced real que contagiaba algo del esplendor divino de la corona. Si un día decidiéramos entre todos (puestos a imaginar) que la legitimidad de las posesiones de los nobles no es tal en el origen, y que el tiempo no es razón legitimadora suficiente, veríamos otras pancartas en las manos de los jornaleros abanderados con la insignia republicana: “Cayetano, nuestra es la tierra, y nuestro el trabajo”.

*Belén Rosa de Gea, laextranjerademantinea.blogspot.com

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