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Desaparecer, ¿sin más?

OPINIÓN de La extranjera de Mantinea   

Foto: G. Villamil
Una de las estampas más sobrecogedoras cuando viajas por carretera salta a los ojos desde el arcén, al borde mismo del asfalto. Allí, detenido en el tiempo, un hito de piedra o de mármol –o simplemente una farola acicalada al efecto- nos recuerda que alguien perdió su vida inesperadamente. Algunas veces las flores colocadas allí asoman marchitas, resecas por el sol y las inclemencias de los días; otras lucen como recién puestas, con sus colores de plástico desvaídos, pero brillantes aún. Entonces te imaginas y sientes las lágrimas vertidas, las manos trémulas del abandono junto al quitamiedos esa mañana de lluvia o de verano, el día en que regresó al lugar para volver a creerlo del todo.

Gestionar la ausencia exige siempre consciencia del presente pero también una peculiar cruzada contra el olvido. El hueco que entrega quien se marchó no es solamente un registro en un rincón de esa masa gris de nuestro cerebro, sino una presencia real y cotidiana. Con la ausencia se convive, no como si el objeto añorado fuera espectro del pasado, sino como ese presente descarnado que es, desprovisto de corporeidad, invisible pero cierto. La ausencia necesita un lugar donde ser visitada y solamente en este encuentro puede la persona abandonada superar el luto de la pérdida.

Los cementerios están rebosantes de ausencia, pero allí se va casi siempre al encuentro con los propios muertos como también se regresa al paisaje donde se dejaron caer las cenizas, conscientes de que allí hay un atisbo de la vida que fue. Pero quien un día vio marchar a su madre, a su hermano o al amigo y quedó esperando su regreso hacia algún lugar, aunque fuera como un cuerpo inerte ya para siempre, no abriga un espacio para el consuelo. No tiene espacio físico donde señalar con la mirada, ni lugar en la memoria donde registrar los últimos instantes de aquella vida, con el fin de hacerlos perdurar mientras acontece la propia.

Quienes se marcharon algún día, aquellos seres lejanos que alguien hizo desaparecer, necesitan el reencuentro. Hay que arañar en las cunetas de la historia, excavar la tierra, horadar las montañas si es preciso. Los cuerpos que ya no están nos exigen ser redimidos por la memoria; y aquéllos que les sobrevivieron, verles reaparecer como la realidad que son, la realidad querida que fueron, la realidad que serán siempre.

*Belén Rosa de Gea. laextranjerademantinea.blogspot.com

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