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Más que sus goles

OPINIÓN de Antonio Ruiz Morales   

La muerte del futbolista italiano Piermario Morosini se suma a la historia más oscura en este deporte. El fallecimiento de Antonio Puerta y Daniel Jarque o del húngaro Miklos Féher, abrían el debate sobre la preparación física y la sobrecarga de partidos de las principales ligas.

En el partido de la Serie B italiana que enfrentaba a su equipo con el Pescara, el número 25 del equipo toscano se derrumbaba al sufrir un ataque cardíaco. Después de varios intentos por mantenerse en pie, su cuerpo cayó rendido en el césped del Estadio Adriático de Pescara.

Cuando comenzó su carrera profesional, Piermario ya era un héroe anónimo. A los dieciocho años tuvo que afrontar la muerte de sus padres de la mano de Carla María y Francesco, sus dos hermanos que sufrían discapacidad mental y de los que él se haría cargo. Era ángel protector de sus hermanos y ejemplo de humildad y superación para sus compañeros del Vincenza y del Atalanta.

Antonio Di Natale, ¨El Príncipe de Udine¨ es otro de los grandes ídolos del fútbol italiano. Capocannoniere en dos ocasiones, y un habitual de la selección italiana a pesar de sus 34 años. Perdió a su madre hace cuatro años, y era compañero de Morosini en el Udinense. Di Natale estaba muy unido a él. Poco importaba la diferencia de edad. Morosini fue un gran apoyo para superar la muerte de su madre.

Mientras Italia entera lloraba la muerte de Morosini, Di Natale contactó con todos los capitanes de las Series A y B para que ayudarán a sufragar los gastos de los cuidados especiales que necesitaba la hermana. Con la muerte de Morosini, a Carla María no le quedaba ningún familiar directo. Di Natale asumirá su custodia. El Atalanta, donde el jugador se formó y el Udinese, el equipo que tenía los derechos federativos de Morosini, se han comprometido a gestionar los gastos con el fin de garantizar el bienestar de Carla María.

En palabras de Di Natale, “fue un excepcional compañero, tan lleno de vida. A pesar de todos los problemas que tenía, siempre estaba a disposición del equipo y daba todas sus fuerzas por ello”. Dos años más tarde, un nuevo suceso marcaría su vida, el suicidio de su hermano Francesco. Nunca tuvo una vida fácil, nunca desatendió su compromiso ético con sus hermanos y su pasión por el fútbol.

Las muestras de solidaridad se han multiplicado y el mundo del fútbol ha respondido como una gran familia. Es aquí cuando enseña su verdadera cara, que no es distinta a la sonrisa que se le dibuja a un niño cuando alguien le regala un balón de fútbol. Una escuela de valores y de vida que desata la pasión de millones de personas en todo el planeta, sin distinción de raza, creencias o geografías.

Este deporte siempre ha tenido una cara menos visible. A pesar del espectáculo y del negocio desorbitado que genera, algunos equipos y futbolistas no se olvidan de su dimensión más humana y solidaria. Es para muchas personas una válvula de escape, una llamada a la acción o un juego que aporta esperanzas para muchos pueblos olvidados por la historia.

El éxito sin honor puede que sea uno de los mayores fracasos. Di Natale quizá nunca consiga un Campeonato Mundial de Fútbol pero puso el mundo a los pies de Morosini para que su historia de superación y amor a sus hermanos no quedara muda y sirviera de ejemplo a generaciones venideras antes de que se perdiera. En su honor, el Livorno retirará el número 25. En la memoria colectiva quedará como ejemplo la pasión y el tesón con que afrontaba el partido que le jugaba a los días, y del que tanto aprendía Di Natale. “Ciao Moro, forza Livorno, forza Udinese”.

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