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Y únicamente un cuerpo

CUENTO de Eduardo Pérsico.-  

Al final un gemido bien ajeno del mundo y el recóndito y lacio volver hacia uno mismo.

Bajo un sol de verano en Buenos Aires la mujer ordenaba el tránsito en la esquina más céntrica. De blusa blanca sin mangas, ceñida falda azul y subiendo y bajando de vereda a calzada, le extrañó que alguien le dictara una frase al oído y al repetirse el turno de los autos, volviera al abordaje. Quizá ella pensara apenas ‘qué descaro’ aunque al siguiente cruce de personas, el mismo de camisa abierta de lucir piel tostada y pantalón ceñido la abordaría de frente, y ella casi moviera una mano al responderle. Y ya en el próximo cuadro y más cercanos, ambos rodearían cierta negociación acaso absurda y al venidero cruce de los autos tras un trance más tenso y demorado, rumbearían a un edificio por la misma vereda.

A la mujer tal vez la impulsara alguna inconfesable fantasía mientras subían a una oficina del primer piso, ámbito sombreado y una tenue luz de computadora sobre un escritorio más dos o tres sillas separadas. La mujer quizá ni imaginara comentar con nadie ese juego adolescente y temerario por el cual su marido quizá la mataría, cuando el muchacho aquel sin dejar de besarla ya le destrababa los cierres de su ropa. Y desde allí transitaría un inesperado territorio a medio vestir de nalgas descubiertas, junto a ese hombre que la conmoviera con su aroma de novedosa piel más aquella rotunda visita entre sus piernas. Así que los dos ya sin remilgos entrarían al más antiguo entresueño conocido y en ese instante exacto, - eso nadie lo sabe- ansiando ambos ser amados de verdad y hondamente una vez en la vida. Los dos únicamente un cuerpo ya con la mutua boca de saborear profundo y al final de un gemido bien ajeno del mundo, el recóndito y lacio volver hacia uno mismo. Al separarse quizá no se dijeran nada. El muchacho ausentado en la silla quitándose el condón y la inspectora apurada en volver al trabajo, habrían imaginado muchas veces ese amorío furtivo. Más quizá y en algún infinito de los cielos, los precursores del encuentro se felicitarían por el episodio según ellos eternamente lo hacen, sin ninguna palabra. Y fieles a su estilo, el diablo apenas sugirió un canchero guiñar de ojo y dios, enarcando las cejas, mostró en silencio su habitual sonrisa. (oct.012)

 

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