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Los modos fascistas del Circo Berlín

OPINIÓN de Julio Ortega.- 

Su gerente, un maltratador de animales humanos y no humanos

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás” . Una reflexión de Mahatma Gandhi más allá del tiempo y de las culturas. Y miedo produce, al ruin, que alguien descubra que cobra por conceptos encubiertos que no figuran en su nómina, conceptos como la tortura, sobre todo cuando en el epígrafe del puesto reza algo así como: "hacedor de diversión, educación y arte". Sí, los ideales de otros generan pánico en quienes saben que una idea, pongo por caso acabar con la esclavitud, puede convertirse en realidad, y cuando avistan la superación del engaño o de la ignorancia que supondrá el final de las coartadas que garantizaban la impunidad de sus crímenes.

No es la primera vez que personajes vinculados a alguna forma de crueldad con los animales agreden a activistas que reivindican el respeto a los derechos básicos de otras especies. Y en esta ocasión le ha vuelto a tocar a miembros de la Asociación Igualdad Animal. Ahora no les han zurrado en la arena un ruedo, no han sido taurinos intentando cortarles la cuerda desde la que pendían a veinte metros de altura, ni cazadores armados amagando con dispararles y golpeándoles, esta vez fue el responsable y varios trabadores de un circo. De un circo con animales, claro. El Circo Berlín en Málaga.

Les rompieron el megáfono, les destrozaron las cámaras de fotos y les quitaron los móviles. Pero eso no es suficiente para quienes consideran que la violencia es un recurso y la utilizan a diario, así que completaron su actuación pegándoles en la cara y en la cabeza, y lo hicieron con tal ferocidad que fue necesaria su asistencia hospitalaria. Los partes de lesiones así lo corroboran.

Los activistas repartían folletos a los viandantes y les explicaban cuál es la realidad que esconden los circos con animales, pero a Franki Bügler, el gerente, eso no les gustó, así que allí se fue con sus secuaces (trabajadores obedientes a la voz de su amo) para empezar a apalearles sin mediar palabra. Los empleados del Circo Berlín, conscientes de que los superaban en número y de que los animalistas, por principios, son pacíficos, sabían que no corrían el menor riesgo. La cobardía es un rasgo común en los crueles con los animales y estos no han sido una excepción.

El año pasado conocí a Daniel Delgado, el activista al que le abrieron la nariz. Aquella noche cenamos juntos y `pude comprobar que él, al igual que sus compañeros agredidos, al igual que todos los que integran el movimiento por los derechos de los animales, representa lo contrario que sus agresores: el respeto, la libertad, la inteligencia, la sensibilidad, la cultura, el progreso.

El energúmeno del gerente y sus matones a sueldo saben que por ahí es por donde se les acaba un negocio basado en la explotación cruel de seres vivos, y a falta de argumentos éticos con los que defender su conducta pancista y bestial echan mano del cabezazo, del puñetazo o de la patada, el equivalente con humanos a sus tácticas con los animales a los que maltratan: el látigo, la descarga eléctrica, el hambre, las drogas y los palos.

Entre estos seres humanos y los animales obligados a ejercer conductas antinaturales bajo la carpa de ese circo existe una relación de explotación y, por lo tanto, cargada de violencia. Toda la parafernalia con la que se envuelve: música, risas, color, danzas, dulzor y fantasía, no son más que pura retórica al servicio de esa violencia que hace posible que el espectáculo continúe bajo una apariencia de inocencia que sólo esconde podredumbre y dolor.

Se dice que para el enemigo, y en este caso el nuestro lo es quién maltrata y explota a los animales, “violencia” son los actos que amenazan su poder (su negocio) porque no los puede controlar, y “paz” es en cambio la aplicación de su orden violento. Así que probablemente este empresario circense, con la intención de defenderse y en el mismo acto criminalizar a los activistas, les acusará de “ecoterroristas”, y lo cierto es que lo hará convencido, para él lo son porque ponen en peligro sus intereses al propugnar la libertad de los esclavos de los que se lucra.

Es a ti, mamá, es a ti, papá, y no a tus hijos, a quien corresponde analizar todos estos hechos y decidir si realmente quieres por una parte seguir alimentando ese bucle de mentiras, explotación y violencia, y por la otra si crees que lo más conveniente para la educación de tus pequeños es someterlos a un proceso domesticación y alienación que anule su capacidad de reflexión, de crítica y, por lo tanto, negarles las herramientas para que formen parte de un proceso de transformación (evolución) tan necesario, condenándoles a constituirse en baluarte del enquistamiento social en los tiempos del abuso y de la desigualdad amparadas por ley y conciencias.

No son los golpes lo que hoy más le duele a estos jóvenes, sino saber que esos pobres animales continuarán en manos de tan miserables y violentos personajes. Pero olvidando su dolor físico y arrastrando su dolor moral, seguirán, seguiremos, luchando cada día con mayor fuerza que el anterior, porque nosotros, los animales humanos, disponemos de comisarías en las que denunciar y de salas de juicio en las que vernos las caras con nuestros agresores, pero ellos, los esclavos de otras especies, sólo nos tienen a los que no dejaremos de partirnos el alma y la cara si hace falta con sus maltratadores y asesinos. En sus ojos veis el miedo, pero en los nuestros, hatajo de cobardes, sólo veréis coraje. Palabra de animalista.

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