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El millonario y la cacerola

Por Rómulo Hernández.-

El cliente espera a que abran la tienda para comprar. El millonario la hace cerrar para que no le molesten mientras escoge su ropa.

El cliente paga para ver una película en el cine. El millonario decide cuál verá el asistente y cuándo.

El cliente compra una revista para ver a Paris Hilton o a las Kardashian. El millonario busca quién se las presente.

El cliente trata de juntar millas para ayudarse a comprar un pasaje. El millonario hace paralizar el aeropuerto para él despegar primero. El cliente escribe los libros. El millonario decide si los publica o no. El cantautor crea la canción. El millonario decide si la graba o no. El cliente pide la cerveza. El millonario decide si la tomas o no. El cliente pide la harina. El millonario decide si la compra o no. El cliente quiere ser actor. El millonario decide si lo hace famoso o no. El cliente enciende la televisión. El millonario la posee. El cliente desesperado pide un candidato. El millonario se ofrece.

El millonario vende las cacerolas. El cliente las compra y las hace sonar para aturdir al mundo y pedir con alaridos, seguir teniendo a su mismo amo, el millonario.

Así tronaron palanganas, ollas de aluminio, de presión (más que nunca) y hasta una que otra de peltre. Eso sí, puliditas. Protestar, pero cuidando las apariencias.

Nos guste o no el candidato. Aunque nos haga pujar con el pensamiento para transmitirle la frase completa. Después se verá si las entiende o no. Había que complacerlo. Al fin y al cabo hizo un gran esfuerzo para colocar su voz más grave, mientras los labios movía temblorosos para al final tartamudear: “¡Arrecheeraa!”.

Había que sacar el sonido de las cocinas de gas directo para celebrar la quema de clínicas comunitarias, para ocultar ocho gritos de muerte y el llanto de la pobreza aún de luto por quien le abrazó sin vergüenza.

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