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Ventajas y limitaciones de la cultura integracionista brasileña

OPINIÓN de H. C. F. Mansilla.-

En junio de 2013 se llevaron a cabo las manifestaciones públicas de protesta más amplias e intensas de toda la historia brasileña. En la segunda mitad del siglo XX no hubo nada similar contra la dictadura militar. Más de ochenta ciudades vivieron una atmósfera de tumulto contra las políticas públicas del gobierno y, en el fondo, contra los valores de orientación de las élites gobernantes. En relación con la magnitud de la protesta el número de víctimas y daños fue relativamente reducido. Y las manifestaciones se diluyeron paulatinamente, sin que se llegase a una confrontación realmente violenta entre los descontentos y las fuerzas de orden público. Por ello se puede afirmar que todavía hoy la cultura política brasileña representa un clima relativamente cordial y distendido. Brasil tiene probablemente el record mundial de desigualdades sociales comprobadas estadísticamente, pero las formas culturales de lidiar con ellas y con numerosos problemas afines han sido siempre más pacíficas y menos traumáticas que en todos los otros países latinoamericanos. Algunas breves menciones acerca de la historia de esta nación pueden ayudar a explicar este fenómeno.

Cuando los portugueses descubrieron las costas brasileñas por casualidad en 1500 ─ se trataba de una flota que en realidad iba a la India ─, no encontraron ninguna aglomeración urbana ni tampoco una población numéricamente importante. Al contrario de México y el Perú, toda la región estaba muy escasamente poblada y no poseía recursos económicos importantes, como los que buscaban habitualmente los conquistadores ibéricos: metales preciosos y mano de obra barata. La colonización fue muy lenta, y durante mucho tiempo se restringió a una franja costera relativamente estrecha, donde nunca hubo una población indígena digna de mención. (Las tribus selvícolas más importantes estaban, como hoy, situadas en la selva amazónica, región que brindaba recursos relativamente más abundantes a una población de cazadores y recolectores.) La vida colonial portuguesa se distinguió por una Iglesia Católica más débil y con menos presencia cultural-educativa que en la América española; hay que mencionar asimismo que no hubo Inquisición durante todo el periodo colonial portugués. La escasez de mano de obra fue cubierta con la importación masiva de esclavos africanos, concentrados en el Noreste (Pernambuco, Bahía, etc.), y destinados a cultivos agrícolas, sobre todo a la caña de azúcar, que hasta mediados del siglo XIX fue el principal producto de exportación del Brasil.

Como en otros lugares del gran imperio colonial de Portugal (en la India y en el África), la estrategia cultural prevaleciente fue el sincretismo, que en la praxis cotidiana ─ no en la intelectual y política ─ ha significado (a) una vinculación cooperante entre los distintos grupos sociales y las etnias del país, pese a todas las disensiones y los conflictos, (b) un interés débil y más bien pragmático en asuntos de religión y credos, y (c) una paulatina mezcla de las diferentes culturas de origen. Uno de los resultados finales puede ser descrito como la creación espontánea de una cultura que tiende a integrar los distintos elementos constituyentes, a limar diferencias y asperezas y a hacer más o menos comprensibles a los unos los intereses y las peculiaridades de los otros. No se trata, por supuesto, de una meta evolutiva premeditada, sino de la consecuencia práctica de un largo convivir dentro de un marco estatal que desde un inicio mostró ser más tolerante y menos dogmático que el español, menos centrado en marcar diferencias y poco preocupado por algunos aspectos recurrentes de la cultura colonial española, como la pureza de sangre, las claras diferencias de clase y rango y la extirpación de idolatrías.

Por otra parte, es imprescindible mencionar características referidas a la praxis pública de los indígenas y los afrobrasileños. En contraste con el ámbito andino, los grupos indígenas brasileños actuales hacen valer muy pocas reivindicaciones con respecto a un pasado civilizatorio digno de imitación o a formas políticas e institucionales (como la justicia comunitaria). Sus designios políticos mayores y hoy más publicitados se hallan en la protección de ecosistemas tropicales en peligro, sobre todo a causa de la construcción de grandes represas hidroeléctricas. Es digno de mencionarse que en el conjunto de la sociedad brasileña la temática del medio ambiente concita un interés muy modesto, pese a la gravedad e intensidad de los daños ecológicos. Los intentos de los indígenas por rescatar modelos civilizatorios aborígenes se restringen a fenómenos culturales en sentido estricto: folklore, música, arte, alimentación, prácticas curativas y, excepcionalmente, cultos religiosos. Siempre han sido grupos selvícolas extremadamente pequeños, no vinculados entre sí y sin una consciencia colectiva de haber pertenecido a un modelo civilizatorio que se hubiese extendido por toda la geografía brasileña. Los afrobrasileños, por su parte, tienden igualmente desde el siglo XIX a rescatar elementos y valores en los terrenos culturales y religiosos, en los cuales exhiben una gran creatividad. Su origen exógeno les impide exigir el retorno a una sociedad política diferente de la creada por los portugueses y continuada sin grandes traumas colectivos por los brasileños del presente.

Desde un comienzo la civilización brasileña ha sido una sociedad en expansión horizontal. La ocupación efectiva de un inmenso espacio geográfico y la puesta en valor de sus recursos económicos, que parecen inagotables, han servido de válvula política de escape, aminorando los conflictos sociales, especialmente los redistributivos. Lo que podríamos llamar la línea oficial en la formación de la consciencia histórica ─ por ejemplo: en la enseñanza escolar ─ ha tratado siempre de integrar a todas las épocas históricas en un gran conjunto armonioso, donde todos los sectores y los periodos aportan su grano de arena a la construcción del gran proyecto nacional. No hubo guerra de independencia: el príncipe heredero de la corona portuguesa se declaró de manera bastante intempestiva en 1822 emperador del nuevo Estado (curiosamente después fue rey de Portugal). Todo siguió como antes. No hubo una impugnación de la era colonial, como tampoco se dio un odio social contra la monarquía después de la proclamación de la república en 1889. El experimento populista de Getúlio Vargas (1930-1945) se disolvió en las aguas tradicionales de la política brasileña. La dictadura militar (1964-1985) ejerció una represión muy moderada, si la comparamos con Argentina y Chile. Importantes partidos que podríamos llamar "conservadores" – el Partido do Movimento Democrático Brasileiro, PMDB, y el Partido Liberal, PL, claramente a la derecha de la corriente opositora principal en la actualidad, el Partido Socialdemócrata Brasileiro, PSDB, de Fernando H. Cardoso y José Serra –, han apoyado al gobierno de Lula desde un comienzo.

La cultura brasileña no ha tenido, hasta bien entrado el siglo XX, rasgos intelectuales politizados. La gran ensayística latinoamericana de habla española (desde Lucas Alamán y Domingo F. Sarmiento hasta Octavio Paz y Mario Vargas Llosa) no ha tenido un desarrollo comparable en el Brasil. Es, en general y con muchas excepciones, una cultura social poco favorable a preocuparse por los agravios del pasado ─ lo que, evidentemente, va en favor de las élites de turno ─ y más bien consagrada a pensar en el futuro. Uno de los resultados de esta mentalidad es un optimismo muy expandido ("el país más grande y bello del mundo"), que, de alguna manera difícil de describir, debilita las confrontaciones ideológicas clásicas. El sistema de partidos es débil y reciente (originado en su forma actual en los últimos años del siglo XX), y fomenta una "interpenetración" muy marcada entre los grupos y las élites políticas.

El optimismo social y la carencia de distinciones ideológicas claramente contrapuestas han promovido el gran sincretismo cultural, que empezó probablemente como tendencia religiosa. Hoy se manifiesta en formas más o menos colectivas de arte, como las telenovelas, el carnaval, el teatro y el cine. Para todo ello se requiere de una actitud de entendimiento con los otros, aunque sea verbal, indispensable en una sociedad multi-étnica, aunque, curiosamente, monolingüe y ─ se podría decir tal vez ─ monocultural: no hay todavía una alternativa clara a la concepción de El hombre cordial, que empezó en la sociología y ha terminado como consigna colectiva de gran popularidad. Pero esta doctrina del "hombre cordial", como aseveró Jessé Souza, tendría la función de una "fantasía compensatoria" para hacer más digerible el subdesarrollo de esa nación: esta sería la ventaja comparativa frente al mundo ya desarrollado. Se daría "la construcción sentimental del oprimido, idealizado y glorificado", que obstaculizaría políticas públicas adecuadas para cambiar ese estado de cosas. El resultado de la doctrina del "hombre cordial" sería una marcada inclinación a la "autocomplacencia" y a la "auto-indulgencia", una "extraordinaria ceguera" que impediría una adecuada comprensión de los desafíos y problemas actuales de la sociedad brasileña. Estos constituyen los aspectos poco promisorios, la contracara preocupante del modelo integracionista.

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