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PERÚ - El procurador valiente

OPINIÓN de Raúl Wiener.- 30.08.13. 

Julio Arbizu es como un personaje de otra historia que se ha quedado entre nosotros para hacernos recordar las promesas que hicimos cuando el régimen de Fujimori llegaba a su fin y prometimos que nunca más permitiríamos que nuestro país fuera gobernado por ladrones que habían usado el poder para llenarse de dinero y para corromper todo el sistema político, y que repetimos más tarde durante la campaña en la que Ollanta Humala anunciaba que tras diez años perdidos por fin la corrupción recibiría su merecido castigo, tanto en su vieja versión dictatorial como en la de los demócratas que engordaron con la plata del fisco.

No fue Humala, sin embargo, que estuvo atacado de una bacteria de “realismo” desde el primer día con la banda presidencial y abandonó la ofrecida cruzada por la limpieza moral del Estado y el sistema político, de la misma forma como desertó de sus demás juramentos transformadores, sino un personaje desconocido para la mayoría, un abogado joven, parapetado en una oficina del Estado con apenas unos cuantos medios técnicos y unos ayudantes, al que el gobierno y el partido oficialista han mantenido casi abandonado como si su tema no fuera el de ellos, quién se compró el pleito de demostrar que sí era posible hacer algo en el campo de la moralidad pública.

Este jacobino de tamaño físico más bien pequeño, pero de corazón e inteligencia realmente fuera de serie, ha concitado la atención pública porque se ha enfrentado a los más pintados del poder corrupto. Tal vez la mejor forma de aquilatar su dimensión sea ver la manera como levanta odios en el fujimorismo y el APRA, que son los partidos con mayores pasivos de corrupción, y el extraño acompañamiento que éstos han recibido del PPC y el partido de Acuña que ahora también piden la cabeza de Arbizu. Pareciera que el nuevo ambiente de supuesto “diálogo” con los partidos ha puesto sobre la mesa la relación de cabezas que deben rodar para que se produzca el abrazo del conjunto de la clase política y el abandono de las investigaciones sobre corrupción. Pero Arbizu no es solo un perseguidor de políticos y funcionarios con uñas largas, sino que es el primero de nuestra historia que está haciendo pagar las reparaciones civiles a las que estaban obligados los asaltantes del fisco, el que ha impuesto embargos a los que se resisten y el que ha desenmascarados diversas maniobras para trasladar los bienes de los corruptos a terceros. Ha logrado también regresar al país dinero en cuentas al exterior.

Hay quién dice que la primera dama ya le bajó el dedo a Arbizu y que Ollanta no hará nada para defenderlo. Si ocurre será uno de los baldones más sucios de este gobierno. Porque atentará no sólo contra Arbizu, sino contra las últimas esperanzas que existen de que en este país no nos gobiernen delincuentes.

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