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No soy economista


30.09.13. OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.-  No. No soy economista y me siento orgulloso de no serlo. No me apetece pertenecer a ese grupo de personas que sólo definen el pasado en cuanto pasado, a ese otro grupo que predice un mañana dictado por el gobierno de turno para engañar el futuro. Ninguno de esos grupos tiene el más mínimo interés por lo humano en cuanto protagonista de la historia.

Los medios de comunicación hacen que uno se acerque cada día a numerosas tertulias. Y dada la situación actual, nunca falta un economista real y algunos periodistas capaces de hablar de todo, hasta el punto de lanzar dogmas lo mismo sobre la situación del carbón en España que sobre la herencia genética de las ballenas, sobre las bondades de una subida de la luz que sobre las maldades de la fecundación in vitro. Confieso que me siento abrumado por el saber pluridimensional de ciertas voces. Me evito el trabajo de citar nombres concretos porque evidentemente todos tenemos ciertos rostros en las pupilas.

Los economistas o pseudo economistas manejan una realidad que por sí misma carece de interés. De un tiempo a esta parte, las calles se han llenado de mercados, prima de riesgo, deuda pública, crisis sistémica, rescates bancarios, copagos, recortes. Caminan por las aceras “hombres de negro”, la capital de España es Bruselas y a Rajoy se le ha puesto rostro de Angela. Los hospitales son franquicias bancarias, el cáncer una mercancía y para que las mujeres sean plenamente mujeres deben enseñar las huellas genitales de un varón que las hace madres (Gallardón) y no se admitirá una fecundación de otro tipo sin pasar por un orgasmo (Mato).

La vida ha cambiado mucho en los seis últimos años. Desahuciar es devolver la vivienda a su auténtico dueño (bancos o cajas) sin que cuenten para nada Manolo, Gloria y sus tres hijos menores. La hepatitis hay que pagarla como se paga el paquete de ducados. Y porque la vida es elección se nos coloca en la disyuntiva de elegir entre el broncodilatador o la sopa de ajos.

Creo que la sociedad está cansada de economistas que son incapaces de nombrar el dolor, la miseria, el hambre, el desempleo, los desahucios, la enfermedad. Las cifras deberían llenar los contenedores de basura no reciclable para que alguna trituradora se encargara de desmantelar su cuerpo y que no dejar huellas de su cadáver helado. Porque esas cifras son el sudario donde se envuelve el desastre de lo humano, la abolición de lo humano, la destrucción de lo humano para dar prioridad al dinero, a la moneda, a ese becerro de oro que cornea la vida y nos perfora la femoral. Y por ahí nos vamos encharcando hasta ahogarnos en nuestro propio vómito.

No quiero ser economista porque a lo mejor justificaba la necesidad de donar a los bancos miles de millones arrancados a la dignidad de los ciudadanos. Y cuando esos ciudadanos exigen que en el orden de preferencias se coloque primero lo humano siempre hay una delegada del gobierno (Cifuentes, por ejemplo) que los llama filo etarras o partidarios de un terrorismo radical (Cospedal, sin ir más lejos) o antisistema (como ese pigmeo político que es Floriano) o culpa de la desnutrición infantil a los padres (un descubrimiento genial del enano mental llamado Hernando)

Se nos están yendo por las cloacas la educación, la sanidad, la dependencia, los servicios sociales, la vivienda, el trabajo, los derechos laborales, las jubilaciones. Se están dedicando a fabricar sumideros por los que arrojar todo lo conseguido contra la dictadura y en el quehacer democrático. Pero sobre todo se nos está expropiando la dignidad. El pobre, el enfermo, el viejo tienen que asumir que estorban y aceptar que dificultan la economía. Deben por tanto sentirse seres destinados a una pronta e inmediata desaparición. Los parados son sanguijuelas y es urgente dejarlos sin dinero para que así sea más fácil su extinción. O bien convertirlos en materia de repoblación de Laponia que por lo visto es una tierra apta para parásitos.

No soy economista. No quiero serlo. Se sufre más, lo sé, pero sólo me preocupa lo humano.

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